Juan Gabriel Vásquez autor de "El ruido de las cosas al caer", Premio Alfaguara de Novela 2011.

El ruido de las cosas al caer

La literatura colombiana debe celebrar la publicación de dos novelas de formidable factura literaria: con su ritmo vertiginoso, 35muertos de Sergio Álvarez atrapará al lector desde la primera página. Y con su música contenida, El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez, lo dejará inquieto y seducido. Desde orillas opuestas, ambas se preguntan por las consecuencias de la violencia que ha signado el destino de las últimas décadas de la historia nacional. ¿Quiénes son estos dos escritores de vidas paralelas, pero antagónico espíritu literario?

2011/05/03

Por Marianne Ponsford

Juan Gabriel Vásquez es un escritor grave. No hay ironía en su mundo literario; tampoco ligereza. Lo que hay es una contundente voluntad de realismo. Vásquez quiere contar historias trascendentes y el temple de su bellísima y estricta prosa está dedicado a ello. Su escritura fluye, pero no como un arroyo alegre o inocente, sino como un río de caudal denso y oscuro, en el que uno intuye escondidas corrientes que amenazan.

El ruido de las cosas al caer (uno de los títulos más hermosos, creo, de la literatura colombiana) es su quinta novela y ha sido merecedora del premio Alfaguara de novela. Como era de esperarse de su autor, no es una novela complaciente. No lo es, porque todo en ella parece medido con milimétrica exactitud. No lo es, porque se niega a ser sentimental. Y no lo es, sobre todo, porque solo tras cerrar el libro, el lector se da cuenta de cuán triste es la historia que ha leído.

Juan Gabriel Vásquez nació en 1973, en Bogotá. A punto de cumplir cuarenta años, ha publicado las novelas breves Persona y Alina Suplicante, y las tres novelas mucho más ambiciosas y logradas Los informantes, Historia secreta de Costaguana (con la que estuvo a punto de ganar el mismo Alfaguara hace cinco años), y ahora El ruido de las cosas al caer. También, un libro de cuentos, Los amantes de todos los Santos y uno de ensayos El arte de la distorsión, así como una breve biografía sobre Joseph Conrad, uno de sus muchos amores literarios.

Vásquez ha confesado que preferiría borrar de su biografía literaria sus dos primeras novelas. Yo creo que se equivoca. En ellas, y sobre todo en Persona, se adivinaba ya (mucho más que en el primer cuento de García Márquez, por ejemplo) el extraordinario escritor en el que con el tiempo se convertiría. Su deuda siempre manifiesta con la escritura de Mario Vargas Llosa se dejaba entrever en unos diálogos secos, contenidos, como escritos al compás de un metrónomo, y en la construcción de esa tensión subterránea que para mí llegó a uno de sus momentos más brillantes en una larga conversación telefónica que ocupa casi veinte páginas en su magnífica novela Los informantes. 

Hace un año largo, en enero de 2010, en una cena con Vásquez y con el escritor británico Ian McEwan en el marco del Hay Festival de Cartagena, McEwan pareció lamentar con suave ironía las ocho páginas que dedicó a describir los macabros detalles del descuartizamiento de un cadáver en El inocente, arguyendo que la excesiva crudeza de esas páginas habían afectado las ventas de la novela. Muchos años antes, cinco tal vez, en un café madrileño, tuve una acalorada discusión con Michi Strausfeld, editora de los autores hispanoamericanos de la prestigiosa editorial alemana Suhrkamp. Ella decía que su editorial sí quería traducir al alemán Los informantes, pero que ellos eran editores muy estrictos y le habían pedido al autor que recortara precisamente ese extenso diálogo telefónico. Pero Vásquez se negaba, recalcaba ella con algo de indignación ante la testarudez del escritor. Para mí, Vásquez tenía toda la razón. No sé cómo sucedieron las cosas después, pero veo en Internet que la novela se publicó en otra editorial alemana, Schoffling & Co. Cuento esta anécdota porque me parece que arroja luz sobre el carácter del escritor. Pone en evidencia que Vásquez no sacrifica su obra en aras de un mercado, o de una carrera. El escritor más elogiado en medios internacionales, y el más metódico de su generación, hoy traducido a catorce idiomas, no da su brazo a torcer en aras de ese confuso concepto llamado gloria literaria.

Aunque su biografía parezca indicar lo contrario. O más bien, parezca indicar que nada le importa más allá de una disciplinada dedicación a la escritura. Muy joven, tras estudiar Derecho en la Universidad del Rosario, partió a París y se doctoró en Literatura Latinoamericana en La Sorbona. Después de tres años en París, pasó uno en las Ardenas belgas, donde escribió los cuentos de Los amantes de Todos los Santos, y luego se trasladó a Barcelona, donde vive, con su esposa y sus dos hijas, desde hace doce años.

Vásquez admite que vive en España porque en ese país hay un mundo más propicio para la publicación, más amable y respetuoso con la vocación literaria, y porque de alguna manera quería seguir los pasos de los grandes autores del boom. Pero así mismo, tiene claro que su obsesión es Colombia, es la historia de su país, y que este país es el gran protagonista de su obra.

Y sin duda lo es en El ruido de las cosas al caer. Porque esta es una novela sobre Colombia. Y la ambición de Vásquez es la de narrar cómo incide en una vida minúscula, anónima, individual, esa gran Historia de violencia que ha vivido el país.

Pero en un país cuya clase media y alta urbana vive de espaldas a esa historia reciente de violencia, y que solo logró sacudirse cuando la amenaza del secuestro tocó su puerta, la gran pregunta es cómo construir un edificio narrativo que logre representar. ¿Representar a quién? En un país brutalmente dividido en clases sociales, en uno de los diez países más desiguales del mundo, ¿cómo elegir a quién representar para ser el protagonista en el cruce de caminos entre las vidas individuales y la Historia con mayúscula?

Este es el primer gran logro de esta novela. La voz narrativa de estas supuestas memorias no es un personaje carismático. Ni vulnerable. Ni en absoluto excéntrico. Ni es rico ni es pobre, pero sí acomodado. No es un actor en el teatro del conflicto, ni paramilitar, ni guerrillero, ni político hampón, estrategia narrativa bienintencionada que tantas novelas fallidas ha producido. No es humilde, pero tampoco demasiado soberbio; es un hombre más bien frío y levemente antipático, una pizca arrogante, una pizca cínico, un hombre que huye de la intimidad, de la excesiva camaradería, y uno cuya misma capacidad para el amor parece depender demasiado del azar de las circunstancias: es decir, si obviamos su incómoda frialdad, en el esplendor de su juventud, Antonio Yammara es un hombre sin un solo rasgo memorable; un bogotano de clase media alta, profesor de Derecho en la Universidad del Rosario, que cata de vez en cuando a sus alumnas, y que no tiene demasiado empacho en subir una nota académica tras una noche febril en la cama. ¿Febril? No. Nada en la personalidad de Antonio Yammara parece calzar ese adjetivo.

La novela se abre en el año 2009. A punto de cumplir cuarenta años, una noticia de televisión la cacería de uno de los hipopótamos fugados de la Hacienda Nápoles cumple las veces de resorte que dispara el recuerdo, y Yammara decide contarle al lector el episodio que, quince años atrás, cambió su vida.

Yammara vive en el décimo piso de un edificio del centro de Bogotá. Su abúlica y solitaria vida se mueve entre las aulas y los billares de la calle 14. Conoce bien el barrio de La Candelaria. A comienzos de la década de los noventa, Bogotá sufre las consecuencias de las bombas y los asesinatos selectivos de Pablo Escobar. Trece muertos aquí, cincuenta allá, veintidós más allá. Estallan los vidrios de los edificios. La palabra magnicidio comienza a formar parte del vocabulario colectivo de la ciudad: Lara Bonilla, Guillermo Cano, Luis Carlos Galán. La memoria de la adolescencia de Yammara no está poblada por el horror sino, como la de tantos ciudadanos, por las noticias del horror, una especie de trasfondo vagamente incómodo, pero en el fondo ajeno: las noticias hacen las veces de útiles listones para demarcar el tiempo de una lacónica biografía personal. 

Precisamente en el billar que suele frecuentar, Yammara se entera por la televisión del asesinato de Álvaro Gómez. La trama se abre entonces a finales de 1995, Escobar ya ha sido abaleado, y se supone que lo peor de la violencia urbana ha pasado ya.

Hasta que llega el encontronazo accidental que cambia de golpe su vida y que, por supuesto, no se contará aquí. Y entonces esta novela expone su ambición. Vásquez pone las cartas sobre la mesa: quiere contar lo que vivió una generación de bogotanos que creció con el fantasma de un miedo que la costra de un egoísta escepticismo, como fórmula defensiva de la memoria, quiere obliterar. Ese miedo quiere ser a todas luces el leitmotiv de su novela. Y también, mucho más importante, el accidente del azar. Porque casi todo lo que sucede en El ruido de las cosas al caer, casi todo lo que mueve la trama, es fruto del accidente del azar. Un azar radicalmente opuesto al origen y a la vigencia de la violencia colombiana, cuyas causas históricas no tienen nada de azarosas.

Es probable que a eso se refiera el escritor cuando en entrevistas recientes se ha referido a la ética de la novela. A la obligación del escritor de contar lo que otros quieren olvidar. A la obligación del escritor de convertirse en el historiador alterno de su propio tiempo. A la necesidad de trascender el testimonio y lograr ya no conmover, sino representar. No hay verdadera literatura sin la desmesura de esa ambición, y esta novela la tiene.

El ruido de las cosas al caer es una hermosa y lograda novela. A lo largo su lectura, el lector se topa con personajes memorables como Ricardo Laverde, que acaba por convertirse en un oscuro alter ego del protagonista (y ese sí un personaje, condenado desde la primera página, cuya tragedia logra despertar sin reservas toda la humana compasión del lector), y la melancólica Maya Fritts (desafortunado juego, el nombre de Maya para una apicultora).

El escritor nunca pierde el control sobre el ritmo, y sale airoso de la difícil tarea de atrapar a un lector que sabe de antemano buena parte del desenlace. Crítica con una Bogotá indiferente (“ciudad de gente solapada y ladina”), su prosa está llena de cuidados aciertos y de símiles de impecable belleza: “...quitó el forro de la mesa, no de un tirón, como lo hacen otros billaristas, sino doblándolo por partes, con meticulosidad, casi con afecto, como se dobla una bandera en un funeral de Estado”. Y ese difícil regusto que deja la seca personalidad del protagonista pone una vez más evidencia la falta de complacencia de Vásquez con el lector, el tamaño de su apuesta literaria. Una apuesta que ha ganado con este espejo incómodo, en el que vemos el reflejo de las tragedias de esas vidas anónimas que no le importan a la historia oficial, pero que son su directa y rotunda consecuencia.

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