David Rieff, Marta Ruiz y Gonzalo Sánchez.

¿Debe Colombia recordar u olvidar el conflicto armado?

En una charla moderada por la periodista Marta Ruíz, el intelectual estadounidense David Rieff, autor del polémico ensayo Contra la memoria, discutió con Gonzalo Sánchez, director del Centro Nacional de Memoria Histórica, sobre los beneficios y las consecuencias de la recordación.

2016/04/30

Por Christopher Tibble

Junto a la conversación de la controvertida crítica de arte mexicana Avelina Lésper y las varias intervenciones de la Nobel de Literatura Svetlana Alexievich, la charla entre David Rieff y Gonzalo Sánchez se mostraba como uno de los platos fuertes de esta edición de la Feria del Libro de Bogotá. ¿Qué podía surgir de un debate entre el intelectual que escribió que “la memoria histórica casi nunca es tan receptiva a la paz y a la reconciliación como lo es al rencor…” y el académico que, desde la dirección del Centro Nacional de Memoria Histórica, se ha puesto en la monumental tarea de esclarecer el conflicto armado colombiano?

Rieff comenzó su intervención aclarando que no conoce a fondo el caso de Colombia y que a la mesa trae más preguntas que respuestas. El estadounidense prosiguió a hacer un recuento del tiempo que pasó como corresponsal de guerra en el Este de Europa y el Medio Oriente en los años noventa y comienzos del siglo XXI. “Antes de ir a Bosnia yo creía, al igual que la mayoría de la gente sensata, en la sentencia del filósofo George Santayana, que ‘los que olvidan su pasado están condenados a repetirlo’. Es una sabiduría convencional de nuestra época, pero después de ver tanta guerra, empecé a dudar”.

El autor del libro Contra la memoria hizo entonces un argumento filosófico: “¿Existe la posibilidad, como argumentó el historiador Isaiah Berlín, de que no todo lo bueno viene en el mismo paquete?” Mejor dicho, que la recordación no solo puede tener consecuencias positivas, sino también negativas. Rieff uso como ejemplo a Bosnia. “El ejercicio de memoria de esa guerra no buscaba la reconciliación. Buscaba exaltar pasiones bélicas, al igual que ha pasado en otros países, como Irlanda”.

La lógica del estadounidense es la siguiente: la mayoría de los conflictos no han acabado como la Segunda Guerra Mundial, donde hubo un claro lado vencedor y uno vencido. La mayoría, en cambio, terminan de dos maneras posibles: con la aniquilación total del perdedor (piénsese Roma y Cartago) o con un proceso de paz que no satisface a ninguna de las facciones. “Si no hay un lado del todo vencido, es muy difícil la construcción de la memoria, y por eso pienso que a veces es mejor olvidar”.

Sánchez respondió argumentando que el conflicto que hoy asola a Colombia es justamente la consecuencia del olvido, de una larga secuencia de negligencias que tomaron la forma de las amnistías con las que han concluido las guerras civiles y la misma Violencia de mediados del siglo pasado. “Nuestras guerras se han terminado como renuncias a la memoria. Eso precisamente fue el Frente Nacional, un pacto de olvido entre el partido conservador y el liberal”.

El director de Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) luego atacó la capacidad sanadora del olvido desde otro ángulo, asegurando que nuestro largo historial de negligencia no ha detenido el conflicto armado. “Por no haber hecho un ejercicio de memoria, de identificación de las víctimas y de los participantes que cayeron, surgió el germen de la guerra de hoy. Nuestro actual situación es la consecuencia directa de no haber hecho memoria durante la época del Frente Nacional”.

Sánchez recordó que el primer punto de la agenda del acuerdo de paz entre las Farc y el Gobierno puso en evidencia las secuelas de ese olvido, al ser heredado de mediados del siglo pasado: la política del desarrollo agrario. “No podemos avanzar en la agenda de la paz sin una agenda de la memoria”, dijo el abogado y filósofo de la Universidad Nacional, antes de hacer énfasis en la importancia de la verdad como un elemento crucial del acuerdo de paz.

Rieff entonces quiso aclarar su postura. El estadounidense concedió que esclarecer los hechos es de vital importancia, al tiempo que explicó la diferencia entre memoria histórica e historia. “La memoria histórica no es la historia como tal, sino un consenso al que llega el presente sobre el pasado, con rememoraciones y aniversarios, con el uso de los acontecimientos del pasado para justificar fines políticos e ideológicos. Lo que yo reto no es la acción de averiguar dónde y a quién torturaron. Con lo que tengo un problema es con el uso de la memoria cuando ninguno de los dos bandos ha sido del todo vencido. Es en esas situaciones en las que creo que recordar puede ser peor que olvidar”. 

Sánchez entonces viró la conversación hacia tres ejemplos de supervivientes del holocausto, y a cómo cada uno de ellos se enfrentó a la traumática experiencia de los campos de concentración. Primero, al caso del italiano Primo Levi, quien al quedar en libertad aseguró que lo invadía una necesidad casi visceral por hablar de lo ocurrido; luego, al del español Jorge Semprún, cuyo trauma solo lo dejó escribir del asunto, y desde el plano de la ficción, 20 años después de los sucesos; y finalmente al de un austriaco que nunca habló directamente sobre lo ocurrido y afirmó haber quedado marcado por un resentimiento vital. 

Esa intervención de Sánchez humanizó la relevancia de la memoria, si bien no la de la memoria histórica. Rieff, atento, se refirió a cómo el actual estado de Israel abusa de la Shoah para justificar sus posturas militaristas en el Medio Oriente. El estadounidense también trajo a colación el uso beligerante de la memoria usando como ejemplos a Hitler y a la Unión Soviética.

“Históricamente son los regímenes tiránicos los que hacen uso de la memoria colectiva para movilizar a sus movimientos políticos. Stalin, por ejemplo, sacudió a su pueblo recordando su glorioso pasado”. Rieff, sin embargo, aceptó que había ejemplos de países que han usado la memoria histórica para bien, como la Alemania de la posguerra. Una sociedad que, valga aclararlo, se sabía vencida, y en donde las distintas facciones no seguían influyendo el discurso nacional.

No cabe duda de que, por lo menos desde el Centro Nacional de Memoria Histórica, no existe una pretensión por confabular un línea ideológica única y así crear una memoria histórica que luego pueda alentar los fines ideológicos de una posible tiranía. El proyecto, si algo ha intentado, es apoyar la pluralidad de voces. Sánchez concluyó diciendo que Colombia está lejos de llegar a ese tipo de memoria colectiva y peligrosa. Las élites tienen su versión de lo ocurrido, así como los militares y también quienes trabajan en el CNMH. Su punto siendo que, frente a la justicia limitada que tendrá la firma de la paz, lo que el país necesita es memoria ilimitada, todo tipo de memorias.

Pues quizá precisamente con muchas voces, y con muchas memorias distintas, se pueda evitar esa peligrosa memoria colectiva que tanta desconfianza le genera a Rieff.

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