Prólogo de Barack Obama

Un alma inconquistable

Juan Manuel Santos, Presidente de la República, reseña "Conversaciones conmigo mismo".

2011/05/03

Por Juan Manuel Santos

Según Richard Stengel, el redactor jefe de la revista Time que dedicó tres años de su vida a acompañar a Nelson Mandela —en su colaboración para la preparación de su autobiografía El largo camino hacia la libertad—, Mandela “es quizás el último héroe puro que queda en el mundo”. Es una frase grandilocuente pero en absoluto descabellada. El periplo vital del gran líder sudafricano, su lucha continua y perseverante por “hacer lo correcto” en una sociedad incorrecta, la dignidad con que asumió una prisión de 27 años en las más difíciles condiciones, su insistencia en la tolerancia y en resarcir las heridas en lugar de buscar venganza, hacen de Mandela el gran héroe de nuestros tiempos, un símbolo como pocos de la resistencia del espíritu humano.

 

Un héroe sí; un santo no. Como el mismo Mandela dice en su último libro: “Jamás fui un santo, incluso si se refiere a la definición según la cual un santo es un pecador que trata de mejorarse”. Desde la cárcel, cuando su pueblo y el mundo clamaban por su libertad y lo convertían en el símbolo vivo de la lucha contra el apartheid, le preocupaba que se creara una falsa imagen de su persona.

 

Esta y otras revelaciones forman parte de la compilación de documentos, extractos de diarios, cartas, anotaciones, conversaciones, reflexiones personales, fotografías, que la Fundación Mandela, en buena hora, decidió publicar bajo el título —que ya da una clave de su carácter intimista— Conversaciones conmigo mismo, con prólogo —lleno de admiración— del presidente Barack Obama.

 

Ya habíamos conocido su vida en la biografía que realizó con la colaboración de Stengel; ya habíamos recreado ese magnífico episodio sobre la forma en que utilizó el Campeonato Mundial de Rugby en Sudáfrica para acercar y unir a su pueblo dividido por odios ancestrales en El factor humano de John Carlin —magistralmente llevado a la pantalla por Clint Eastwood en la emocionante Invictus—; ya habíamos extractado las lecciones de su liderazgo en El legado de Mandela del mismo Richard Stengel, pero nos faltaba este libro personal, sin intérpretes, que nos trajera —a través de sus palabras, de su propia asimilación de sus vivencias— su verdadera voz.

 

Para quienes asumimos —como en mi caso— el reto de gobernar, para todos quienes creemos en la primacía de la libertad sobre cualquier otro valor, para quienes quieran admirar la sutil imponencia de una vida digna, establecida sobre un sentido innato de lo correcto, la biografía de Mandela es una fuente inagotable de asombro y de enseñanzas.

 

Cómo no maravillarnos con la experiencia de este hombre que fue criado como pastor por las tribus antiguas y orgullosas de su país; que tuvo el coraje de litigar como el mejor abogado en elitistas tribunales de blancos; que asumió la clandestinidad cuando fue necesario y nunca dudó de estar al lado de las causas justas, a riesgo de su vida y de su libertad; que resistió casi tres décadas de prisión y trabajos forzados sin que sus carceleros lograran jamás doblegar su espíritu; que, a pesar de todo, no ha cesado de predicar la tolerancia y el respeto por los demás; que lideró a su nación —como decía su eslogan de campaña— en su camino a “una mejor vida para todos”, sin resentimiento hacia quienes fueron sus verdugos.

 

Mandela, el líder que llegó a la presidencia de su país en 1994 y proclamó que “nunca, nunca y nunca más esta hermosa tierra experimentará la opresión del uno por el otro”, sigue siendo, a sus 92 años, un icono de la libertad, no solo para su país sino para el mundo entero. Por eso no nos cansamos de leerlo, de estudiarlo y de asimilar las lecciones que nos deja como líder y como ser humano.

 

Con Mandela, con su “alma inconquistable”, recordamos que no hay tiranía ni injusticia capaces de superar el invencible espíritu del hombre. Como dice aquel poema Invictus, de William Ernest Henley, que él recitaba todos los días en su minúscula celda de Robben Island: “No importa cuán estrecha sea la puerta, cuán cargada de castigos la sentencia. Soy el amo de mi destino: soy el capitán de mi alma”.

 

Conversaciones conmigo mismo

Nelson Mandela

Planeta

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