El escritor ecuatoriano Javier Vásconez.

Vida de escritor

¿Quién es el escritor más respetado de Ecuador? ¿Por qué sabemos tan poco de su figura y de su obra? Arcadia elabora un perfil de uno de los invitados más importantes del vecino país.

2011/05/03

Por Camilo Jiménez

Ni los más juiciosos profesores ni los más acuciosos críticos literarios mencionan al único representante ecuatoriano en el boom latinoamericano de escritores, Marcelo Chiriboga. Sí lo hacen Carlos Fuentes y José Donoso. Para el mexicano, Chiriboga es un “personaje mítico de la literatura ecuatoriana”; Donoso lo menciona por primera vez en El jardín de al lado, de 1981, y le da un papel más visible en Donde van a morir los elefantes, de 1995, esa caricatura sobre la vida académica de los Estados Unidos. Pero Chiriboga no vuelve a aparecer ni en el más oscuro rincón de la última nota al pie en las historias de la literatura latinoamericana. Y no figura porque este autor no existe, es un fantasma. O, más bien, es una broma de Donoso y Fuentes: Marcelo Chiriboga lo inventaron ellos, en una burla amarga de la opaca literatura del país vecino.

 

Pareciera ese el sino de las letras en Ecuador: el olvido, el abandono, el silencio. Algunos comentaristas como Carlos Arcos Cabrera, quien me mostró a Chiriboga, hablan de una literatura invisible. Durante casi cuarenta años, ni escritores ni lectores pudieron sobreponerse a ese par de monumentos del indigenismo que fueron Huasipungo, de Jorge Icaza, y Los sangurimas, de José de la Cuadra —y quizás un par más cuyos títulos se van diluyendo con los años—. Lo que vino después, la narrativa de las décadas del cuarenta al setenta, se movió entre la denuncia social y la reivindicación de los oprimidos —indios y montubios principalmente—, con sosos resultados estéticos y ninguna bandera que clavar en el mapa literario iberoamericano.

 

Tuvieron que llegar los tzántzicos, un grupo de poetas revoltosos —de claras consonancias con nuestros nadaístas—, a mediados de los sesenta, para que fuera sacudido el polvo de la denuncia social y el compromiso de las páginas de los autores ecuatorianos. Los tzántzicos (“reducidores de cabezas”), a su manera, despejaron el terreno para que una generación de escritores nacidos en las décadas del cuarenta y del cincuenta exploraran otros temas, tomaran otros riesgos, emprendieran búsquedas formales más, cómo decirlo… modernas. Y entre esos autores destaca Javier Vásconez.

 

Hijo del escritor y diplomático Gustavo Vásconez, pareciera que su destino hubiera estado trazado de antemano, que desde siempre hubiera estado predestinado a ser escritor. De niño tuvo contacto con la conversación literaria y la tertulia: en la casa de don Gustavo tenían lugar animadas reuniones al mediodía, donde se hablaba de literatura, política e historia. Luego vendrían los pasos esperados para el escritor latinoamericano en formación: infancia en caserones coloniales y primeras lecturas; educación en Miami, primero, y en un internado en Inglaterra, después. Regresaría a Quito para terminar su educación secundaria y luego emprendería estudios en la Universidad de Navarra: letras, por supuesto. Después vendrían la estancia París, la bohemia, las discusiones políticas; primeros textos publicados en revistas locales y, ya maduro, la publicación de su primer libro, Ciudad lejana, en 1982. Faltaba otro par de libros de relatos antes de la publicación de su primera novela, El viajero de Praga, en 1996. Y desde entonces, el inevitable camino de la consagración en su país: otras novelas —La sombra del apostador, La piel del miedo, Jardín Capelo—, otras colecciones de cuentos —El hombre de la mirada oblicua, Café concert, El secreto, Un extraño en el puerto—, y dos libros que recogen acercamientos críticos a su obra: El exilio interminable. Javier Vásconez ante la crítica y Apuesta. Los juegos de Vásconez.?Después de una vida dedicada sin sosiego a la literatura, hoy, a sus 65 años, Vásconez ha ganado ese extraño derecho que les llega a los escritores no se sabe muy bien cuándo: ser llamado nada más que por su apellido. La distinción trae, como todas, reconocimiento y comidillas, so-?bre todo un país donde no hay voces que ponderen, que medien; donde palidece “una crítica aún más invisible que su propio objeto”, como bien señala Arcos Cabrera.

 

Lo que queda es la obra frente a los lectores, y la de Vásconez ha encarado desde siempre un compromiso con la literatura: desde su primer libro hay una suerte de conciencia literaria clara. Ciudad lejana explora con narradores, con formas hasta entonces no ensayadas en su país en concentrados ejercicios de estilo. La obligación es estética: adiós a la búsqueda de una ética social. Esos cuentos exploran también temas, o muestran escenas, impensables antes en Ecuador: una monja con deseo de ser santa le hace una fellatio a un cura glotón; Jacinto llora a los pies de su amante Angelote en uno de los cuentos más celebrados de Vásconez, “Angelote, amor mío”.

 

El viajero de Praga, su primera novela, es una apuesta por tocar a ciertos autores —Kafka, nada menos; Onetti, nada menos—. Se trata de una historia de espías sin espía: sigue los pasos de un eterno viajero, de un exiliado de sí mismo, el doctor Kronz, quien va tras las huellas de no sabe muy bien qué: viaja por Praga y Barcelona hasta llegar a Quito sin un motivo: “Es justo lo que andaba buscando: una línea imaginaria”. Una vez en Ecuador “vio la belleza insustancial, un tanto melancólica de este país, y eso le hizo daño, como hacen daño las cosas inacabadas”. Como novela de espías, apela a algunos clichés del género: la atmósfera brumosa, el personaje solitario envuelto en una gabardina, persecuciones, las mujeres misteriosas que entran y salen atravesando la niebla, los autos oscuros y pesados que hacen chirrear sus llantas en el escampado. “La luz era gris y macilenta”, “tenía unos ojos pequeños, apagados y taciturnos…”. No es la única vez que aparece Kronz en la obra del autor: el médico de Praga visitará otras páginas, siempre silencioso, siempre solitario.

 

Vásconez quiere conectar a Ecuador con el mundo: sus motivos, sus paisajes, su prosa, sus personajes se desenvuelven no tanto en un país, en una ciudad, como en una tradición: la tradición literaria. El muelle, la calle pedregosa, la habitación sucia del motel, los personajes que se sienten “en la orilla equivocada del río”, la mujer que está “oprimida por la noche”, el eterno viajero, la enfermedad, la soledad. Pero esa búsqueda de poner su país en la conversación literaria no solo está en su obra escrita: Vásconez viaja por el mundo hablando de libros. De sus libros, particularmente. Luego de la presentación de rigor en Quito, esa ciudad que atraviesa casi cada una de sus páginas, el autor se va con ellos a México, a España, y está siempre dispuesto a las presentaciones en medios, a las entrevistas, a la conversación. Él sabe bien que eso también forma parte de la piel del escritor.

 

Antes de su segundo viaje a Europa a estudiar en Navarra, Vásconez pasó por Bogotá, donde su padre era miembro de la delegación diplomática de Ecuador. Ahora está de nuevo en Colombia, presentando sus libros, compartiendo su larga vida literaria. Su obra es extensa, y como en toda ruta bibliográfica amplia es posible encontrar rugosidades, imperfecciones del terreno. Si me preguntara alguien por dónde empieza con la obra de Vásconez, le diría que por Un extraño en el puerto, particularmente con el relato que le da título al volumen: un bien logrado experimento con las voces, los personajes y los planos de la narración, que expone sin complejos el oficio de alguien dedicado desde siempre a una vida de escritor.

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