Arrabal fue escrita por John Weidman y es dirigida por el colombiano Sergio Trujillo. La música es de Gustavo Santaolalla. Fotos: Cyla Von Tiedemann
  • Además de baile, la obra incluye al grupo Bajofondo Tango Club.

Arrabal: el musical que retrata el duelo y la memoria

El musical Arrabal será uno de los puntos más altos del Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá que comienza este 6 de marzo con la Fura dels Baus, en el Parque Simón Bolívar. Más allá de ser un espectáculo estilo Broadway, se trata de una interesante reflexión sobre la memoria y el duelo de un país que, como Argentina, aún busca a los desaparecidos.

2016/02/28

Por Sandro Romero Rey* Bogotá

Un grupo de tango fusión, por llamarlo de alguna manera (es decir, bandoneón y batería, teclados, guitarra, violín) apoya las imágenes proyectadas al fondo de la escena. Al principio, los lugares comunes argentinos: el Obelisco, Gardel, Maradona, Piazzolla, la calle Corrientes. Poco a poco, los lugares comunes se van convirtiendo en los dolores comunes: los desaparecidos, las madres de la Plaza de Mayo, los militares, la dictadura, las víctimas. El video como forma de resurrección de signos bellos o fatales. Acto seguido, una fecha: 1979. El llanto de un niño. En el escenario, el territorio de los actores de carne y hueso (como el de los músicos), un hombre calma al bebé que llora. Una mujer lo acompaña. No hablan. Miman sus gestos. Ensayan algunos pasos de tango. El hombre va a salir, con una camiseta (una remera) que anuncian dos iniciales: P. V.: Perón Vuelve. Suficiente información. La música, al fondo, no deja de involucrar al público en una suerte de evocación, entre nostálgica y expectante. Acto seguido (en el mundo del teatro la realidad es un acto), el hombre se reúne con sus compadritos, a la espera de una rebelión desconocida. Y bailan, cómo no, una milonga. En parejas, con mujeres, entre hombres. De repente, golpean con violencia en la puerta. Se acaba la celebración. Entra un grupo de temibles desconocidos. Una coreografía de grandes golpes aplasta al héroe y lo despojan de su remera peronista. Como en West Side Story, la acción y los golpes se estilizan con los sudores del baile. Las convenciones al servicio de la reflexión. Y quizá la evocación más difícil de convertir en danza tiene que ver con los episodios de las torturas. En Arrabal (así se llama el espectáculo que ahora comentamos) los torturadores bailan y se divierten mientras golpean al héroe en paños menores. Al mismo tiempo, los efectos especiales del espectáculo muestran el dolor de las legendarias picanas eléctricas, con juegos de artificio.

Dieciocho años después, anuncia la gran pantalla. Una muchacha sueña. Y baila, como en los grandes musicales norteamericanos. La diferencia: su partenaire es un hombre herido, un fantasma con camiseta peronista que la busca, mientras un ejército de pasos firmes los separa sin misericordia. La muchacha despierta. Una mujer mayor la saluda con dulzura, le esconde una tela roja con la que la muchacha duerme y le hace advertencias gestuales. La mujer mayor se pone una pañoleta blanca y se cuelga en su pecho un retrato del héroe desaparecido. Es una madre de la Plaza de Mayo. Aunque no nos lo digan, los espectadores reconocemos los íconos. Una vez más, los signos de los dolores comunes. Poco después, la muchacha seca la ropa al sol y, con la ropa, intenta colgar la tela roja. Unos villanos anónimos le rapan la tela, la bandera. La muchacha los sigue y se interna en un crisol multicolor, las calles, la vida, plenas de baile y de coreografías hipnóticas. Mientras danzan, las comparsas devienen en transeúntes, en habitantes de boliches, en televidentes de fútbol. La muchacha forma parte ahora de un nuevo mundo: la muchacha se llama… no vamos a decirlo.

En fin, la muchacha. La muchacha se pierde en una pensión. Se engolosina con el sonido del bandoneonista de la orquesta que acompaña el espectáculo, mientras lee una nota. La realidad de la historia y las convenciones de la representación se juntan. Poco a poco, el éxtasis de los bailarines se va devorando los acontecimientos. La muchacha se enreda en una espiral sin fondo donde triunfan la milonga y el tango, los sonidos electrónicos y el frenesí de las luces. El gran teatro del mundo arrabalero. Efectivos tanguistas le dan vuelta seca y la muchacha parece sucumbir, confundida, frente al malevaje donde la seducción va más allá de la simple atracción que la muchacha no adivina pero sospecha. Sin embargo, el encanto de la música envuelve a los presentes y, rompiendo la cuarta pared, invita a los espectadores, a los reales, a subir al escenario y a atreverse a bailar con los virtuosos. La seducción se completa. Aquí, amables lectores, se suspende la narración. El resto, imposible de evocar con palabras, hay que descubrirlo como público real.

Los responsables de este musical único, donde se unen las fosforescencias de Broadway o del West End con la tragedia argentina de los años setenta-ochenta son muchos pero, en esencia, hay tres maestros en la sombra: por un lado, el libretista, John Weidman, creador de varios espectáculos para la escena neoyorquina y hábil libretista de la serie Sesame Street desde 1986. Su nombre está allí, porque garantiza el soporte de la compleja síntesis que requiere un musical en vivo. Pero el resto es latinoamericano. En segundo lugar, está el grueso respaldo del músico Gustavo Santaolalla, radicado en Estados Unidos desde finales de los años setenta, pero con un pie en su Argentina natal, gracias a su presencia en la movida rockera de su país. Y, sobre todo, es reconocido mundialmente por su proyecto Bajofondo (y, por supuesto, por los dos premios Óscar como compositor de bandas sonoras para Secreto en la montaña y Babel). Bajofondo ha sido una agrupación musical de eso que se conoce como el “tango electrónico”, el cual puso al orden del día las sonoridades de la mejor tradición porteña. Lanzado originalmente como Bajofondo Tango Club, su herencia sonora se siente en cada respiro de Arrabal, donde la Orquesta Bajofonderos, coordinada por Santaolalla, se encarga de darle el espíritu de evocación y de homenaje que se requiere para el conjunto de un musical de este tipo. Lo que resulta más asombroso es que la coreografía, es decir, la esencia visual del espectáculo, está a cargo del bailarín Julio Zurita y, para sorpresa de todos, de un colombiano, que echó raíces en Toronto y que, hoy por hoy, es uno de los nombres más apetecidos en el mundo de la escena norteamericana. Él se llama Sergio Trujillo y regresa a su país, esta vez con el éxito debajo del brazo y con una obra que recoge la síntesis de lo que puede ser un latinoamericano que se descubre en el norte del continente. Trujillo es una eficaz bête de scène, conocedor de todos los tempos y los ritmos de una obra pensada para grandes públicos, y con Arrabal se arriesga a encontrar el delicado equilibrio entre la nostalgia y la política, el placer del baile y la glorificación de un sonido. Pocas veces se encuentra esta conjunción entre el gran espectáculo y la intimidad de un dolor, como el que consigue la veintena de bailarines que componen la pieza, los cinco músicos que marcan los ritmos y las ideas de los tres nombres que sellan el resultado.

Este año, el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, en su decimoquinta edición, acoge a Sergio Trujillo con su creación argentina, consolidando esa gran nación latinoamericana que, gracias al tango, intenta una catarsis patinada por el tiempo, en la que el dolor de un país se puede convertir, al mismo tiempo, en una celebración, en una delicada fiesta de la nostalgia. No: nadie se olvida de la tragedia. Al contrario, así como Evita o Nixon In China pueden convertirse en cimas de la escena con el telón de fondo de la historia, así mismo Arrabal es una inmersión en un lenguaje, en el apropiamiento de la sofisticación y el deslumbramiento del show integral, al servicio de la reflexión. Por lo demás, el estremecimiento social no excluye el placer de la interpretación, del sonido, del virtuosismo dancístico, de la emoción o del placer. Desde los tiempos de Bertolt Brecht y Kurt Weill, el musical se puso al servicio de la política y nacieron prodigiosas catedrales escénicas que hoy por hoy se siguen representando de Nueva York a Berlín, de Buenos Aires a Bogotá. Arrabal, por supuesto, no es la Ópera de tres centavos o Auge y caída de la ciudad de Mahagonny. No es una fábula abstracta a partir de la cual se sacan conclusiones acerca de la realidad. Al contrario, se trata de un musical que no esconde sus raíces escénicas sino que, por el contrario, se apoya en ellas para contar una historia que, por fortuna, se lucha día a día para que se quede en la evocación de los museos de la memoria y en el triunfo incansable de los familiares de las víctimas. Del resto, se encarga la poesía.


Además de baile, la obra incluye al grupo Bajofondo Tango Club.

¿Es esta la manera de reflexionar sobre el pasado? Es la gran pregunta que salta, tras el entusiasmo de Arrabal. El público, trastornado por la felicidad, por la eficaz trampa de la música y el baile, pareciera que dejase en un segundo plano el luto y la tragedia. Sin embargo, esto no sucede en la obra de Trujillo-Santaolalla-Weidman. La vida real está allí todo el tiempo, en las imágenes de archivo de los partidos de fútbol, en los nombres propios, en los signos sagrados de los desaparecidos (las pañoletas, las banderas, las fotos, los nombres). El espectador, de alguna manera, cae en una trampa necesaria pues, cuando escoge una obra que se llama Arrabal, supone un viaje fácil de turismo porteño, en el que los bailarines deslumbran con sus destrezas y nada más. Pero pronto se dará cuenta de que, más allá del entusiasmo sensorial de los artificios tras el proscenio, se encuentra un mundo, un pasado que no debe perderse y que, en medio de la dicha, invita a la reflexión y al recogimiento. Arrabal es un espectáculo de grandes recursos, propio de una cartelera necesaria para un festival como el Iberoamericano de Bogotá. Reúne esa cada vez más difícil categoría de convertirse en apto para “todos los públicos”, donde pueden convivir el que ama la danza con el que goza con las nuevas sonoridades, el que no quiere desprenderse del dolor o aquel que necesita escapar del mundo para permanecer con vida. No. No es fácil conseguir la excelencia en eso que en Colombia se ha llamado erróneamente “el teatro comercial”, equiparándolo con la banalidad o, lo que es peor, con el teatro sin ideas. Arrabal corresponde al espíritu de los grandes escenarios y desde allí concibe su excelencia. En los últimos años, hay una tendencia a considerar el esfuerzo como un error de procedimiento y el arte tiende a convertirse en el territorio protegido por las teorías o por la emergencia de los contenidos.

Con espectáculos como Arrabal, se nos recuerda que existen otras opciones. Se nos instala en un territorio donde es posible regresar a la técnica (musical, actoral, dancística) como un elemento esencial de las llamadas “bellas artes” y lo popular regresa a otro de sus antiguos propósitos: no solo a la representación de la pobreza sino a la concepción de obras dirigidas a grandes cantidades de espectadores, quienes, de la mano de la dicha, consiguen entrar en los oscuros territorios de la reflexión.

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