Foto: Cortesía FITB/ Javier Naval.

'La violación a Lucrecia': tres personajes en el cuerpo de una actriz

Es inolvidable ver en escena a la actriz española Nuria Espert encarnando en monólogo el poema de William Shakespeare La violación de Lucrecia. La obra de teatro homónima se presenta hasta el 21 de marzo en el Teatro Nacional Fanny Mikey

2016/03/18

Por Paola Moreno

Una luz amarilla ilumina a Lucrecia mientras ella se tapa los oídos y esconde el rostro contra su pecho. Suenan gemidos. Son los de la bestia que sin rastros de bondad la viola.

Bajo la dirección de Miguel del Arco, Nuria Espert aparece en el escenario, está toda vestida de negro. La cama no puede verse, por ahora, pero está encerrada por cortinas blancas. A la izquierda hay una mesa con una lámpara y una silla, la actriz está sentada en ella mientras ensaya un libreto: no, así no es como debería narrarlo. Se levanta, caminando por el escenario, vuelve a empezar.

Después de 100 funciones presentadas en España, Nuria Espert escribió para el Teatro Libre de España que estando frente al espectador ella percibía sus silencios y su respiración, a veces, acompasada con la de ella, también escribió que la poesía de Shakespeare tenía el poder de producir instantes de comunión.

Vuelve a empezar:

"De la sitiada Ardea, apresuradamente,
impulsado por alas de un infame deseo,
abandona Tarquino su ejército romano
y lleva hacia Colatio, el mal fuego sin lumbre,
que oculto entre cenizas, acecha ese momento
de lanzarse y ceñir con llamas la cintura
de la casta Lucrecia, amor de Colatino".

Durante 80 minutos la actriz se mueve de lado a lado por el escenario, haciéndolo suyo. A la vez es tan vulnerable: ella sola, frente al público entregándoles su alma. Es la fuerza y la violencia de Tarquino y es la pureza y la desesperación de Lucrecia, ambos sucediendo en el mismo cuerpo. Los versos Shakespeare en la voz de Nuria Espert abrazan el escenario. Su monólogo es como el mar, por momentos en calma y en otros como azotado por un temporal.

Luego, los ojos de Lucrecia se fijan con espanto, desesperada con la voz entrecortada le implora compasión a Tarquino: “¡Basta digo, Lucrecia!”. Es la bestia, se arrodilla sobre las cobijas y con una capa negra que tiene sobre su espalda abraza una parte de la cama, donde estaría Lucrecia.

"[...]
Toma el lobo a su presa. La fiel cordera grita,
hasta que con su lana ahoga sus lamentos,
sepultando sus gritos entre sus dulces labios".

Al llegar Colatino, su esposo, la mira a los ojos y ve que no es la misma. Ella se acerca a la cama, ya sin cortinas, camina bordeándola, le dice que hace un rato él estuvo ahí, que puso su cabeza sobre la almohada y que “de tu lecho un intruso se adueñó y se tumbó sobre esta almohada donde solías descansar tu frente rendida, el resto de la ofensa puedes imaginarlo así como la atroz violencia de él para someterme y de la que fue imposible librarme”.

"¿Por qué sigue la vida?", se pregunta Lucrecia. Entre el llanto se da puñaladas en el pecho. En la cama yace Nuria Espert, Colatino, Tarquino y Lucrecia frente a un público que se alza en aplausos.

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