Alejandro Ordóñez nació en 1955. Foto: Juan Carlos Sierra

¿Cuáles libros quemaría el procurador?

Un ejercicio de imaginación, con respuestas de Actualidad Panamericana, Eduardo Arias, Ricardo Silva y Melba Escobar, entre otros.

2016/06/20

Por Revistaarcadia.com

Alejandro Ordoñez ejerce el cargo de procurador general de Colombia desde 2009. Ha sido una figura polémica en la política colombiana, por sus posiciones conservadoras, como oponerse al matrimonio homosexual, oponerse el aborto y restringir las manifestaciones afectuosas en los colegios. En 1978, en Bucaramanga, la Sociedad de San Pío X publicó carteles y avisos de prensa invitando a un “acto de fe” para quemar “revistas pornográficas” y “publicaciones corruptoras”. Durante el evento, los asistentes quemaron libros que podían “perturbar las mentes juveniles”, entre ellos libros de Gabriel García Márquez, Jean Jaques Rousseau, Karl Marx y hasta una Biblia “protestante”. Ordoñez, que nació en la ciudad y estaba por cumplir los 24 años, participó en el evento. A continuación, una lista imaginada de los libros que quemarían en una nueva hoguera.

A la izquierda la quema que organizó el actual Procurador en Bucaramanga. A la derecha una quema de libros en la Alemania nazi. Foto: SEMANA

El Nuevo Testamento
Actualidad Panamericana

Fuentes –que prefieren permanecer anónimas- han confirmado que el procurador tiene debajo de la almohada una lista de doce páginas escritas en rojo de libros que quiere/necesita/se deben quemar. También una camándula, unas pastillas para la tos y una calcomanía de “Dios es mi copiloto”. 

Pero lo que nos importa en esta ocasión es la lista, encabezada nada menos que por el Nuevo Testamento. “¿Qué, qué?”, se preguntarán ustedes, pero no es tan difícil adivinar por qué. 

El NT pide no juzgar y amar al prójimo. ¿Suena como algo con lo que comulga el “procu”? Claramente no. Está lleno de relatos en los que salen bien parados los marginados, los perseguidos, las raras excepciones. Justamente, el blanco preferido de este funcionario quien, de haber vivido en aquella época, seguro habría asumido pro bono la defensa de los mercaderes del templo tras su desalojo y habría puesto en su mira al mechudo con ínfulas chavistas “que anda invitando a los ricos a dejar todo para seguirlo”. 

También tiene en la listas los libros de Chigüiro, un animal que camina por ahí en pelota y anima a los niños a usar la imaginación, y toda la colección de Condorito, otro animal, que además echa chistes –cualquier animal que hable es obra del diablo- y que no hace sino perseguir a mujeres ligeras de ropas.

Manual de Historia de Colombia (Varios autores, bajo la dirección de Jaime Jaramillo Uribe. 1979)
Eduardo Arias, periodista

Con toda seguridad el señor procurador Alejandro Ordóñez  mandaría quemar los tres tomos del Manual de Historia de Colombia, publicado por Colcultura en 1979.

En esta monumental obra, editada bajo la dirección de Jaime Jaramillo Uribe -considerado como el padre de la nueva historia en Colombia-, se compilaron textos escritos por destacados historiadores, economistas y sociólogos, entre otras disciplinas. Esta manera de contar la historia, escrita no desde el culto a los próceres sino del estudio de los procesos económicos y sociales, planteó "una clara ruptura con la tradición dominante", como señaló Jorge Orlando Melo. Los 24 capítulos que componen el manual presentan diversos puntos de vista y perspectivas. Más que respuestas y conclusiones categóricas, el Manual le abre las puertas al debate. Además, es una síntesis de las novedosas interpretaciones que habían surgido en los años 60s y 70s sobre el pasado nacional.

Son tres libros en los que los protagonistas no son únicamente conquistadores con sus corazas silveradas, próceres guerreros de dorados botones y charreteras que galopan en blancos caballos sin que se les riegue el tinto ni presidentes gramáticos que escriben sonetos con plumas de ganso. No. En estos tres volúmenes también son protagonistas de primer orden los negros, los indios, los campesinos, los arrieros, los colonos, los artesanos, la gente de a pie que ha habitado en pueblos y ciudades. Se trata de una obra que no obedece a ninguna escuela de pensamiento o ideología. Ofrece miradas diversas, pero todas ellas escritas desde la base de las ciencias sociales, la investigación de documentos de primera mano y los hechos verificables. Nada de loas confesionales ni panegíricos de las grandes personalidades de la historia patria basados en mitos, habladurías, chismes y leyendas. Y semejante exabrupto, semejante atrevimiento, semejante anatema, semejante blasfemia, en la mente inquisitorial de Alejandro Ordóñez sólo merece el repudio y el fuego eterno de los infiernos.

La Biblia
Melba Escobar, columnista de El Espectador

Uno podría imaginar que el Procurador Ordóñez en su quema de libros aparecería como se dice lo hizo hace ya casi cuarenta años en Bucaramanga, para organizar una quema de pornografía (una actividad que en sí misma tiene algo de sadismo lujurioso) reuniendo revistas triple XXX y dejando que sus imágenes de piernas y senos ardieran en la hoguera. Pero junto a las revistas de SoHo que seguramente hoy pondría en el fuego, también estaría La Biblia, no solamente por los casos de parricidio, incesto, filicidio y adulterio que en ella pululan, si no más que todo por promover un mensaje tan contrario a su pensamiento a través de máximas como “hagan bien a quienes los odian, bendigan a quienes los maldicen, oren por quienes los insultan. Si alguien te pega en una mejilla, ofrécele la otra”, un pensamiento que muy seguramente para el Procurador Ordoñez incita a la libertad, madre de todos los vicios y libertinajes. 

Rosario Tijeras (Jorge Franco Ramos, 1999), La virgen de los sicarios (Fernando Vallejo, 1994) y  La Constitución política colombiana (1991)
Pascual Gaviria Uribe, editor de Universo Centro

El Procurador Ordóñez le ha propuesto una terna a su conciencia a la hora de tomar la difícil decisión de quemar un solo libro. Una sola llama no es suficiente para iluminar el mundo. Ha pensado en tres peligrosos libelos que han corrompido a los jóvenes y propiciado todo tipo de desarreglos morales. Dos ficciones que exaltan el sexo, la muerte y la blasfemia, y un folleto alcahueta que dice regir la descontrolada sociedad colombiana desde 1991. Las primeras Rosario Tijeras y La virgen de los sicarios; el segundo, La Constitución política colombiana. Chávez llamaba “La Bicha” a la de su país y Ordóñez se refiere a la nuestra como “La Guisa”.

En la balanza ha puesto el asco que le provocan las depravaciones de una asesina lujuriosa y la rabia que le produce un pedófilo matón que se refugia en las iglesias. Competencia para la agenda secreta de las sacristías. Hizo arqueo de muertos, maldiciones e impudicias. Al final se inclinó por La virgen de los sicarios, por su sexo excremental y el viejo poseído que camina y dispara por Medellín. Perdonó a Rosario por su nombre y dejó a Dios la decisión sobre su alma. Para la Constitución, espera poder corregir su envilecimiento desde la silla presidencial.

La Biblia
Catalina Holguín, literata

Post tenebras lux

Habría que quemar la Biblia, que en mi humilde concepto, jamás se debió imprimir, ni dar a conocer al vulgo, mucho menos traducirla, ¡carajo! La interpretación de este sagrado texto solo debería estar en manos de hombres piadosos, hombres de bien. Pero no. Tenía que ser el libro más popular del mundo y caer en manos de esos pastores de garaje y de las poetizas que celebran el erotismo del Cantar de los Cantares. Y qué me dicen del tal Saramago, que osó escribir una historia apócrifa de nuestro Salvator Mundi en El evangelio según Jesucristo. Ya que estamos en esas, habría que evaporar esa novelita, lo mismo que la película La última tentación de Cristo, otra aberración de un griego libre pensante.

Definitivamente, es imperativo deshacerse de las Biblias en español, cultivar de nuevo en nuestros párrocos el estudio de las lenguas muertas, y retornar a nuestras iglesias la sana costumbre de oficiar la misa en latín, y de paso recordarle a las mujeres que su cabeza de pecadoras debe estar siempre primorosamente cubierta de una mantilla, sus rodillas bien tapadas e hincadas al momento de recibir la sagrada comunión.

Una gran ventaja—desde un punto de vista meramente práctico, por supuesto—es que son tantas las Biblias por quemar, que tendríamos una gran pira, y en este resplandeciente fuego, fuego sanador, fuego sabio, fuego divino, arderían las asquerosidades escritas por el libertino de Flaubert, las perversiones homoeróticas de Thomas Mann y esa filigrana inútil y vagarosa de Proust. ¡Ahhh! Qué aromas los de mi juventud en el San Pedrito, cuando nuestro pecho ardía de devoción y de orgullo por el deber bien cumplido… Cómo huele de bien el pecado cuando arde en las llamas de la piedad.  

La serie entera de Harry Potter (J.K. Rowling, 1997-2007)
Ricardo Silva, columnista de El Tiempo

Es mucho más fácil preguntarse "¿qué libro no quemaría el Procurador?", pues sólo un puñado de volúmenes no traen noticias del mundo que sucede a pesar de su mundo, pero sospecho que si volviera a sumarse a una quema de libros como la que sabemos empezaría por avivar las llamas con aquella edición de SoHo inspirada en la última cena -que una vez persiguió con antorchas y estandartes- y luego quemaría hasta la serie entera de Harry Potter por blasfema y sacrílega y humorística y erótica, y porque además al final ganan los malos, y después pasaría por alto que de cierto modo todas las novelas invitan a sublevarse, a reírse del fanatismo, a sospechar de esos dementes botafuegos que tienen tan claros sus discursos que van por ahí armando religiones de incautos, de solitarios de defensas bajas. Quemaría libros de sexo, pero no acabaría nunca porque de sexo son todos. Quemaría los libros de niños por irreverentes. Quemaría la literatura colombiana, comenzando por La Vorágine, por castrochavista. Pero me lo imagino quemando hasta la serie de Harry Potter, igual que cualquier amo de las cosas, para seguir sintiendo el dueño del misterio y de la magia. Pobre: ojalá no esté sufriendo tanto siendo él.   

Música para camaleones (Truman Capote, 1980)
Adolfo Zableh, columnista de El Tiempo

Arranquemos por que el Procurador quemaría cualquier libro. Bueno, mediocre o malo, polémico o medianamente conciliado, le metería candela a cualquier texto que no se acople a sus estándares. Hace poco volví a coger Música para camaleones, el primer libro de Truman Capote que leí, cuando estaba en la universidad. Es de relatos cortos, que es lo que me gusta leer, y tiene de todo: muerte, sexo, infidelidad, masturbación, intrigas, alcoholismo, drogadicción, pecados inconfesables. En fin, todo el universo en el que se movía Capote y que supo retratar en medio de una cotidianidad que envuelve al lector. La edición que tengo es de 356 páginas, y creo que Ordóñez decidiría quemarlo antes de la 100. Quizá de la 50. Y ni siquiera. Que el autor sea homosexual sería ya causal de incendio.

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