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En busca de la arquitectura... colombiana

El año pasado fue bueno para la arquitectura nacional. No faltaron los reconocimientos internacionales pero en el país poco tuvieron eco y más bien generaron polémicas por los caminos que están recorriendo nuestros arquitectos. ¿Quién tiene la razón?

2010/07/28

Por Andrés Ramírez Suárez

El 2008 será recordado como uno de los años más importantes para la arquitectura colombiana, pues pasó de ocupar un tradicional papel secundario a convertirse en protagonista de los escenarios de la vanguardia arquitectónica del mundo. Ese cambio se explica, en gran medida, debido al surgimiento de revolucionarios edificios públicos de carácter educativo construidos en sectores marginales de ciudades como Medellín y Bogotá, especialmente.

Como pocas veces sucede en un oficio que incorpora una alta dosis de subjetividad, hubo un consenso entre influyentes críticos y jurados internacionales sobre los avances de la arquitectura colombiana y la manera como esta se apropió de la vanguardia de la arquitectura Latinoamericana.

En importantes escenarios internacionales como concursos, bienales de arquitectura y publicaciones especializadas, se aplaudió unánimemente el talento creativo de las nuevas generaciones de arquitectos colombianos y su capacidad de proyectar estructuras capaces de transformar la vida de personas golpeadas por la violencia y la indiferencia, que es otra forma de violencia.

La nuevas obras suscitaron aplausos en los lugares más insospechados, excepto en Colombia. Qué paradoja. A raíz del premio otorgado a la Biblioteca España de Medellín en la Bienal Iberoamericana de Arquitectura, se encendió en el país un agudo debate acerca de la supuesta ausencia de identidad y calidad constructiva que proponen los edificios de arquitectos como Giancarlo Mazzanti, diseñador de la Biblioteca España. (Arcadia N.º 35).

Lo que se inició como un contrapunteo conceptual en blogs y charlas universitarias, cobró un inusitado protagonismo durante la pasada Bienal de Arquitectura Colombiana celebrada en el mes de octubre en Cartagena. La Sociedad Colombiana de Arquitectos, que al parecer no estaba interesada en incluir el debate dentro del evento, promovió la discusión con un polémico fallo que cambió a última hora el veredicto del jurado en la categoría Proyecto Arquitectónico, el cual premiaba a un conjunto de siete proyectos, entre ellos la Biblioteca España, para otorgárselo al Cenizario del Gimnasio Moderno de Bogotá —obra que también era una de las seleccionadas.

El sorprendente cambio de decisión no fue compartido por el arquitecto mexicano Isaac Broid, miembro del jurado, quien defendió su posición e hizo explícita su inconformidad con la renuncia al evento. Broid sustentó el veredicto como un reconocimiento a un conjunto de obras que expresan lo que Le Corbusier llamó “el espíritu de la época”. “Creo, sin riesgo a equivocarme, que los proyectos premiados, entendidos como un conjunto, muestran con valentía su entendimiento de la paradoja mas desconcertante del momento actual: aglutinar un movimiento en creciente globalización con acciones conscientemente locales. Esto es, creo, el valor de conjunto de las obras premiadas, donde la diversidad conforme un futuro rico en experiencias, donde la ideología no sea el único camino a seguir, sino donde el trabajo con el sitio y sus múltiples y posibles lecturas sea el rector para una arquitectura local y universal”.

Con la lectura del fallo se produjo un largo silencio en el auditorio. ¿Cómo explicar que en el mundo se celebrara y premiara el nacimiento de edificios públicos capaces de desaparecer las sólidas barreras sociales y culturales características de las ciudades latinoamericanas, pero que acá no lo hiciéramos? ¿Quién podría argumentar que obras como el Orquideorama, el Parque Explora, los colegios públicos y los Parques Bibliotecas construidos en Medellín no eran los más fieles representantes del momento actual de la arquitectura nacional?

El arquitecto David Serna, director de la revista Escala, fue especialmente enfático frente a esta decisión: “Los proyectos urbanos realizados en Medellín y Bogotá, y los que se adelantan en varias otras ciudades colombianas, han recuperado espacios, conceptos, ideas y el tema de lo público como razón de ser de la arquitectura colombiana. Este sentimiento de habernos reencontrado con lo urbano, con lo público, estaba en la mayoría de los otros proyectos que optaban por el premio en esta categoría, no en el Cenizario. El Cenizario es una obra privada, encerrada, enterrada... eso sí, bien hecha, cuidada, como las demás, pero alejada conceptualmente, por su uso y su programa, de lo que ha caracterizado la profesión en los últimos años”.

Posiciones encontradas

La fractura conceptual existente en la concepción y la crítica de la arquitectura en el país se hizo por primera vez evidente dentro de un escenario oficial como lo es la Bienal Colombiana de Arquitectura. Aunque existen posiciones intermedias y conciliadoras, los bandos quedaron bastante más identificados. Por un lado se alinea un sector tradicional de la crítica educado bajo estrictos conceptos heredados de la modernidad y la posmodernidad del siglo pasado, seguidora de trascendentales arquitectos como Fernando Martínez, Guillermo Bermúdez, Leopoldo Rother y Rogelio Salmona, entre otros. Uno de sus abanderados es el arquitecto Benjamín Barney, columnista del diario El País de Cali, quien en una reciente columna comentó los sucesos de la Bienal. “Porque desde luego el problema de buena parte de nuestra arquitectura actual no es apenas su deficiente construcción sino su enfoque equivocado y frívolo que ignora nuestras circunstancias, ocupado en estar a la penúltima moda internacional y su espectáculo mediático, olvidando que es para nuestras ciudades y gentes. Y de nuevo la biblioteca Virgilio Barco (diseñada por Rogelio Salmona) quedó por fuera, pues otra vez, como otras importantes obras, tampoco fue inscrita”.

En el otro bando se encuentra una nueva corriente de arquitectos inmersos dentro de una perspectiva global y de información instantánea. Esta nueva generación, más preocupada por brindar respuestas a realidades contemporáneas que en la búsqueda de identidades regionales, reconoce la validez de los múltiples caminos para abordar la arquitectura. En otras palabras, crean a partir del gran espectro de heterogeneidad que plantea la contemporaneidad. “Estoy convencido de la necesidad de convivir con diferentes ópticas e ideas, especialmente en la arquitectura”, dice el arquitecto Daniel Bonilla.

Para entender la brecha conceptual entre estas dos maneras de hacer arquitectura, habría que remitirse al origen mas básico: las escuelas de arquitectura, especialmente las de Bogotá, que en su mayoría centran su enseñanza en un estudio riguroso, tanto histórico como teórico, de la arquitectura moderna y posmoderna en Colombia. Esto ha hecho que la formación de varias generaciones de arquitectos se vuelque siempre hacia la misma arquitectura, especialmente edificada en Bogotá, y eso se ha malentendido como la “arquitectura colombiana”. “En lugar de tratar de entender qué es lo que está pasando en nuestro medio, el camino que han tomado muchos se ha centrado en la incredulidad y en el afianzamiento de creencias atávicas que según ellos deberían definir el norte de la arquitectura nacional. A esta línea de pensamiento se han sumado aquellos que se aferran de manera ciega a que el único camino posible consiste en la aproximación “topológica” o “en la construcción paulatina de una condición de lugar” y descalifican aquellas manifestaciones arquitectónicas que consideran que no se incluyen dentro de este precepto. Principio este que parece nacer de la romántica idea decimonónica de establecer una dependencia de la forma constructiva respecto de conceptos vinculados con la identidad local o nacional”, explicaba el arquitecto Alberto Escovar en una reciente columna de opinión.

Lo anterior ha significado el nacimiento de arquitectos comprometidos con el ejercicio de la arquitectura en una sola vía. Camino aparentemente contrario al emprendido por la mayoría de facultades de arquitectura de Medellín. Según Juan Pablo Ortiz, arquitecto y profesor de la Universidad de los Andes: “La enseñanza de la arquitectura en Medellín tiene la virtud de trabajar en dos sentidos: una fuerza de contracción que es capaz de mirarse a sí misma, y una fuerza de dilatación capaz de mirar hacia fuera. Las escuelas de arquitectura de Bogotá siguen estando demasiado contraídas en la manera como se aprecia y se enseña la arquitectura”.

Si se aceptara la validez de encontrar un elemento en común que distinguiera e identificara a la arquitectura colombiana, seguramente habría que resaltar la convicción de nuestros arquitectos por relacionar los proyectos con el entorno, como una respuesta analítica a un análisis previo de los componentes geográficos, culturales y urbanísticos de la ciudad. Pero seguramente el debate planteado sobre lo que se denomina “arquitectura colombiana” y “ausencia de identidad nacional” tenga que ver con consideraciones menos profundas, referidas esencialmente a factores estéticos y de forma.

Entonces pareciera que para hacer “arquitectura colombiana” se debe proponer un lenguaje digerible, un tanto vernáculo, que haya sido repetido varias veces en la ciudad y con uno que otro guiño estético hacia la arquitectura de Rogelio Salmona. Por el contrario, si se presenta un arquitecto que además de trabajar con las determinantes del lugar plantea nuevas exploraciones en la forma arquitectónica, en la tipología y en los materiales, pues a ese ya no se le considera tan colombiano. Así lo cree la periodista Beth Broome, de la reconocida revista Architectural Record, quien en un reciente artículo dedicado a la Biblioteca España aborda esta discusión. “La Biblioteca España ha ocupado la atención generalizada de la prensa internacional, pero también ha dejado dividida a la comunidad de arquitectos colombianos. “El hecho de recibir este premio provocó el primer alboroto entre la crítica durante años”, dice un arquitecto de Colombia, para explicar que algunos creen que la biblioteca, entre otras cosas, no es representativa de la “arquitectura colombiana”, quizá porque no la perciben auténticamente vernácula”.

Quizá sea la grandeza de la obra del maestro Salmona una fuerza demasiado arrolladora, que aprisiona cada nueva idea, cada nueva fachada, cada giro geométrico inesperado en una planta. Acaso sería más saludable dejar ir al maestro, como él mismo en su momento se liberó de la pesada carga que le imponía la sombra de su maestro Le Corbusier.

Sería mejor apoderarse de sus enseñanzas y proteger como un tesoro su legado, para después liberarlo y dejarlo descansar, y así emprender el nuevo camino antes señalado por el mismo Salmona. Bien lo dijo Germán Santamaría, el más importante cronista del país, al referirse a la inmensidad de Cien años de soledad y el peso que ejerce en cualquier aprendiz de escritor o periodista: “Si usted tiene un hijo que quiere ser médico o abogado, regálele el libro. Pero si le nota talento para periodista o escritor, es mejor que lo piense, o mejor no se lo compre. Porque quedará marcado para siempre y tendrá que luchar por muchos años para quitarse de encima el estigma, para desterrar todos esos adjetivos y esas frases largas y grandilocuentes y hermosas como una mujer fatal que todo lo destruye… condenada a destruir a todo hombre al que bese más de una vez”.

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