RevistaArcadia.com

La historia en espiral

El Museo Guggenheim, de Nueva York, cumple cincuenta años de inaugurado este verano. Un acontecimiento que hace recordar a un arquitecto sin precedentes y a una trascendental generación de artistas

2010/06/29

Por Daniel Pardo* Nueva York

En junio de 1940, mientras los nazis invadían París, Peggy Guggenheim y Herbert Read hacían una lista de artistas a los cuales Peggy les compraría obra. Entre ellos estaba

Pablo Picasso, a cuyo estudio Guggenheim entró en diciembre de ese año. “Madame —dijo el andaluz—, el departamento de lencería está en el segundo piso; éste es el tercero”. Peggy, libreta en mano, omitió el incidente y se presentó como una judía que estaba entre escapar de la persecución nazi o viajar por Europa comprando una obra de arte al día. Tanto Picasso como Man Ray, compañeros de estudio en ese momento, se rieron y se disculparon.

Hoy, la bodega del Museo Solomon R. Guggenheim de Nueva York guarda doce Picassos donados por Peggy Guggenheim. Guardados mientras sus salas exhiben la obra de otro monstruo: Frank Lloyd Wright,

el arquitecto que le dio forma al edificio que cumple cincuenta años de fundado, que ha hospedado 500 exposiciones y ha sufrido dos renovaciones.

En los tersos muros blancos del edificio en espiral se escriben dos historias. La de una mujer que, sin omitir que tuvo cuatro esposos, es considerada una de las más prestigiosas coleccionistas y mecenas del arte del siglo pasado. Y la de un hombre obsesionado con romper paradigmas arquitectónicos que, también sin omitir, trataba sin piedad las cuentas bancarias de sus clientes, y que hoy es considerado una ruptura en la arquitectura moderna.

Los Guggenheim brotaron de la bonanza del siglo xix como una de las familias judías más poderosas del Upper East Side, de Manhattan. Solomon se retiró del negocio minero en 1919, se estableció como un comprador importante de arte, y creó en 1937 la fundación que iba a llevar su nombre. Su hermano Benjamin, financiero que murió en el Titanic, era el padre de Peggy, una mujer enamorada del arte, de los hombres y de los hombres que hacen arte. En 1920 se mudó a París, donde conoció a Marcel Duchamp y a Georges Braque. En 1938 abrió una galería en Londres, donde exhibió a Alexander Calder y a Vassili Kandinsky. En 1942 se casó con Max Ernst y en 1946 se divorció.

Peggy Guggenheim fue la cabeza de la generación de artistas exiliada en Nueva York durante la Segunda Guerra. Íntima amiga de Truman Capote y de Jack-

son Pollock, la clase alta neoyorquina nunca fue fanática de su obra ni de su personalidad: la calificaban de tonta, loca y ninfómana. En 1947 volvió a Europa y se afincó en Venecia, donde creó el museo que hoy exhibe parte de su colección. Más allá de sus intimidades, su filantropía hizo del Guggenheim una fundación relevante que dio a conocer, entre muchos, a Kandinsky y a Pollock, protagonistas determinantes del arte de la postguerra.

En la obra de Broadway dedicada a su vida, Woman Before a Glass, su personaje se refiere al ‘espiral’ diciendo: “Por el amor de dios, ¡es un parqueadero!”. No es mentira que Peggy Guggenheim, después de que Wright construyó el edificio que respondía más a la ambición de un arquitecto visionario que a los parámetros convencionales de un recinto dedicado a exponer pintura, se desilusionó con la obra.

Y es que en la cuadriculada Nueva York, quien quiera que se pasee por la Quinta Avenida con calle 89, en Manhattan, notará que hay un lunar blanco pegado al Central Park. El Guggenheim fue, de entrada, un ataque a la rigidez de la capital financiera de Norteamérica. Además, siendo una rosca en forma de embudo, no tiene la lógica espacial necesaria para exhibir pintura. John Canaday, de The New York Times, lo llamó en 1959 “una guerra entre arquitectura y pintura de la que ambas salen lisiadas”. Esa no era la preocupación de Wright. No lo era, porque Frank Lloyd Wright es el arquitecto norteamericano más famoso del siglo xx. Aquel capaz de pensar la ciudad moderna de una manera revolucionaria luchando en contra de la deshumanización de las ciudades. Su teoría, materializada en la Casa Usonian (término que prefería a American), en la cual articulaba la naturaleza con la residencia, y separaba lo público de lo privado: la ciudad y la casa, unidas por enormes autopistas, son dos espacios diferentes.

El triunfo de Frank Lloyd Wright: de dentro hacia fuera, la exposición que muestra 200 de sus dibujos y más de una docena de sus modelos a escala, revela cientos de proyectos que se quedaron en el papel del genial arquitecto. Si el Guggenheim hubiera sido construido para una exposición concreta, en esta muestra habría encontrado su razón de ser. A eso se refiere Paul Goldberger, crítico de arquitectura de The New Yorker, en la última edición del semanario: “En su ascendencia hacia el cielo, la espiral es una metáfora autoritaria para una exhibición cronológica de no pintura”.

El recinto se ajusta a la narrativa de esta obra, pero la exhibición no incursiona en la controversia de un arquitecto que ha sido calificado de megalómano y desobedecía sin vergüenza las pretensiones de sus clientes. Como pasó con el Guggenheim. Durante la construcción, James Johnson, director del museo, tuvo que pelear a menudo con Wright sobre sus ideas. Cuando el segundo murió, seis meses antes de la inauguración, pintaron el edificio de blanco en vez de marfil, como era su idea, y colgaron las pinturas en paredes artificiales en vez de hacerlo en los muros curvilíneos de la espiral, tal como Wright quería.

Según Víctor Hugo, “la arquitectura ha grabado las grandes ideas de la raza humana. No solo todo símbolo religioso, sino toda idea humana, tiene un espacio en este vasto libro”. Según el libro Museo Guggenheim, entonces, esta espiral fue el protagonista central de la historia del arte y la arquitectura en el siglo xx. Que los cumpla muy feliz.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.