Vista de los bloques de apartamentos en Marsella, en Francia, desde el techo del Centro para las Artes La Cité Radieuse.

La vida íntima de las ciudades

“Bogotá seguirá pateando su mediocre destino”, escribió el gran arquitecto Le Corbusier tras visitar 5 veces la ciudad en los años 50. Arcadia pasa revista a un legado que oscila entre la admiración y la polémica, en momentos en los que se debate cómo deben crecer las ciudades.

2013/10/18

Por Hernán D. Caro. Berlín.

A mediados de 1933 un grupo de visionarios se reunió en un lujoso barco para navegar desde el sur de Francia hasta Atenas. Allí discutirían sobre las miserias de la ciudad de la era industrial y el deber de la arquitectura de mejorar la vida urbana. Los viajeros conformaban el CIAM, el Congreso Internacional de Arquitectura Moderna, fundado cinco años antes en Suiza. Durante sus once encuentros entre 1928 y 1959, el CIAM contó con la participación de genios de la arquitectura como el alemán Walter Gropius o el finlandés Alvar Aalto. Pero el miembro más importante, cuya iniciativa había dado origen al grupo, se llamaba Charles-Édouard Jeanneret-Gris, a quien las fotos muestran adusto y altivo, de corbatín y gafas redondas de intelectual, y a quien el historiador Sigfried Giedion describió como un tipo “reservado, que rechaza todo lo personal y es desconfiado como un minero”.

Jeanneret había nacido en 1887 en un pueblo en la Suiza francesa, donde realizó su aprendizaje de grabador y cincelador. Siendo muy joven descubrió su pasión por el diseño y la construcción. En 1908 trabajó en París con el arquitecto Auguste Perret y poco después en Berlín con Peter Behrens, uno de los padres de la arquitectura moderna. De regreso en Francia, en 1917, Jeanneret abrió una oficina, escribió varios libros subversivos y herméticos y se convirtió, bajo un pseudónimo famoso en todo el planeta, en uno de los arquitectos más respetados y detestados de la historia: Le Corbusier.

Terapia para ciudades enfermas

Las conclusiones del encuentro de Atenas surgen en gran medida de las ideas del arquitecto suizo. Fueron publicadas anónimamente en 1935, pero es la versión escrita por Le Corbusier mismo hace setenta años, en 1943, lo que se conoce como Carta de Atenas: cincuenta páginas que componen el manifiesto de planeación urbana más importante de las últimas décadas, cuya capacidad de producir ojos luminosos o náuseas en urbanistas de todo el mundo se extiende hasta hoy.

La Carta denuncia el caos y la ineficiencia de la entonces ciudad contemporánea y propone un modelo ideal, la “ciudad funcional”. Según la Carta, el análisis de ciudades en todo el mundo evidencia “la falta de orden llevada al límite por el sistema industrial. En todas ellas, el hombre está expuesto a la estrechez. Todo lo que lo rodea lo ahoga y aplasta. Nada de lo necesario para su salud física y moral ha sido conservado o construido. La ciudad no cumple con su función: proteger bien a los habitantes” (§71). El predominio de intereses privados, el aumento del consumo y de la velocidad de producción durante el siglo xix, la aparición del automóvil y la falta de planes adecuados para el crecimiento de las ciudades, llevaron a que las construcciones urbanas –casas, fábricas, calles, rieles– surgieran unas encima de otras, unas asfixiando a otras, haciendo imposible vivir decentemente. Como lo muestra su libro Urbanisme de 1925, Le Corbusier consideraba al centro tradicional europeo, de calles estrechas y usos mixtos, así como a su desarrollo posterior, donde los andenes para peatones separan las casas de las calles para automóviles pero, a fin de cuentas, todo tiene lugar en el mismo espacio urbano, la imagen perfecta del infierno. En La ciudad radiante (1935) y en la Carta, Le Corbusier propuso soluciones drásticas.

Los objetivos principales de las reflexiones del CIAM, que aún hoy definen la planeación urbana, son descongestionar la ciudad incrementando al tiempo su densidad demográfica, hacer más efectivo el transporte y aumentar la luz y los espacios urbanos libres y verdes. La ciudad que de allí resulta es, en una versión muy simplificada, un parque gigantesco dividido en bloques según el plano cartesiano. En él se elevan series de rascacielos –un plan de Le Corbusier para París proponía veinticuatro en el centro, cada uno capaz de albergar entre diez mil y cincuenta mil personas–, separados entre sí por prados. Aquí, las cuatro funciones urbanas –habitar, trabajar, recrear el cuerpo y el espíritu y transportarse–, así como sus subtipos –barrios de alta y baja densidad de viviendas, de servicios, fábricas etc.–, estarían concentrados en zonas diferentes. El transporte motorizado pasaría por vías independientes, no al lado de las casas; su único objetivo sería “vincular beneficiosamente a las otras funciones”. Además de cumplir con los objetivos urbanos básicos, la ciudad planificada producirá, en opinión de Le Corbusier, “la impresión de calma, orden y limpieza, e inculcará en sus habitantes una disciplina irresistible” (Hacia una arquitectura, 1923).

Según la Carta, “grandes convulsiones serán inevitables” (§81), lo que debería entenderse al pie de la letra. En 1925 Le Corbusier había propuesto el reemplazo del centro de París por una ciudad de ángulos rectos, edificios gubernamentales blancos y monumentales y torres idénticas en medio de parques conectados por autopistas. (No ha de sorprender que el suizo, como otros arquitectos famosos de su tiempo, percibiera los bombardeos de ciudades durante la Segunda Guerra Mundial como una oportunidad formidable.) Planes similares existían para Berlín, Buenos Aires, Estocolmo, Argel o Bogotá (ver recuadro). Aunque ninguno de ellos fue llevado a cabo, en 1951 Le Corbusier logró crear en India una ciudad entera: Chandigarh, hasta hoy una de sus obras más representativas y, según muchos, un ejemplo admirable y exitoso de urbanismo. Además, construyó en algunas ciudades francesas y en Berlín varios bloques de concreto para apartamentos (o “celdas”, como las llama la Carta): las “unidades de habitación”, que dan una idea vaga de cómo se habrían visto las “ciudades radiantes” europeas si Le Corbusier hubiese logrado construirlas.

Ciudades de pobres corazones

La Carta de Atenas surge de la convicción de que la arquitectura puede mejorar la vida en las ciudades. Pero en sus más de setenta años de existencia, la utopía de la ciudad funcional no solo ha provocado entusiasmo. También ha sido acusada de lograr justo lo que la Carta quería evitar: la destrucción de la ciudad.

“El mal que Le Corbusier produjo sobrevive tras su muerte” (ocurrida en 1965), escribió Peter Hall en Ciudades del mañana. Una historia intelectual del diseño y planeación urbana en el siglo xx (1988). Hall critica la arrogancia del arquitecto y sus seguidores al pensar que las necesidades urbanas son invariables (es famosa la frase de Le Corbusier de que el diseño de Chandigarh no le exigía viajar a la India), y que la ciudad de autopistas y rascacielos puede satisfacer esas necesidades. “Le Corbusier provenía de una familia de relojeros –comenta Hall–. Su mayor fama se la debió a su afirmación de que una casa es una máquina para vivir. Era natural: su deseo de apiñar miles de componentes diminutos en una armonía planeada provenía de una larga tradición hereditaria. Pero las personas no son piezas de relojería y la sociedad no puede reducirse a un orden mecánico; el intento de hacerlo fue una desgracia para la humanidad”.

Chandigarh fue construida sin pensar en sus habitantes: “La relación entre calles y edificios no tiene en cuenta el clima feroz del norte o el modo de vida indios. La construcción de edificios que pudiesen estimular la integración social es un fracaso; las secciones de la ciudad no logran convertirse en verdaderos vecindarios. En las distintas zonas hay diferentes densidades de vivienda según el estrato social, que llevan a una segregación social planificada”. Por lo demás, los planos de Le Corbusier no logran enfrentar el crecimiento real de la ciudad, y los contrastes son radicales: “Caminando por el magnífico campus de la Universidad de Punyab uno puede ver más allá de sus altos muros miles de personas viviendo en tugurios, sin electricidad ni agua corriente”. Según Hall, críticas como estas se pueden aplicar también a Brasilia, construida por Lúcio Costa y Óscar Niemeyer entre 1956 y 1960, cimentada en gran parte sobre las visiones de Le Corbusier.

Otras críticas se refieren a las “unidades de habitación” para cientos o miles de personas, que muchos consideran un modelo capaz, bajo ciertas condiciones, de causar desastres. Hall refiere la demolición en 1972 (diecisiete años tras su construcción) de las Torres Pruitt-Igoe en St. Louis, Estados Unidos, foco de delincuencia y segregación racial. Otros aducen los banlieus, suburbios de inmigrantes en París, llenos de torres corbusianas y conflictos sociales. O se podría pensar en los kilómetros de bloques en el este de Berlín, abandonados por gente deseosa de vivir en edificios del siglo xix. También la ficción tiene historias poco halagadoras sobre los bloques de “celdas”, como la célebre novela de J.G. Ballard, High-Rise (1975), sobre el apocalipsis de una torre de apartamentos para millonarios en Londres.

Pero el ataque más sistemático es Muerte y vida de las grandes ciudades estadounidenses (1961), donde la periodista Jane Jacobs acusa a los urbanistas de ignorar el funcionamiento profundo de la ciudad y reemplazar peligrosamente vecindarios funcionales por bloques corbusianos. Jacobs sostiene que en el vecindario tradicional existe un sentido del caos y vitalidad que mantiene un orden oculto a primera vista, y muestra cuáles son las ventajas de los andenes respecto a seguridad y contacto social; cuál es el sentido de los parques de barrio y los vecindarios; cómo la mezcla de funciones genera diversidad; por qué los bloques pequeños y los edificios viejos son necesarios. Habría que rogar que cuando las ciudades del mundo hayan desaparecido, el libro de Jacobs sobreviva en algún lugar.

Le Corbusier y su Carta moldearon la forma en que generaciones enteras han pensado la ciudad. Sus intenciones eran generosas: “La arquitectura es responsable por el bienestar y la belleza de la ciudad”, dice. Pero sus pretensiones parecerían superar las competencias naturales del arquitecto: “La arquitectura ha de administrar el destino de las ciudades; ella es la llave hacia todo el resto de cosas”. Los arquitectos seguirán soñando “ciudades radiantes”. Solo cabe esperar que tengan claro el deber de comprender correctamente la vida íntima de las ciudades.

Le Corbusier en Bogotá

Le Corbusier visitó Bogotá cinco veces entre 1947 y 1951. La ciudad que conoció, de 600.000 habitantes, sufriría en 1948 el traumatismo del “Bogotazo” –que arruinaría grandes partes del centro–, y crecía sin control a causa de la migración campesina. Un plan para su ordenamiento era urgente. Dicho plan fue entre-gado por Le Corbusier y sus antiguos colaboradores Josep Lluís Sert y Paul Lester Wiener en 1950.

Según la profesora de arquitectura María Cecilia O’Byrne, quien hace algunos años dirigió el proyecto “Le Corbusier en Bogotá”, el arquitecto, fascinado por la Sabana que había visto desde su avión, quiso “crear el equilibrio entre la naturaleza y la ciudad”, por lo cual uno de sus principales objetivos era limitar el creci-miento urbano desproporcionado. Así, propuso por ejemplo divi-dir la ciudad en zonas de altas densidades de vivienda y crear una zona verde de límite y reserva para vivienda futura bordeando la avenida 30. Sobre la calle 13 hacia el centro estarían la industria pesada y artesanal, el comercio al por mayor y de víveres; en el centro, el comercio al detal y la administración pública y privada. Las cuencas de los ríos, incluyendo el Bogotá, las orillas de las represas y los humedales serían lugares de esparcimiento. Res-pecto al transporte, se distinguían vías con fines específicos: vías que conectarían el sur y el norte, de conexión con la provincia (la avenida 30, la calle 13, la vía a los Llanos), vías rápidas (7ª, 10ª, avenida Caracas) y vías perpendiculares a las montañas que limi-tarían las zonas de vivienda y las conectarían con las de trabajo de oriente a occidente. La falta de interés de las autoridades, el rechazo por parte de algunos medios y, ante todo, la oposición de los propietarios del suelo impidieron la aplicación del plan. Le Corbusier escribió: “Bogotá seguirá pateando en su mediocre destino”.

El arquitecto Germán Téllez sostiene que Le Corbusier “propuso cómo debería quedar la ciudad si estuviera en sus manos hacerlo todo en ella en los años siguientes. Esto es diferente de la tarea, bastante más compleja, de establecer los destinos urbanísticos de un vasto conglomerado urbano”. Los planes estaban “condena-dos al fracaso” pues jamás tuvieron “un respaldo político, social o económico que los hiciera viables”. Por lo demás, implicaban “la casi total destrucción o desfiguración del centro histórico y la aparición de la ciudad de grandes bloques residenciales o de ofi-cinas”. Para María Cecilia O’Byrne, por el contrario, Le Corbusier propuso una estructura flexible para el desarrollo de la ciudad, con una visión social y ecológica en su núcleo, sobre la cual se hubiesen podido construir edificios incluso distintos a los ideados por el suizo. Y aunque este proyectaba la destrucción de zonas como La Candelaria –en los años cuarenta un tugurio insalubre–, deseaba conservar, entre otros, las nueve manzanas fundaciona-les, la Plaza de Bolívar o iglesias como la de Santa Clara o San Francisco, nombrados patrimonio urbano solo años después. Si Le Corbusier hubiera realizado sus planes, Bogotá sería hoy, se-gún O’Byrne, una ciudad inmensamente mejor.

También el arquitecto Daniel Bermúdez subraya el significado del plan de Le Corbusier, por ejemplo con respecto a la clasificación de los tipos de vías, que aún se usa en el distrito, o a la compren-sión de la ecología de la ciudad: los parques lineales actuales rememoran aquella comprensión. El papel más importante de Le Corbusier para Bogotá, sin embargo, lo ve Bermúdez en su influencia sobre ar-quitectos como su propio padre Gui-llermo Bermúdez, Germán Samper y Rogelio Salmona, quienes desarrollaron una arquitectura novedosa en el país. En el arribo definitivo de la arquitectura moderna a Bogotá a partir de los años cin-cuenta del siglo pasado, que se puede ob-servar en obras de estos y otros arquitectos como el barrio El Polo, el Museo de Ar-quitectura de la Uni-versidad Nacional, el Centro Antonio Nariño o las To-rres del Parque, Le Corbusier tuvo un rol central.

*Imagen 1: Detalle de La Torre de la Justicia, diseñada en 1955 por Le Corbusier en la ciudad de Chandigarh, en la India.

Imagen 2: Busto de Le Corbusier realizado por el artista francés Xavier Veilhan en Centro para las Artes La Cité Radieuse en Marsella

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