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  • su apartamento en el edificio Molitor, en París.
  • la exposición en su honor en el Georges Pompidou.

Formas limpias

Arquitecto, humanista, ateo, Le Corbusier es un paradigma de la arquitectura del siglo xx. Una exposición en el Georges Pompidou, en París, lo celebra a 50 años de su muerte, mientras que dos libros lo acusan de colaboracionista con el régimen de Vichy.

2015/05/22

Por Ricardo Abdahllah* París

Charles Edouard Jeanneret-Gris, conocido como Le Corbusier, dormía en una cama elevada a metro y medio del suelo. Así podía ver las colinas de Sèvres, del otro lado del río Sena, en París, sin necesidad de levantarse. Al lado de su cama había un bidé. En el mismo espacio se encontraba una ducha monacal recubierta de paredes en cemento. El apartamento de la rue Nungesser et Coli, ubicado en el edificio Molitor, se encuentra en el distrito 16, en el occidente de esa ciudad. Se conserva intacto desde que Le Corbusier pasó allí su último verano en 1965. Al recorrer el espacio uno siente la presencia de las ideas y las formas del maestro franco-suizo nacido en Neuchâtel, Suiza, en 1887. Allí están las largas ventanas horizontales y las bóvedas que le permitieron prescindir de muros internos. Allí están las puertas de grandes dimensiones que también servían de armarios y que cuando estaban abiertas hacían que el espacio fuera uno solo, y la luz entrara a cualquier hora del día.

“Le Corbusier dudó cuando los promotores inmobiliarios le propusieron un proyecto de un solo lote en medio de los intocables edificios parisinos. Luego decidió que el tamaño le permitiría usarlo como una especie de laboratorio para sus proyectos”, explica el guía que abre la puerta de ese lugar privado, una vez por semana. “Cuando decidió que el séptimo y octavo piso serían su casa, se permitió todas las libertades. Es uno de sus proyectos de menor escala, pero también uno de los más personales”, cuenta. Le Corbusier era ambicioso: además de planear su propio hogar, también intentó seleccionar a sus vecinos. Entre 1930 y 1932, mientras la obra avanzaba, propuso sin éxito los apartamentos de los pisos bajos a personajes como James Joyce y el pintor Fernand Léger. Si sus relaciones estaban a ese nivel era porque Le Corbusier, recién casado con la modelo Yvonne Gallis, se había forjado una sólida reputación no solo como arquitecto sino como artista plástico. En la primera disciplina había pasado por agencias suizas y alemanas antes de realizar la casa de Anatole Schwob, un relojero como él mismo pensó serlo alguna vez. Como artista, le gustaba contar un momento de revelación ocurrido en Atenas, en 1918, cuando visitó el Partenón y se inspiró para hacer La chimenea, su primera pintura conocida.


Tan pintor como arquitecto

En realidad, había realizado decenas de lienzos antes. La presentación del trabajo de Le Corbusier pintor es uno de los aspectos notables de la exposición que desde del pasado 29 de abril le dedica el Centro Georges Pompidou, en París. En la colección es notoria la exploración de las vanguardias que, junto al pintor cubista Amédée Ozenfant, Le Corbusier trataba de concretar alrededor de los “objetos-temas” y el movimiento Purista, que según los ensayos publicados por el dúo en la revista L’Esprit Nouveau, debía suceder al cubismo.

A lo largo de su vida Le Corbusier no dejaría de practicar la pintura y la escultura, con especial interés en la figura humana en los años treinta, e interesándose por la acústica en los cuarenta, cuando las formas redondeadas integrarían su trabajo. Tampoco decaería el interés por darles un fundamento teórico a sus creaciones y por poner por escrito las conclusiones de sus experiencias.

Fue gracias a la atención que despertaron los postulados que presentó en la Exposición Universal de Artes Decorativas, de 1925, y a la publicación, en 1927, de Cinco principios de la Nueva Arquitectura, en coautoría con Pierre Jeanneret, su primo y socio, que creció la demanda de villas particulares bajo su diseño. La colaboración entre los dos se extendería hasta la ocupación alemana, cuando Pierre, a pesar de una cómoda situación profesional, decidió unirse a la resistencia francesa.


Su apartamento en el edificio Molitor, en París.


Los años grises
Al tratarse de una exposición que cubre una carrera multidisciplinaria que abarcó cinco décadas, no es tan evidente la ausencia de ciertos periodos del trabajo de Le Corbusier. Sin embargo la aparición en los últimos meses en Francia de Le Corbusier, un fascismo francés, de Xavier de Jarcy, y de Un Corbusier, de François Chaslin, han despertado la suspicacia de los visitantes sobre la escasez de referencias a la primera mitad de los cuarenta. “Llevamos tres años preparando esta exposición y no somos los abogados defensores de Le Corbusier. La anterior gran retrospectiva realizada en el Centro Pompidou abordaba su periodo de trabajo en la etapa de la Francia ocupada y la idea que tenemos es realizar el próximo año un coloquio sobre el tema”, afirma Frédéric Migayrou, comisario de la exposición. Más aguerrida fue la defensa que hizo el arquitecto comunista Paul Chemetov, en una columna del diario Le Monde, al afirmar que “también Camus y Sartre publicaron durante la ocupación”, además aduciendo que “en ese periodo la mayoría de los arquitectos franceses eran vichistas”.

Vichy fue la capital de Francia durante la colaboración con los nazis y la conveniencia laboral no basta para explicar el entusiasmo de Le Corbusier durante los 18 meses que permaneció en la ciudad con cargo y sueldo de “asesor en temas de urbanismo”. Para Chaslin, “Le Corbusier tenía ciertas opiniones detestables y estaba fascinado por la organización del III Reich, pero era en esencia antigermanista y por eso es difícil verlo como pro nazi”. En su correspondencia privada, sin embargo, el arquitecto se refiere en varias ocasiones a las “conspiraciones de judíos y masones” y llega a afirmar que Hitler podría “coronar su obra de manera grandiosa con el desarrollo de Europa”. De Jarcy afirma que en los años veinte, Le Corbusier frecuentaba a los miembros de Faisceau, el partido fascista de Francia, y que participó en la fundación de la revista Plans, que contaba con el apoyo de Robert Brasillach, tal vez el más notorio de los intelectuales antisemitas de la época.


Los grandes proyectos

Si las posiciones de Brasillach le valdrían ser fusilado tras la derrota de los nazis, la amistad de Le Corbusier con André Malraux y Eugène Petit, dos miembros de la resistencia, y sus críticas a los proyectos arquitecturales de Mussolini –a quien habría propuesto sin éxito sus servicios– le permitieron no solo escapar a una condena sino continuar ejerciendo su profesión. Más aún, la designación de Petit como ministro de la Reconstrucción le permitió a Le Corbusier tener la libertad para aplicar a gran escala los principios de su Carta de Atenas, un manifiesto de 95 puntos, que comenzó a trabajar en 1933, y publicó en 1941 bajo el título de La ciudad funcional.

En el texto, que tuvo el visto bueno del régimen de Vichy, Le Corbusier defendía, entre otros, el crecimiento vertical de las ciudades para liberar espacio, y la separación estricta de los lugares de trabajo, vivienda y recreación. También explicaba el principio de “unidad de habitación”, desarrollado durante sus viajes en trasatlántico en los que cada camarote contenía lo necesario para vivir y se conectaban por corredores para acceder a espacios comunes abiertos. Las Unidades del Westend, en Berlín, la Maison radieuse [Casa Radiante], en Rezé (Loira), y la Cité radieuse [Ciudadela radiante], en Marsella, fueron la materialización de una teoría que, durante los años de la posguerra –de los cincuenta a los setenta–, algunos arquitectos franceses usarían para la construcción de cités, o multifamiliares. La mayoría de estos, sin embargo, se limitó a construir edificios con apartamentos-camarotes unidos por corredores, dándoles poca importancia a los espacios comunes, lo cual contribuyó a la degradación posterior de los suburbios populares.


Modulor y Chandigarh

Una de las salas de la exposición está centrada en Modulor, una figura humana de un hombre de madera con un brazo levantado cuya medida total –de los pies a la mano– es de 226 cm, y del ombligo al suelo, su mitad, 113 centímetros. Se trataba de un maniquí de madera que buscaba una relación matemática para encontrar un número áureo que sirviera de patrón de medida en la arquitectura en la tradición de personajes como Leonardo da Vinci.

Aunque críticos como Michael Ostwald han señalado que el Modulor es una excentricidad matemática que no tiene en cuenta ni los aspectos prácticos de la arquitectura ni las proporciones del cuerpo femenino, la mayoría de los planos de Le Corbusier, a partir de 1944, incluyen como base dichas medidas, y la silueta de Modulor aparece en varias de las fachadas de las obras de los últimos 20 años de su carrera.


La exposición en su honor en el Georges Pompidou.

Sin embargo, el símbolo de la Fundación Le Corbusier no es Modulor sino la escultura de la Mano abierta, ubicada en la plaza de Chandigarh, la capital del estado indio de Punyab. Fue en 1948, tras la separación de Pakistán, que Jawaharlal Nehru, el primer ministro del país, le confío a Le Corbusier el más vasto de los proyectos del arquitecto: la creación de una nueva ciudad. La realización de Chandigarh, que le permitió a Le Corbusier reconciliarse con Pierre Jeanneret, tomaría más de doce años en los que el arquitecto trabajó con frecuencia junto a los obreros que levantaban las sedes de tres museos, la alta corte, el secretariado y la asamblea estatal. La Mano abierta no sería terminada sino hasta años después. Otra de las obras “póstumas” de Le Corbusier es el gimnasio de Bagdad, cuya construcción estuvo parada durante 20 años antes de que se reiniciara por orden de Sadam Hussein.


Una cabaña junto al mar

Cada verano a partir de 1950, Le Corbusier escapaba de su apartamento parisino para pasar algunas semanas en su casa de descanso en la Costa Azul. La palabra “cabaña” puede ser más exacta, pero sigue siendo imprecisa porque en realidad la “celda habitacional” de Le Corbusier en vacaciones era un cubo de madera de 15 metros cuadrados de superficie y 2,26, metros de altura, la medida de su Modulor con el brazo levantado. Llevando al extremo sus teorías sobre la escala humana, el arquitecto quería demostrar que ese espacio era suficiente para vivir. Sus críticos no dejaron de señalarle que era diferente cuando al salir de la unidad habitacional está el mar y no otros centenares de unidades idénticas.

Fue de esa cabaña, la mañana del 27 de agosto de 1965, de donde Le Corbusier salió para su hora diaria de natación que tuvo que acortar porque comenzó a sentir un fuerte dolor en el pecho. Él mismo había escogido el cementerio de Roquebrune, apenas a unos cuantos kilómetros con vista hacia el mismo mar, y dispuesto el espacio suficiente en la tumba que diseñó cuando Yvonne, su esposa, murió en 1957: una loza divida en formas geométricas, una lápida dividida en dos zonas de colores. Un cilindro en cemento de apenas 30 centímetros de alto. Formas limpias a escala humana.

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