Germán Samper, en su casa en Bogotá.

El dibujante incansable

Samper es un ícono de la arquitectura bogotana. Muchos viven o caminan en medio de sus diseños, que nacieron de una inquietud racionalista que terminó por adaptarse a un medio como el colombiano. A los 24 años se fue a París para conocer a Le Corbusier. Y esto fue lo que aprendió.

2015/05/22

Por Daniel Salamanca* Bogotá

A sus 91 años, el arquitecto bogotano Germán Samper contesta personalmente el teléfono de su oficina, un espacio atiborrado de libros que adecuó en la parte más alta de su casa, donde antes había dos cuartos. Inmersa en un frondoso jardín y precedida de una empinada escalera, su casa es un vivo reflejo de sus teorías sobre lo que debe ser una vivienda. Ese lugar, íntimo pero productivo, que se transforma en el tiempo para responder a las necesidades de quien lo habita. El dibujante detrás del diseño de las dos agujas que rematan el edificio Coltejer y que le dan un carácter a la línea de horizonte de Medellín; el mismo que proyectó ese armónico cielo raso de piezas de madera en forma de espiral para la sala de música de la Biblioteca Luis Ángel Arango, y quien se inventó un cubo bóveda que flota sobre el espacio público, en el Museo del Oro del centro de Bogotá, para albergar la colección de piezas del periodo precolombino, es una persona modesta y familiar, más cercana a un culto pensador que a la figura arquetípica y caricaturesca del arquitecto moderno, genio y dictador de verdades inequívocas. ¿Cuál fue la línea trazada para llegar allí?

El consejo más importante que me han dado en la vida, ese que me cambió profundamente, fue del maestro Le Corbusier. A los 18 años, él, autodidacta, cogió su mochila, papel y lápiz y se fue a recorrer los países vecinos. Dibujando, aprendió arquitectura”. Así lo cuenta Samper en el documental El camino del arquitecto, dirigido por Carlos Mario Urrea, que se realizó de 2009 a 2012. Evidentemente, uno de los puntos de quiebre en la prolífica carrera de Samper fue su paso por el estudio de Le Corbusier.

Corría 1947 y el joven arquitecto se dio cita con sus compañeros de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional en el aeropuerto de Bogotá porque llegaba uno de sus ídolos: “Que hubiera llegado Pelé no hubiera sido tan importante. Era mucho más significativo Le Corbusier que cualquier otro personaje. Yo tomé la decisión de que tenía que ir a trabajar con ese señor”. Y así fue. Tal vez no de la forma más ortodoxa, pero sí gracias a su terquedad y persistencia. El joven de 24 años obtuvo primero una beca en el instituto de urbanismo en París para estudiar un programa que, aunque interesante, solo era una excusa para viajar a Francia e irse inmiscuyendo en el famoso estudio del 35 rue de Sèvres. Gracias a Rogelio Salmona, quien había sido aceptado en el estudio de Le Corbusier, fue que Samper comenzó a ayudar a George Candilis (arquitecto que también trabajaba con Le Corbusier) haciendo dibujos para la vii edición del CIAM (Congreso Internacional de Arquitectura Moderna), razón por la cual entraba y salía continuamente de la mítica oficina. Esto hasta que en plena cita entre el embajador de Colombia y Le Corbusier –precisamente para ayudarlo a entrar definitivamente al estudio– Samper fue sorprendido en su rutina: “¿Es este el muchacho que usted quería que recibiera? Pues ya se metió, sin permiso”, cuenta Samper con desparpajo. A partir de ahí transcurrirían cinco años que fueron definitivos y en los que, junto a colegas de diferentes partes del mundo, no solo formó su visión de la arquitectura y el urbanismo, sino que comenzó una constante reflexión teórica de su trabajo dibujando croquis de las ciudades que visitaba. Hoy, suma más de 5.000 dibujos.

De vuelta al país, Samper, junto a sus socios Rafael Esguerra García y Álvaro Sáenz, se convertiría en uno de los abanderados del movimiento modernista en Colombia. Fue con esta firma que se ganaría importantes concursos y construiría obras cuyo adn permite identificar lo más puro y racionalista de su estética. Entre sus diseños más emblemáticos se destacan el edificio Avianca, el Centro de Convenciones de Cartagena, las oficinas del Banco Central Hipotecario, las del periódico El Tiempo, y las de los laboratorios Abbot. Como evidencia la arquitecta María Cecilia O’Byrne: “Germán ha sido una de las personas –al lado de Rogelio Salmona– que han dejado su huella dentro de la ciudad. Son edificios que todo el mundo reconoce, hitos que no pierden su vigencia”. Formas puras, volumetrías imponentes, inmensos pilotes en concreto, sutilezas en la luz de los espacios interiores y horadaciones en las fachadas, son algunas de las características de estas construcciones que, irónicamente y muy a pesar de su osadía, fueron catalogadas por algunos críticos de la época como rígidas. El arquitecto Eduardo Samper explica ese momento histórico en el documental: “Se generó una polémica muy grande entre dos tendencias en las cuales Germán representaba una, y Rogelio [Salmona] la otra. Una arquitectura racionalista, pura, y de formas cúbicas, versus otra más paisajista, orgánica, integrada a las siluetas de la ciudad. Se produjeron dos tendencias distintas y se radicalizaron hacia un solo lado”. El resultado, según se entiende en el documental, es que predominó la idea de Salmona, y se hicieron menos frecuentes los diseños de Samper. Aunque él mismo me aclara que son diferencias atizadas por otros: “Yo admiré mucho a Rogelio y conservamos una linda amistad hasta el final de sus días”.

Sería, sin embargo, esa coyuntura la responsable de lo que él mismo llama su profesión paralela. “La historia comenzó con el trabajo que hicimos por iniciativa de Yolanda, mi esposa, en el proyecto de La Fragua, para resolver el problema de vivienda a un grupo de personas de pocos recursos. Se trataba de buscar caminos y encontrar teorías que pudieran prestarles un servicio a las ciudades y a la gente”. El gran hallazgo de Samper fue entender que podía jugar un papel de guía y acompañante, a sabiendas de que el desarrollo posterior a sus diseños no correspondería a lo planeado al inicio. “La gente sabe mejor que los arquitectos lo que necesita”. Así planteó una urbanización de bajo presupuesto donde cada cual iba ampliando y modificando su vivienda a medida que cambiaban las condiciones de vida. A eso lo denominó “desarrollo progresivo y productivo”. De ahí sus conclusiones sobre las posibilidades de la ciudad y la utilización de su suelo y extensión: “En ese espacio me di cuenta de que tenía más del doble de las casas que estaban en las dos manzanas. Logramos aumentar la densidad sin subir el número de pisos. Con casas individuales”. Estrategias y lógicas que también aplicaría en la agrupación de viviendas Las Brujas, en Medellín, y en la que terminaría siendo su gran obra: la ciudadela Colsubsidio en el occidente de Bogotá. Un diseño arquitectónico y urbanístico en el que puso a prueba sus conocimientos y se dio el gusto de crear una pequeña ciudad dentro de la ciudad. Un residente del complejo residencial apunta en el documental: “Él quería crear una urbanización en la que uno tuviera que entablar un contacto con el espacio y hubiera una vivencia con este. Eso iba a producir el contacto con los demás y una convivencia especial”.

Ese es el camino de este arquitecto, un dibujante incansable, hombre de familia, que sueña con hacer puentes elevados y habitables sobre grandes avenidas. Un hombre cuya vida tuvo mucho que ver con el fantasma transgresor y futurista que representaba Le Corbusier. Un teórico de su oficio que, al igual que su maestro, pretendió cambiarle la cara a la Bogotá de los años cincuenta, para al final entender que su tarea era menos purista y racional y que, por el contrario, podía ser un medio para un fin. Que aquellos con más necesidades tenían derecho a una vivienda digna y a un espacio público donde hacerse sociedad. Un humanista que sigue poniendo sus conocimientos al servicio de la gente y no por encima de estos. No por nada sus primeros diseños del barrio La Fragua comparten espacio en el MoMa, con una maqueta de las Torres del Parque en la exposición Arquitectura Latinoamérica desde 1945. Así es la línea de vida de Germán Samper, un hombre que aún toca piano y que nada religiosamente para mantenerse en forma. Le pregunto por el secreto de la longevidad y sin titubear me contesta: “Tener una buena familia, unos hijos felices y una vida sin angustias y sufrimientos”.

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