Foto: Felipe Uribe Mejía

Arquitectura inacabada

El artista cubano es, desde mediados de los años noventa, una de las presencias innegables del arte latinoamericano. Dos muestras lo celebran en Bogotá como un privilegiado testigo de las ruinas.

2014/05/23

Por Diego Garzón*

Las ruinas han sido un punto de partida constante en la obra del artista Carlos Garaicoa. En La Habana, su ciudad natal, en el llamado “periodo especial”, después de la caída del muro de Berlín, era más que normal ver construcciones arquitectónicas que tuvieron que detenerse por la falta de recursos –Cuba sufrió el colapso de la Unión Soviética– y que quedaron suspendidas, muchas para siempre, como testimonio –valga la metáfora– de las ruinas de un modelo social y político. Otras, claro, se derrumbaron, como el mismo muro alemán. Esos “elefantes blancos” se constituían en el reflejo de un fracaso. No eran las ruinas del pasado o del presente, sino las “ruinas del futuro”, como él mismo las llamó. Garaicoa empezó a registrar con una cámara fotográfica estas construcciones, esas ruinas y, luego –como hizo para Documenta 11– buscó a los arquitectos de los mismos edificios para pensar cómo hubieran quedado terminados. Y los terminó. Así nacieron algunos de sus proyectos: maquetas, dibujos, proyecciones, planos, que continuaban de alguna manera ese proceso detenido por diferentes circunstancias. Sobre algo ya existente quería construir lo que ya era imposible. “En el mundo contemporáneo estamos viviendo todo tipo de colapsos por muchas razones: corrupción, excesos de poder, injusticia social, políticas mal hechas, yo pienso que es ahí donde está el punto”, dice.

Después de graduarse del Instituto Superior de Arte de La Habana en 1994, expuso El sueño de la razón, en el Centro Wilfredo Lam y ese sería el punto de partida de una carrera que le ganó el reconocimiento internacional: sus obras han pasado por La Tate Modern, de Londres, el MoMA y el Guggenheim, de Nueva York, el Reina Sofía, de Madrid, hasta bienales y la propia Documenta de Kassel. En el 2000, cuando el artista apenas tenía 33 años, el colombiano José Roca curó una gran exposición en el Banco de la República donde pudimos ver, desde entonces, que sus intereses han persistido en el tiempo.

En sus primeras obras, por ejemplo, aparecen unos palos inclinados como si quisieran sostener la pared de un edificio en ruinas –un edificio de verdad, en La Habana–, como si se trataran no de palos sino de hombres que buscan impedir que la pared se caiga, como si estuvieran impulsando un carro varado entre varios, y la foto sirve de registro de algo que bien podría ser una escultura. Pero también, desde que se interesó por el tema, se propuso recoger fragmentos de edificios de La Habana que se habían caído y construir jardines con ellos.

Esa arquitectura inacabada ha sido el eje de su labor en veinte años de trabajo como artista. En NC-Arte, en Bogotá, Garaicoa sigue por la misma línea y de nuevo su punto de partida son las ruinas. El espectador podrá ver una maqueta del edificio Dallas, en Medellín, que alguna vez perteneció al narcotraficante Pablo Escobar y que fue objeto de una bomba, por parte de los PEPES, que lo destruyó. Pero también construcciones de Bogotá, algunas sobre la avenida Circunvalar, inacabadas por diferentes causas. También hay dos alusiones a la arquitectura de Ucrania. Varias de estas maquetas están hechas de cemento, un material que ya había empleado antes aunque no con tanta frecuencia, pero más allá de convertirse en una representación literal de esos “elefantes blancos”, la mismas obras sugieren algo poético: una luz que se enciende y apaga tenuemente

–como si el edificio respirara–; una construcción que en su interior tiene una especie de escultura de cristal, frágil, como si se viera amenazada en medio de esas ruinas; dibujos de hilo que se sostienen en la pared y que aluden nuevamente a la fragilidad.

Todos los lugares que sirven de punto de partida de su obra quedan documentados en fotografías sobre hueso: la arquitectura no habitada alude a la presencia humana pero nunca se ven personas: más bien, esas presencias se sienten de manera sútil: la aparición de una bicicleta, o la intervención de una de sus esculturas por Toxicómano, el grupo de grafiteros bogotanos.

Garaicoa no se interesa en indagar por qué esos edificios están inacabados. No le gusta contaminarse de esas historias, ni saber qué fue lo que pasó. La imagen es su interés, habla por sí sola. Tampoco es un lector o investigador de arquitectura o urbanismo, aunque tenga muchos amigos en ese campo. No le interesa particularmente Koolhas, Frank Gehry o Renzo Piano: prefiere las ruinas. Tampoco le interesa saber si hay o no modelos urbanísticos exitosos. Tampoco ser arquitecto, aunque en el 2005 se le comisionó una escultura en Inglaterra que se convirtió en tal obsesión que por poco termina haciendo una biblioteca pública. El proyecto nunca se concretó. Lo motivan esas imágenes a veces invisibles, a las que tanto se acostumbran los habitantes de muchas ciudades: un elefante blanco como obra de arte. Y en NC-Arte y también en Flora se pueden ver como eso.

 

* Editor de SoHo


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