Detalle de un óleo de 1759 atribuido a Joaquín Gutiérrez que hace parte de la colección del Museo Colonial.

El renacer del arte colonial

A la reapertura del Museo Colonial de Bogotá se suma la de la iglesia de San Ignacio y la inauguración, en la Tadeo Lozano, de la exposición 'Horror Vacui', dedicada a una colección privada de arte colonial. ¿Cuál ha sido la suerte del principal museo colonial del país? ¿Qué proyectos se encuentran en curso en Bogotá? ¿Qué está pendiente?

2017/08/25

Por Halim Badawi* Bogotá

No existe un pasado del que no haya nada que aprender: el pasado, incluso el que parece más recóndito, más oculto, siempre interpela nuestro presente. Puntualmente, el universo colonial, con sus lógicas y sentidos, con sus éticas y estéticas, está más vivo que nunca, como lo demuestra el caso del galeón San José, que viene a revivir una larga historia de rencillas geopolíticas y dominación colonial entre América Latina, Estados Unidos y Europa; o el caso de la corona de Los Andes, una pieza orfebre de alta significación religiosa para Popayán, comprada por el Metropolitan Museum de Nueva York; o el caso del Códice Trujillo, un documento fundacional de Perú cuya repatriación fue bloqueada por el Estado español a pesar de la protesta del gobierno peruano; o la reciente donación de la Fundación Cisneros (gestionada por la venezolana Patricia Cisneros) de 119 obras de arte colonial entregadas a cuatro museos de Estados Unidos y apenas uno de América Latina. Sin duda, las tensiones y pugnas heredadas del universo colonial (que van desde la propiedad de los objetos hasta su significación colectiva) son muchas veces asuntos aún pendientes de resolución y, a pesar de los siglos, están en el orden del día.

¿Y cómo hacer para analizar, comprender y superar este universo colonial? ¿Cómo persiste el universo colonial dentro de nosotros? ¿Cómo encontrar respuestas a los problemas de nuestro presente? A través de las instituciones de la memoria: museos, bibliotecas y archivos. Estos espacios no solo sirven para el deleite de los visitantes o para el placer estético, las instituciones de la memoria son espacios de resistencia crítica, espacios para entendernos a nosotros mismos, nuestros conflictos sociales y políticos, espacios para analizar el pasado y entender cómo ese pasado pervive y afecta permanentemente nuestro presente.

El Museo Colonial de Bogotá es una de las pocas instituciones sobrevivientes que luchan, de forma crítica, contra la desmemoria, y es el museo más grande del país dedicado a la conservación e investigación del período colonial. El primer catálogo del Museo (1942) da cuenta de una tradición que se ha perdido en Colombia: la del mecenazgo. Bajo el gobierno del presidente liberal Eduardo Santos (tío abuelo del actual presidente de Colombia, promotor de la renovación actual) y siendo ministro de Educación Germán Arciniegas, fue fundado el museo. Santos donó, de su propia colección, algunas obras de arte que ayudaron a configurar el patrimonio inicial de la institución. Otras colecciones particulares que pasaron a engrosar el acervo del Museo, por compra, fueron la de Pablo y Josefina de Argáez, con 146 piezas, incluyendo 15 pinturas atribuidas al célebre pintor colonial Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos.

Por su parte, en su momento, el gobierno de Colombia compró, con presupuesto público, a través de la Universidad Nacional, algunas colecciones privadas como la de Carlos Pardo, propietario de los únicos dibujos conocidos de Gregorio Vásquez, así como de una amplia colección de pintura, escultura y mobiliario. Hoy en día, los recursos que recibe el Museo para sus colecciones y su proceso de renovación son enteramente públicos, provienen del Ministerio de Cultura: por desgracia, la participación y el compromiso privado, de coleccionistas o empresarios, a diferencia de los años cuarenta, es prácticamente inexistente.

Este óleo de 1759 atribuido a Joaquín Gutiérrez hace parte de la colección del Museo Colonial.

Desde 1942 el Museo ha hecho parte fundamental de la vida cultural de los bogotanos. Hace tres años cerró sus puertas al público para que empezara un ambicioso proyecto de restauración del edificio y de renovación museográfica y curatorial de las exhibiciones permanentes. El pasado 3 de agosto se vieron los frutos: abrió al público completamente renovado y nuevamente podemos ver pinturas de gran significación, como el famoso Símbolo de la Trinidad, atribuida a Vásquez, en la que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo aparecen encarnados en un mismo cuerpo con tres rostros. Para algunos observadores coloniales, esta situación resultaba monstruosa, por lo que el óleo fue censurado y sus rostros repintados para ocultar la monstruosidad aparente. Hace ya varios años, el Museo restauró la imagen para eliminar los repintes y develar el secreto.

La planificación del proceso de reforma empezó hace 17 años, cuando Constanza Toquica se propuso actualizar el discurso curatorial. Ella recuerda que, cuando entró a la dirección, el Museo ayudaba a perpetuar algunos mitos populares que venían siendo cuestionados en el mundo académico: “Había una idea de que la Colonia tenía una estructura social muy rígida y que las diversas clases sociales no se entremezclaban, pero cuando uno estudia la historia colonial se da cuenta de que es exactamente lo contrario. Por otro lado, estaba la leyenda negra de la conquista: los españoles malos que venían a atacar a los indígenas puros. Conociendo la historia uno se da cuenta de que aquí también había guerras, que los malos no eran tan malos y que los buenos no eran tan buenos. En tercer lugar, me interesaba desmontar el mito de que la religión estaba en contra de la Ilustración: habrá que recordar que el arzobispo Caballero y Góngora fue precisamente quien financió la Expedición Botánica”.

A esta situación se sumaba el hecho de que los objetos expuestos por el Museo daban cuenta de los intereses de sus antiguos poseedores, valga decirlo, una élite blanca, católica, bogotana y preferentemente masculina, que eran quienes tenían el dinero para adquirir y conservar objetos suntuarios como tallas y obras de arte. Estas colecciones de la élite santafereña (que daban cuenta de sí misma, pero no necesariamente del pueblo) fueron las que dieron inicio al Museo en 1942 y, como es lógico, el Museo conservó este perfil no siempre incluyente. Pero el nuevo museo se propuso romper ese esquema e incluir representaciones de afrodescendientes e indígenas: al no conservarse muchas imágenes relativas del período colonial, el Museo optó por incluir proyecciones en video de fiestas populares como la de San Pacho, trabajos artesanales de Ráquira y Pasto, y otros objetos religiosos de uso cotidiano. Una opción que contempla el museo de cara al futuro es la inclusión de obras de arte contemporáneo que dialoguen con el pasado colonial, que señalen precisamente los vacíos en la colección del museo y los grupos sociales que no están representados en la colección.

El Museo Colonial del futuro

Luego de haber terminado el proceso de restauración y renovación el museo, Constanza Toquica tiene un nuevo sueño: construir un edificio conexo, que se ubicaría al costado sur del museo actual; un edificio para oficinas, zonas de reserva de obras de arte (lo que permitiría liberar aún más espacio del edificio actual y ampliar las exposiciones permanentes), un ascensor y una gran biblioteca-centro de investigaciones especializado en la Colonia. Así mismo, Toquica quiere renovar el programa de exposiciones temporales de la institución, con una primera muestra sobre la historia del museo y la casa. Recordemos la densidad histórica del edificio: desde 1767, luego de la expulsión de los jesuitas, la casa quedó en manos del Estado y tuvo sucesivos usos. En ella, Simón Bolívar instaló, en la década de 1820, el primer Congreso Admirable; luego fue cárcel de Francisco de Paula Santander, quien durante su reclusión realizó un inventario de los libros que albergaba la casa. La construcción fue, además, Biblioteca Nacional, Museo de Ciencia e Historia Natural, bodega del Museo Nacional y hasta Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional. La exposición de Toquica quiere rescatar esa tradición oculta del inmueble. La segunda exposición que se propone hacer es sobre el Chocó –un lugar que rara vez aparece incluido en las programaciones de los museos–, sobre la riqueza de las tradiciones orfebres, la minería de aluvión, etcétera.

Otros tesoros: hacia un circuito colonial

Curiosamente, durante el mes de agosto abren al público varias exposiciones o espacios que buscan reivindicar el legado colonial: la Iglesia de San Ignacio, a un costado del Museo Colonial, reabre al público en enero de 2018 luego de un largo trabajo de restauración, y podremos ver de nuevo su espléndida colección de pinturas de martirios de santos, obras neogranadinas y varias europeas que algunos han atribuido a Anthony van Dyck o Pontormo.

Otra exposición temporal nos permite introducirnos en la casa de un coleccionista de arte colonial, una oportunidad no muy frecuente en Colombia. Desde el 17 de agosto, el Museo de Artes Visuales de la Universidad Jorge Tadeo Lozano alberga la exposición Horror Vacui: una colección de pintura barroca, con curaduría de Paula Matiz y Constanza Villalobos. Es una muestra de la colección privada del bogotano Juan Francisco Hernández y familia, que incluye más de un centenar de pinturas coloniales de calidad admirable y que recuerda las viejas colecciones santafereñas que dieron forma inicial al antiguo Museo de Arte Colonial. En un país que no tiene la tradición de exhibir públicamente colecciones privadas, y en el que los grandes coleccionistas particulares e institucionales casi nunca están dispuestos a prestar sus colecciones, esta muestra constituye un momento excepcional para ver piezas que sería imposible apreciar de otra forma.

Hernández, abogado de profesión, hace parte de una familia de coleccionistas: sus padres y hermanos lo han sido desde siempre y él ha tenido la fortuna, la paciencia y el conocimiento para reunir un valioso y extenso conjunto que incluye un retrato de monja muerta (sor María Gertrudis Teresa de Santa Inés, un cuadro hermano de las monjas muertas del Banco de la República), un espléndido óleo novohispano (Eterno lo que atormenta, momentáneo lo que deleita), una excelsa Virgen de Chiquinquirá (siglo XVII), un Martirio de Santa Bárbara, de Baltasar de Vargas Figueroa (siglo XVII), y numerosas obras atribuidas a Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos (como el espléndido Arcángel San Miguel), Antonio Acero de la Cruz, Miguel de Santiago, Gaspar de Figueroa y Manuel de Samaniego.

Por otra parte, aunque todavía no existe una fecha definitiva, la Catedral Primada de Bogotá tiene el proyecto de abrir al público una parte del llamado Tesoro de la Catedral o Museo del Tesoro, con particular interés en exhibir su espléndida colección de textiles litúrgicos. El Tesoro incluye, en su conjunto, ornamentos religiosos en oro, plata y piedras preciosas, como la célebre custodia La Preciosa, y numerosas obras de arte, entre pinturas y tallas. El museo tiene, como colección conexa, el espléndido Archivo Musical de la Catedral, tal vez uno de los más valiosos de América Latina, con numerosos impresos y manuscritos musicales del período colonial. A diferencia de otras colecciones eclesiásticas iberoamericanas que están abiertas al público permanentemente (como el Museo del Palacio Arzobispal de Lima o el Museo Arquidiocesano de Arte Religioso de Popayán), el Tesoro de la Catedral Primada se ha mantenido lejos de los visitantes desde mediados del siglo XX.

Otro museo especializado en arte del período colonial que se mantiene fuera del circuito público es el antiguo Museo del Seminario Conciliar de Bogotá, una colección que estuvo abierta durante la primera mitad del siglo XX pero que cerró sus puertas de un momento a otro. Esta colección, uno de los secretos mejor guardados de Bogotá, contiene una excelsa sección de arte antiguo, que incluye una tabla flamenca que representa una Virgen Orante, atribuida por algunos al célebre Quintin de Metsys, una tabla que fue encontrada durante la primera mitad del siglo XX, y que, según la leyenda, servía de tapa a una caja. El museo también conserva un espléndido bodegón de la escuela flamenca que algunos han atribuido, sin mucho soporte, a Rubens; así como numerosas telas de Gregorio Vásquez y otros pintores coloniales. Este museo, que actualmente está cerrado (y cuya reapertura podría gestionar el Ministerio de Cultura o la Alcaldía de Bogotá, aprovechando el impulso del Museo Colonial), constituye una pieza excepcional en el engranaje del patrimonio cultural bogotano, máxime al albergar la colección donada por el bogotano Carlos Umaña, uno de los principales coleccionistas de arte colonial del primer cuarto del siglo XX.

No es un secreto que, durante la última década, la energía del arte colombiano (de las instituciones y del mercado) ha estado canalizada hacia el arte producido desde los años sesenta hasta nuestros días. Las ferias, las bienales, los salones, los concursos y las grandes exposiciones dedicadas al arte de nuestro tiempo (con epítetos como “arte joven” o “arte emergente”) han consumido la agenda institucional y comercial, y han segregado el arte antiguo al olvido, así el “arte” (sin adjetivos o cercos cronológicos) cubra un espectro que abarca desde la antigüedad hasta nuestros días. El arte colonial ha sufrido, por fuerza de las corrientes dominantes y de las modas, una suerte de olvido colectivo. Sea la reapertura del Museo Colonial la oportunidad para reactivar en los colombianos el interés por comprender un momento de la historia que suele parecernos oscuro, poco cercano, pero que, todo el tiempo, nos acusa.

*Crítico y curador con especial interés en arte latinoamericano y fotografía.

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