Hacia un lugar común, de Juan Mejía, en el Museo de Arte Moderno de Bogotá.

Juan Mejía se lleva el Premio Luis Caballero

Mejía explora la imaginería ligada a los naufragios dentro del romanticismo y a través de una serie de pinturas y algunos objetos plantea conectarla con muchas de las ideas del fracaso del arte en la modernidad, que incluyen los propios museos de arte moderno.

2015/09/16

Por Jaime Cerón* Bogotá

En los años noventa coexistían distintas iniciativas de apoyo al arte joven colombiano, entre las que se destacó el Salón de Arte Joven del Distrito, que alcanzó una relevancia singular hacía mediados de la década por su vocación de encuentro entre los artistas emergentes de todo el país. Sin embargo en ese momento no existían espacios ni programas de apoyo al trabajo de los artistas que pasarán el umbral de la juventud, hasta que en 1996 apareció el Premio Luis Caballero. Su nombre era un homenaje al artista que había fallecido un año atrás y estaba dirigido a los artistas mayores de 35 años que hubieran trabajado de manera ininterrumpida al menos por una década. Surgía como el suplemento lógico de los eventos dedicados a los artistas jóvenes y en particular al Salón de Arte Joven de Bogotá.

Entre las particularidades de este certamen, junto al perfil de los artistas, se destacaba que su carácter colectivo no se generaba en el espacio –como era el caso de los salones en los que exponían varios artistas a la vez– sino en el tiempo, porque se proponía como un ciclo de muestras individuales que se presentaban a lo largo de un año en un mismo espacio de exhibición. El leitmotiv del Premio Luis Caballero era la arquitectura de la antigua Galería Santa Fe, cuya morfología curvilínea era enteramente protagónica, por decir lo menos. Los artistas presentaban proyectos de exposiciones individuales que consideraran los rasgos específicos de esta sala y quienes eran seleccionados recibían una beca de creación para financiar la realización de cada muestra que presentarían al público en el año siguiente a la entrega de los recursos. Una de esas exposiciones recibiría el Premio Luis Caballero al final del ciclo. Cada edición implicaba un proceso de tres años: el primero, de convocatoria y entrega de becas; el segundo, de exhibición y edición de los catálogos que documentaban cada proyecto expositivo, y el tercero, de premiación y edición de un libro que reunía los textos e imágenes resultantes de cada exposición.

Han pasado casi 20 años desde que fue creado este proyecto y sigue siendo una rareza dentro del campo artístico de la región. Muchos artistas de los países vecinos han añorado iniciativas similares en sus respectivos contextos sin que haya emergido ninguna comparable. Durante sus primeras seis ediciones, este certamen se mantuvo inalterable, pero a partir de la séptima se vio la necesidad de transformarlo dado que la Galería Santa Fe se desplazó del Planetario de Bogotá a un nuevo espacio que aún está en proceso de construcción. Por esa razón, los artistas actualmente presentan un proyecto expositivo concebido para uno de los posibles lugares que han sido concertados previamente por el Idartes, que debe estar pensado como una intervención para cada uno de ellos. Al contar con varias sedes se abrió la posibilidad de que todas las muestras se realicen en un mismo momento, generando una suerte de intervención urbana en Bogotá.

Los proyectos que integran esta edición son Hacia un lugar común, de Juan Mejía, que se presentará en el Mambo; Héroes mil, de Juan Fernando Herrán, que se exhibirá en el Monumento a los Héroes; Frío en Colombia, de Ana María Millán, en el Archivo Distrital; Ornitología Bolivariana, la fábula de los pájaros, de Alberto Baraya, en la Quinta de Bolívar; En-Bola-Atados, de Ana Isabel Diez, en el Museo de Santa Clara; Phoenix, de Ana María Rueda, en el Centro de Memoria Histórica; Dibujo habitable, de Lina Espinosa, en Flora ars+natura, y Auaska nukanchi yuyai kaugsaita / Tejido de la propia historia, de Benjamín Jacanamijoy, que será una intervención en la fachada del edificio Colpatria.
La heterogeneidad de enfoques presente en los proyectos que conforman el Luis Caballero se deriva de las diferencias generacionales así como de las distintas concepciones artísticas que caracterizan el trabajo de los artistas nominados al premio. Alberto Baraya está interesado en intervenir en la colección de la Quinta de Bolívar, incorporando en sus salas piezas provenientes de la colección de taxidermia de la Universidad de la Salle. Al situar temporalmente una serie de pájaros disecados dentro del guion del Museo, propone cruzar el origen de la observación naturalista en América y el surgimiento de las naciones en el continente –que ocurrieron hacia comienzos del siglo xix– con los componentes sociales y políticos del presente a través de una fábula. Lina Espinosa también se interesa en el mundo natural pero desde otros horizontes. Su proyecto de hacer un dibujo habitable implica crear un ecosistema dentro del espacio de exhibición de Flora, que sirva de refugio a micro organismos que vivan en el agua. Le interesa de este lugar su actual enfoque temático y conceptual así como su antiguo uso como espacio de vivienda. En un muro estará empotrado el tanque que contenga el dibujo que funcionará como uno a metáfora de los sucesivos niveles de sentido que se ocultan bajo el agua

Ana María Rueda también se interesa por el agua, pero intenta encontrar en sus reflejos los ecos del firmamento. Busca que se sugieran potenciales constelaciones que traigan de otra manera a la memoria las huellas del conflicto armado en Colombia. Le interesa más suscitar un vínculo poético que referir un trasfondo político. Benjamín Jacanamijoy indaga sobre la conexión entre las prácticas del tejido y la narración de la historia dentro de la cultura inga que desarrolla como animación para insertarse en la fachada del edificio Colpatria y suscitar identificaciones culturales particularmente con todas las personas de las comunidades indígenas que se han desplazado a Bogotá.

 
Héroes mil, de Juan Fernando Herrán, estará en el Monumento a los Héroes.

Juan Mejía y Juan Fernando Herrán tienen en común su interés en conectar de manera alegórica los respectivos lugares en donde van a realizar sus intervenciones. Mejía explora la imaginería ligada a los naufragios dentro del romanticismo y a través de una serie de pinturas y algunos objetos plantea conectarla con muchas de las ideas del fracaso del arte en la modernidad, que incluyen los propios museos de arte moderno. Herrán propone reconsiderar la construcción de la memoria de la nación a partir de héroes o caudillos que no dejan paso a la acción colectiva. La intervención reúne esculturas y videos que revisan el rol de los monumentos en la historia del país.

Ana María Millán y Ana Isabel Diez comparten su interés por recoger huellas, pero cada una lo plantea de una manera distinta. Millán rastrea y reconstruye una película perdida a través de distintos mecanismos y Diez realiza una instalación creada por una acción colectiva que intenta traer a colación la experiencia del maltrato del cuerpo de las mujeres a partir de la ropa.

 Dibujo habitable, de Lina Espinosa, en Flora ars+natura.

La transformación de este proyecto ha permitido que se oxigene su vínculo con los artistas y abre nuevas maneras de relación con las prácticas del arte para los espectadores porque las obras que lo conforman claramente buscan señalar que el contenido del arte parece surgir de afuera de él.

*Curador de la Fundación Misol.

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