Una parte de la colección Maraloto, exhibida en el Banco de la República en 2011.
  • Vista de la casa de Hernando Santos. Son visibles algunas obras de Picasso, Salcedo, Obregón y Botero.
  • Vista de la casa del librero Karl Buchholz. Se destacan algunas pinturas tempranas de Fernando Botero.

Arte privado

El coleccionismo de arte en el país no ha sido un fenómeno relevante en la escena pública sino hasta hace muy pocos años. A pesar de que las donaciones de Fernando Botero o Eduardo Ramírez Villamizar se pueden ver en museos del país, parece que hoy buena parte del arte contemporáneo reposa en ámbitos privados. ¿Lo veremos alguna vez?

2015/06/19

Por Halim Badawi* Bogotá

Desde hace muy pocos años ha ganado visibilidad un pequeño grupo de personas que parecía no existir en Colombia: los coleccionistas de arte. Aunque siempre han estado presentes, solo salieron a la escena pública recientemente, en medio de un favorable crecimiento económico, del ascenso de la clase media, de la consolidación de una clase alta con aspiraciones más globales y con la mejora en las condiciones de seguridad del país. Sobre nuestros coleccionistas se han afirmado todo tipo de cosas, algunas dignas de los corredores de Versalles: que son ricos (lo que no siempre es condición necesaria para ser un buen coleccionista), que en comparación con el coleccionismo internacional “no dan la talla” (afirmación que parece responder a cierto complejo provinciano ya histórico), que algunos tienen containers repletos de arte, que pueden llegar a ser “tacaños” o “acumuladores”, que coleccionan para figurar socialmente, que algunos tienen mejor “ojo” que otros, que quieren acaparar el mercado o, como afirmó un famoso artista colombiano, que “buscan cooptar los bienes simbólicos de la sociedad”. Por otro lado, el conocimiento de la historia del coleccionismo local es mínimo, se siguen repitiendo una serie de errores, incluso en publicaciones prestigiosas: por ejemplo, se dice que la idea del coleccionismo la importó Marta Traba, que el primer coleccionista fue Hernando Santos, que el coleccionismo y el mercado del arte no existían antes de los cincuenta, y que el “buen ojo” o el “buen gusto” son condiciones universales incuestionables para ser un buen coleccionista.

Sin embargo, más allá de los chismes de pasillo, nuestros coleccionistas, en sus acuerdos y desacuerdos, en sus afinidades y diferencias, en sus singularidades e incluso en sus dogmatismos, y en el carácter fragmentario sus colecciones, terminan por complementarse, funcionando como un enorme rompecabezas y como dinamizadores de la escena, permitiendo una visión de conjunto más democrática y menos excluyente del arte del país.

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Coleccionar arte es un proyecto intelectual y político. Un coleccionista no es necesariamente quien gasta mucho dinero en la adquisición de obras, quien solo adquiere firmas reconocidas, quien compra arte estrictamente para decorar su casa o quien lo hace como inversión de riesgo, por afán especulativo o por acumulación patológica (aunque los distintos intereses eventualmente puedan cruzarse). El coleccionista tiene una triple responsabilidad: la primera, con la custodia y conservación adecuada de los objetos; la segunda, con la sociedad para la cual esos objetos tienen significación; y la tercera, la más importante, la responsabilidad consigo mismo: los objetos deben transformarle, cambiarle la vida, mostrarle un mundo nuevo. El coleccionista debe estar abierto para poder verlo, sentirlo y vivirlo.


Vista de la casa de Hernando Santos. Son visibles algunas obras de Picasso, Salcedo, Obregón y Botero.

En Colombia han existido varios artistas-coleccionistas, cuyos criterios no dependen exclusivamente de la historia del arte, sino de sus propias necesidades creativas. Así es como Édgar Negret, Eduardo Ramírez Villamizar, Fernando Botero, Enrique Grau y Carlos Rojas, fueron coleccionistas de un arte útil para sus propios fines creativos. Los tres primeros lograron crear museos en Popayán, Pamplona y Bogotá; la colección de Grau pasó a la Fundación Enrique Grau y está en comodato en el Museo Nacional; y la colección de Carlos Rojas fue parcialmente expuesta en el Museo Nacional hace algunos años. Por su parte, prácticamente todos los críticos de arte locales conformaron colecciones que dan cuenta de su trasegar escritural y de sus preferencias afectivas: Gabriel Giraldo Jaramillo, Francisco Gil Tovar, Camilo Calderón Schrader, Eugenio Barney-Cabrera, Beatriz González, Álvaro Medina, Germán Rubiano Caballero y la misma Marta Traba, quien llegó a tener una pintura de Andrés de Santa María, obsequiada en 1971 por su pareja, el escritor uruguayo Ángel Rama. Santa María era un pintor al que Traba admiraba profundamente, como consta en el capítulo que le dedicó en su Historia abierta del arte colombiano (1974). Así mismo, Traba contaba con obras de los artistas que impulsó, como Alejandro Obregón, Feliza Bursztyn y Carlos Rojas. El escritor Álvaro Cepeda Samudio reunió obras del Grupo de Barranquilla y el clavecinista Rafael Puyana conformó una extraordinaria colección de arte antiguo e instrumentos musicales, algunos donados al Museo Nacional hace poco tiempo.

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Desmontemos algunos mitos. Uno de ellos, que Marta Traba importó a Colombia la idea de coleccionismo de arte, una creencia apuntalada por dos exposiciones organizadas por el Banco de la República hace algunos años, en torno a las colecciones de Hernando Santos y de la familia Ganitsky Guberek. Realmente, el coleccionismo de arte surgió en Colombia a principios del siglo XIX: el historiador José Manuel Groot (1800-1878) era un fuerte coleccionista de arte colonial, y no lo compraba por su carácter devocional, sino por su valor artístico. Incluso, él escribió la primera monografía conocida sobre el pintor colonial Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, publicada en 1859, en la que lo elogiaba, no como creador de imágenes piadosas, sino como artista.

Otras colecciones surgidas en la segunda mitad del xix, fueron las de Alberto Urdaneta, Rafael Pombo, Soledad Acosta de Samper y los hermanos Rufino José y Ángel Cuervo, entre un largo etcétera. Ellos tenían obras contemporáneas europeas (siguiendo el canon académico entonces en boga), así como arte colonial, iconografía de la independencia, objetos históricos, grabados, manuscritos y libros. Durante la primera mitad del siglo xx se destacaron Eduardo Santos, Carlos Umaña y Carlos Pardo, lo suficientemente brillantes como para fundar o enriquecer el Museo Nacional, el Museo de Arte Colonial, el antiguo Museo del Seminario Conciliar, la Quinta de Bolívar o la Casa del Florero, instituciones sin las cuales la vida cultural de Bogotá sería más agreste o, parafraseando a Marta Traba, un “desierto insólito”. En la década del cincuenta surgieron algunas colecciones que ayudaron a consolidar a los artistas impulsados por Traba, sin que esto constituya, de ninguna manera, la génesis del coleccionismo de arte en Colombia. Es la continuación de una larga tradición que permitió crear, dotar y enriquecer la mayoría de museos históricos y artísticos que actualmente tiene el país y que, salvo contadas excepciones, no han crecido mucho más.


Vista de la casa del librero Karl Buchholz. Se destacan algunas pinturas tempranas de Fernando Botero.

Actualmente, hay varias colecciones de gran valor que, no siempre mediante la figura de la donación (sin que esto sea negativo), han iniciado su transición hacia lo público o, al menos, cuentan con canales culturales o comerciales abiertos a la gente: la Colección Maraloto, especializada en arte contemporáneo latinoamericano y dedicada a apoyar proyectos de creación, fue cedida en comodato al Banco de la República y ha sido expuesta en distintas sedes regionales; la coleccionista Solita Mishaan es propietaria de la Fundación Misol, que aunque no gestiona directamente su colección particular de arte contemporáneo, sí actúa como plataforma para la gestión de proyectos artísticos independientes; el coleccionista José Darío Gutiérrez es el creador de Proyecto Bachué, una plataforma que cuenta con colección de arte, sello editorial y una galería de carácter mixto que abrirá próximamente en La Macarena; Celia Sredni de Birbragher no solo es una de las mayores coleccionistas de arte contemporáneo del país (especialmente de las producciones relacionadas con prácticas activistas y la palabra), sino que es propietaria de la revista Art Nexus (Arte en Colombia) y cuenta con un edificio en el barrio Las Nieves de Bogotá, con residencias para artistas y sala de exposiciones; César Gaviria, uno de los mayores coleccionistas del país, cuenta con la Galería Nueveochenta, ubicada en Quinta Camacho, y aunque no gestiona su colección, está abierta al público con exposiciones comerciales de arte contemporáneo; los coleccionistas Alejandro Castaño y Katherine Bar-On abren sus apartamentos y bodegas de arte todos los años durante la Feria ArtBo para visita del público interesado; el coleccionista Carlos Alberto González fundó en el centro de Bogotá el Museo Art Déco, que cuenta con alrededor de 1500 piezas. Aunque hace algunos años parecía imposible, la lista de coleccionistas de arte sigue en aumento con otros nombres menos visibles, pero no por ello menos importantes: Rafael Nieto, Leo Katz, León Amitai, Mauricio Gómez Jaramillo, Juan Carlos Pachón y Linda Delgado, Juan Francisco Hernández, Sergio Ferreira, Billy Wightman, Jorge Rais y un largo etcétera.

Aunque pueda resultar una afirmación temeraria, estos coleccionistas reúnen, en su conjunto, un acervo artístico superior al de todos los museos de arte de Colombia. Incluso, hay colecciones privadas que, individualmente, superan a las del Banco de la República, el Museo Nacional o el Museo de Arte Moderno de Bogotá; colecciones privadas que no se detienen a la hora de asumir riesgos, de comprar un arte que escapa del gusto institucional dominante o de hacer propuestas críticas de revaloración artística e histórica. Estos coleccionistas son quienes verdaderamente conservan la memoria contemporánea del país, ante la falta de una política pública de adquisiciones (o al menos, de mecenazgo) de arte moderno y contemporáneo gestionada desde el Ministerio de Cultura, una política que permita dotar a los museos colombianos de colecciones relevantes, capaces de testimoniar nuestro tiempo, de interpelar críticamente nuestro presente. De hecho, en Bogotá, a pesar de los ingentes esfuerzos del Banco de la República, todavía no existe un museo especializado en arte contemporáneo y mucho menos, en arte latinoamericano, una institución capaz de aglutinar y poner a dialogar las diversas colecciones que se han conformado en Colombia durante las últimas dos décadas, y que podrían terminar por disgregarse o salir del país. En algunos años, cuando sea necesario revisar nuestro presente, dolorosamente la mayoría de nuestros museos públicos no podrán testimoniar nada, no podrán servir como fuente primaria para ninguna historia. Ojalá, ante la falta de iniciativa de un Estado indolente con el patrimonio artístico, los coleccionistas privados logren ponerse de acuerdo.

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