'Trampas', de Abel Rodríguez

Ágora diversa

Arcadia viajó a una pequeña ciudad alemana para visitar un evento que se realiza cada lustro con un tema que abre el compás de la discusión política a través del arte. ¿Puede el arte realmente hacer algo bajo un estado de calamidad como el que vive la humanidad hoy? Dos colombianos, Beatriz González y Abel Rodríguez, estuvieron entre los invitados por el curador Adam Szymczyk.

2017/07/27

Por Óscar Roldán-Alzate* Kassel

Una réplica a escala del Partenón se iza justo a la entrada del Fridericianum, el museo emblemático de Kassel y sede principal de documenta, que desde el 10 de junio y hasta el 17 de septiembre exhibe en el frontispicio una suerte de neologismo que reza BEINGSAFEISSCARY, “estar a salvo da miedo”, del artista turco Banu Cennetoglu. Este emblema del mundo libre ha sido erigido en su totalidad con armazones modulares, usados comúnmente en las obras civiles. Las columnas están recubiertas, primero de alambre, luego de libros, miles de ellos sellados dentro de bolsas plásticas jugando a ser ladrillos, piezas de un rompecabezas inmenso que señala a la humanidad, a su tragedia. Todos los volúmenes han sido donados para este proyecto y están relacionados con historias de censura en el momento de su publicación. Sobresalen los libros de escritores judíos.

Esta alegoría del Partenón es sobrecogedora; logra traer a esta pequeña ciudad, Kassel, en el centro de Alemania, a la ciudad estado, Atenas. Pasados los 100 días de esta inmensa exposición, los 100.000 libros caerán en la plaza, justo donde los nazis, en 1933, quemaron toneladas de volúmenes en un acto macabro de negación del otro, escudados en su absurda teoría de superioridad racial. Esta vez, quien quiera podrá llevarse cuantos libros pueda a casa para conservarlos como restos vivos de una obra de arte.

Un lustro más, una nueva documenta. Este evento comenzó hace 62 años. En sus inicios buscaba actualizar la Alemania de posguerra tras la fatídica intromisión del canon estético nazi, que condenó con el mote de “arte degenerado” las formas modernas de la plástica. La idea original fue del artista, diseñador y docente Arnold Bode (Kassel, 1900-1977), quien dirigió las cuatro primeras ediciones y aprovechó el Bundesgartenschau (la tercera bienal de horticultura alemana) para emprender esta iniciativa que, sin lugar a dudas, se ha convertido en el encuentro sin fines comerciales más esperado por los especialistas del ecosistema del arte contemporáneo.

En esta oportunidad, el responsable y tenedor del sitial de Bode es el polaco Adam Szymczyk (Piotrków Trybunalski, 1970). Su lema para la reunión 14 es Learning from Athens. Y es que por primera vez documenta ha sido partida literalmente en dos: una parte estuvo en la ciudad que vio nacer la conciencia de la civilización occidental, Atenas, y la otra está en su casa, la ya mítica Kassel, un centro urbano que tras el Plan Marshall existe en el mapa del arte mundial con poder capital. Es también epicentro de cátedra y verdad, único argumento fáctico de construcción a través del arte, del que son testigos los 7.000 robles que Joseph Beuys, ese místico mago, cuya máxima recordada abiertamente en esta documenta: “Todo ser humano es un artista”.

Aunque Szymczyk ha alegado limitaciones presupuestales, debido en parte a la incorporación de Atenas, una cifra que ronda los 36 millones de euros es garantía para hacer y para mantener el más alto nivel que hace de documenta un tiempo-espacio de peregrinación para los más diversos agentes del arte, incluidos mercaderes, críticos y académicos. No obstante, en esta oportunidad el retorno a la cultura helénica ha logrado restaurar un interrogante trascendente: ¿Puede el arte realmente hacer algo bajo un estado de calamidad como el que vive la humanidad hoy?

Como pasa con casi todo lo relativo al arte, esta pregunta se queda sin respuesta; más bien, en una suerte de mitosis, da paso a otros cuestionamientos más potentes, e incluso más dramáticos, como el relativo filtro fronterizo que es hoy Grecia para los movimientos masivos de refugiados que desde siempre han cambiado el mapa etnográfico de Europa, pero con especial ahínco durante el último quinquenio. Eso se ve en la obra de Olu Oguibe (Aba, Nigeria, 1964) con un enorme, frío y bello obelisco de hormigón emplazado en la rotonda de la Köningplatz de Kassel, como un lugar habitado por cientos de inmigrantes sin oficio. En las cuatro caras del mojón se puede leer en letras doradas un versículo del libro de Mateo: “I was a stranger and you took me in”.

La apuesta ha sido más arriesgada que en otras versiones de documenta; se ha vivido y sentido una exposición convertida en un ágora política contemporánea, una plataforma discursiva para la ética, la filosofía y la lógica de la ciencia: la triada de los principios normativos planteados por Charles Sanders Peirce, a la luz de la de los presocráticos. Un sabio apunte de Szymczyk, pues, frente a la angustia de haber perdido el rumbo, siempre será necesario regresar al origen.

Esta postura parte de una mirada al otro, como si hubiera sido planteada desde la mística franciscana; esa que incluso considera al otro no humano para advertir sobre la fragilidad del ser y que Toni Negri, uno de los filósofos invitados a esta reunión, señala para hablar del militante político contemporáneo. La otredad es la clave para traspasar el cristal e ingresar en el entramado conceptual de documenta. En esta línea, el Fridericianum ha sido adecuado para acoger la colección del Museo Nacional de Arte Contemporáneo de Atenas (EMST), en un gesto que lleva el poder del curador a su dimensión magnánima: la responsabilidad de entender al otro para poder hablarle. Así se ajusta la balanza, y Kassel y Atenas se ligan en una díada temporal y espacial única.

Szymczyk y los curadores tenían claro que querían asumir una postura radical: dejar por fuera a los profesionales que los medios magnifican y que confunden el éxito económico con la búsqueda de la excelencia. Esta vez no aparecen las galerías en las fichas técnicas, como ocurrió en la edición pasada, donde la presencia comercial evidenció un problema complejo que está retando al arte desde hace ya mucho tiempo. A lo mejor a esos artistas convocados por documenta 14 los guía y salva el hecho de tener y deberse a su comunidad. Son como los poetas que Platón requirió para su república, unos que crearan poemas alejados de la farsa, que transmitieran bondad con su evocadora belleza y que, al margen de si hacen cosas agradables o no, fueran genuinos.

Por eso los nombres de maestros se mezclan con los de autodidactas que reflexionan sobre la realidad desde su impericia, asunto que claramente permite cotejar visiones diversas y abre un abismo entre lenguajes disímiles y múltiples afanes solucionados técnicamente, algunas veces de manera sencilla. Al caminar de un lugar a otro, entre museos y espacios ocupados por arte, se oye murmurar a los grupos de visitantes y reclamar la presencia de nombres de cartel. Definitivamente esta no fue esa documenta y no importa: ahora, la espectacularidad del desarrollo técnico parece accesoria pero justificada, como en el caso del Partenón de los libros, de Marta Minujín (Buenos Aires, 1943), obra originalmente realizada en su ciudad natal en 1983 tras la caída de la dictadura argentina, como un llamado a la fuerza incontenible de la democracia.

La performatividad de las intervenciones y propuestas, con excepción de la colección del EMTS –que tiene un poco de todo, además de esos nombres de siempre–, es tiempo presente, y su fuerza política emerge con más ímpetu con cada aparición en el camino que se recorre. Aquello robustece la premisa curatorial de alejarse de los seguros fatigados cánones eurocéntricos, para dar paso a nuevas formas de otras geografías y grupos humanos diversos que reclaman sus derechos, que hablan desde su singularidad sexual, política, étnica, física, económica y/o cultural, con la idea de alimentar una multitud de subjetividades. Qué impactante ver a Regina José Galindo (1974), una guatemalteca con herencia indígena, pequeña, inerme, parada en el centro de una recámara blanca, en un museo que cuenta la historia de la tragedia de una Kassel prácticamente desaparecida por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, sirviendo de Objetivo (nombre de la performance). Solo se puede acceder a ella a través de las miras de rifles de asalto ubicados en las esquina del cubículo sellado. Galindo aguanta horas de pie esperando recibir del otro una condena o absolución.

Caminar documenta deja claro que alejarse de los cánones marca la diferencia entre resolver las preguntas existenciales del momento o encarar el abismo, disyuntiva que parecen enfrentar el arte y su sistema que ha obligado en la última década a sacar un retrovisor para identificar a los creadores desatendidos en el pasado, como si no quedara más que invocarlos en el presente para avizorar caminos posibles.

Aquí vale destacar la presencia del experimento poético-arquitectónico Ciudad Abierta. Fundada en Valparaíso, Chile, en 1971, esta iniciativa que divaga entre una suerte de comuna artística y aula pedagógica contingente, hace del ocio una declaración de sentido para el habitar sostenible y responsable, una reunión creativa donde lo menos importante es ser considerados artistas. Más bien su afán es usar la poesía para refundar la geografía de un territorio que ha visto cómo las fuerzas políticas pueden ser confinadas por las poéticas.

Las voces de África, Asia y América Latina son más potentes que nunca en documenta, como también las de otras naciones que guardan secretos preciados. Aborígenes de Australia, de Escandinavia, de la región del Yucón o de la cuenca del Amazonas son algunos de estos pueblos que tienen voz aquí. No han sido interpretados por los herederos de Bronislaw Malinowski ni de Claude Lévi-Strauss, son ellos mismos quienes están hablando desde sus cosmogonías, que se juntan con su realidad en un mismo ente.

Nunca antes Colombia tuvo dos invitados a esta cita; documenta IV (1968) vio por primera vez el trabajo de un coterráneo, Édgar Negret. En documenta XI (2002) fue el turno de Doris Salcedo. En esta ocasión, está, en primer lugar, Decoración de interiores (1981), de la maestra Beatriz González: una serigrafía sobre tela en la que se representa a un grupo de políticos colombianos (sobresale el expresidente Julio César Turbay Ayala) en una reunión social. Y en la antigua oficina de correo de Kassel está emplazado el Telón de la móvil y cambiante naturaleza (1978), una colosal pintura acrílica sobre tela que juguetonamente separa el espacio y deja ver su reverso. La obra recrea la célebre escena de Almuerzo sobre la hierba de Manet.

Telón de la móvil y cambiante naturaleza de Beatriz González.

El segundo colombiano invitado es Abel Rodríguez, o Mogaje Guihu (Pluma de Gavilán Resplandeciente) en nonuya, su lengua nativa. El “Abuelo Abel”, como respetuosamente es llamado, es un indígena, un hombre mayor a quien este país no ha reconocido del todo. Aun así, su trabajo es tan serio, tan verdadero y bello que no hay forma alguna de retraer el sentimiento al ingresar en la dignidad de su discurso. Más que un artista, Mogaje Guihu es un botánico, un sabedor, un poeta que canta odas a la naturaleza, esa otredad que los hijos de la antigua Atenas no entendemos aún.

Esta ágora política llamada documenta 14, que será recordada por su fuerza narrativa, planeada y ejecutada con una sentida austeridad, busca a toda costa construir la cosa pública atrayendo a los poetas perentorios, quienes fueron otrora exiliados, desde donde fuere necesario: tiempo, espacio o disciplina, todos urgidos ahora.

*Director del Departamento de Extensión Cultural Universidad de Antioquia.

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