La sonrisa de cada mañana. Anibal Vallejo

Contra la parroquia

Los artistas que hacen parte de la más reciente exposición del Museo de Antioquia trajeron el arte moderno a Medellín. Uno de ellos, Aníbal Vallejo –hermano de Fernando– cuenta la historia.

2014/02/28

Por Alfonso Buitrago Londoño* Medellín

En el sótano de la Biblioteca de las Empresas Públicas de Medellín (EPM), el Museo de Antioquia exhibe la obra de diez artistas antioqueños vivos, cuya trayectoria sobrepasa los 40 años de trabajo. Se trata de ocho hombres y dos mujeres nacidos entre 1923 y 1949, que representan una generación formada tras los telones de las famosas bienales de arte de Coltejer (1968, 1970, 1972 y 1981).

 

La muestra se inscribe en el espíritu de lo que el Museo de Antioquia ha llamado “plataforma Antioquia”, diseñada para la conmemoración del bicentenario de la independencia del departamento y que incluye las exposiciones Máquinas de vida (2013); Antioquias. Diversidad e imaginarios de identidad (2013); ¡Mandinga Sea! África en Antioquia (en sala) y Contraexpediciones (abril de 2014).

 

De acuerdo con la curadora del Museo, Nydia Gutiérrez, la plataforma revisa valores de los últimos 200 años de historia del departamento y, específicamente, de los 130 años que tiene la colección del Museo, pero para el caso de estos diez artistas la temporalidad es distinta. Hablamos de la última mitad del siglo xx para acá. “Los diez artistas nos obligaron a revisar qué pasaba en el panorama del arte de Antioquia en ese período”, dice la curadora.

 

La exposición presenta obras de Dora Ramírez, 91 años (Medellín, 1923), Jorge Cárdenas, 83 años (Santa Rosa de Osos, Antioquia, 1931), Aníbal Gil, 82 años (Medellín, 1932), Rodrigo Callejas, 77 años (Medellín, 1937), Marta Elena Vélez, 79 años (Medellín, 1938), Gregorio Cuartas, 76 años (San Roque, Antioquia, 1938), Aníbal Vallejo Rendón, 69 años (Medellín, 1945), Luis Fernando Peláez, 69 años (Medellín, 1945), Óscar Jaramillo, 67 años (Medellín, 1947), Félix Ángel, 65 años (Medellín, 1949). En total son 20 trabajos, 18 cuadros y dos instalaciones que pertenecen a la colección del Museo de Antioquia y que en su mayoría fueron realizadas entre finales de los sesenta y finales de los ochenta.

 

El otro Vallejo

Fueron artistas que hicieron parte de una generación que participó de la llegada del arte moderno a la ciudad. Uno de los encargados de presentar la exposición fue Aníbal Vallejo Rendón, quien se destacó en los años sesenta y setenta por una propuesta alejada del nacionalismo de Pedro Nel Gómez, que había dominado las décadas anteriores. Aunque Aníbal es hoy más conocido por su papel en defensa de los animales, que ha realizado con el apoyo de su hermano, el novelista Fernando Vallejo, fue partícipe y testigo excepcional de esa época.

 

Desde la primaria estudió en la escuela de Bellas Artes y en la adolescencia continuó en la Casa de la Cultura con profesores como Aníbal Gil, Francisco Morales y Armando Villegas. Era una formación “de bodegones y naturalezas muertas”, dice y recuerda que en esos años en Medellín no había nivel universitario para la formación en artes. “La gente no quería tener un pintor en la casa. A mí me tocó diferente porque mi padre era tolerante. Prácticamente todos mis hermanos escogimos áreas creativas. En esa época Fernando se fue a estudiar cine a Roma, cuando aquí nadie hacía cine ni había cámaras. El ambiente general era que el hijo tenía que trabajar para sostener a la familia”.

 

Aníbal se fue para Bogotá a estudiar Bellas Artes en la Universidad de los Andes y allí conoció a Marta Traba y a artistas como Antonio Roda, Augusto Rivera y Luciano Jaramillo, con quienes pudo experimentar con diferentes materiales y formatos y tuvo acceso a nuevas ideas. A su regreso a Medellín se encontró con que el ambiente no había cambiado.

 

Con motivo de una exposición realizada por el Museo de Antioquia sobre las bienales de Coltejer, el crítico Darío Ruiz Gómez describió en el periódico El Mundo el ambiente de mediados de los sesenta: “Era la muerte en vida. Aquí le pegaban a uno porque hablaba de arte moderno. Los acuarelistas consideraban que el arte antioqueño estaba por encima de cualquier forma de arte. El clima era absolutamente angustioso, primitivo”.

 

En 1967, Aníbal participó de la exposición Arte nuevo para Medellín, patrocinada por Coltejer, a la que fue invitado por Darío Ruiz y Leonel Estrada, quienes después serían los gestores de las famosas bienales de la empresa textilera. Expusieron Aníbal Gil, Leonel Estrada, Samuel Vásquez, Marta Helena Vélez, Justo Arosemena, Ramiro Cadavid y Jaime Rendón.

 

En El Diario, Samuel Vásquez dejaba constancia de sus intenciones: “Pensamos acabar con el acuarelismo folklórico y la cerámica señorera, y creemos que este es el primer paso”, y Darío Ruíz lo secundaba en El Colombiano: “Basta ver lo que en nuestras escuelas de arte se manufactura: bodegones y bodegones, acuarelismo rancio, retratismo de cabildo. Todo muerto. Jóvenes viejos ya sin empezar, sin preguntarle nada a la vida”. Los años siguientes fueron los de las bienales y de la apertura de Medellín al arte internacional. “En esa época –recuerda Aníbal– estaba haciendo pinturas abstractas de Medellín de gran formato, como si fueran fotografías aéreas pero geométricas”.

 

En la sala de la Biblioteca EPM se aprecia una muestra heterogénea, en formatos, técnicas y temas, sin vocación de grupo. Entre una y tres obras de cada artista bastan para marcar los límites de sus propios mundos. Se los percibe ocupados de sus sueños, de personajes callejeros, de artistas y deportistas, de la casa, de la pobreza, de la religión.

 

“Encontramos que se podía exhibir un estado del arte más informado de lo que uno creía –dice la curadora–. Las obras demuestran que los artistas sabían lo que estaba pasando en otras partes del mundo. Quizás su impacto no era como los vemos ahora; su atrevimiento y capacidad de apropiación de los lenguajes e ideas de afuera no era tan consciente, pero visto en la exposición se puede concluir que no estaban tan aislados”.

 

El cuadro de Aníbal que hace parte de la muestra es La sonrisa de cada mañana, de 1976. “Cuando yo cojo una crema de dientes, que es algo de la vida diaria, de la subsistencia, nadie la mira como un objeto importante. Esa crema la exploté de muchas maneras, llegué a hacer esculturas. Si la crema tiene 18 cm, bien, si tiene tres o cuatro metros te ataca y se vuelve una montaña; empecé a hacer montañas con cremas de dientes. Ese tipo de cosas van mostrando una modernidad”, cuenta sentado en una de las mesas del Café Vallejo, de su propiedad, ubicado en el barrio Laureles, donde está la casa de su familia, la misma que ha sido tan central en la obra de su hermano Fernando.

 

La exposición trae al presente una generación que impulsó grandes cambios en el gusto y el mercado del arte en la región. A partir de las bienales, participaron en la creación de nuevos institutos artísticos y con impertinencia, y todavía soportando mucha oposición, pudieron transmitir una nueva sensibilidad que acercaba a la parroquia a lo que estaba pasando en el resto del mundo.

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