El carácter Wei, una protesta de Ai Weiwei en la plaza Chiang Kai-Shek.
  • Silla y pintura de Chen Yifei.
  • El artista Zeng Fanzhi.
  • Amar el futuro, una instalación de Wei.
  • Pintura de Zeng Fanzhi.

Detrás del poder

La venta de obras de artistas chinos se impone en el mercado mundial de arte, sin embargo, la censura nunca había sido tan estricta en ese país. En los últimos años, internet ha servido de refugio para la independencia de artistas y disidentes del régimen comunista. Arcadia habló con algunos de ellos sobre el estado actual del arte en China, a 25 años de Tiananmen.

2014/07/23

Por Hernán A. Melo y Anna* Berlín y Pekín

Por siglos, los historiadores occidentales sostuvieron que China permaneció al margen de la historia porque no hallaron rastros del Renacimiento, la Revolución científica o la Revolución industrial, e insistieron en que por siglos mantuvo un carácter inmutable. Sin embargo, hoy la frase “Hecho en China” fluye con un vertiginoso vigor en todo el planeta hasta el punto de que el gigante asiático parece fundir con su sello la historia de este siglo que comienza. El mercado de arte y de antigüedades en China no es una excepción y hoy representa el 30 % del mercado mundial, acabando con la dilatada hegemonía estadounidense. Hong Kong se está convirtiendo en la nueva capital mundial del comercio de arte y hasta tres casas de subasta chinas figuran actualmente en el top diez internacional.

Entre los especialistas ya nadie duda de que la aparición de nuevos millonarios haya impulsado este fenomenal crecimiento; para dar un ejemplo, en 2011, según la revista Forbes, unas 146 fortunas en China superaron los mil millones de dólares, es decir, 14 % más que en 2010. Los acaudalados chinos han entendido, a fuerza de frecuentar a los millonarios occidentales, que se puede presumir del éxito a través de las colecciones privadas de arte.

La primera generación de nuevos ricos, que hoy tienen entre 50 y 60 años, se impuso la misión de adquirir las obras de arte chino tradicional que fueron diseminadas por el mundo en los siglos xix y xx. “Para los chinos del continente o de la diáspora, comprar arte chino contribuye al renacimiento del país. Este reflejo patriótico es muy fuerte”, dice Xin Dong Cheng, presidente de la asociación de galeristas chinos, y lo confirman los 22 millones de dólares que desembolsó un coleccionista chino en la ciudad francesa de Toulouse por la compra de un rollo imperial elaborado en el siglo xviii, en tiempos del emperador Qianlong; además, cinco de los diez artistas contemporáneos más valorados en el mundo son chinos: entre ellos Zeng Fanzhi, Zhang Xiaogang y Chen Yifei, según Art Price, empresa especialista en subastas internacionales.

A esto se añade que por primera vez dos artistas chinos ocuparon los dos primeros lugares del palmarés de ventas: 400 millones de euros por obras de Zhang Daqian (1899-1983), prodigio de la pintura tradicional que vivió en el exilio, y 350 millones de euros por obras de Qi Baishi (1864-1957), pintor de tinta china adulado por los dirigentes comunistas.

Todo parecería ir sobre ruedas, solo que mientras en China el arte tradicional vive un renovado apogeo y ciertos artistas contemporáneos se están bañando en oro, muchos otros están sufriendo la censura del régimen comunista y enfrentan dificultades para vender o exponer sus obras. La censura del Estado chino encumbra y recupera del olvido a los artistas que juzga apolíticos, al mismo tiempo que vigila y arroja al exilio a aquellos que, ya sea por su estilo o sus opiniones públicas, podrían constituir una amenaza.

Entre el exilio y la censura

Lo curioso de la censura oficial es que a veces no se sabe por qué razón incierta aparecerá. En sus recientes trabajos la fotógrafa Gao Yuan, de 45 años, retrata a madres desnudas que viven en la soledad mientras sus desalentados maridos trabajan a miles de kilómetros en la construcción de rascacielos, símbolos de la nueva riqueza del país.

“Las mujeres que retrato no son modelos profesionales. El hecho de que ellas se dejaran retratar es la prueba de una cierta apertura en China. Se trataba de la primera vez que posaban, pero parecían curiosas y cómodas frente a la cámara. Estas fotos serían censuradas en China, no solo porque hay mujeres desnudas, sino también porque hay detrás de ellas paisajes desolados de casas destruidas, como los vemos hoy en cualquier parte. Muchos extranjeros ignoran que detrás de los grandes rascacielos continúa habiendo personas pobrísimas que no tienen baño en sus casas. Esas son las dos realidades que cohabitan en China. En otra foto, una mujer sostiene una Biblia en las manos. Las religiones no son bien recibidas y siguen siendo controladas por el Estado. Por eso, seguro, las autoridades no me permitirán exponerla. La sociedad aún no está preparada para mi trabajo”, señala la artista.

Gao Yuan vive entre Nueva York y Pekín y expone únicamente en Estados Unidos y Europa porque, como sucede con muchos artistas chinos contemporáneos, el reconocimiento a su trabajo vino desde fuera: “Vivo la mitad del año en Nueva York porque allí me siento bien. Es una ciudad libre y abierta a los artistas, en contraste con China, donde la vida no es fácil para un fotógrafo. No los aceptan aún, sus trabajos no se venden y están obligados a vivir de otra cosa. La sociedad parece abrirse, pero sigue siendo tradicionalista y, por tanto, se interesa poco en las fotografías”.

Una de las razones, según el escultor Wan Keping, es que la relación entre las artes en China difiere mucho de la occidental. Las actividades que fueron consideradas como arte en la gran tradición artística son la música, la poesía, la caligrafía y la pintura. “El escultor era considerado un artesano, puesto que las artes eran actividades relacionadas con la escritura. Lo cierto es que la fotografía y la escultura no seducen todavía ni al pueblo ni a los coleccionistas chinos”, afirma el artista.

Esa falta de entusiasmo del público chino y la censura llevaron a Wang Keping a radicarse en 1984 en París, y con el tiempo se ha convertido en uno de los escultores más vendidos del mundo. “No me interesa exponer en China y China no necesita de mí. De todas maneras allí hay pocas personas que comprenden el arte”, explica Keping. Pero en China sí que todavía lo recuerdan, porque a finales de los años setenta formó parte de The Stars Group, el primer grupo artístico independiente de cualquier influencia de la poderosa maquinaria del Partido Comunista chino.

“The Stars Group fue un movimiento muy importante para mí, pero también para China en general. Fue el primer movimiento artístico crítico, creó muchos efectos porque superaba todo lo tradicional. En las escuelas de arte los profesores no querían mencionarnos. El poder del partido estaba contra nosotros, pero nuestro movimiento tuvo una gran influencia en la sociedad. A la gente en general le gustó nuestro trabajo porque se trataba de algo nuevo y porque expresaba una contestación. Hoy el nivel del arte ha bajado ostensiblemente. Los nuevos artistas copian a los occidentales y después añaden algunos rasgos del arte chino. Tampoco hay buenos críticos de arte y el poder sigue interfiriendo en el trabajo de los artistas”.

Wang Keping debutó como escritor de teatro en China hasta que sus obras fueron cada vez más censuradas por el régimen y optó por el camino de la escultura: “Todos los jóvenes querían manifestarse, y yo a través de la escultura expresé mi descontento frente a la Revolución cultural y el Partido Comunista. No tenía otra manera de hacerlo porque no podía montar mis obras de teatro ni publicarlas. Decidí coger unos pedazos de madera para mostrar esos sentimientos. Todo lo que tenía que ver con el cuerpo o los temas abstractos estaba prohibido y era precisamente lo que yo quería hacer. Pero en aquella época cuanto más estaba prohibida una cosa, más les interesaba a los jóvenes”.

Además de Keping, The Stars Group tuvo a otro integrante de lujo, Ai Weiwei, el artista chino vivo más famoso fuera de las fronteras asiáticas.


Pintura de Zeng Fanzhi

Modelo del artivista web

No resulta fácil encasillar a un artista como Ai Weiwei, a la vez arquitecto, artista conceptual, escultor, fotógrafo, bloguero, tuitero y activista político. La bulimia intelectual de Weiwei representa un verdadero rompecabezas para las autoridades chinas. Para la ong Human Rights Watch, Ai Weiwei encabeza “la militancia china 2.0”, en referencia a las tecnologías interactivas que ofrece internet. Weiwei llegó a anunciar “el nacimiento de una nueva sociedad china que se construye y se expande en internet”, convencido como está de que todas las tentativas de censura del gobierno comunista están condenadas al fracaso.

“Desde que existe internet, las cosas han cambiado. Inicialmente las personas no tenían más que la televisión o leer El Diario del Pueblo. Debían leer entre líneas para saber lo que ocurría realmente. Hoy es distinto. Los periódicos intentan hablar de ciertas cosas, pero cuando llegan a los puntos de venta ya todo el mundo ha hablado antes en internet de la actualidad”, asegura Ai.

La investigadora francesa Séverine Arsène, doctora en Ciencias Políticas de Sciences-Po de París y autora del libro Internet y política en China (2011), examinó la manera como Ai Weiwei utiliza la red como paradigma de un nuevo espacio de libertad y opinión: “Cuando regresó a China en 1993 (luego de vivir diez años en Nueva York) revolucionó la escena artística de Pekín, impulsando a otros artistas a ser más críticos e innovadores. Pero su radio de acción era local y por esa razón las autoridades creían que no representaba una amenaza. Incluso se mostraban orgullosos cada vez que Ai Weiwei recibía un premio internacional. Todo cambió cuando alguien le ofreció abrir un blog. Al principio él no sabía qué era y simplemente comenzó a contar su vida. Progresivamente, se dio cuenta de que era un formato en el que podía expresar una cierta forma de creatividad artística. Más tarde, otros eventos, como el temblor de tierra en Sichuan (en 2008), lo condujeron a combinar en el blog su opinión personal y su expresión artística. Para él, el resultado era una obra de arte. La novedad era que ahora eso podía ser visto por el público del mundo entero, y ahí comenzaron sus aprietos con las autoridades”.

A pesar de que estuvo varios meses retenido por la policía en su domicilio, debido a una supuesta evasión fiscal, Ai Weiwei publicó una veintena de mensajes diarios en la red social Twitter. A través de internet Ai logró reunir a más de 30.000 internautas que lo ayudaron a pagar la millonaria sanción impuesta por las autoridades. Esa es la otra cara de la censura.

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