Dibujar, dibujar y dibujar

La galería Casas Riegner de Bogotá acaba de lanzar el catálogo de la insólita obra de J.J. Seinen, uno de los casos más excéntricos y fascinantes del arte nacional. Tanto, que esta misma revista puso en duda que semejante personaje existiera de verdad…

2013/07/18

Por Daniel Salamanca. Bogotá.

En febrero de este año la galería Casas Riegner de Bogotá sorprendió a sus visitantes y coleccionistas con una exposición que se salía de lo convencional. No se trataba de una muestra individual de alguno de los artistas que representa, tampoco de un invitado especial del extranjero, ni de una muestra colectiva: se trataba, según rezaba la invitación, de “un hallazgo”. Meses atrás la artista Johanna Calle y su pareja, Julio Pérez Navarrete, habían encontrado en un mercado de las pulgas en el centro de la ciudad, y casi que por suerte, un inmenso archivo de dibujos de un señor absolutamente desconocido en el circuito artístico: José Johan Seinen. La muestra correspondía tan solo al 1 por ciento de todo el archivo y pretendía ofrecer una mirada general y pública a lo que había hecho este señor de origen holandés, de manera obsesiva durante toda su vida.

La historia era tan fabulosa que en esta misma revista se puso en duda la existencia del personaje. Sin embargo, y lamentablemente para aquellos a los que, además del arte, también nos gusta la ficción, J.J. Seinen sí existió. La infinidad de pequeños dibujos, las carpetas y sobres repletos de papel y los cuadernos escritos uno a uno y a mano alzada, así lo demuestran. El archivo es tan extenso y variado en contenido que se requeriría de otra vida para realizarlo y no de unos cuantos meses. Esto además del hecho de que el sorpresivo hallazgo pertenece a Johanna Calle y a su pareja, un reconocido anticuario cuya pasión es precisamente perseguir este tipo de joyas que, para algunos, no son más que objetos de basura. Ese es su trabajo. Y hasta ahora, por la magnitud y riqueza, este caso parece ser el más emocionante y asombroso de todos.

Así que, continuando con el proyecto y la investigación, el pasado jueves 27 de junio, en la misma galería, se hizo el lanzamiento y la entrega oficial de dos catálogos. En el primero de ellos están digitalizados e impresos los distintos dibujos que conformaron la exposición junto con fotografías de la muestra, y en el otro, la reproducción de uno de los cuadernos de este intrigante personaje cuya obra podría clasificarse en el llamado outsider art, arte bruto o arte marginal: obras que son producidas por personas que, sin esperar nada a cambio, parecen tener la necesidad casi patológica de producir constantemente, y durante mucho tiempo, algo creativo.

Uno de los casos más conocidos de outsider art es el del norteamericano Henry Darger, conserje de profesión y quien, sin intenciones de ser leído, escribió un manuscrito de 15.143 páginas titulado La historia de las muchachas Vivians.

Esto además complementado con cientos de dibujos que ilustraban el relato. Y como ellos ha habido, y hay, muchos casos similares en el mundo, entre ellos, Adolf Wolfi, Charles Dellschau, Felipe Jesús Consalvos, Achilles Rizzoli, Willem Van Genk o Kiyoshi Yamashita. Cada uno con una obsesión particular pero con algo en común: sus obras despiertan una curiosidad envidiable y terminan apetecidas por infinidad de marchantes que saben el enorme valor, tanto económico como histórico, de estos archivos.

Lo fascinante es que Seinen, por la cantidad y las características de su obra, parece clasificar entre uno de los grandes. Sus dibujos son impresionantes. Tienen calidades diferentes de línea, hay rigurosidad en las tramas, nociones de composición y de perspectiva. Además, cuando no los recorta, los diagrama en una misma página con una intuición gráfica envidiable. Y a veces, no contento con esto, arma unas pequeñas escenografías o dioramas con delicadas ranuras donde luego introduce personajes. Casi como un cuidadoso libro pop-up pero hecho a mano. Esto, una y mil veces. Al punto de que a quien se le cuenta la historia no tiene otra cosa que pensar sino que Seinen sufría de algún curioso desorden mental, como lo sufrían muchos de estos artistas outsiders, que concibieron sus obras desde instituciones psiquiátricas.

Uno pensaría que en otras circunstancias Seinen bien podría haber sido escogido por el curador Massimiliano Gioni para participar en la edición actual de la Bienal de Venecia, el evento internacional más reconocido de la escena artística contemporánea. Porque el punto de partida de su curaduría es precisamente la obra de un outsider: Marino Auriti. Otro autodidacta, italiano, quien patentó una maqueta que llevaba por nombre El palacio enciclopédico: un lugar utópico y ambicioso, jamás construido, pero diseñado para albergar la totalidad del conocimiento humano. Lo cual, de cierta forma, y guardando las proporciones, es lo que parecía motivar al protagonista de esta historia. Un hombre amante del viaje, políglota y gran lector, empírico del arte y quien dedicó toda su vida, en silencio, y con mucha paciencia, a inventariar la historia de las civilizaciones.

Las preguntas que suscita el arte outsider son, en cualquier caso, perturbadoras: ¿no será toda creación artística una pequeña muestra de locura? ¿No será que esa pequeña muestra de locura, al pasar por el tamiz oficial de la galería o del museo, se vuelve apta para el mundo de la normatividad social? En ese sentido el gran reto que les queda a Johanna Calle y a Julio Pérez, además de la ardua y costosa tarea de organizar y conservar este archivo, es responder, de alguna forma, a estas preguntas. Cosa que vendrá con el paso del tiempo y luego de otorgarle a Seinen su pequeño lugar en la historia del arte. Algo así como una mínima recompensa a la obstinación de toda una vida.

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