La felicidad, publicadopor Jardín,en 2012. El libro interactivo Carelibro, de La Silueta Ediciones. El cuaderno Ardilla, también de Jardín publicaciones.

El arte de hacer que un libro sea arte

Varias editoriales independientes le apuestan, a través de formatos interactivos, ilustraciones y tipografías singulares, al libro como objeto de arte. Su fin: reinventar su funcionalidad en una época en la que el consumo digital domina el mercado.

2014/09/23

Por Dominique Lemoine Ulloa* Bogotá

En medio de un siglo XXI obsesionado con lo digital y con meterle absolutamente todo al celular o a una tablet, un grupo de pequeñas editoriales y diseñadores colombianos le apuestan al libro, a ese objeto físico, como obra de arte. Si bien el contenido intelectual de un texto sigue siendo lo más importante para la mayoría, una creciente comunidad de editores, artistas y lectores ve en el libro que se plantea a sí mismo como objeto artístico, un mundo de posibilidades estéticas.

El libro objeto que desde hace varios años empieza a abrirse paso en Colombia de la mano de editoriales y estudios de diseño como La Silueta, Jardín, Tragaluz, Mesa y Tangrama, es, ante todo, una experiencia sensorial en la que lo físico es tan importante como lo intelectual. Así, el formato, la fuente, el tipo de papel, el tipo de tinta y las técnicas de impresión y encuadernación están cuidadosamente pensados para complementar el contenido del libro y hacer un objeto que pueda disfrutarse sin leer una sola línea. A veces cuentan historias, a menudo no. Algunos son para niños y sus ilustraciones y palabras lo demuestran; pero muchos, quizás la mayoría, están hechos para adultos capaces de apreciar la belleza de una obra de arte que se puede comprar en librerías.

Carelibro, de La Silueta Ediciones, por ejemplo, está compuesto por veinte máscaras reunidas en una edición encuadernada, cada una dibujada con una técnica diferente por el artista colombo-italiano Mateo Rivano. Viene envuelto en una chaqueta rosada de papel muy delgado, casi tan delgado como un pañuelo desechable, cubierta de dibujos. Dos agujeros atraviesan todo el libro e invitan al lector (que aquí bien podría llamarse usuario), a jugar, a tomarlo con las manos y ponérselo en la cara. Es, para Juan Pablo Fajardo, editor de La Silueta, un manifiesto perfecto del libro objeto, del libro que no solo es sobre arte, sino que encierra en sí mismo el trabajo y la concepción de un artista: “Es un libro juguetón, divertido. La carátula se desbarata, se desdobla, usa un papel ordinario, pero se vuelve una pieza de colección”, dice.

Ese doblar y desdoblar que menciona Fajardo es clave: es necesario tenerlo en las manos para entender completamente cómo un libro puede ser una obra de arte así no contenga más de una docena de palabras. “Para nosotros, el soporte, lo físico, es parte del mensaje, es como el lenguaje. El lenguaje de los libros tiene qué ver con sus materiales”.

Si suena como un rescate de las tradiciones de otras épocas es porque, al menos en parte, lo es. Para Pilar Gutiérrez, directora editorial de Tragaluz Editores, los libros ilustrados y delicadamente armados tienen algo de romántico. “Hay algo clásico”, explica, “así sea en momentos en los que estamos trabajando con artistas muy modernos, hay un rescate de lo clásico porque de todas maneras ese libro encuadernado, con la pasta hecha a mano, que alguien ilustró, es casi un libro medieval”. Rescatar el oficio de impresores, encuadernadores, ilustradores y demás personas que participan en la producción de un libro, pero que a menudo se olvidan, es uno de los objetivos de estas editoriales y estudios de diseño.

La mayoría de estos hacedores de libros dieron sus primeros pasos como proyectos personales, como formas de canalizar el arte. Tanto los integrantes de La Silueta, como los de Jardín y Tangrama, son artistas de profesión y eso ya implica una manera completamente diferente de abordar el oficio de los libros. “Creo que los diseñadores empiezan a pensar en la estructura del libro en términos de construcción de un espacio, de la tipografía, las márgenes”, cuenta Fajardo. “Nosotros llegamos a los libros porque nos parecían bonitos y desde ahí hay una manera distinta de verlos”, por esto mismo, las motivaciones de estos artistas a menudo son instintivas, incluso caprichosas: “Ha sido un proceso muy intuitivo”, explica Andrea Triana de Jardín Publicaciones. “Nos enamoramos de un proyecto que podría funcionar en esa forma, o conocemos a alguien que podría hacer algo. No sabemos si va a vender bien, pero a nosotros nos gusta y vamos aprendiendo a medida que lo vamos haciendo”. La Felicidad, publicado por Jardín en 2012, reúne los dibujos que hizo el artista (y miembro de Jardín), Kevin Mancera, en siete libretas durante un viaje por países suramericanos y pueblos que se llaman La Felicidad. La cubierta del libro es de pasta dura y negra, y tiene en la mitad un rótulo, como escrito a mano, que recuerda precisamente el tipo de libretas que Mancera lleva consigo en sus viajes. Del mismo impulso nace Ardilla, del artista bogotano Humberto Junca Casas, también editado por Jardín. Se trata de un cuaderno (con formato y papel de cuaderno de colegio antiguo), en el que el artista ha copiado cuidadosamente ilustraciones de una cartilla de lectura española. “No sé si la gente lo usa para escribir”, dice Triana, “pero creo que ya varios lo deben tener todo rayado. Y eso me parece perfecto porque cada copia se convierte en un objeto de arte en construcción”.

Estos libros son obras de arte precisamente porque están íntimamente ligados a sus medios de producción, tienen propuestas estéticas creadas con ese medio en mente y requieren de un saber y una maestría del medio para realizarse. Difícilmente se dejan traducir a otro formato y es precisamente en su condición de objeto que radica su belleza. “No hay un manifiesto detrás diciendo que nos inscribimos en el ‘libroobjetualismo’, sino que en sí son objetos y eso es obvio, es una verdad de a puño [...] el libro es objeto porque es obvio que es objeto y porque nos gusta y porque queremos que sea algo especial”, dice Andrés Fresneda, editor de La Silueta. “A veces uno no sabe si la cosa va a terminar en un libro como tal”, agrega Mónica Páez, de Tangrama “pero es sin duda el medio impreso el soporte que sirve para comunicar el arte”.

Miguel Mesa, de Mesa Editores, también es consciente de la importancia de la creatividad en el proceso de creación del libro objeto. Para hacer uno no solo hay que pensar en el concepto, sino que hay que investigar los procesos, aprender sobre papeles, tintas y demás. Pero sobre todo, hay que cuestionar todas las definiciones, todos los preconceptos. “Nos gusta sorprendernos a nosotros mismos, nos gusta terminar un proyecto y preguntarnos cómo llegamos acá. Si no nos pasa eso, es porque no lo hicimos bien”, dice.

Puede que creer y afirmar que un libro es arte suene pretencioso pero, si se examina bien el fenómeno, no lo es. Los libros objeto son obras de arte que vale la pena tener. Se diferencian de los llamados libros de artista, que se empezaron a publicar a principios del siglo XX y se popularizaron con las vanguardias; creados por artistas de renombre, que eran objetos preciosos y exclusivos, impresos en tirajes ínfimos que no salían de círculos estrechos de coleccionistas y amigos, y que hoy valen millones y se encuentran en museos y colecciones privadas.

A contracorriente, los libros artísticos que se publican en Colombia hoy, tienen intenciones menos elevadas, pero quizás más ambiciosas. En vez de aspirar a los más altos círculos de la exclusividad, le apuntan al público en general: “Es poner a disposición de la gente la obra de un artista que a menudo se queda atrapado en una galería o un museo, muy lejos de la gente. La idea es bajarla un poco al nivel terrenal”, dice Andrea Triana, de Jardín. Así, en lugar de tener tirajes mínimos y precios exorbitantes, las nuevas editoriales colombianas quieren que sus libros queden en el mayor número de manos posible porque, al fin y al cabo, son objetos hechos para ser disfrutados y entre más personas los hagan, mejor. Como dice Andrés Fresneda, de La Silueta: “A lo que le hemos apostado es a hacer libros de lujo de bolsillo”.

Pero el placer estético no es lo único que el libro objeto le ofrece a Colombia. En un país que no lee, (o que lee muy poco), y en el que el libro es objeto de burla hasta en comerciales de cerveza, es difícil hacer que sean objetos de deseo. Pero cuando un libro de lejos se ve como algo atractivo, divertido y hermoso, como algo que dan ganas de tener, empieza un amorío. Y es ese, quizás, el verdadero arte de esta nueva ola de objetos de arte: nos están haciendo enamorar de los libros otra vez.

Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Revista Arcadia anuncia a sus lectores que nuestra versión impresa comenzará a pedirles que se registren en nuestra página web.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com