El Papa en 2004 fue el líder de una campaña para cerrar la retrospectiva del artista León Ferrari.

El día en que el arte desnudó a Jorge Bergoglio

Fue uno de los más sonados escándalos del mundo del arte: hace nueve años, el entonces arzobispo de Buenos Aires lideró la campaña para cerrar la retrospectiva del artista León Ferrari. Con razón dice hoy Ferrari: “Con Francisco, la derecha se queda en el paraíso”. Esta es la historia.

2013/04/12

Por Lucas Ospina* Bogotá, Profesor Universidad de los Andes

Al final del año 2004, en Buenos Aires, Francisco, el nuevo sumo pontífice argentino, propició un performance artístico de antología durante la retrospectiva del artista León Ferrari. Arzobispo en ese entonces, Jorge Bergoglio calificó la obra de Ferrari como “una blasfemia que avergüenza a nuestra ciudad”, una “burla contra las personas de nuestro Señor Jesucristo y de la Santísima Virgen María”, exhortó a que se hiciera “un acto de reparación y petición de perdón” y generó una guerra de opinión entre el fundamentalismo católico y el activismo laico.

En medio de “51 insultos a Jesucristo, 24 a la Virgen María, 27 a los ángeles y santos, 3 directamente a Dios Padre y 7 al Papa”, como los inventarió un presbítero, el epicentro de la polémica era el ícono de un avión de guerra colgado que servía de soporte a un Cristo crucificado. La obra se titulaba La civilización occidental y cristiana, una escultura de plástico, óleo y yeso, hecha por Ferrari en 1966 y que fue excluida de la exposición a la que estaba destinada. Los organizadores optaron por la vía purgativa de la autocensura.

Bergoglio no solo incitó a sus fieles sino que fue él mismo quien hizo el peregrinaje hasta el banco para depositar en efectivo los ciento setenta mil pesos (más de treinta mil dólares) que costó la caución que le permitió a la Asociación Cristo Sacerdote judicializar la exposición para cerrarla.

En sus declaraciones públicas, Bergoglio hizo un salpicón de política y religión y aprovechó que la muestra estaba organizada en una institución pública para pontificar: “Me apena que este evento sea realizado en un Centro Cultural que se sostiene con el dinero que el pueblo cristiano y personas de buena voluntad aportan con sus impuestos”. Fue tanta su insistencia que se creó un estado de opinión confesional que hizo que las cinco empresas patrocinadoras de la muestra se retiraran. El arzobispo terminó por enfermar de populismo a muchos políticos temerosos del voto cristiano, entre ellos a la Defensora del Pueblo que tomó la vocería de todos sus “defendidos” para calificar la exposición de “ofensa al pueblo”. La muestra fue cerrada por orden de una jueza de apellido Liberatori el 17 de diciembre de 2004.

–¿Le preocupa la censura de sus obras? –le preguntaron a Ferrari.

“A diferencia de la práctica tradicional de los artistas que cuando les censuran una pieza retiran toda su obra, yo dejo el resto, porque me parece que la censura forma parte de la obra –respondió Ferrari–. En este caso, por ejemplo, era mejor el espectáculo de la gente afuera que lo que pasaba adentro… Hicieron una misa en la puerta (…) y rezaban el rosario, con carteles y figuras religiosas. Hasta me tiraron una granada de gas lacrimógeno. Con la reacción del publico las obras se vuelven una verdadera intervención”.

A esta serie recurrente de acciones teatrales de los corderos de la fe católica, y para el caso de la exposición de verano del Centro Cultural La Recoleta, se sumó al calor infernal de la temporada una contramarcha pagana que enfrentó a los fervorosos creyentes con protestas, fiestas profanas, imágenes blasfemas y letreros: “Iglesia Católica Go Home!”, cantaban unos, “Santa María madre de Dios…”, rezaban otros, y –motivados por el llamado inflamatorio de Bergoglio– unos cuantos cruzados vandalizaron unas obras de la muestra al santo y seña de “¡Viva Cristo rey, carajo!”.

Andrea Giunta, curadora de la exposición de Ferrari, compiló un libro titulado El caso Ferrari y publicó un artículo donde cuantificaba la magnitud de la “intervención”. Dice Giunta: “La exposición estuvo efectivamente abierta al público y convocó a 70.000 espectadores, generó largas y demoradas colas para ingresar en la sala, fue recorrida por jueces y camaristas, sufrió la destrucción de obras, motivó cuatro manifestaciones multitudinarias en su respaldo y una misa y una manifestación en su contra, dio lugar a casi mil artículos en diarios y revistas, recibió más de mil mensajes de apoyo o de repudio enviados a las casillas de correo electrónico del CCR, originó una solicitud en su defensa que obtuvo 2.800 firmas de respaldo, e hizo necesario extender el horario de exhibición hasta pasada la medianoche. En los últimos días, se realizó una encuesta que fue respondida por 1.800 personas, el público llenó cuatro libros con sus opiniones sobre las obras exhibidas, y programas de periodismo político que nunca habían dedicado espacios al arte organizaron paneles de opinión”.

El veredicto de la jueza Liberatori fue apelado y un juez de una instancia superior ordenó reabrir la muestra. Ferrari le comentó a un amigo: “¿Leíste el fallo del juez Corti? Por un fallo así, valía la pena la clausura de la muestra”. Y era cierto, el fallo no solo era inapelable sino que resultó una pieza memorable de escritura. Algunos apartes dan muestra de su singularidad:

“Mientras que la decisión de las autoridades administrativas de la Ciudad que ejecutan la política cultural porteña muestra el arraigo de las convicciones democráticas, la necesidad de proteger el arte crítico y la realidad concreta de la tolerancia (no como valor ideal sino como práctica de gobierno), la orden judicial de censurar la exposición nos retrotrae a un pasado que es nuestra obligación, tanto como ciudadanos como funcionarios del Estado, impedir que vuelva a ocurrir”.

"Desde el punto de vista del orden jurídico, la libertad de expresión artística debe considerar esta situación y proteger al arte crítico y si es crítico no puede obviarse que es molesto, irritante o provocador. Es en el respeto de la libertad de esa forma de arte cuando una sociedad democrática prueba qué valor le otorga a la libertad de expresión artística. Allí se verifica la genuina tolerancia, que lleva a soportar la existencia de una obra artística que molesta, que irrita, que perturba o que desagrada”.

“Allí cuando un avión ataca con crueldad la vida humana, allí está Jesús sufriendo una crucifixión. Esta lectura, suscitada por la obra misma, muestra algo tal vez paradójico, pero que un poco de reposada reflexión puede llegar a considerar evidente: la escultura La civilización occidental y cristiana podría verse como expresión de los valores cristianos de paz, de piedad, de amor y de rechazo de la violencia y la crueldad. Se estaría ante una crítica cristiana a la sociedad actual, que en general se dice cristiana, pero que quizás, según esta visión, lo sea menos de lo que pretende. También debo decir que al ver la escultura (y luego de observar un grafismo basado en poemas de Borges) me vino a la mente uno de los últimos poemas del propio Borges, Cristo en la cruz, donde discurre sobre la crucifixión. El poema concluye de esta forma: ‘¿De qué puede servirme que aquel hombre / haya sufrido, si yo sufro ahora’. Quiero decir: la obra de Ferrari puede ser un testimonio sobre el sufrimiento humano (y sobre el sufrimiento de Dios devenido hombre). Y en esta línea interpretativa, de pronto, diría yo, la escultura deviene enigmática.”

“Esto es por cierto sorprendente (porque sorprende cómo deviene enigmática una obra excesivamente sumergida en su pretendido mensaje), pero deja de serlo en la medida que se trata de una obra de arte y, como tal, o por ser tal, tiene un inevitable espesor de enigma. Como señala Adorno: “Todas las obras de arte, y el arte mismo, son enigmas; hecho que ha vuelto irritantes desde antiguo sus teorías. El carácter enigmático, bajo su aspecto lingüístico, consiste en que las obras dicen algo y a la vez lo ocultan”.

“Estas últimas reflexiones, que tienen su punto de partida en la escultura de Ferrari, revelan una cualidad del arte: su ambigüedad. Una obra es susceptible de diversas lecturas, de variadas interpretaciones. Ella no dice algo claramente determinado, sino que expresa una multiplicidad de sentidos. Por eso tampoco una obra de arte suscita sentimientos unívocos, es una multitud de sensaciones, impresiones y sentimientos los que genera en el espectador, emociones que, a la vez, no pueden desligarse de aspectos cognitivos, de ideas o pensamientos, también diversos”.

“Por supuesto, la ambigüedad de la obra de Ferrari también es posible como consecuencia de la riqueza del propio cristianismo, cuya historia y enseñanza no pueden reducirse a una visión monolítica, uniforme y única. Si bien en los textos del artista (algunos de ellos figuran en el catálogo de la muestra) el cristianismo es ciertamente monolítico, son sus obras las que dicen lo contrario, al aportar el matiz que su discurso no incorpora. Desde otro ángulo puede decirse que si las obras de Ferrari pretenden enjuiciar la historia de la Iglesia desde la perspectiva de los derechos humanos, esos derechos tienen origen, al menos en parte, en la tradición intelectual y cultural del propio cristianismo (así, por ejemplo, el énfasis en la idea de igualdad, cfr. Gál I 3,23)”.

La exposición fue reabierta el 4 de enero de 2005 y luego de la cuarta amenaza de bomba, y por común acuerdo entre Ferrari y el Centro Cultural, la muestra fue cerrada a final de mes, cuatro semanas antes de lo previsto.

En su sentencia, el ciudadano Cortí liberó la obra de Ferrari de la trama esquemática de héroe o traidor, e incluso, como buen interprete (o crítico o curador) hizo del artista ateo un cristiano virginal en “la tradición intelectual y cultural del propio cristianismo”, un “crítico cristiano”.

Al evidenciar la censura, Corti mostró, en últimas, la indiferencia y blindaje de la jerarquía católica ante cualquier metáfora sobre el sufrimiento humano que no esté dada en sus propios términos. La insensibilidad de Jorge Bergoglio quedó al desnudo. El juicio laico del juez argentino mostró la pobreza de miras del entonces Arzobispo de la ciudad de Buenos Aires, sus limitaciones para entender los orígenes de la misma religión que ahora pretende encarnar como Francisco, papa número 266 de la Iglesia católica y jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano.

En relación con el ascenso de Bergoglio, Ferrari, con conocimiento de causa, ha dicho: “Va a ser un Papa muy autoritario, con seguridad”. Habrá que ver cuál es la relación del nuevo Sumo Pontífice con el arte. Al menos, el mandato de su antecesor, el “renunciador” Benedicto XVI, trajo una que otra sorpresa.

En el 2009, en la Capilla Sixtina, en un encuentro con artistas al que asistieron más de doscientos cincuenta invitados –entre los que se contaban los arquitectos Zaha Hadid y Paolo Portoghesi, el compositor Ennio Morricone, el artista Anish Kapoor, la cineasta Liliana Cavani y el escultor Kengiro Azuma–, Joseph Aloisius Ratzinger destacó la necesidad de “renovar la amistad de la Iglesia con el mundo del arte, una amistad consolidada en el tiempo, puesto que el cristianismo, desde sus orígenes, ha comprendido bien el valor de las artes”. El expapa pasó a disertar sobre la “experiencia de la belleza” e invocó una que otra noción provocadora: “Si aceptamos que la belleza nos toque íntimamente, nos hiera, nos abra los ojos, redescubrimos la alegría de la visión, de la capacidad de captar el sentido profundo de nuestra existencia, el Misterio del que formamos parte y que nos puede dar la plenitud, la felicidad, la pasión del compromiso diario”.

Sería ingenuo pensar que Benedicto XVI en su llamado a los artistas le estaba abriendo la puerta a los “toques” interpretativos y “heridas” representativas que pueden causar obras como las de Ferrari, o que el expapa entiende el “Misterio” de la misma manera “ambigua” como lo comprende el juez Corti, pero al menos Ratzinger parecía estar dispuesto a establecer un diálogo con el arte. Tanto así, que para la próxima Bienal de Venecia está planeado que el Vaticano cuente por primera vez con un pabellón con obras de diez artistas de alto nivel, creyentes y laicos, que harán con libertad una interpretación de los primeros once capítulos del libro del Génesis. El pabellón del Vaticano, por cosas del destino, estará al lado del que le corresponde a Argentina. Habrá que ver si la divina providencia al poner lado a lado a estos dos países quiere tomar partido por uno de los dos ilustres argentinos: por el arte que lleva a la senda rústica y conservadora de Bergoglio o por el que va por la autopista de Ferrari, donde el arte se lee, se relee y se religa de forma incesante con la vida.

Extraños son los caminos del señor.

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