Sebastião Salgado posa frente a una fotografía de su serie Génesis.

Instrucciones para engañar a la oscuridad

Aunque fue economista, dejó su profesión cuando descubrió que su verdadera pasión era la fotografía. Sin duda, se trata de un hombre que ha mirado a la humanidad con una dosis de compasión y que encontró en la naturaleza una probable redención. Entrevista.

2015/05/22

Por Hernán D. Caro* Berlín

La primera fotografía que Sebastião Salgado tomó en su vida muestra a su esposa, Lélia. La muestra el documental La sal de la tierra, que el director alemán Wim Wenders y Juliano Salgado, hijo de Sebastião, le dedicaron el año pasado a la vida y obra del fotógrafo brasileño: Lélia está sentada en el alféizar de una ventana en un cuarto muy oscuro con su rostro dirigido al sol, que brilla afuera. El contraste drástico convierte a la mujer en poco más que una silueta, dividida entre la claridad y la oscuridad radicales.

“Empecé a tomar fotos muy tarde, cuando tenía casi 30 años. Esa imagen de Lélia fue realmente mi primera fotografía”, dice Salgado, sentado en un museo de Berlín, a donde ha venido a presentar Génesis, su proyecto fotográfico más reciente, y a hablar sobre el cambio climático ante un auditorio a reventar. Se le ve cansado. En los últimos meses ha visitado una docena de países con Génesis, ha respondido las preguntas de periodistas de todo el mundo. Sin embargo, el pavor que me produce la perspectiva de una entrevista desganada se disipa muy pronto. Salgado escucha las preguntas con paciencia y sin interrumpir. Responde sin afán, escogiendo las palabras con cuidado, y en ellas se puede saborear –sin importar si Salgado habla en español, francés o inglés– la cadencia del portugués del Brasil. “Era 1970. Estábamos en el sur de Francia y acabábamos de comprar una cámara Pentax que Lélia necesitaba para tomar fotos de arquitectura –recuerda–. Yo nunca antes había mirado a través del visor de una cámara. Pusimos el rollo dentro y estábamos intentando entender cómo funcionaba el aparato. Tan pronto tomé la foto de Lélia, la fotografía empezó a invadir mi vida”.

La cabeza calva y blanca de Salgado y su forma apacible de hablar hacen pensar en un monje budista. Las imágenes de sus primeros viajes en los años setenta por Sudamérica, África y Asia lo muestran –hombros anchos, barba rebelde y melena rubia– como una mezcla de vikingo y revolucionario latinoamericano. Es probable que el Salgado de hoy tenga algo de todas esas cosas. Sus ojos azules se posan solo por segundos en los del entrevistador, y esa timidez sorprende: Salgado es uno de los fotógrafos más prestigiosos del mundo, un notable activista ambiental y después de La sal de la tierra–premiada en el Festival de Cannes de 2014, ganadora del premio César en Francia y nominada a inicios de 2015 al Óscar a mejor documental–, una figura de culto de la llamada fotografía sociodocumental.


80 fotos en un minuto

Sebastião Salgado nació en 1944 en Minas Gerais, Brasil, y creció en la finca de sus padres. En São Paulo estudió Economía y en 1967 se casó con la pianista Lélia Deluiz Wanick. Su militancia de izquierda, y el riesgo de ser apresados por la dictadura, obligó a la pareja a exiliarse en París en 1969. Allí, Sebastião escribió una tesis doctoral y Lélia comenzó a estudiar Arquitectura. En 1971, Salgado empezó a trabajar en Londres para la Organización Internacional del Café. “Trabajando como economista, empecé a hacer viajes por África y a tomar fotos –relata–. Cada vez que regresaba a Londres sentía que la fotografía me producía mucho más placer que la economía. Así que en un momento le dije a Lélia que quería trabajar como fotógrafo. Ella me apoyó y en 1972 regresamos a París. El comienzo fue difícil. Yo solo era un amateur. Pero trabajaba de forma muy decidida”.

Tanto, que poco después ya trabajaba para las principales agencias de fotografía de Francia: Sygma, Gamma y finalmente, en 1979, Magnum –que había sido fundada por Robert Capa, Henri Cartier-Bresson y otros–, donde estuvo 15 años. En 1981, Salgado recibió el encargo de la revista estadounidense Time de fotografiar durante varios días al presidente Ronald Reagan. Cuando el 30 de marzo de ese año John Hickley Jr. le disparó seis veces a Reagan en el hotel Hilton de Washington, Salgado estaba muy cerca. Sus fotos del atentado (con varias cámaras, Salgado tomó casi 80 fotos en un minuto), produjeron tanto dinero que pudo comprar el apartamento de París en el que vive aún hoy con Lélia y su segundo hijo, Rodrigo –nacido en 1979 con síndrome de Down– y preparar desde allí los viajes que darían origen a los primeros proyectos fotográficos: Otras Américas, sobre la vida en el campo suramericano, y Sahel, que documenta la sequía inclemente en el norte de África. Ambas colecciones aparecieron como libros en 1986, y ellas fundamentan la reputación de Salgado como reportero fotográfico comprometido.


“¿Qué otras historias quieres que yo contara?”

Si bien la primera foto de Lélia es a color, y durante su posterior carrera Salgado solo ha trabajado en blanco y negro (“Siempre he sido un contador de historias y los colores producen una desconcentración profunda”), en aquella primera imagen se encuentra mucho de lo que caracteriza la obra de Salgado. Allí está ya la manía de trabajar a contraluz y los contrastes de iluminación dramáticos: “Vengo de un país de luz intensa. Cuando era niño todo sucedía a mi alrededor bajo una iluminación muy fuerte, así que aprendí a ver el mundo a contraluz –dice Salgado–. Hoy, cada vez que miro por el visor, veo que todo lo que está a contraluz tiene contorno, es rico en detalles. Y todo lo que está iluminado con luz mediana no tiene sorpresas”. Está la sensación de dignidad de la persona fotografiada. Y allí está, por supuesto, Lélia, quien hasta hoy prepara los viajes del fotógrafo, que suelen durar años enteros, es curadora de sus exposiciones, diseña los volúmenes de fotos y lo acompaña en muchas de sus charlas en todo el mundo.

Lo que aún no está en aquella primera foto, sin embargo, es lo que durante más de tres décadas fue el tema de la obra de Salgado: los trabajos del ser humano. Sus fotografías del hambre en África, de la lucha impotente de bomberos contra el fuego espectacular de las torres de petróleo en Kuwait tras la Guerra del Golfo Pérsico, de los desplazados de la guerra en Etiopía y del genocidio en Ruanda: su tema constante son los afanes y las necesidades –pero también, una y otra vez, el empeño de supervivencia– de la gente en el llamado “Tercer Mundo”.

Varias cosas se enfrentan en la contemplación de las fotos de Salgado: el asombro frente a la fuerza épica de escenas que dan la impresión de haber ocurrido hace miles de años. (Esto es particularmente claro en las imágenes de 1986 de las minas de oro de Serra Pelada, en Brasil, que parecerían documentar la construcción de la Torre de Babel o de las Pirámides). Se mezclan con aquel asombro el desconsuelo, la vergüenza y el embeleso que produce contemplar fotos de la miseria ajena. Y choca con todo ello la atracción estética que causan fotografías que son, a fin de cuentas, obras de arte.

Salgado ha sido criticado por atenuar el dolor a través de la belleza de sus fotos, por “explotar el sufrimiento” (un libro alemán sobre su obra incluso se titula: El glamour de la miseria). A esto responde inquieto: “La gente en los países ricos cree que la realidad corresponde a su vida. Pero la vida de la mayoría de la gente en el mundo, en Brasil, Colombia, India, África o China, del 80 % de la humanidad, no es sencilla. Yo quería contar historias. Y viniendo de donde vengo, ¿qué otras historias quieres que contara? Yo quiero mostrar las cosas como son”.


El planeta entero

El registro insistente de esa realidad dejó, sin embargo, su rastro en el fotógrafo. Después de los años que pasó documentando el genocidio y el desplazamiento en África –al que dedicó los proyectos Éxodos y Los niños de la migración, publicados en 2000–, Salgado estaba roto. “Sufrí una gran decepción con mi especie. Mi salud no estaba bien, casi había entrado en una depresión –explica–. Los seres humanos somos una especie depredadora, durísima con nosotros mismos, la única capaz de crear una industria para matarnos unos a los otros, para entrenar gente para reprimir y asesinar”. Salgado dejó de tomar fotos y se refugió con su familia en Brasil.

La interrupción de su trabajo como fotógrafo se extendió durante un par de años. El siguiente proyecto de Lélia y Sebastião no tendría nada que ver con fotografía. Y sin embargo aquel proyecto, que continúa hasta hoy, en cierta forma salvó a Salgado, también como fotógrafo. A finales de los años noventa, y por iniciativa de Lélia, la pareja decidió reforestar la región inmensa alrededor de la finca de la familia de Salgado, que desde hace décadas estaba completamente marchita a causa de la ganadería y la tala de árboles. El Instituto Terra, surgido de aquella idea, ha plantado hasta hoy dos millones y medio de árboles nativos. La vegetación y los ríos locales se han recuperado y la gran mayoría de las 7.000 hectáreas de bosque amazónico rescatadas son actualmente un parque nacional.

En 2004, Salgado decidió una vez más salir de viaje con su cámara. “A través de nuestro trabajo ambiental descubrí la riqueza de las otras especies, entendí que, por ejemplo, los trabajos de las hormigas son quizá más grandes que el mío”. Inicialmente, Salgado pensó en documentar la destrucción del planeta, pero al final decidió dedicar el que, según él, será quizá su último gran proyecto fotográfico, a algo muy distinto. Esta vez, los viajes de Salgado duraron ocho años: lo llevaron desde los desiertos africanos hasta las estepas congeladas de Siberia, y las fotografías surgidas de allí, reunidas bajo el nombre de Génesis, muestran la mitad del planeta que hasta hoy permanece intacta –volcanes, glaciares, bosques–, y las tribus y animales que los habitan. El ímpetu prehistórico de las fotos anteriores está completo en el nuevo proyecto, así como la obsesión de explorar un tema hasta el límite. En su libro Trabajadores (1993), Salgado había querido hacer una “arqueología de la era industrial”, para lo cual registró minuciosamente fábricas hirvientes, obras en construcción, vías ferroviarias en medio mundo. Con Génesis, la ambición de Salgado era un poco más extensa: el planeta entero.

“Gracias a Génesis –dice Salgado–, entendí que todo está vivo y que la naturaleza es increíblemente inteligente. Yo había visto mucho infortunio. Cuando terminé este proyecto, me sentía mucho más optimista”. ¿También respecto al ser humano? “No –responde Salgado sin dudar–. Temo que no vamos a durar mucho tiempo. Si vemos nuestras ciudades, es claro que ya estamos saliendo del planeta, que cada vez tenemos menos vínculos con la naturaleza. Quizá podamos sobrevivir si logramos volver al planeta. Pero algo tiene que cambiar”. Hay mucha angustia y urgencia en esas palabras, pero no hay resignación. Mientras Sebastião Salgado cuenta cómo una idea descabellada logró reavivar su tierra, cómo un árbol es un mecanismo perfecto que puede redimir todo un ecosistema, su voz transporta una calidez y un entusiasmo inmensos. Y cuesta creer que el juego entre la luz y la oscuridad haya terminado.

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