La obra de J.J. Seinen tiene unos detalles delicados y extraordinarios.

El iluminado

En la Galería Casas Riegner de Bogotá se presenta el increíble hallazgo de la artista Johanna Calle y su marido, el anticuario Julio Pérez Navarrete: miles y miles de pasmosos dibujos de un jubilado holandés que murió en Colombia el año pasado sin haber expuesto ni una sola vez.

2013/03/18

Por Marianne Ponsford *Bogotá

Las guerras cambian el destino de las gentes. El joven austríaco Hans Prinzhorn se doctoró en Historia y Filosofía, y en 1908 dejó Viena rumbo a Londres para tratar de cumplir su sueño de convertirse en cantante profesional. Pero este hombre evidentemente sensible se topó de bruces con la Primera Guerra Mundial y acabó ejerciendo labores de médico cirujano y psiquiatra en el frente, oficios para los que recibió una somera instrucción. Tras la guerra, en Heidelberg, comenzó a trabajar en un hospital psiquiátrico y recibió el encargo de ampliar la modesta colección de arte realizada por los enfermos mentales. Dos años después la colección contaba con cinco mil dibujos, y Prinzhorn, fascinado por las complejas relaciones entre arte y enfermedad, se dedicó a escribir al respecto y acabó inventando la inquietante categoría de “Outsider art”.

El ciudadano holandés José Johan Seinen murió el año pasado a la edad de setenta y ocho años, tras vivir durante los treinta y tres últimos años de su vida en el barrio Niza en Bogotá. Había llegado a Colombia en 1979, con apenas cuarenta y cinco años pero ya jubilado de su anodino trabajo como funcionario bancario en La Haya. Su esposa, la samaria Duvis de Seinen, fue el motivo principal para tomar la decisión de jubilarse aquí.

Tras su deceso, y como suele ser natural, su viuda comenzó a deshacerse de algunas de las cosas de su marido. Entre ellas, una descomunal cantidad de papeles, papelitos, sobres, cuadernos y carpetas y recortes de todos los tamaños. Todos rigurosamente atiborrados de impresionantes dibujos.

Julio Pérez Navarrete, reconocido anticuario y pareja de la artista bogotana Johanna Calle, es un sistemático comprador de archivos fotográficos y documentales. Es parte de su oficio. Y fue él quien se topó, en una de sus expediciones por los mercados de pulgas del centro de Bogotá, con las primeras carpetas. Los dibujos despertaron la curiosidad de ambos. En el mercado decían que en algún lugar había muchas más bolsas con dibujos similares. Y tirando del hilo llegaron hasta una bodega y entre neveras y lavadoras de segunda y un sinfín de corotos, descubrieron dieciséis bolsas industriales de basura atiborradas de dibujitos, más carpetas, sobres y cuadernos. La adrenalina comenzó a subir. En uno de los sobres (Seinen dibujaba sobre cualquier pedazo de papel que tuviera a la mano, recibos de luz, consignaciones bancarias) estaba la dirección de correspondencia y el nombre. El 113 (aún no restringido por la nueva Ley de Habeas Data) les dio el teléfono de la casa. Llamaron. Así se enteraron de quién era J.J. Seinen, de que había muerto el año pasado, y fueron a visitar a la viuda.

Le compraron todo lo que tenía. Le avaluaron la rigurosamente ordenada biblioteca del difundo. Le ayudaron a vender algunas antigüedades. Luego compraron más dibujos de Seinen, que estaban en manos de la hermana de la viuda. Y ese es el origen de la increíble exposición que puede verse en la Galería Casas Riegner de Bogotá desde el 28 de febrero y hasta el 30 de marzo.

Seinen no era solo un dibujante compulsivo (Pérez Navarrete calcula, cautelosamente, en quinientos mil los dibujos que Seinen pudo haber hecho a lo largo de su vida). Repetía obsesivamente un mismo dibujo (un ánfora griega, un plato egipcio, un candelabro, una ventana, una alfombra) hasta que quedara perfecto –¿pero qué es la perfección? El vocablo parece, más que nunca, inapropiado. Y recortaba. Un dibujito. Otro dibujito, en una quirúrgica tarea sin final. Hay unos hermosos dibujos de alfombras de varios tamaños (de un medio folio la más grande) que reproducen coloridos diseños de las alfombras orientales. Y hay una insólita colección de soldados nazis, algunos con cara de perros, que se le antojan a quien los ve una brillante e irónica crítica a la locura hitleriana que tanto daño hizo a la Holanda de su infancia. Hay un cuaderno de marcianos. Hay marcianos que atacan a los nazis. Hay reproducciones del techo de la Catedral de Santa Sofía en Estambul. Reproducciones de cientos de edificios. ¿Son los dibujos de un arquitecto? ¿De un arqueólogo? ¿De un diseñador gráfico? ¿De un cineasta? Porque también hay escenarios, escenografías: calles dibujadas con impecable sentido de la perspectiva que en sucesivas capas de papel van revelando los interiores de cada casa –y la que está detrás, y la que está detrás– en una especie de “funesco” intento por reproducir el mundo entero a escala. “Lo que más me impresiona de la obra de Seinen es la enormidad. Una cosa casi incuantificable. No es solo hacer el contorno sino que además colorearlo con destreza y recortarlo con delicadeza. Tres procesos en uno”, dice Johanna Calle.

Outsider art. Un hombre que se pasa la vida encorvado frente a un escritorio, dibujando, recortando. Dibujando, recortando. Dibujando, recortando. El curador José Ignacio Roca cuenta a este medio que se suele llamar también “arte iluminado”. Dice que muchas veces, los mismos artistas no consideran arte su trabajo. Les tiene sin cuidado el público, la fama, la exposición. “Están por fuera de los circuitos de circulación del arte y dibujan por una necesidad casi patológica, por una obsesión que tiene que encontrar una salida”. Y añade: “Para mí lo fascinante de Seinen es la obra entendida como un trabajo de toda una vida y no como un dibujo individual”.

Una cosa más verá el espectador en las paredes de la galería: para poder exponer tantos dibujos, Johanna Calle ha hecho unas cuadros-cajas de pared perfectas, donde ha intentado clasificar temas y estilos. En ellas ha dispuesto con minuciosa maestría algunas de las figuras. Algo parecido a lo que ha hecho con algunas obras suyas. Pero lo que está expuesto no es más que es el 1 por ciento de lo que Pérez Navarrete y ella tienen en su casa. La monumental tarea de clasificar, transcribir y traducir textos escritos en holandés está pendiente.

La historia de este hallazgo es francamente fabulosa. Al buscar ejemplos de arte Outsider, el lector se topará con obras asombrosas (veálas en www.revistaarcadia.com). Tan fabulosa que... Pero no. Todos los consultados son rigurosos en sus declaraciones: Seinen sí existió.

Y sin embargo... Es curioso. J.J. es José Johann. Y José no es un nombre holandés. Y Seinen, según el traductor de google, significa "suyo" en alemán. ¿Un proyecto de José Roca y Johanna Calle? Y Duvis de Seinen, la viuda... ¿No es Dubis dudar en latín? ¿Duda de Seinen? Y esos dibujos de Estambul... ¿No expuso acaso Johanna Calle en Estambul hace un par de años?

Pero todos insisten, Seinen sí existió. Quizás Johanna Calle, esa elegante y suave y dulce grafomaníaca, lo supo desde un comienzo: Si Seinen no existió, alguien tendría que inventarlo. Como elogio a la enfermedad.

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