Tomada por Alejandro Arango

Los experimentos

Medellín ya no es la que era. Atrás ha quedado un panorama del arte controlado por un puñado de sabios que subían o bajaban el pulgar. ¿Qué ha cambiado?

2013/10/18

Por María Isabel Abad. Medellín.

De las cinco facultades de arte que hay en Medellín, cada año se gradúan entre noventa y cien estudiantes. Hace quince años tal vez serían menos, pero ahí estaban: con el diploma en la mano, perplejos, con dificultad de moverse en el mundo del arte de la ciudad, un mundo tradicionalmente cerrado con unos pocos legitimadores.

En ese entonces el panorama local era tan pequeño que podría enumerarse rápidamente: tres museos de arte: el Museo de la Universidad de Antioquia, el Mamm y el Museo de Antioquia (estos dos en sus versiones no renovadas); dos centros culturales: la Alianza Francesa y el Colombo Americano; el taller de grabado La Estampa, la escuela de dibujo de Óscar Jaramillo y tres galerías: la galería La Oficina, Naranjo y Velilla y Julieta Álvarez. Lo que los anteriores hacían o dejaban de hacer resonaba fuerte en la plaza.

Los recién graduados vivían entonces acompañados por un deseo inconfeso o de vivir de su oficio en el marco de una ciudad donde las personas solían decorar sus casas con iglesitas de barro o con reproducciones de Van Gogh, y en la cual la compra de obras era un bien suntuario para una mentalidad utilitaria y bastante centavera. Inconfeso también por un temor al mercado, impuesto desde la academia, que instalaba en ellos la idea de que el arte y el artista se desvirtuaban en el comercio.

Por eso, muchos de ellos aspiraban a tener un golpe de suerte para poder surgir. La plaza se cerraba sobre sí misma y poco a poco debían ir archivando sus proyectos creativos. Su vida de artistas quedaba entonces reducida a los trabajos que habían hecho en la universidad y lo que seguía en el horizonte era abrirse otros caminos o vender servicios a terceros.

No diré que todo esto haya cambiado significativamente. En todas las profesiones hay una cuota grande de exiliados o maneras particulares de apropiarse del oficio. Al fin y al cabo la formación profesional en artes plásticas no es la única vía para desempeñarse en el arte. Pero es evidente que hay unos pequeños quiebres que se están produciendo a paso muy lento en el contexto, y que por fortuna contribuyen a dar una mayor acogida a todos aquellos que ahora quieren hacer arte en la ciudad.

Estos quiebres son tres y tienen que ver con una mayor presencia del Estado en el patrocinio del arte, una mentalidad proactiva de los artistas que crean sus propios espacios de experimentación, y la intención, al menos la intención, de un grupo de personas y de galerías en la ciudad de activar el mercado local.

El primer quiebre con el pasado es la aparición reciente del Estado como un gran patrocinador del trabajo de los artistas en los últimos diez años. Muy buena parte del arte que se produce en la ciudad obedece a la acción de la Alcaldía y del Ministerio de Cultura. Los dineros que estos destinan toman caminos distintos que estimulan la vigencia de los artistas. De manera directa, a través de becas de creación y las convocatorias, y de manera indirecta a través de los programas que adelantan las instituciones y que permiten que los artistas hagan esculturas conmemorativas, intervenciones urbanas o trabajos con la gente.

La producción de arte local también se activa cuando el Estado, a través de los museos, financia eventos como los salones regionales, los encuentros MDE o el actual Salón (inter) Nacional de Artistas. Esto es claro si se revisan las hojas de vida de los artistas en los últimos años: en la mayoría de los casos aparece el sector público como uno de sus patrocinadores.

Esta dependencia de la creación de las convocatorias públicas hace que el artista Víctor Muñoz califique al arte en Medellín como “muy eventual” tratando de sacarle punta a esta palabra en sus dos sentidos: no solo porque está ligado a los eventos sino porque ocurre de vez en cuando y sin continuidad. Esta “eventualidad”, sin embargo, no se cumple cuando se trata de la experimentación del arte que cada vez es más continua. Y aquí el segundo quiebre. De un tiempo para acá, los artistas, en lugar de quedarse esperando a que el sistema del arte les diera cabida, comenzaron a crear un mundo propio para experimentar en compañía.

Los pioneros en abrir este camino fueron Taller 7 y Casa Tres Patios. El primero surgió en el 2003, cuando siete artistas alquilaron una casa en el centro de Medellín para reunir sus talleres. De esta unión cotidiana han resultado varios proyectos como un centro de documentación, intercambios de residentes, exposiciones colectivas y ventas de garaje. Hoy permanecen como miembros Julián Urrego, Adriana Pineda y Mauricio Carmona. Esta historia, a pesar de sus altibajos, ha mantenido siempre un proyecto importante: el grupo de dibujo. Desde el 2004, varios fieles se reúnen cada viernes para dibujarse mutuamente, entre ellos el maestro José Antonio Suárez. Los asistentes participan con la única condición de permanecer quietos a la espera de aparecer, media hora después, en las libretas de todos los demás; con la precisión de una fotografía en la libreta de Suárez, con cierto aire de familia en la de otros, o con los trazos que cada uno de los artistas ha ido incorporando a su estilo. Estas libretas, que han sido el material de exposiciones, son al mismo tiempo laboratorio y registro de una de las tendencias más sólidas del arte local: el dibujo.

Casa Tres Patios, por su parte, tuvo como fundador a Tony Evanko, un arquitecto y artista que llegó a Medellín de Albuquerque gracias a una beca Fullbright. La ciudad le caló hondo y decidió establecerse en el 2006 para suplir un vacío que advirtió en la plaza: el de un espacio de experimentación para los artistas. Consiguió una casa en el barrio Prado, conformó un equipo y desde entonces ha recibido a más de setenta artistas en residencia, nacionales y extranjeros. Casa Tres Patios ha podido sostenerse manteniendo como consigna la idea de la experimentación, porque “a mí –confiesa Tony–, poco me importan los resultados”.

Durante varios años, estos dos espacios convivieron con otros intermitentes, pero a partir del 2010 comenzó a surgir una nueva cosecha. El primero fue Plazarte, una casa en el barrio Prado que incorporó a su sede el trabajo de la Casa Taller Sitio, un antiguo colectivo de creadores. El segundo en despuntar fue la Casa Campos de Gutiérrez, creada por Andrés Monzón, que regresó a Medellín para el encuentro MDE 11 después de haber estudiado arte en Estados Unidos. Al ver la movida local tan viva definió su proyecto: adecuar la antigua finca cafetera de su familia, en la vía a Santa Elena, para hospedar a artistas extranjeros en residencia que crearan en compañía de los locales.

A esta lista pueden sumarse, entre otros, lugares como la Galería No (2011), que grita resistencia desde su nombre; Nada en Común (2011), una casa en el barrio Manila donde se unen seis mujeres con proyectos artísticos autónomos; Por Estos Días (2013), un espacio en el barrio Belén donde un grupo de artistas juega con el arte como con una pieza de lego que ensambla con la historia, la literatura y hasta con la cocina; y el Espacio 3B, una escuela de dibujo fundada por el artista Hernán Marín.

Esta lista de nuevos espacios está acompañada por otros colectivos que funcionan sin una sede fija como Puente Lab, que realiza intervenciones artísticas en la ciudad y que está financiada por la Fundación Pistoleto de Biella (Italia) o Whitebox, un periódico que circula como una galería impresa.

Todos estos proyectos, con sede o sin ella, pese a su tono y a sus objetivos diferenciados, coinciden en que están pensados como talleres, como instancias de experimentación y de ensayo, como laboratorios donde se cocinan ideas y talentos. Ellos dan cuenta de nuevas formas de relación y de una mayor movilidad de los artistas locales por el mundo. Están más allá de los templos, irrigan en distintos barrios la acción cultural y tienen un cierto levantadito de hombros frente al establishment. Mantienen la agenda viva, crean una comunidad y, a su manera, complementan el trabajo de las instituciones oficiales. Por todo esto son fundamentales y le han dado a la ciudad un nuevo aire. Sin embargo, cabe aquí una pregunta: ¿cuánto de la experimentación de estos espacios se traduce en la producción de obras? ¿Cuánto de lo que allí sucede sale al mercado de compradores? La respuesta es clara: realmente muy poco. Y es porque tal vez esa no sea su vocación.

La producción de obras que los artistas sacan al mercado sigue otros itinerarios. Los artistas jóvenes que venden, producen en sus talleres y la venta se realiza en espacios informales, dentro de su propio círculo o en tiendas de diseño. Algunos acceden a las dos subastas más tradicionales y unos pocos mueven su obra a través de los contados galeristas de la ciudad. Un puñadito –en especial los dibujantes– vende su obra a coleccionistas de Bogotá. Sin embargo, hay síntomas de que esta dinámica puede estar cambiando por cuenta de nuevos intermediarios que quieren acercar las obras de los artistas a un nuevo mercado de gente joven que puede y quiere comprar arte pero poco o nada sabe. Son ellos, en esa zanja del medio, quienes tratan de sacar a los artistas de la experimentación pura y a los compradores, de su desconocimiento.

Este mercado tiene sus bemoles. La artista Liliana Hernández que inauguró este año la Galería Plecto, quiere trascender esa oposición entre experimentación, producción y venta, acompañando como curadora a los artistas para decantar sus obras, para exhibirlas y para acercarlas a un público de compradores locales.

Además de Plecto, hay otras novedades en la plaza que se suman a las tradicionales: desde el 2008 están la galería Banasta en Llanogrande y La Nueva Galería, esta última en internet. Este año surgió Lokkus, un proyecto que acompaña la gestión de los artistas. La galería 9.80 de Bogotá está buscando sede en la ciudad y el Banco de la República abrió una convocatoria para comprar arte en Medellín.

Puede que poco a poco vaya abriéndose la boquilla del mercado, no solo porque aumente la cantidad de intermediarios sino también porque se amplíe la mentalidad de todos los que participan. Según la artista María Isabel Naranjo, una de las líderes del SNAK –el salón paralelo al Salón (inter) Nacional– y coordinadora de la nueva carrera de arte del Instituto Salazar y Herrera, las galerías en Medellín siguen siendo muy conservadoras, “los mismos artistas circulan desde los noventa y no dan cabida a nuevos formatos”.

Si estos quiebres del contexto aquí esbozados se acentúan, los recién graduados de entonces contarán con un mecenazgo público, estarán en medio de un contexto de alta experimentación y entrarán con menos temores a un mercado local más abierto, más activo e informado.

*Imagen 1: Tony Evanko fundador de Casa Tres Patios.
Imagen 2: Liliana Hernández, directora de la Galería Taller 7.

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