Algunas de las obras de la exposición en Galería Casas Riegner. Carteles creados por Bernal en los setenta y ochenta.
  • Una recreación de la obra Señales (1987).

Los carteles de un adelantado

Antes de que hubiera intervenciones, instalaciones y todo el sinnúmero de etiquetas, Adolfo Bernal recorría las calles de Medellín pintando canchas o pegando afiches que removían –poco– algunas conciencias. El trabajo de un hombre discreto y perspicaz, quien falleció en 2008, se encuentra exhibido en la Galería Casas Riegner.

2015/03/27

Por Juan Sebastián Barriga* Bogotá

Algunas paredes de la Medellín de los años setenta estuvieron cubiertas por un cartel blanco que solo decía una palabra: imagen. Quien se cruzaba con los carteles que Adolfo Bernal pegaba a manera de intervenciones en el espacio público a lo mejor se preguntaba sobre el significado de ese afiche notoriamente distinto y algo desencajado, puesto sobre un motón de coloridos avisos publicitarios y que sobresalía en medio de la saturación cotidiana. Y después de una pequeña reflexión y un corto análisis es probable que siguiera su camino y olvidara por siempre aquella imagen.

Gran parte del arte de Adolfo Bernal consistió en momentos. Sus obras aparecían por la ciudad en forma de carteles, intervenciones y sonidos que intentaban dialogar de maneras no tradicionales con la gente. Bernal fue uno de los primeros colombianos que buscaron romper el carácter objetual de la obra de arte, para convertirla en una expresión más de ideas, conceptos y nuevos significados.

Pero, a pesar de su creatividad, trascendencia y osadía, el nombre de Adolfo Bernal no figura en el salón de la fama del arte nacional. Al igual que su trabajo, Bernal causó un gran impacto en quienes lo conocieron pero, como sus carteles, se desvaneció en el tiempo e irónicamente se convirtió en uno de los artistas más importantes del país y en uno de los más desconocidos.

En 2007, encabezó el encuentro de arte MDE07 celebrado en Medellín, donde estuvo a cargo de la inauguración con la obra Alborada que consistió en un concierto de tambores ubicados en los cerros El Volador y Nutibara, tocados al amanecer, que despertaban simbólicamente a la ciudad. Durante el evento recreó varias de sus obras y de alguna manera eso supuso una especie de regreso. Sin embargo, el 11 de febrero de 2008, Bernal murió repentinamente a los 54 años debido a un paro respiratorio. Su obra, una vez más, quedó en silencio.


Espacios y palabras

Bernal estudió Diseño Gráfico en la Universidad Pontificia Bolivariana de Antioquia. Ingresó a los círculos artísticos durante los años setenta proveniente de la poesía y el diseño. Durante esa época varios artistas, como Antonio Caro o Juan Camilo Uribe, comenzaron a pensar nuevas formas de producción, más experimentales y conceptuales, muchas veces alejadas del mercado y lo masivo. Desde sus primeras intervenciones, Bernal se mostró como un artista diferente para los cánones de su tiempo. Mientras el arte del país se centraba en la tradición clásica de pinturas y esculturas exhibidas en museos, Bernal comenzó a experimentar con formatos disruptores que buscaban llevar la obra de arte a límites nunca antes probados en ese tiempo. El curador Conrado Uribe describe el trabajo de Bernal como “una obra que de alguna manera alteraba o modificaba poéticamente los ritmos cotidianos de la ciudad y que buscaba cuestionar el estatuto del arte”. Sus intervenciones jugaban con el espacio urbano y estaban construidas de tal forma que el espectador analizara el significado, la forma, la presentación y el mensaje.

La palabra fue una especie de obsesión en la vida de Bernal. Constantemente se cuestionaba acerca de su funcionalidad, sus formas fonéticas, sus significados y significantes y hasta su estética pictórica. Sus intervenciones con palabras empezaron en 1975 cuando pegó 25 carteles que decían imagen. Pero estos no solo eran papel periódico escrito. Bernal trabajaba de forma minuciosa cada detalle. Por ejemplo, la clase de tipografía que usaba y la ubicación de las letras tenían un especial cuidado como si se tratara de un tipógrafo o un editor consciente de que las formas de las letras encierran una gran belleza y un gran misterio. Un año después lanzó su libro de poemas Antes del día. Eran treinta poemas cortos que venían en hojas sueltas dentro de una especie de carpeta amarrilla. Los poemas, de esa manera, podían funcionar como un conjunto o como unidades independientes.

Su trabajo cartelístico fue una extensión de su poesía. A menudo juntaba pares de palabras crípticas e inconexas como: CAMISA/BICICLETA, OJO/ARAÑA o RANA/JINETE haciendo una suerte de asociaciones que le debían, conscientemente o no, al surrealismo. La poeta y artista Gloria Posada explica que con estos juegos de palabras Bernal buscaba “llevar esas asociaciones libres de sentido al espacio público, para que de alguna manera el transeúnte intentara construir vínculos entre esas palabras aparentemente opuestas y sin relación. Con el fin de plantear nuevas definiciones rítmicas y sonoras cuando se las leía o se las asociaba con una imagen”.

Medellín fue el lugar de trabajo de Bernal, pero también su obsesión o su campo, como diría algún teórico. Bernal, dicen quienes lo conocieron, jugaba con la geografía y los símbolos de una ciudad convulsa como la que le tocó en suerte. Para sus intervenciones no solo usó las calles y paredes, sino también el cielo y la tierra. En 1975, desde una avioneta lanzó mil volantes que decían THE END, esto constituyó un homenaje al cine y asustó a varios de los espectadores. En 1984 enterró una placa de metal con la palabra medellín en el jardín del Museo de Antropología de la Universidad de Antioquia como un homenaje a los primeros habitantes de esa región. Los cerros El Volador y Nutibara presenciaron varias de sus obras como Bienvenida al cometa Halley (1986), donde armó una hoguera gigante para saludar al cometa. En 1987 puso siete láminas de zinc que producían reflejos cual señales luminosas a causa del viento. Inclusive experimentó con las letras que conforman el nombre de la ciudad. En 1981, durante la inauguración del Primer Coloquio Latinoamericano de Arte No Objetual, trasmitió en código morse las letras mde, indicativo de Medellín, por la frecuencia de radio am.

Las intervenciones de Bernal estaban cargadas de simbolismo y tenían la capacidad de producir diversos significados. La obra “Señal”: Norte (1983) fue una de sus creaciones más complejas. Se trató de un trabajo colaborativo donde dibujó con cal agrícola una flecha de 2.000 metros cuadrados en la cancha de fútbol del barrio Castilla, con el fin de indicar el norte exacto de Medellín. Esta intervención la realizó con la ayuda de los jóvenes del barrio y tiene múltiples interpretaciones, entre las que se encuentran, de manera obvia, la ironía sobre las tradiciones de la ciudad y una crítica a los límites de nuestras ciudades que siempre parecen estar mirando hacia el norte.

El curador Alberto Sierra, que fue amigo de Bernal, lo define como un artista muy sutil. “Notarlo era muy difícil, él era invisible y al tiempo sorprendía. Precisamente este carácter casi oculto y efímero que caracteriza gran parte de su obra fue la causa de su poca notoriedad, aun cuando ello, para muchos artistas que comenzaron en los años setenta, sea simplemente parte de haber surgido en un país al que no le interesaba el arte contemporáneo. A diferencia de las obras objetuales, los trabajos conceptuales prácticamente no se pueden conservar ni exhibir. La única forma de demostrar su existencia es a través de registros fotográficos. Algo que durante muchos años no llamó la atención de las galerías y los museos, y solo hasta hace una década larga fue repensado. Bernal nunca contó con mecenas ni se preocupó por promocionarse en los círculos comerciales del arte. “Fue un visionario que hizo lo que quería sin esperar legitimación de nadie”, opina Gloria Posada, quien agrega: “Hizo su obra muy independiente de las modas o los procesos legitimados por las personas que manejaban las salas de arte y los museos”.

Todas sus producciones eran autogestionadas y, según Alberto Sierra, es muy probable que nunca vendiera ninguna obra. Para sostenerse dictó clases de Diseño en la Pontificia Universidad Bolivariana de Medellín, en la Fundación Universitaria de Medellín y en la Colegiatura Colombiana. También desarrolló proyectos publicitarios junto con su primo Javier Henao. Pero a pesar de tener una producción intermitente, siempre estaba en un constante estado de creación. La gente que lo conoció cuenta que con regularidad recorría la ciudad pensando nuevas formas de dialogar con la gente a través de sus intervenciones. Además, estaba dispuesto a compartir sus conocimientos, pues no solía rechazar ofertas para dictar charlas o hacer exposiciones.

Conrado Uribe opina que Bernal debería tener el mismo reconocimiento que artistas como Álvaro Barrios, Antonio Caro y Bernardo Salcedo. Sobre todo por sus aportes al mundo del arte conceptual. Se puede decir que Adolfo Bernal fue un artista adelantado para su época. Ana Piedad Jaramillo, directora del Museo de Antioquia, considera que “su arte era muy complicado de entender en un periodo donde predominaba lo objetual y no fue valorado, pero muchos artistas se inspiraron en su trabajo”. Muchos, sin duda. No hay sino que ver el panorama del arte en Colombia para darse cuenta de que Bernal fue un adelantado, lo que sea que eso quiera decir.

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