Graciela Sacco durante una charla a propósito de su exposición en el Banco de la República.
  • Matorral de la serie Cuerpo a cuerpo (1996 - 2014)Incrustación fotográfica en madera
  • Fragmento de Esperando a los bárbaros (1995 - 2015)Instalación de video y maderas encontradas.
  • Retrato de la serie Tensión admisible (2010 - 2014)Impresión digital en cuchillo y fuente de luz.
  • El otro lado de la serie Tensión admisible (2011 - 2015)Fotografía en cajas backlight con persianas.

Mirar desde otro lado

La artista argentina protagoniza una de las grandes exposiciones de este año en el Banco de la República, en Bogotá. Su trabajo ha sido llamado “político”, y aunque ella confiesa que está comprometida con la realidad, sus performances, videoinstalaciones o tienen un carácter evidentemente atemporal.

2015/07/18

Por Daniel Salamanca* Bogotá

La artista visual Graciela Sacco, al igual que su obra, bien podría encajar en una serie de etiquetas acuñadas por el mundo teórico del arte y los medios de comunicación: arte político, arte y vida, memoria y conflicto, imagen prefotográfica, gráfica expandida o incluso “la artista argentina más reconocida de la actualidad”. Sin embargo, como bien se intuye en Nada está donde se cree…, el título de la exposición que se inauguró recientemente en el Museo del Banco de la República, y que irá hasta el 5 de octubre, no todo es lo que parece. En efecto, esta artista rosarina nacida en 1956 y consagrada en el ámbito internacional por su participación en las principales bienales y ferias del mundo, aunque toca de manera transversal algunos temas y formas de hacer, esenciales para la historia del arte latinoamericano de las últimas cuatro décadas, tiene un cuerpo de trabajo rico en lecturas y con un carácter evidentemente atemporal. “Por ejemplo esto de que no siento un antes y un después de las obras es cierto. Porque creo que uno siempre tiene las mismas obsesiones, pero en la medida que aparecen distintos interlocutores, la cosa va cambiando y los ingresos a determinadas obsesiones se transforman completamente”, le dijo a la curadora de la muestra, Diana B. Wechsler, en el marco de una versión previa a esta misma exposición, realizada en Argentina. “Me interesa que todos los elementos estén en función de interrogar. En general para mí las obras no dan respuesta sino que articulan nuevas preguntas. Si alguien viene y se pregunta algo que hasta el momento no se había preguntado, yo como artista, estoy hecha”, contesta cuando le pregunto qué puede esperar un espectador desprevenido que vaya a ver la exposición.

Rosario, su ciudad natal, hace parte de la periferia y de la provincia argentina, por ello Sacco siempre se ha sentido en una tensión permanente. Sus preguntas, más allá de hechos y eventos puntuales, son por el mundo que nos rodea, cómo lo percibimos y cuáles son las distintas miradas que se desprenden de allí: “no sé si el arte tiene una misión, pero de tenerla me gustaría que sea la de cuestionarse por la existencia. Para mí la obra es eso que me permite tomar la distancia de algo que me perturba y verlo desde otro lugar”. De ahí, de esos límites entre ver o ser observado, probablemente nació Entre nosotros, una intervención urbana de miles de ojos que invadieron los muros y corredores de Venecia en la Bienal de 2001. Sus obras, que en general parten de la apropiación y edición de imágenes fotográficas que han circulado masivamente en medios como periódicos, carteles publicitarios, internet o la televisión, no aluden a sucesos específicos argentinos sino que son como leitmotivs de los tiempos convulsos vividos en muchos países del mundo. Le interesa que se lean como formas de conflicto, inherentes a cualquier sociedad que encuentra en el espacio público el lugar para manifestarse y exigir. Se podría decir que su obra es política, no en el sentido de la propaganda o la confrontación, sino como una posición sobre cualquier cosa. “Mis obras evidentemente están imbuidas en un contexto social. Algunos hablan de arte político, que como categoría de arte no entiendo. Hay arte o no hay arte. Hay arte comprometido con el tiempo que le toca vivir a uno o no. Y generalmente las obras que yo hago, si bien tienen una consciencia social, son cosas que yo he visto y por las cuales me he preguntado”. Y es que si bien su periodo universitario estuvo marcado por la represión de la dictadura militar, la violencia y las desapariciones forzadas, su obra no habla de ello directamente. Ni del Rosariazo o el Cordobazo. Habla más de consciencia social y pulsiones que la llevan a materializar sus ideas por todos los medios posibles en el arte contemporáneo, sean videoinstalaciones, interferencias, arte postal o fotografías, entre otros. Su posición conceptual es clara: “no violencia, por ningún motivo o justificación”.


Matorral de la serie Cuerpo a cuerpo (1996 - 2014) Incrustación fotográfica en madera.

Por ello es que parecería imposible no relacionar su obra con la de dos artistas colombianos que, al igual que ella, la han logrado posicionar en el circuito internacional: Óscar Muñoz y Doris Salcedo. “Son artistas que siempre admiré. Admiré su obra. La primera vez que vi la de Óscar fue en la Bienal de la Habana en 1997. Los dos éramos artistas invitados. Él presentaba por primera vez El aliento en los espejos, una obra con una contundencia poética y conceptual rotunda. Y yo estaba con una interferencia urbana, que era señalizar los espacios en derrumbe”. De una generación cercana, los tres comparten esa poética por la imagen en relación con temas sociales arraigados en nuestra cultura. Curiosamente, Sacco también venía trabajando desde hace años con el primer plano de unas bocas que se titulan Bocanada (1993 – 2014) y que además de tener una resonancia clara con el aliento de Muñoz, hablan de ese momento particular de tomar aire, gritar o sufrir. Una expresión física que reproduce en cucharas, carteles y estampillas, desde 1993 hasta nuestros días, al igual que lo ha hecho con otro tipo de imágenes y sobre todo tipo de objetos de uso cotidiano como maletas, mesas, paredes, y palos de madera. Esto, a través de una técnica llamada heliografía o impresiones solares. Una práctica casi fantasmagórica que se basa en emulsionar cualquier superficie con químicos que al contacto con el sol permiten la aparición de una imagen. Se podría hablar de obras que aparecen con el tiempo, que es otro factor determinante en su obra.

Un “presente continuo” que se hace evidente en las fechas con las que firma sus obras. Ella no cree en la obra que se hace un día y queda ahí congelada en el tiempo. Por eso las fechas van desde el año en que las realiza hasta el último en el que se presentan de nuevo. Y no tiene ningún problema con eso. Por el contrario, es una posición que asume sin importar las incidencias que esto tenga en el mercado del arte u otros espacios en donde el número de ediciones es fundamental. “Hago mis obras cuantas veces sea necesario para materializar mis ideas”. Y lo mismo pasa con los nombres de los proyectos que empiezan siendo los títulos de sus obras y luego se convierten en títulos de series o en muestras. Es el caso por ejemplo del trabajo Tensión admisible que comenzó en solitario en 1996 y que luego tuvo subtítulos tales como Retratos (2012-2014), Entre blanco y negro (2011-2014), Muro (2010-2014) y El otro lado (2000-2104). Todas, obras encadenadas por una misma temática, pero prolongadas en el tiempo y el espacio a partir de nuevas constataciones. Igual sucede con la serie Metro cuadrado y con muchas otras cuyo título no cambia, pero su materialización sí se acomoda al lugar y momento de exhibición. “El ver otra cosa te lleva a pensar otra cosa”, le comenta a la curadora de la exposición para evidenciar el feliz encuentro con un edificio, así como la importancia del proceso de observación en cada montaje. Proceso que, por demás, no solo incide en la toma de decisiones sobre la ubicación y formulación de cada obra, sino también en la instalación de textos guía, no explicaciones, que la artista ve como pequeñas luces y pistas para el espectador.

 
Retrato de la serie Tensión admisible (2010 - 2014). Impresión digital en cuchillo y fuente de luz.

Esa es Graciela Sacco, una artista visual que mantiene una vitalidad y una pasión evidente por lo que hace y lo que la rodea. Fina observadora, comprometida con el momento en el que le tocó vivir, presenta al público colombiano una obra que perturba y cuestiona pero, a la vez, es fuerte visualmente. Gracias a procesos prefotográficos y a métodos de ilusión que se potencian en los espacios en los que exhibe, ha logrado construir un lenguaje visual que cabe en cinco contrarios: blanco y negro, positivo y negativo, el adentro y el afuera, lo público y lo privado, lo visible y lo invisible.

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