Tomada de Semana

El arte de vender

Tres ferias de arte van a la caza de compradores en la ciudad. ¿A quiénes les quieren vender?

2013/10/18

Por Alejandro Gómez Dungand. Bogotá

En Bogotá, octubre es el mes en el que los supermercados se llenan de calabazas, los almacenes se aseguran las ganancias del año vendiendo disfraces y muchos empiezan a hablar de arte. Esto último empezó hace nueve años con la feria internacional de arte artBo, creada por la Cámara de Comercio. Una feria que arrancó con algo de timidez pero que hoy, bajo la dirección de María Paz Gaviria, ha crecido a un ritmo sin precedentes: “artBo tiene un crecimiento constante, pero le apuntamos a un crecimiento paulatino”, aseguró la directora en un comunicado de prensa. Para esta novena edición artBo llega con sesenta y cinco galerías de veinte países. Veintiséis de esas galerías llegan por primera vez a la feria. Además, llegan catorce proyectos individuales curados por José Roca, y el Pabellón Artecámara, en el que veintitrés artistas jóvenes, y sin representación comercial, expondrán sus obras y esperarán hacer parte del extraño mundo del mercado del arte.

Pero artBo no llega sola. La feria Odeón, especializada en arte contemporáneo y asociada con galerías pequeñas, prepara su tercera edición. Además, llega la Feria del Millón, un evento bastante novedoso en el que ninguna obra costará más que el precio que promete su nombre. Tres ferias de arte en Bogotá, enmarcadas además dentro de la aparición de nuevas galerías independientes.

El panorama pinta bien, pero aparece la pregunta de siempre: ¿hay tanta demanda para esta cascada de ofertas? Hoy, cuando las instituciones y los medios empiezan a acuñarle a octubre el mote del “mes del arte”, la pregunta parece ser, más bien, si el tema económico es lo único importante.

Estado del (mercado del) arte

Las cosas le han salido bien al arte colombiano en los últimos años. En el 2007 Doris Salcedo se tomó el suelo de la Tate Modern de Londres y armó una colosal grieta de 167 metros. Una grieta, real: un hueco en una de las salas más prestigiosas del mundo. Con Shibboleth, como se llamó la obra, Salcedo se coló en los libros de historia como la primera latinoamericana en exponer en este lugar. Otros artistas como el bogotano Miguel Ángel Rojas y el payanés Óscar Muñoz han expuesto en Europa, EE.UU. y se han metido en colecciones como la del MoMA de Nueva York y la Tate. Y ni hablar del polémico Óscar Murillo, que el pasado junio vendió una obra por 756 millones de pesos en la subasta Christie’s de Londres.

La manera en la que funciona el mercado del arte es abrumadora. Lucas Ospina, crítico y director del departamento de Arte de la Universidad de los Andes, lo define de manera sencilla: “Es un mercado en el que la única regla es que no hay reglas”. Es claro que la especulación es parte integral en este negocio, y que las razones por las que un artista de veintiocho años venda obras por miles de millones pueden ser en el mejor de los casos arbitrarias o en el peor, producto, de estrategias de mercado para inflar un nombre.

Ospina asegura que el mercado del arte funciona como el póquer: se puede apostar, se puede bluffear. Y a ese juego es el que juegan los galeristas y los coleccionistas. Para bien o para mal, así funciona el mercado: “Para que exista un campo del arte sano debe haber tres instancias –asegura José Roca, sin duda el curador con más prestigio del país–: una gran cantidad de creadores que estén produciendo obras; unas instancias de mediación que pueden ser curadores, críticos, espacios que exhiban este trabajo; y el mercado que está compuesto básicamente por galerías y coleccionistas”. Es en el equilibro de estas tres instancias en el cual un artista puede vivir de lo que hace.

Evidentemente, a los intermediarios también les va bien en el proceso: “El último día de artBo, cuando ya están desmontando los stands, uno ve a galeristas con una sonrisa de oreja a oreja felices con sus ventas”, asegura Ospina. No es para menos, si se tiene en cuenta que para una galería la inversión para estar en una feria es millonaria y que en un evento como artBo el arriendo del stand puede costar entre catorce mil y quince mil dólares, es claro que las ganancias pueden ser astronómicas. En una feria de mediana escala como Odeón, el año pasado las galerías superaron los ciento cincuenta mil dólares en ventas; este año esperan llegar a los doscientos mil.

Pero no todo funciona en el equilibrio del que habla Roca. Todo el tiempo suceden cosas por debajo de cuerda: artistas con promoción de galerías que venden sus obras en su taller a menor precio, por ejemplo. Otra de las movidas de ese juego de póquer deviene del hecho de que al tratarse de negocios importantes, los coleccionistas compran a cuotas, y, en muchas ocasiones, terminan cancelando la compra después, como un jugador que entrega las cartas cuando la apuesta sobre la mesa pone en riesgo su número de fichas.

Y además de la plata hay otros intereses que se mueven en las ferias. Ximena Gama, investigadora de arte que ha trabajado en galerías, asegura que también hay una ganancia simbólica: “A veces los éxitos de una galería se ven reflejados en que al artista que uno lleva lo inviten a una exposición en el país de la feria o en el exterior”. Las ferias no solo son lugares de ventas, también son espacios para expandir redes.

Es claro que el mercado del arte funciona para quienes están adentro. El problema es que esta forma de mercado tiene un efecto colateral grave: “Lo de comprar se ha vuelto muy excluyente. Ya las gradaciones de obra menor u obra mayor no existen. Ahora todo es carísimo”, asegura Lucas Ospina y agrega que, en todo caso, esa especulación es algo que también están haciendo otras industrias como los restaurantes y los concesionarios de carros: “El precio de algo es lo que una persona está dispuesta a pagar: ¿qué culpa tiene la estaca si el sapo brinca y se estaca?”.

Para todos todo

Es claro que artBo seguirá siendo el evento en el que esa dinámica de mercado funciona. Pero las otras dos ferias, la del Millón y la Feria Odeón, parecen abrir un campo diferente.

La Feria del Millón surge de la iniciativa de Textura (un espacio cultural que se instaló en el improbable sector de Puente Aranda en Bogotá) y Diego Garzón, que ha dividido su tiempo entre ser editor de SoHo y trabajar en el arte contemporáneo colombiano, sobre el que ha escrito dos libros. Lo que somos, publicado en el 2004, es una selección de ciento diez obras colombianas explicadas para un lector que no necesariamente sea experto en el tema. La Feria del Millón tiene una naturaleza muy parecida a ese libro. Su lema es: si se gasta más de un millón de pesos en un iPhone que estará obsoleto en un año, ¿por qué no gastar también en arte? La Feria se explica desde su nombre: estará compuesta de una selección de artistas sin representación y las obras no costarán más de un millón de pesos. La idea es tan sencilla como revolucionaria, y apela a un público diferente al de artBo: nuevos compradores, jóvenes con interés y capacidad de comprar arte, no por inversión, o porque tengan una opinión cultivada o estén asesorados, sino porque vieron, les gustó y quisieron comprar.

Las implicaciones de una feria así son varias, pero la más importante es que reduce un poco el fantasma de la especulación que aterra a los más inexpertos en el tema: “Mucha gente va a ferias, se antoja, mira, pero ve precios de treinta millones de pesos y lo piensa siete veces antes de comprar”, asegura Garzón. La del Millón es una feria sensible con el comprador y no solo por un tema de precios: harán cosas como tener datáfonos para poder pagar con tarjetas de crédito. Su propósito no es solo iniciar artistas, sino también compradores.

La pregunta de si sí existen esos compradores es más compleja de lo que parece, pero la aparición de nuevas galerías podría responderla. Hoy, la zona de Chapinero Bajo se ha plagado de nuevos espacios de arte. Uno de ellos es Flora, la nueva galería ideada por José Roca que pretende explorar una relación con la que él ha trabajado varias veces: la naturaleza y el arte. ¿Por qué abrir una galería con una mirada tan específica? “Cuando armamos la idea, pensamos que valía la pena tener un cierto énfasis que nos diferenciara de otros espacios”. No hay que ser un experto en economía para entender que la necesidad de diferenciarse en cualquier mercado deviene de la variedad de la demanda. El éxito de una oferta específica puede indicar que la demanda general está cubierta. Diego Garzón asegura que si cada día hay más galerías es porque cada vez hay más público. Ximena Gama parece estar de acuerdo: “Más que la pregunta de si hay suficiente gente para tantos espacios, vale la pena preguntarse si hay suficientes espacios para tanto arte. Yo, que he trabajado en esto, puedo decir que compradores hay para todo”.

Cuando se habla del crecimiento del público en arte, se habla todo el tiempo como si se tratara de una masa homogénea. Eventos como la Feria del Millón, más que conseguir nuevos coleccionistas, podría lograr que otro público diferente se acerque al arte. Más que crecimiento, lo que debería haber es una diversificación.

Esto lo tiene claro el equipo de la Feria Odeón. María Fernanda Currea, directora de la feria, asegura que la idea gestora del proyecto no fue solo apoyar el trabajo que estaba haciendo artBo, sino además crear una feria independiente: “Lo primero que hace todo el mundo cuando viaja es ir a un museo, pero acá en Bogotá no visita espacios de arte porque se muere del miedo porque piensan que tienen que saber del tema”. Ella asegura que entre más ofertas existan, un público más grande, y más variado, se acercará a las artes plásticas: “El Festival Iberoamericano de Teatro fue así. Al principio no todos sabíamos de teatro y ahora, después de ver muchas obras, tenemos una opinión informada”. Pero no solo eso, las últimas ediciones del Festival Iberoamericano han demostrado cómo un evento que en un principio estaba dirigido a una minoría se puede convertir en un evento que se toma una ciudad, los medios y el interés de un público general. No se trata solo de ampliar el público que ya existe sino que el público no esté compuesto únicamente de gente dispuesta a pagar más de cien mil pesos por ver una obra de Tomaz Pandur, sino también de gente que quiere invertir su tarde de domingo viendo una obra callejera gratuita.

Currea asegura que si bien el trabajo de quienes están detrás de las ferias es mover el mercado, también hay otro ingrediente: “Nosotros sabemos que esto se puede convertir en un proyecto de ciudad. El arte puede convertirse en un plan alternativo. Puede haber otra opción para gastar el tiempo en Bogotá”. Esto es algo que las ferias parecen haber entendido. La del Millón tendrá un café, sets de DJ y un stand de la librería La Madriguera del Conejo; artBo tiene una zona de comidas y Odeón inaugurará el 18 de este mes con una fiesta abierta a todo el público.

Si se va a hablar del “mes del arte en Bogotá” que sea en serio. Hoy en día, cuando a los nombres de las ciudades se les ha adosado un eslogan publicitario y que los países se han convertido en marcas, eventos como las ferias y las bienales pueden convertirse en estrategias reales de vincular a sus ciudadanos y de “vender” a una ciudad. Puede que la variedad de ofertas termine por fin con la dañina idea de que el arte solo le interesa a la inventada imagen del coleccionista forrado en una bata de seda, fular en cuello y Rémy Martin en mano. Si le interesa el arte, vaya a las ferias. Si no puede comprar, no se preocupe: alguien, con seguridad, ya lo está haciendo.

 
*Imagen 1: Cortesía Flora.
Imagen 2: Cortesía Odeón.

 

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