El 3 de octubre apareció el primer grafiti de Banksy

Fiebre Banksy en Nueva York

El famoso y a la vez anónimo artista británico Banksy estuvo en Nueva York. A su paso dejó varios grafitis e intervenciones, pero sobre todo logró que los neoyorquinos se volcaran a la calle. Crónica de una visita.

2013/11/14

Por Gloria Esquivel. Nueva York

Desde el año 2000, cuando inauguró su primera exposición en Londres, Banksy se ha convertido en uno de los nombres más reconocidos del arte contemporáneo. Su obra ha llamado la atención del circuito crítico que alabó los murales que realizó en el muro de Cisjordania en el 2005 como protesta al Estado de Israel, pero también es reconocido entre superestrellas como Angelina Jolie y Brad Pitt quienes han posado como orgullosos compradores de sus grafitis. También entre los cinéfilos ha encontrado adeptos, pues fue nominado en el 2010 al Oscar con su documental Exit Through the Giftshop, y hasta es respetado por los fanáticos de Los Simpsons. Sin mencionar que las casas de subasta de arte lo agrupan junto con sus compatriotas Jeff Koons y Damien Hirst como uno de los artistas contemporáneos más exitosos debido a los precios que sus obras de arte callejero han alcanzado en la última década.

Este estatus de superestrella del arte y de la cultura popular resulta paradójico si se tiene en cuenta que nadie sabe quién es este artista nacido en Bristol en 1974. No hay indicios de su verdadero nombre, ni registros fotográficos de su rostro. Algunos teóricos hasta han formulado hipótesis homéricas de que detrás de sus obras de arte -que comprenden grafitis, pero también esculturas, instalaciones, happenings e intervenciones que se burlan de las instituciones- se encuentra un colectivo similar al de la fábrica de Andy Warhol. Para Max Weintraub, crítico de arte y profesor de Hunter College en Nueva York, este reconocimiento masivo es un fenómeno interesante en sí mismo: “Lo radical en Banksy no tiene mucho que ver con lo que hace, sino con cómo lo hace: su comunicación franca y directa con los medios y el público, saltándose la unción de los museos y las galerías, es muy inteligente. Para Banksy el público viene primero y luego el establecimiento, así entiende a su audiencia y esto es mucho más raro en el mundo del arte de lo que se piensa. Mientras muchos otros han hecho lo que Banksy hace, él es el primer artista visual que ha sabido explotar y capitalizar los nuevos medios, las redes sociales y la manera en la que establecen nuevos deseos de consumo”.

El grafiti nació en Nueva York en los años setenta. Encontró en los muros, vagones de tren, puentes y aceras de la ciudad otros tipos de lienzo que llevaron a la expansión del arte callejero. Por esta razón, cuando el escurridizo artista anunció por medio de un grafiti localizado en el Lower East Side de Manhattan que “la calle estaba en juego” y le dio inicio a una residencia de un mes donde cada día de octubre realizó una obra de arte callejero nuevo, la ciudad se convirtió en la pista de una alucinada carrera de observaciones. Al ser el arte callejero una manifestación efímera, pues una vez queda en la calle está a la merced de que otros grafiteros lo rayen o de que las autoridades lo pinten, la búsqueda por localizar y fotografiar estos Banksy debía ser inmediata. Sin embargo, los interesados en el proyecto no eran nostálgicos de los tiempos en los que el grafiti no estaba comprometido con el mercado del arte. Fanáticos, turistas, críticos, galeristas, periodistas, paparazzis y hasta el alcalde Bloomberg se convirtieron en ávidos cazadores, pendientes de cada guiño que revelara los próximos pasos del artista.

El 10 de octubre en East New York, Brooklyn, uno de los barrios más pobres y violentos de la ciudad, apareció el grafiti de un castor que empujaba una señal del tráfico rota. Para ese momento este era el sexto mural pintando por Banksy que se asomaba y los fanáticos corrieron a ver la obra de arte. Lo que encontraron fue a un par de hombres rodeando la pared y cobrando veinte dólares por el derecho a observar el muro. Sorpresivamente, los espectadores se organizaron en fila y los hombres encontraron una manera de capitalizar la atención recibida por la intervención.

Pareciera que el nombre de Banksy estuviera ligado a una máquina de hacer plata. Según Anders Petterson, director de la empresa de investigación sobre mercados de arte Art Tactic Ltd.: “Banksy ha pavimentado un camino para que el mercado tenga un interés sólido en el arte callejero. Cuando se vendió Keep it Spotless (2007) por $1.7 millones de dólares en Sotheby’s en febrero del 2008, el mercado del arte se dio cuenta del potencial lucrativo de su obra”. Desde el 2006 casi ochocientos Banksy se han vendido en subasta y, aunque el artista intentó parar esta venta lanzando un manifiesto titulado Pest Control que buscaba desautorizar a las galerías que vendían sus obras, esto fue tomado como un gesto irreverente que impulsó su valor.

Para Weintraub, este fenómeno hace parte de una dinámica de tira y afloje entre lo que el arte quiere expresar y lo que simboliza cuando se convierte en un bien: “Hoy más que nunca el arte es visto como un símbolo de estatus. Creo que una vez que el arte callejero fue institucionalizado por medio de exposiciones en museos y galerías, su cooptación por el mercado no debe llegar como una sorpresa. El siglo XX está lleno de momentos en los que el arte desafió al statu quo y, sin embargo, las fuerzas del mercado lograron una manera para coleccionar y comercializarlo todo, incluyendo expresiones difíciles de domar como el performance, el arte conceptual y el arte callejero”.

James “Sexer” Rodríguez es un artista originario del sur del Bronx que inauguró el pasado 26 de octubre en la refinada galería Rogue Space de Chelsea su más reciente muestra. Para él, uno de los principales elementos del grafiti es el riesgo que implica hacer algo en contra de la ley. Esta opinión coincide con la de Judith Supine, artista callejero de collage que también inaugura una muestra este mes y que es reconocido por haber hecho colgar del puente de Manhattan una de sus obras en el 2007. Para él, la obra de arte callejero nace desde que se le ocurre una buena locación y comienza a considerar los riesgos de seguridad que implica apropiarse de ese espacio.

Estamos hablando de un tipo de arte ilegal, contestatario, público y efimero. Pero también estamos hablando de unos artistas que han hecho una carrera exhibiendo sus grafitis en galerías y que juegan en un mercado que apela a coleccionistas ávidos de una tajada de irreverencia. Así como el pasado 30 de octubre la Policía Metropolitana de Bogotá escoltó al cantante canadiense Justin Bieber mientras pintaba unos muros de la calle 26, los artistas callejeros parecieran estar escoltados por galeristas y coleccionistas que aplauden su sentido del humor mientras cuelgan sus cuadros en lujosos espacios.

Para el crítico de arte Nick Riggle, colaborador de la revista Hiperallergic, que el arte callejero entre a las galerías va en detrimento de su calidad: “El arte callejero es una expresión cuyo uso de la calle es esencial para su significado. Eso quiere decir que ningún tipo de obra que entre a una galería o espacio artístico es arte callejero. Parece que hay un desdén general a la hora de pensar en este tipo de arte. Sus coleccionistas y entusiastas se resisten a reflexionar sobre su contexto, su influencia, su valor artístico, o cualquier cosa que se relacione con crítica de arte”. De manera desencantada, Supine explica sus motivos para exhibir en una galería teniendo en cuenta las contradicciones que eso implica: “Es una decisión práctica. Estaba quebrado y ahora ya no lo estoy. Es deprimente. Ahora el arte callejero en un lujo mercadeado por la puta gente de las galerías y sus agendas”. “Sexer” Rodríguez se mantiene en un espectro más optimista: “Para mí es una transición muy natural. Bajo la administración de Giuliani (1994-2002) las leyes contra el grafiti se endurecieron y se hizo imposible pintar en las calles. Desde hace cinco años tenemos la oportunidad de exhibir en galerías y llegar a un público más amplio”.

Y es justo esa tensión entre lo público y lo privado, lo contestatario y lo mainstream, el arte y el lucro, lo que hizo que la residencia de Banksy en Nueva York fuera tan impredecible. En este caso, el artista no usó el espacio de ninguna galería para mostrar sus obras. Quería entregarle a la ciudad grafitis desligados de cualquier interés comercial, so pena de que estos fueran rayados por otros artistas. Se valió de su anonimato para dejar las piezas en las calles, burlando las duras leyes antigrafiti impartidas por Bloomberg quien, en un acto digno de película de acción gringa, le pidió al artista que dejara de vandalizar la ciudad. Al parecer, Banksy también tuvo problemas con la Policía y esto lo llevó, el 23 de octubre, a emitir un comunicado de una línea que decía: “El arte del día de hoy ha sido cancelado debido a actividad policial”.

Sin embargo, fueron sus fanáticos quienes llevaron la institucionalidad y solemnidad del museo a las calles. Mientras los artistas del grafiti se contentan con tener una foto de su obra terminada antes de que desaparezca por el movimiento propio de la ciudad, la residencia de Banksy se dio ante la mirada vigilante de cientos de cuentas de Instagram que retrataron religiosamente cada una de las piezas que iban apareciendo, como si se trataran de souvenirs comprados en la tienda de regalos de un museo. Pero no solo esto, sus fanáticos se dedicaron a proteger sus obras de arte de otros “vándalos” que estaban destruyendo el trabajo del artista. Los dueños del negocio de antigüedades de Gramercy, en donde el artista intervino un cuadro de segunda para una posterior subasta, instalaron un cordón de seguridad con un guardia que impedía tomar fotos de cerca. El grafiti en honor al 9/11 que realizó en Tribeca se convirtió en una especie de monumento en memoria a las Torres Gemelas y cuando un grupo de grafiteros intentó intervenir el mural se encontraron con la ira y la indignación de los presentes. El dueño del edificio de uno de los murales que pintó en Brooklyn estableció un horario de visitas para quienes quisieran ver la obra, y el club Hustler, que se despertó el 24 de octubre con la figura de un hombre con el corazón roto en su reja, la retiró y ahora es exhibida de manera exclusiva como una exquisitez reservada a los visitantes de este club para adultos.

Para Guillermo Riveros, artista bogotano que reside en Nueva York hace más de seis años, hay un ángulo más interesante para ver el fenómeno Banksy y la manera en la que el mercado, como una sanguijuela, se apropia de este tipo de arte: “Bloomberg vende a Nueva York como una ciudad para el lujo en donde los ricos y blancos controlan el mundo del arte. Pensado desde esa lógica, cada pared que Banksy pintó generó un negocio. La gente, al poner sus obras dentro de vitrinas, enrejarlas y pagarles guardias, están interviniendo la pieza y validando su valor al hacerla merecedora de ser preservada. Vender lienzos que alcanzan precios de miles de dólares a sesenta dólares en Central Park es una acción robinhoodesca y es muy notable que suceda en una ciudad demasiado costosa y desigual”.

Los críticos de arte contemporáneo no coinciden con un veredicto frente al resultado de esta residencia. Sus opiniones van desde “encantador de masas” hasta “genio irreverente”. Lo mismo sucede con quienes tuvieron la oportunidad de seguir día a día su producción artística. Las reacciones oscilan del entusiasmo de estudiantes universitarios que lo deificaron en extensos ensayos sobre su genialidad hipster, la indiferencia de algunos trabajadores a los que sus murales les sacó una que otra risa, el escepticismo de quienes condenaron su silencio frente a la demolición de 5 Pointz –un edificio abandonado que ha servido como epicentro del grafiti en Queens y que será reemplazado el próximo año por un lujoso condominio–, hasta los rayones de otros grafiteros que no se resistieron a pintoretear y desfigurar los murales que no fueron protegidos por sus fans y que quedaron a merced de las dinámicas de la calle.

Y es que tal vez en treinta días se hicieron evidentes las fisuras y contradicciones de la propuesta de Banksy. El mismo artista, en la única entrevista que concedió durante este tiempo al diario gratuito The Village Voice, puso de manifiesto sus intenciones frente a estas obras: “Sé que el arte callejero puede percibirse como el lado de marketing de una carrera artística y por eso quise hacer arte que no tuviera una etiqueta de precio. No hay exposiciones en galerías, ni libros, ni películas que vengan con estas obras”. Sin embargo, es esa etiqueta de precio que el mercado le ha puesto a sus obras la que le permite hacer este tipo de exitosos ejercicios. Como si fuera víctima de su propio invento, o una serpiente que se muerde la cola, no se puede ignorar que cuando el mercado despojó al grafiti de una identidad incógnita, colectiva y contestataria, el anonimato de Banksy se transformó en un recurso muy eficaz para llamar la atención de la prensa y ese estatus de celebridad valorizó sus obras de arte.

Y aunque Banksy sea “una fuerza que no necesita el respaldo de la crítica pues su validación viene de un público mucho más amplio”, como lo nota Weintraub, sí hay un consenso general frente a ese happening que menciona Riveros y que fue realizado el 12 de octubre cuando el artista británico instaló un puesto de arte callejero en Central Park para vender sus obras originales a turistas desprevenidos que ignoraban el verdadero valor monetario de lo que estaban comprando. Fue, sin duda, un gesto inteligente y mordaz que desnudó lo absurdo, impredecible y poco perceptivo que puede llegar a ser el mercado del arte.

*Imagen 1: 18 de octubre: dos obras suyas en el barrio de Chelsea.

Imagen 2: 25 de octubre: vista de la exhibición Grim Reaper Bumper Car en el Lower East Side de Manhattan.

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