Werner Herzog; al centro y al derecha Huerequeque y Jorge Vignati, asistente de dirección de la película Fitzcarraldo.

Fragmentos del Amazonas en el espacio Odeón

En el transcurso de tres viajes a Iquitos, en la selva peruana, el artista Felipe Arturo entabló amistad con Huerequeque, un orador consumado cuya historia se cruzó en los años setenta con los delirios amazónicos del cineasta Werner Herzog. De sus conversaciones, pero también de la distancia que había entre ambos, surgió la más reciente instalación del bogotano, hoy exhibida en el centro de Bogotá.

2017/05/22

Por Valentina Gutiérrez Turbay* Bogotá

Se murió mi madre. Mi padre se reunió con otra niña casi de mi edad y un día dije ‘¡esto se acaba!’ y hui. Llegué a Lima en un camión de carguero y, como tenía un hermano acá [en Iquitos], él me mandó los pasajes pa’ venir. ¡Y me quedé! Pero he sufrido”. Así comienza Huerequeque la historia sobre cómo compró su libertad. De la capital amazónica del Perú lo llevaron a una mina de oro como empleado pero cuando llegó le dijeron: “Aquí no hay empleados”. Pasaba largas jornadas lavando oro y ahorraba todo lo que se ganaba para liberarse. En la mina había un italiano con una pierna de bronce y una mujer preciosa, con la que fantaseaban todos los obreros. Había entre 100 y 200 hombres y solo tres mujeres.

“Mi patrón era fanático de las cartas pero salado –dice Huerequeque–. Se sentaba a jugar, con una pistola, ron y oro. Aunque yo no tenía pistola, tenía 380 gramos de oro y era experto jugando por mis viajes en barcos”. Esta experticia le sirvió para hacer un truco: les mostraba a sus contrincantes que tenía un 10 pero en realidad tenía un as. “Con esto gané kilo y medio de oro. Las mujeres los sacaron a bailar y yo aproveché para correr y esconderme, para que no me mataran”. Esta es la primera de muchas veces que su astucia le salvó la vida.

Enrique Bohórquez de Liguori, conocido como Huerequeque, ya tenía su bar en el puerto de Nanay, en Iquitos, cuando en los años setenta llegó el cineasta alemán Werner Herzog con la intención de contar las historias de los conquistadores y las bonanzas del Amazonas. Hoy el establecimiento aún existe, aunque algo deslucido, un punto de encuentro para oír las historias de su propietario. Su nombre, Bar Huerequeque, también es el de la instalación que el artista bogotano Felipe Arturo exhibe desde finales de abril en Espacio Odeón, en Bogotá.

Con una puesta en escena, un palafito, una proyección, una videoinstalación, una página web (www.huerequeque.net) y el libro Poemas y cuentos de la selva peruana, de Bohórquez, Arturo busca pensar fuera de las lógicas de extracción que han dominado la relación del hombre blanco con lo selvático, creando nuevos relatos y no explotando los que encuentra. Al usar tantos formatos sin jerarquizarlos, se funde la función de autor y editor en un archivo o en una memoria en la que, si bien los soportes son producidos por él mismo, cuentan una historia de la que él no se apropia ni canibaliza.

Como editor, durante una década Arturo recopiló, leyó, seleccionó, transcribió, grabó y organizó historias, sonidos e imágenes. Su nivel de intervención varió de pieza en pieza y su relación con el trabajo cambió con el paso de los años: su madurez como artista y persona le permitieron repensar su rumbo, dejando atrás la noción de convertirse en un autor que “descubre” algo; ya no va a ser el director de una gran película como Fitzcarraldo –o, en sus propias palabras, de “My own private Fitzcarraldo”– sino el responsable de cuidar la historia de Huerequeque que existe en su bar, sus cuentos y poemas.

A través de la reconstrucción de este bar, Arturo presenta a Bohórquez, reconocido como uno de los actores naturales de Fitzcarraldo (1982) y La novia del oriente (1989); la primera dirigida por Herzog y la segunda por Urs Odermatt. Su primer encuentro con el cine se dio durante la producción de Aguirre, la ira de Dios (1972), cuando Walter Saxer, productor de Herzog, le pidió que reconstruyera un barco en la copa de un árbol. Él lo hizo en menos de 48 horas, con la ayuda de 40 hombres.

En la medida en que Arturo aceptó un papel menos protagónico, su visión y expectativas interfirieron menos con el mundo creado por Huerequeque. Aunque su primera intención fue hacer una película sobre este personaje, se dio cuenta de que su naturaleza era imposible de reducir a dos horas. Se dio cuenta de que, si bien había renunciado a la idea de la película para reemplazarla con un proyecto de varios formatos, por la naturaleza oral y la forma de ser del personaje, era imposible llegar a hacer las “Obras Completas de Huerequeque”.

Este cambio de conciencia es evidente hacia el final de la proyección principal de la exposición, un cortometraje en el que se presenta al personaje en distintas etapas del proyecto. La voz de Arturo aparece en los subtítulos mientras se ve a Huerequeque escribiendo uno de los poemas que hacen parte de la publicación: “En este viaje buscaba mi propia voz y encontré esta voz que no es la mía”.

Un peregrinaje al Amazonas de Herzog

Hay sucesos que cambian la identidad o el sentido de un lugar. Las películas de Herzog en Iquitos son uno de ellos, pues crearon una imagen del Amazonas que se convirtió en una especie de arquetipo, tanto para los locales como para los que lo estaban descubriendo por primera vez. El director llegó buscando contar historias absurdas, de europeos haciendo lo imposible por conquistar la selva y explotar sus recursos humanos y naturales. El rodaje de Fitzcarraldo –que hablaba de hechos históricos, pues está basado en las hazañas del explorador Carlos Fitzcarrald y su barco Contamana– se transformó en un acontecimiento en sí mismo, ameritando un documental sobre la odisea de hacer realidad la visión del director y mostrando al actor Klaus Kinski como un personaje contaminado por los delirios de grandeza de quienes representaba en las películas Aguirre y Fitzcarraldo. Además de esto, tuvo repercusiones reales, pues de ella nacieron personas y lugares, como la Casa Fitzcarraldo y Micaela, hija del productor alemán y su pareja peruana.

En 2008, Arturo hizo el primero de tres viajes al Amazonas. Lo hizo como una peregrinación, buscando a los personajes y las historias que Herzog había construido. Naturalmente, una de sus primeras paradas fue en la Casa Fitzcarraldo, que funcionó como el centro de producción de la película homónima y que hoy es un hotel administrado por Micaela Saxer.

Herzog extrajo historias y referentes para enriquecer sus obras sin pensar en el impacto que esto tendría. Un claro ejemplo de esto son los actores naturales que decidió inmortalizar. Micaela llevó a Felipe Arturo a conocer a uno de ellos: Huerequeque. En su bar, el hombre que en ese momento ya tenía más de 70 años, bebía a diario y entretenía a los visitantes con sus historias. Muchos llegan con la misma motivación de Arturo: conocer los detalles y anécdotas de la filmación de Fitzcarraldo. Pero Huerequeque tiene muchas historias, su relación con Herzog es solo un anzuelo.

Arturo quedó maravillado con la capacidad narrativa de Huerequeque. Tanto que en 2010 regresó a Iquitos con la intención de hacer un documental sobre este personaje. Fue acompañado por su amigo el documentalista Gerrit Stollbrock. Pero, cuando empezaron a grabar, se dio cuenta de que “[…] mi intención de hacer una película con él había sido invertida en su deseo de hacer una película a través mío”. Con esto, vio también la habilidad de Huerequeque para sobrevivir usando sus historias.

Al intentar hacer que la historia de Huerequeque encajara con el lenguaje tradicional de los documentales, Arturo se dio cuenta de que esto iba en contra de lo que quería hacer. “Hay una tensión en el tiempo del documental y en acercarse a la figura del otro –dice Stollbrock–; la linealidad y las convenciones del lenguaje documental son una construcción violenta para contar la historia. La videoinstalación ayuda a salirse de las reglas de representación”. Con esto en mente, Arturo comenzó a pensar en el Bar Huerequeque.

En este segundo viaje también se hizo evidente que era imposible saber qué tanto de Huerequeque tomó Herzog y qué tanto se inventó el cineasta alemán. Es decir, es imposible saber cómo sería Enrique Bohórquez de Liguori si no hubiera inspirado un personaje en Fitzcarraldo y si no hubiera ido a Europa gracias a su participación en festivales de cine y como actor en otra película. ¿Cómo narraría la selva peruana sin haber estado en Alemania y Bélgica, desde donde escribió algunos de los cuentos publicados? Aunque es posible satanizar su representación en las películas y afirmar que Herzog lo explotó, Huerequeque guarda la experiencia con mucho afecto. Sus fotos con Herzog hacen parte del álbum familiar y las memorias del rodaje y su experiencia como actor son parte de su historia.

En 2013, Arturo hizo un último viaje a Iquitos. La cara del bar había cambiado aunque Huerequeque seguía transmitiendo la misma energía y ganas de contar historias. Entre 2010 y 2013 pasaron muchas cosas: Iquitos se inundó y dejó a la familia de Huerequeque sin casa, su hija mayor murió, al igual que Flor, su esposa. Aunque la vitalidad seguía, muchas de las historias que le había contado a Felipe en sus primeros viajes se le habían olvidado. Cuando el artista le mostró los archivos, este se emocionaba al reconocerse y al oír sus relatos tan bien armados, encantándose consigo mismo.

En ese viaje Huerequeque lo invitó por primera vez a su casa, donde le mostró los cuentos y poemas que tenía escritos, diferentes de los que le había contado. En lugar de intentar homogeneizarlos, Arturo abordó sus historias desde la fragmentariedad que las caracteriza. Se resiste a la lógica totalizadora y entiende que lo que ve es como un espejo roto de múltiples perspectivas y un autor que cambia con el tiempo. En lugar de intentar pegar los pedazos, reconoce la fragmentariedad, no oculta que existen otros pedazos que no pudo recoger e intenta organizar los que sí tiene. Arturo muestra a Huerequeque como existe y no como nos gustaría verlo, lo que deja que cada espectador se maraville con la parte del archivo o con la historia que prefiera. En este viaje, confirmó el valor de la naturaleza multimedial del proyecto.

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Sentado en la instalación durante un conversatorio, William Contreras, investigador y crítico de arte, invita al público a preguntarse: “¿Qué es lo que permite que el artista funcione como puente comunicativo entre distintas cosmogonías?”. “¿Será eso lo que se propone Felipe Arturo?”. “Entre tantas representaciones de la cosmogonía selvática o indígena que plagan el arte contemporáneo, ¿estaremos ante una aproximación diferente?”.

Más allá de contar la historia de vida de un personaje que lo fascina, la puesta en escena del Bar Huerequeque habla de una historia económica del Amazonas. En palabras de Alejandra Sarria, curadora de Espacio Odeón, la instalación “mezcla los problemas de extracción, género, raza e identidad. Es un ejemplo de cómo Occidente no es solo Europa, sino que hay colonizaciones internas”. También el alcohol en este contexto crea un espacio social para contar historias. Todavía hoy, a los 83 años, Huerequeque toma cerveza todos los días y sigue fabricando su licor, hecho de cortezas maceradas.

Para María Ospina, escritora e investigadora de la Universidad Wesleyan, lo más importante de este proyecto es que muestra cómo el Amazonas es una zona de contacto y mestizaje. En ningún momento habla del hombre como un nativo, desconectado de la modernidad, sino que evidencia cómo la ciudad selvática es un lugar de transculturización, que ha negociado con la modernidad.

¿En qué medida Arturo hace lo mismo que Herzog al extraer las historias de Huerequeque y la selva para satisfacer nuestra curiosidad? ¿Cómo se hace esto sin exotizar? A esta segunda pregunta, Daniel Salamanca, director gráfico del libro de relatos editado por el estudio de diseño Mirona como parte de este proyecto, hace una contrapregunta:¿acompañándolo toda la vida? o ¿volviéndolo autor para poder alejarse? Mejor dicho, ¿cuál es la responsabilidad del artista con los sujetos que retrata?, ¿en qué momento se acaba el proyecto?

Este proyecto, que encuentra una forma en Espacio Odeón, hace un retrato de un colono desplazado de Chiclayo que llega al Amazonas, tierra de bonanzas. De una persona resiliente, que se reinventa para sobrevivir y que tiene múltiples identidades. Aunque la más conocida sea como actor en las películas de Herzog y que aquí se enfatice la de poeta, Huerequeque es infinito. Arturo facilita las historias y hace lo que él considera justo: no presentar “otra” cara de Huerequeque, sino entregar material suficiente para que cada espectador se encuentre en uno de los pedazos de espejo que conforman este archivo multimedial.

*Directora de Espacio El Dorado.

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