Plaza de Bolívar al día siguiente del incendio de las Galerías de Arrubla (Linio Lara, 1900)

En cámara lenta

Desde el pasado mes de agosto hasta mediados de febrero del 2014, el Museo Nacional abre sus puertas a la exposición Inicio de la fotografía en Colombia 1841. El crítico Halim Badawi aprovecha la coyuntura para hacer unas cuantas preguntas incómodas. ¿Alguien las sabe responder?

2013/09/11

Por Halim Badawi. Bogotá.

El pasado 15 de agosto, el Gabinete de Dibujo y Artes Gráficas del Museo Nacional abrió al público la exposición temporal Inicio de la fotografía en Colombia 1841, en la que a través de una selección de cincuenta obras, su curadora, Ángela Gómez, construye una mirada panorámica sobre la evolución técnica de la fotografía en el país durante el siglo XIX y los primeros años del XX. La exposición sirve como excusa para poner en discusión la situación del patrimonio fotográfico del país, y la falta de políticas de rescate y adquisición que beneficien a museos, archivos y bibliotecas públicas. Aquí, una revisión a la exposición y a la situación del patrimonio fotográfico de los colombianos.

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Aunque podría parecer anecdótico, la primera pregunta que surge al ingresar a Inicio de la fotografía en Colombia 1841, es ¿por qué el objeto fotográfico más antiguo de la exposición está fechado en 1850 (Ca.), si el propio título de la muestra anuncia el inicio de la fotografía nacional en 1841? Entonces, ¿qué pasó entre 1841 y 1850? ¿Por qué no aparecen obras de este período en la colección del Museo Nacional o en la exposición temporal? Y, tal vez la pregunta más importante, ¿en dónde están los inaugurales daguerrotipos del Barón Gros, Luis García Hevia y otros tantos fotógrafos que fundaron la fotografía en Colombia durante el XIX?

El daguerrotipo, es decir, la fotografía sobre una superficie de plata pulida o cobre plateado, es la técnica fotográfica más antigua de la historia, divulgada públicamente en 1839. Como hecho curioso, el daguerrotipo llegó a Bogotá en 1841, es decir, apenas dos años después de su implementación pública. Esta circunstancia fortuita hace que los primeros daguerrotipos en la historia de Colombia sean también los primeros daguerrotipos en la historia de la humanidad, posición que nuestro país comparte con otras pocas naciones a las que la fotografía arribó tempranamente.

A esta particular circunstancia histórica debemos infinitos hechos, entre otros, la enorme importancia del patrimonio fotográfico colombiano, no solo para los colombianos, también para el resto del mundo, hecho que no solo ocurre en términos históricos o visuales, sino también en términos de mercado y circulación patrimonial. Sin embargo, los museos del país apenas se han percatado de esta encomienda universal y la fotografía ha sido, tradicionalmente, la cenicienta de sus acervos, de sus programas de compras, conservación y digitalización, de las legislaciones impulsadas por el Ministerio de Cultura y de los inventarios de bienes muebles del país.

De esta realidad parecen salvarse la Biblioteca Pública Piloto de Medellín y la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, que parece haber relevado al Museo de Arte Moderno de Bogotá (quien tuvo un papel destacado en el coleccionismo fotográfico en los años ochenta). La Luis Ángel Arango cuenta con un continuado programa de adquisiciones de archivos fotográficos, del cual se han beneficiado los fallecidos Otto Moll, Sady González, Hernán Díaz (solo copias impresas y digitales), Gerardo Reichel-Dolmatoff y, en lo que al siglo XIX se refiere, la colección de la fallecida historiadora Pilar Moreno de Ángel, que cuenta con un importante repertorio de daguerrotipos, ferrotipos y copias a la albúmina, tal vez la colección privada de fotografía histórica más importante que se ha hecho en el país. Otra institución que está emergiendo gradualmente en el panorama del coleccionismo fotográfico institucional es el Archivo de Bogotá, aunque su radio de acción se circunscribe a imágenes relacionadas con el devenir histórico de la capital.

Entonces, ¿qué ocurre con las obras perdidas de nuestros primeros fotógrafos? ¿Con los incunables fotográficos nacionales? ¿Con la responsabilidad patrimonial del Estado? Es muy fácil explicarlo. Las obras salen del país todos los años, mientras los museos públicos no tienen presupuesto para construir programas de adquisiciones, ni voluntad para conseguir donaciones coherentes, ni existe una tradición de fototecas o museos especializados, y mucho menos una legislación sobre mecenazgo que beneficie a este tipo de actividades. Esta situación deberá ser solventada por un país emergente como Colombia, si algún día quiere ser no solo potencia económica, sino también cultural, educativa y científica.

Aunque es necesario anotar que la mayor parte de la fotografía nacional del siglo XIX no tiene mayor valor en el mercado (lo que constituye una oportunidad imperdible para los museos públicos: los precios de un daguerrotipo anónimo, una fuente de información histórica de primer nivel, oscilan en el mercado nacional entre cincuenta mil y ochocientos mil pesos), las obras procedentes de fotógrafos reconocidos sí tienen un valor económico significativo, lo que fácilmente explica su salida del país. Un daguerrotipo que retrata la sala de la casa del Barón Gros (1850-1857), el introductor de la fotografía en Colombia, tomado por él mismo, se vendió en Sotheby’s París, en el 2008, por la nada despreciable suma de 216.750 euros. En el 2010, la obra fue comprada al marchante parisino Serge Plantureux, por el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, con dinero recaudado entre varios coleccionistas particulares. Aunque no se trataba de una obra colombiana, esta cifra sirve de referencia para establecer los precios de las obras más tempranas del fotógrafo-diplomático, incluyendo las de su período bogotano, de las cuales, es presumible, podrían existir varios ejemplos perdidos dentro del país, aunque por desgracia la mayoría ya han sido comprados por museos internacionales.

En efecto, el primer daguerrotipo conocido en la historia de Colombia, Calle del Observatorio (1842), no pertenece al Museo Nacional. Según algunas fuentes pertenece al Musée Français de la Photographie (hecho que no hemos podido corroborar de primera mano), aunque hasta hace relativamente poco estaba en una colección privada de Estados Unidos, de donde hubiera podido ser adquirido y repatriado. Por su parte, el segundo daguerrotipo, una vista de la Plaza de Bolívar de Bogotá con la Catedral al fondo (1842), fue adquirido por el Tokyo Metropolitan Museum of Photography. Otras vistas de París y Atenas, elaboradas por el mismo fotógrafo, pertenecen al Museo de Orsay, vendidas en 1985 por el coleccionista Roger Therond.

Por su parte, algunos fotógrafos colombianos del siglo XIX también circulan en el mercado internacional y el gobierno o los museos locales pocas veces se percatan de esta situación. Este es el caso de Luis García Hevia, de quien la casa de subastas Binoche et Giquello de París, vendió el 13 de diciembre de 2012, dos fotografías verdaderamente excepcionales: las imágenes sobre papel más antiguas de Colombia, que son, al mismo tiempo, las imágenes de guerra más antiguas del país. Las dos pequeñas albúminas de 1861 se titulan Pequeña plaza de San Agustín en la intersección de la carrera octava, y eran apenas conocidas en Colombia por sus reproducciones en el antiguo diario El Gráfico el 25 de febrero de 1911. Las fotografías multiplicaron rápidamente su estimado y se vendieron en 10.500 euros.

Esta misma situación se extiende a algunas obras del daguerrotipista estadounidense John Armstrong Bennet (quien fundó en Bogotá la Galería del Daguerrotipo entre 1848 y 1853), de quien, afortunadamente, nuestro Museo Nacional posee algunos ejemplos colombianos que fueron incluidos en la exposición temporal, como el retrato de Francisco Javier Zaldúa (Ca. 1850), donado por el coleccionista bogotano Eduardo Rodríguez Piñeres en 1931. Por suerte, en una sala conexa del Museo Nacional hay otros ejemplos del mismo fotógrafo. Por su parte, de los daguerrotipistas franceses ?F. Goni (establecido en Colombia en 1843) y E. Sagué (establecido en 1846), parece no haber rastro ni aquí ni allá.

Pero, más allá de la imprescindible revisión visual del siglo XIX, ¿qué ha pasado con el patrimonio fotográfico más reciente? En este sentido, valdría la pena preguntarnos qué ha ocurrido con los archivos fotográficos del periódico sensacionalista El Espacio, un diario que ha fotografiado lo más escabroso de la vida nacional durante las últimas décadas, la memoria contemporánea de nuestro país. ¿Este patrimonio existe? ¿O fue botado literalmente a la basura por los encargados directos? Así mismo, ¿qué ha pasado con el archivo fotográfico que sirvió de sustento al estudio La violencia en Colombia (1962), reunido por monseñor Germán Guzmán Campos, Eduardo Umaña Luna y Orlando Fals Borda durante la década de 1960 y actualmente en el exilio? Este archivo ofrece la más escabrosa descripción visual de uno de los períodos más violentos de nuestra historia, fuente de análisis sociológico inagotable y explicación directa a muchos de nuestros problemas actuales.

¿Qué ha pasado con los archivos fotográficos de los artistas Andrés de Santa María, Rómulo Rozo, Marco Ospina y toda suerte de pintores y escultores del proyecto moderno? ¿El gobierno tendría interés en negociar su repatriación? ¿Qué pasó con el archivo de la excelsa fotógrafa holandesa Ida Esbra, establecida en Barranquilla desde 1959? ¿Existe o fue destruido por el inclemente clima tropical de Barranquilla ante la mirada esquiva de las autoridades distritales encargadas de la cultura? ¿Qué pasa con el patrimonio histórico fotográfico de Barranquilla, en trance hacia la pérdida definitiva en el pauperizado Museo Romántico de la ciudad? Y ¿los archivos fotográficos de nuestros escritores insignia, Álvaro Cepeda Samudio, Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis? ¿Y los archivos de negativos de nuestros fotógrafos consagrados Leo Matiz, Hernán Díaz y Manuel H. Rodríguez? ¿Qué pasa con el patrimonio fotográfico de Colombia?

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