Campesina boyacense, de Hermi Friedmann (circa 1950).

Hermi Friedmann: mujer, fotógrafa, exiliada y judía

Desdeñada por cierta historiografía en Colombia, la fotógrafa austriaca es una pieza clave en la memoria del arte colombiano. Llegada al país en 1938, durante 50 años mantuvo un estudio en Bogotá, que ahora es recobrado por la crítica y un documental que se estrenó en diciembre pasado.

2017/01/24

Por Halim Badawi* Bogotá

Hubo una época en la que algunos ciudadanos europeos emigraban a Bogotá por negocios. A pesar de las dificultades del medio local, especialmente en términos de infraestructura, y de los prejuicios de una Bogotá católica y provinciana, entre las décadas de 1920 y 1930 llegaron varios grupos de alemanes, austriacos, polacos, franceses, italianos, sirios y libaneses, de origen católico y judío, buscando generar nuevos emprendimientos comerciales e industriales. Cuando la sombra de Hitler ni siquiera aparecía en el horizonte, cuando los campos de concentración eran inimaginables y cuando Europa aún respiraba la paz de entreguerras, algunos de sus ciudadanos emigraron al altiplano cundiboyacense buscando nuevas oportunidades.

El viaje era en barco hasta Puerto Colombia (Atlántico), con escalas en Liverpool (Inglaterra) o Le Havre (Francia), y con otras paradas en las verdeazuladas islas del Caribe. Cuenta la leyenda que don Alter Cybulkiewicz (1894-1966), polaco de origen judío, se paraba todos los días en el muelle de Puerto Colombia a esperar cada barco de la jornada. Al atracar el navío, don Alter daba gritos de saludo en yiddish (el idioma de las comunidades judías asquenazíes del centro y este europeo), esperando llamar la atención de algún judío errante desorientado entre las múltiples escalas. A esta curiosa actitud de un filántropo como don Alter (quien ayudó al crecimiento de una pequeña pero próspera colonia judía en Colombia) y de otros inmigrantes cuyos nombres desconocemos, debemos infinitos hechos: el surgimiento del crédito en el país y de una potente industria textil, la modernización y consolidación de la banca nacional y la aviación comercial, y a más pequeña escala, emprendimientos culturales que modificarían nuestros hábitos lectores, como la Librería Lerner. Así, abriéndose al mundo, a través de un muelle hoy en ruinas, llegó la modernidad a Colombia.

Luego de un descanso en La Arenosa, en donde los inmigrantes eran acogidos por sus respectivas colonias, algunos decidían continuar el viaje a Bogotá, en barco por el río Magdalena o en los aviones de Scadta, fundada en Barranquilla por empresarios alemanes. Así llegaron al país empresarios como el austriaco Bernardo Mendel, en 1928, un judío (no practicante) y millonario filántropo que auspició eventos musicales en la Bogotá de los años treinta; o fotógrafas como la austriaca Hermi Friedmann, llegada en 1938, un personaje prácticamente desconocido que ayudó a expandir los límites de su profesión en Colombia, un oficio comúnmente destinado a los hombres.

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No cabe duda de que la fotografía colombiana de la primera mitad del siglo XX era un oficio masculino, o al menos eso nos cuenta nuestra incipiente historia de la fotografía, comúnmente escrita por hombres. Así como no conocemos el nombre de ninguna fotógrafa profesional durante el período 1900-1950, tampoco conocemos libro alguno dedicado a sondear los nombres femeninos de nuestra fotografía. En últimas: la desinformación es tan desconcertante, que no sabemos si efectivamente no existieron fotógrafas, o si, más bien, los libros de historia del arte y la fotografía han sido construidos a partir de prejuicios misóginos.

En esta línea, Hermi Friedmann tuvo que ser víctima de un estigma quíntuple: mujer en una sociedad machista, fotógrafa en tiempos de fotógrafos, exiliada en tiempos de rancios abolengos anclados en la Sabana hasta los conquistadores, judía (no practicante) en tiempos de fascismo e integrismo católico, y soltera en tiempos en que ser soltera no era una elección legítima. Y podríamos agregar otro estigma más: el de artista, en un universo en el que los únicos artistas de mérito eran hombres, y las mujeres homólogas eran condenadas al territorio de la “artesanía” o la “decoración”.

En esta línea, en 1985, el crítico Eduardo Márceles Daconte señaló el trabajo de Hermi como “mecánico” y “artesanal”. Por su parte, Eduardo Serrano, en el libro Historia de la fotografía en Colombia (1983), le dedicó una mención que no supera los seis renglones (extraviados entre las 333 páginas del libro): Serrano señala el trabajo de Hermi como una “interesante documentación de las obras y de los artistas que se han presentado en el Teatro Colón desde entonces”. Serrano pasó por alto que el trabajo de Hermi (quien estaba viva entonces, cuyo archivo pudo consultar y a quien pudo entrevistar), excedía la documentación fotográfica de obras de teatro y conciertos de la época, para expandirse hacia territorios como la fotografía documental, de paisaje y tipos humanos, en especial, referida a la vida de las mujeres de su época: campesinas, trabajadoras y artistas; esto, al igual que otros fotógrafos contemporáneos como Luis Benito Ramos, también meritorio, a quien Serrano dedica casi cuatro páginas de texto. Hermi también realizó algunos trabajos de talante más artístico, y probablemente se trató de la única mujer que tuvo un taller fotográfico profesional en Bogotá: Foto Hermi. Sin duda, la mirada de Foto Hermi, con su influjo modernizador austriaco, alteró las concepciones visuales y compositivas de la fotografía de estudio santafereña.

Durante los últimos años hemos descubierto que, a pesar de su soltería y del silencio crítico, Hermi nunca estuvo sola: se tuvo a ella misma, a un gato maravilloso, Silky, y a una familia que la amaba. También perteneció a una generación de artistas y fotógrafas más compleja, que apenas hoy estamos vislumbrando: además de la escultora Hena Rodríguez (amiga de Hermi), también estaba la artista Carolina Cárdenas (tempranamente fallecida en 1936), quien había realizado algunos bellísimos experimentos fotográficos, plenamente artísticos, en colaboración con Sergio Trujillo Magnenat. Luego, en la década de 1950, aparece Ida Esbra (1929-2009), otra fotógrafa exiliada y olvidada, emigrada de Holanda a Barranquilla en 1959, y dedicada a la fotografía documental y conceptual.

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Hermi Friedmann nació en Viena (Austria) el 10 de octubre de 1905, y llegó a Colombia acompañada por sus hermanos en 1938, en plena antesala de la Segunda Guerra Mundial. Según recuerda su sobrina Susana Friedmann, su familia no llegó huyendo de la guerra, que empezó en 1939, sino por motivaciones económicas. Los familiares de Hermi habían empezado a emigrar a Colombia durante toda la década del treinta. Por la misma época llegarían otros artistas de origen alemán, como Guillermo Wiedemann o Leopoldo Richter. Hermi era hija de Otto Friedmann, empresario austriaco y coleccionista de arte también establecido en Bogotá.

A su llegada a Colombia, Hermi se asentó inicialmente en Barranquilla, en donde trabajó durante un año con el señor Mayer Meri, de origen judío. En 1940 se mudó a Bogotá, en donde abrió un estudio fotográfico en la carrera séptima con calle 12 (que posteriormente trasladará a la séptima con 17), en donde realizó fotografías de matrimonios, bautizos, pasaportes y eventos. Su círculo de amistades estuvo conformado por la poetisa y periodista Maruja Vieira (1922-), la escultora y pintora Hena Rodríguez (1915-1997), María Buchholz y el fotógrafo Hernán Díaz (1931-2009). Otra de sus amigas fue la antropóloga francesa Anne Kiefer, quien estuvo en Colombia en representación de la Agencia France-Presse presenciando la entrega de armas del guerrillero Guadalupe Salcedo (1924-1957).

Hermi fue formada en la tradición de la Höhere Graphische Bundes-Lehr- und Versuchsanstalt (HGBLVA) o Escuela Federal de Educación Superior e Instituto de Investigación Gráfica, la famosa escuela de comunicación visual y tecnología de los medios de comunicación, fundada en Austria en 1888. En esta escuela, las mujeres solo fueron admitidas oficialmente a partir de 1908. Hermi, quien estudió ahí entre 1924 y 1928, hizo parte de la segunda generación de fotógrafas mujeres egresadas. Siendo que ella se graduó como fotógrafa profesional, y que la mayoría de fotógrafos varones colombianos de entonces eran autodidactas o formados bajo la tradición de la sucesión discipular, habría que señalar, con alta probabilidad, que Hermi es el primer fotógrafo profesional de Colombia, independientemente de su género. En esta línea, debería investigarse con mayor profundidad cómo ella marcó un hito histórico fundamental en el proceso de profesionalización de la práctica fotográfica en el país, y cómo el silencio en torno a su figura ha avanzado en contravía con su significación.

Hermi viajó a París en 1929, en donde reprodujo fotográficamente obras de arte. Entre 1930 y 1933 fue aprendiz en el afamado estudio de la fotógrafa y retratista Lotte Meitner-Graf (1899-1973), quien abandonó Viena para establecerse en Londres en 1937. Hermi, entre 1934 y 1938 también trabajó en el Studio Pokorny. Según recuerda su sobrina Susana, Hermi llegó a Colombia en 1938 con los mejores equipos de su época y tal vez el primer trabajo que hizo en el país fue la documentación fotográfica del Carnaval de Barranquilla, entre 1938 y 1939. Luego, paralelamente a su trabajo en estudio (a través de Foto Hermi) realizó sus mejores fotografías documentales, la mayoría de ellas quemadas el 9 de abril de 1948, cuando una horda enardecida incendió su taller fotográfico en el centro de Bogotá. Posteriormente, Hermi contó con algunos reconocimientos en vida, nunca muchos, como el Primer Concurso Nacional de Fotografía Turística, que ganó en marzo de 1968.

Desde esta época hasta su muerte, ocurrida el 10 de septiembre de 1990, Hermi generó y conservó un importante archivo fotográfico. Recientemente, el sociólogo y documentalista Gerrit Stollbrock produjo el documental Foto Hermi: sellos de luz, una bella oportunidad para acercarnos a la trayectoria de esta fotógrafa y artista moderna, prácticamente desconocida, relegada a los áticos y a los baúles por una historia del arte incapaz, durante mucho tiempo, de hacer frente a los prejuicios y a las transformaciones sociales. Una vez más, esperemos que la historia haga justicia.

*Crítico de arte. 

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