Foto: Pablo Díaz Marenghui

Jorgue Macchi, un narrador de ausencias

En la muestra Lampo, el argentino sustituye con materia los efectos lumínicos que alguna vez estuvieron y ya no están. Perfil de un autor obsesionado con la paradoja, no como parálisis sino como “una visión precisa y estática sobre algo”.

2015/09/16

Por Julián Gorodischer* Buenos Aires

"Hay dos temas que me atraviesan”, dice Jorge Macchi instalado en su taller porteño. “Uno es la luz; otro, la presencia de algo que no está: algo así como un fantasma”. Estamos a fines del invierno ante el artista que hizo de la fragilidad de las cosas una obsesión. Y que vuelve una y otra vez a preguntarse por eso que queda cuando algo ya no está, o lo que alguna vez estuvo ahí y se fue. Intenta reconstruir (rearmar) mediante materia un momento lumínico que permanece en el presente sustituido, por ejemplo, por maderas que simulan ser una zona de sombras, presuntamente proyectadas por la luz de una lámpara apagada. Así se verá Gloria, una de las dos instalaciones que componen la muestra colombiana, en la planta inferior del espacio NC-arte, de Bogotá.

En Homesick Home, la segunda instalación más pequeña, situada en la planta alta, la lámpara está, otra vez, apagada, sin embargo ilumina un sector de la alfombra –especialmente preparada para que su textura reproduzca el efecto lumínico que podría haber sido y no fue–. Es como si despertara una posibilidad que esa alfombra tenía y que solo Macchi sabe activar.

 La luz, una de las obras que estará en NC-arte, fue elaborada con recortes de Arcadia.  

Si su obra –ese conjunto al que Macchi llama modestamente “piezas”– fuera una viruela como la describió la crítica argentina María Gainza, “no serían las marcas sobre la piel sino la sensación de debilidad en las piernas por haber guardado cama. Es lo que permanece, vibrando. Porque cada obra de Macchi captura algo que ha perdido solidez. Su material no es la síntesis, ni el esqueleto de una idea, sino su fantasma: el zumbido del mosquito en algún lugar detrás de la oreja, que al tiempo que nos paraliza, nos advierte que darnos vuelta sería inútil, tanto como intentar rascarnos nuestra propia espalda”.

En Refracción (2012) había investigado en otros restos: los de una inundación después de que el agua se hubo retirado. Ante su trabajo, lo que estamos viendo parecería no pertenecer al presente, sino ser tan solo una consecuencia. Se ven unos caños apoyados en la pared, todos de la misma altura y con una torcedura, un quiebre, supuestamente producto del efecto óptico de la refracción. Es, otra vez, el efecto óptico de la refracción transformado en materia.

¿Cómo y cuándo nació esa atracción visible en cada pieza de Jorge Macchi por la paradoja? Un reloj parado (XYZ), otro reloj parado (10:51), una cama elástica colocada debajo de La ascensión de la Virgen María –envío argentino a la Bienal de Venecia, en 2005–, dan cuenta del salto torpe y la inevitable caída… “No sé si podría explicarte por qué. Simplemente es una atracción –dice–. Podría citar a determinados escritores que me gustan y manejan ese tipo de estrategias: Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, llevan al lector a una situación que parece no tener salida. Nunca pensé mucho en esto, pero creo que es reflejo de una contradicción permanente que tenemos nosotros viviendo en una ciudad como Buenos Aires, de muchísimos contrastes. Cuando la razón choca con la sensación de que no hay salida, hay algo que atrae y despierta cuestiones relacionadas con la estética”.

Persistencia

Durante décadas hubo una música que lo desvelaba. La catedral sumergida (1910), preludio de Claude Debussy, la cual intentó tocar en piano sin profesor ni guía, escuchando la pieza y tratando de “sacarla”. Una instrucción de Debussy a los intérpretes activó su pasaje a la acción: “Como si fuera el eco de la frase escuchada anteriormente…”.

Fue en Bariloche, localidad de la Patagonia argentina, donde decidió trasladarlo a una imagen y concibió Preludio (2014), proeza que significó reproducir la aguja de la Catedral de Bariloche como si saliera del lago a unos 150 metros de la original. La pieza, lograda con la participación de un grupo de ingenieros, despertó resistencias en la Iglesia local, y confirmó, una vez más, un derrotero marcado por lo que alguna vez estuvo allí y, en Preludio, luce tapado por las aguas.

 

Le pregunto con qué episodios de su vida relaciona esa insistencia en la estructura fantasmática que atraviesa su arte. Para Gainza “son como noches que propagan a través de kilómetros el susurro más tenue los roces ligeros que provocan las cosas olvidadas: la música ambiente del universo”. Por su parte, Macchi dice: “Es muy íntimo. Tiene que ver con la posibilidad ficticia de controlar el azar. Como si uno pudiera...”. En Buenos Aires Tour, por ejemplo, imaginó ocho itinerarios por la ciudad siguiendo las líneas de un vidrio roto sobre un plano. Con la escritora María Negroni y el músico Edgardo Rudnitzky, basaron una presunta guía turística en el azar: fueron a buscar esos puntos determinados sobre el plano de manera accidental; grabaron allí sonidos, hicieron entrevistas y el resultado se expuso en el formato de un libro (Turner, 2004) que da cuenta de “una estructura absolutamente obsesiva que se monta sobre ese azar. Como si fuera una especie de big bang dominado”. Curiosamente, se topó luego con viajeros que querían seguir el itinerario, y a quienes el propio artista disuadía: “¿Qué itinerario van a hacer si este tour no tiene sentido?”.

Música incidental es una posible definición para su búsqueda estética. Y, al mismo tiempo, el título de una pieza en dos versiones (1997/1998). Es una partitura cuyas líneas son textos sacados del periódico. “Lo que hice –sintetiza– fue componer una pieza con base en esa distribución azarosa en el espacio. Las noticias son acerca de accidentes o asesinatos, de personas absolutamente anónimas. La muerte accidental se superponía al azar de cómo se había hecho la pieza, la distribución azarosa de esas noticias en las páginas. He aquí una esencia: ‘Lo que importa no es la anécdota sino lo que corre por debajo’”. Y agrega: “Esta acumulación de anécdotas e historias terribles de la prensa roja funcionan como una especie de colchón para nuestra vida cotidiana. Uno lee todo eso y sale tranquilo a la calle pensando que no pasa nada, sino más bien ‘qué suerte tengo de estar con vida’”.

Capital simbólico

Paradoja, en Macchi, no es parálisis. Es todo lo contrario: activa el pensamiento estático, concebido como visión precisa y estática sobre algo, o llamado de atención sobre otra cosa que, quizás, no se había tenido en cuenta. Si uno tenía una idea más o menos establecida y estática sobre algo, las paradojas de Macchi lo hacen explotar. Paradojas como la de Reacción –expuesta en Fundación Proa, en 2011–, que consistía en una valla policial de vidrio soplado de tamaño real que traslucía en medio de la sala hasta hacerse casi invisible. Aquello que debería haber estado ahí para bloquear el paso, se convertía en su antítesis, llevando la propuesta a su apogeo cuando una asistente a la muestra se la llevó por delante y la hizo estallar. “Entonces –recuerda Macchi, sin vestigios de frustración– había varias paradojas entrelazadas. Era valla policial y, al mismo tiempo, objeto transparente y sumamente frágil. Podía pasar lo que finalmente pasó: que alguien se la llevara puesta”.

“A las 18:30 vi la obra y fui hasta el fondo de la sala –escribió al día siguiente Matilde Sánchez, la editora cultural de Ñ que protagonizó el episodio–. De vuelta caminé con mi cartera al hombro. De pronto los rostros del público multiplicaron el grito mudo de Edvard Munch. Fue un no-evento pero tuvo para mí la cámara lenta alucinatoria de los accidentes, se congeló en primeros planos con banda sonora de estrépito. En esa cámara de ecos, sonó como la caída de una claraboya. Por segundos tuve la esperanza que alienta en todo papelón: que lo haya cometido otro. Enseguida sobrevino la sensación de ‘trágame, tierra’. Pero la tierra me rechazó”. Nunca tan vívida la premisa de que sea el espectador quien complete el sentido vivo de una obra mutable.

 

Como artista visual, Macchi se ve a sí mismo como una especie de cazador: sabe qué estrategias poner de manifiesto para atraer a determinado espectador. Si bien también es muy “mental” y provee interpretación para dar marco a su arte, está en contra del arte que da la explicación por delante de la imagen. “Creo que eso hace que los artistas no expriman la capacidad visual que tienen”. Plantea su oposición a esas obras de pretensión comunicativa única, demasiado “mensajeadas”, quizá volcadas al mero entretenimiento de un espectador que priorizaría siempre la diversión y el asombro a la introspección y el recogimiento. “Si uno sirve la interpretación está negando su trabajo.”

Le gusta el límite difuso entre la realidad y la ficción, allí donde los objetos reaccionan de una manera que va más allá del control que los humanos pueden tener sobre ellos. Como si los objetos funcionaran como pantallas de determinadas fantasías o pesadillas. En Still Song (2005), la bola de espejos en el centro de la sala produce reflejos como disparos, y la prueba está en las marcas –agujeros– que quedaron en la pared. Macchi es un narrador de ausencias: ¿qué pasó con los que celebraban y ya no están? ¿Cómo se alteró el tono eufórico del dancing para devenir en destrucción y deterioro? “Hay una especie de inversión. La bola está parada, es decir, no está en rotación, y las manchas luminosas que uno vería en la pared están reemplazadas por agujeros negros, bastante violentos. Está todo agujereado, no solo las paredes sino también el techo y el piso: están agujereados los lugares en donde caían los reflejos. Si estamos hablando de contradicciones, aquí el rayo de luz, inmaterial, se transforma en un arma mortífera”. Mientras planeaba la obra, le atrajo la idea de la luz como algo inmaterial que produce daño: fue retomar la fantasía infantil y los relatos de ficción fantástica alrededor del rayo láser. Cree que las mejores obras son las que alteran, y no apaciguan al público. “Uno no sabe por qué alteran pero alteran. Y quizás, después de un rato, uno empieza a hacerse preguntas”.

*Periodista argentino.

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