Intercambios, de la peruana Rita Ponce de León.

¿Creer en el amor después de la muerte?

El tiempo, como eje conductor, fue el tema de reflexión de buena parte de los trabajos de la más reciente Bienal de São Paulo. Obras de diversas geografías, en su mayoría comisionadas por el evento sugieren que el arte cada vez está más comprometido con lo ambiental. Crónica de una visita.

2016/10/26

Por María Wills* São Paulo

Aunque esta versión de la Bienal de São Paulo está enfocada en lo incierto, es importante iniciar por los hechos para después dejarnos llevar por los caminos temáticos de una muy acertada muestra desde la selección curatorial, los procesos de trabajo y una impecable museografía en el pabellón, sede de la bienal, uno de los edificios emblemáticos de Oscar Niemeyer.

Esta de 2016, es la trigésimo segunda edición de la más importante bienal del continente y la segunda más antigua del mundo. En esta ocasión presenta 340 obras de 81 artistas o colectivos. Es la primera vez en un evento de esta envergadura en que más del 70% de las obras de arte son trabajos comisionados por la bienal, lo cual quiere decir que existe una conciencia de que las artes en la actualidad están enfocadas en apoyar la creación entendida como un proceso y no como un objeto. La selección fue realizada por cinco curadores de diferentes latitudes, cuyas biografías y reconocimientos están en la página www.32bienal.org.br.

Incerteza viva es el título de una curaduría que cumple con lo que requieren este tipo de eventos del arte: generar reflexión sin olvidar que el deleite y la contemplación son necesarios. La experiencia de visitar la bienal se presenta como un viaje por un jardín o paisaje interior. El recorrido es generoso con el visitante, la selección de obras se deja ver de manera tranquila y cada artista tiene un espacio que permite que su pieza despliegue un sentido dentro del guión, y, sobre todo que germine una semilla en el público: el arte debe ser una plataforma pública de libre enunciación. La imagen ya no es aquella pieza pasiva que se dejaba ver en una pared; hoy en día, es una forma de acción, y de ahí el énfasis en comisionar obras que se fueran dando a lo largo del tiempo e incluso que siguieran vivas.

El grupo curatorial logró producir una mezcla perfecta entre trabajos cerrados, procesos y obras sujetas a cambio o discusión. Este balance es siempre difícil, pues negociar con procesos creativos y obras comisionadas es una sintaxis que, por momentos, parecería no tener regla alguna. La Incerteza viva entonces no es solo el tema de las obras, sino, más allá, el modus operandi de un equipo que, según lo mencionaron los curadores, surgió gracias a un debate y colaboración permanentes.

Los curadores hablan de lo incierto de existir en el mundo actual. Ya la última Bienal de Venecia planteó una curaduría denominada Todos los futuros posibles, lo cual sin duda denota una preocupación desde el territorio del arte —que hoy en día funciona con desplazamientos hacia el cine, el documental, la danza, la cocina, el activismo, el ritual—, obras que revelan formas artificiales de vida, otras que enfatizan en lo arqueológico, lo primitivo, lo precolombino, buscando en su mayoría deconstruir los discursos hegemónicos en la historia poscolonial y, por otro lado, resaltar el valor de todas las culturas y subculturas entendidas como “otras”. También de manera contundente se presentan obras sobre las crisis ambientales y sociales que vive el planeta por los excesos de la sociedad capitalista.

La cuestión del tiempo, la manera de medirlo, o incluso la muerte son algunos de los ejes temáticos. Una impactante obra de Luke Willis Thompson presenta las lápidas de un cementerio en donde solían enterrar esclavos y sobre las cuales el artista consiguió custodia legal para ser exhibidas un par de años en el circuito del arte por tratarse de “muertos anónimos”. La artista inglesa Ruth Evans revisa la noción de calendario, revelando cómo es una creación artificial y racional para contener el tiempo. En la obra De vuelta al campo, la artista resignifica el calendario republicano francés (que existió entre 1793 y 1805) y cuyos parámetros controvertían el calendario tradicional gregoriano enfocado en influencias religiosas, para concentrarse en ciclos de tiempo relacionados con el clima y la agricultura. La artista presenta una instalación con objetos, plantas y especies, así como con los colores relacionados con las estaciones. Otra manera de medir el tiempo es el diario como emblema de la cotidianidad en la serie de dibujos Planas: del 1 de enero al 31 de diciembre de 2005, de José Antonio Suárez Londoño, en la que vemos cómo la existencia no tiene nada que ver con narrativas lineales sino con discontinuidades permanentes o mundos paralelos.

Muy interesante resultó, además, encontrarse con instalaciones que reflexionan sobre lo primitivo y vernáculo. Con lo que se reiteran teorías contemporáneas como la antropofagia, que basa sus manifiestos en la idea de que el continente americano debe mirarse a sí mismo y no buscar ser un reflejo de culturas foráneas. Bene Fonteles construye dentro del pabellón modernista de la bienal una casa de tipo coboclo usada por pueblos indígenas, dentro de la cual presenta una serie de objetos e instrumentos testimonio de un sincretismo simbólico, artístico y religioso que han acumulado desde los setenta para sus rituales. Imágenes de artistas como Joseph Beuys o Duchamp están exhibidas en relación con imágenes de artistas y artesanos de Brasil. Su intención es que lo local se entienda desde lo universal.

En Dois Pesos, duas medidas, Lais Myrrha construye dos torres que atraviesan los tres pisos del edificio. Son exactas en medidas, altura y proporciones; sin embargo, una está hecha de los materiales con los que se hacen edificaciones indígenas como paja, troncos y barro, y la otra, de materiales para construcciones de la “arquitectura occidental” contemporánea, como ladrillos, tubería, cemento, mostrando de manera contundente cómo existen diferentes formas de “hacer” la vida. Los trabajos de Erika Verzutti, Dineo Seshee Bopape y Rita Ponce de León también son construcciones en el espacio que parecerían inspirarse en culturas ancestrales, en donde hay presencia de huellas, jeroglíficos, rastros.

Pierre Huyghe, artista francés reconocido por intervenir y modificar hábitats en espacios abiertos, presenta una videoinstalación gigante (De-instinction), en la que gracias a cámaras especiales pudo registrar realidades microscópicas que existen en ámbares y resinas. El resultado es impactante, pues parecemos estar dentro de este organismo vivo y somos del tamaño de los insectos que recorren las pantallas logrando un efecto aterrorizante.

Otros artistas exploran también modos alternativos de vida para el futuro. Interesantes los casos de Nomeda & Gediminas Urbonas, colectivo de Lituania que permite a los visitantes participar en la fabricación de objetos “biotecnológicos” realizados con un tipo de hongo (mycelium) y su relación simbiótica con otras culturas y materiales. A la artista colombiana Alicia Barney le fue comisionada una instalación al aire libre relacionada también con hongos que ella recrea con técnicas de reciclaje inventadas como parte de su proceso formal. La pieza Valle de Alicia está inspirada en los recuerdos de juventud de la artista, en los años setenta, en los cuales los hongos con efectos psicodélicos que crecían cerca de la finca de su familia eran consumidos para lograr entrar en estados paralelos o niveles de conciencia superiores. Barney es una de las primeras artistas en el mundo en utilizar el arte para acercarse a temas ecológicos.

La función social del arte cada vez tiene más impacto, y desde allí diversos artistas ponen sus procesos creativos a favor de una causa y para trabajar con comunidades en un entramado que opera desde el activismo, pero que termina formalizándose en piezas muy potentes estéticamente. Tal es el caso de la obra A Gente Rio- Be Damned, de la colombiana Carolina Caycedo, quien trabaja con grupos afectados por las construcciones de represas. De dicha pieza hacen parte las Cosmotarrayas, compuesta por varias redes de pesca artesanal en desuso junto a objetos simbólicos de las comunidades de pescadores, colgadas en el centro de la rampa principal del edificio.

El dúo conformado por Ursula Biemann y Paulo Tavares presenta una pieza compuesta por documentos, videos e imágenes que han realizado con diversas comunidades indígenas del Amazonas. Se ilustra principalmente el caso kichwa contra el gobierno de Ecuador mediante el cual se han librado batallas legales por defender el valor espiritual de los territorios indígenas, para que sean ellos mismos quienes cuenten la realidad de dichas luchas.

Se logra en esta Bienal un acertado ritmo en la asimilación de lo que es arte: piezas con un peso documental importante como la anteriormente descrita, o también el archivo de Video en las aldeas, proyecto realizado por los propios indígenas entrenados en el manejo de audiovisuales. Estas obras dialogan con piezas de peso simbólico como la de Em’Kal Eyongakpa, de Camerún, una poderosa obra sonora inmersa en una instalación de luz cuyas formas parecen pulmones, pero también mapas de África y América latina. La pieza de Gabriel Abrantes hace una ficción con una cierta dosis de humor romanticón que relata el intento de una científica que vive en la selva por lograr la educación sentimental de un robot, y cómo la máquina termina perdidamente enamorada de una adolescente indígena a la cual le propone matrimonio.

Una obra sonora del camerunés Em’kal Eyongakpa.

Carlos Motta, en su proyecto Hacia una historiografía homoerótica, revisa cómo la moral cristiana, bandera de la colonización de América, fue opresiva frente a las realidades sexuales de los nativos. Presenta una serie de miniaturas en oro realizadas a la manera del arte precolombino, y se puede leer como un kamasutra de sexualidades “otras”. Con este tipo de prácticas artísticas, el arte viene cuestionado discursos opresivos y permite visualizar que existen diversas subjetividades.

Dentro de esas subjetividades, cabe destacar figuras históricas —no tan conocidas como deberían— y que revelan mundos alternativos: Charlotte Johanesson tuvo la revelación, a mitad de la década del setenta del siglo xx, de que sus telares podían ser trabajados en términos informáticos: un nudo se tornó en un pixel con programas de computador que ella creó. Oyvind Fahlstrom inventa la primera música/poesía concreta. Jordan Belson hace de su obra artística un cine cósmico cercano a la práctica espiritual/trascendental del yoga. Y otros que no quiero dejar de mencionar como Frans Krajcberg, Sonia Andrade, Leon Hirszman, Lourdes Castro y Wilma Martins.

*Curadora.

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