La exposición Encuentros México-Colombia en el Museo de Antioquia, que va hasta el 31 de enero.
  • La muestra permanente 68-70-72 Bienales de Arte Coltejer, en la antigua sede del mismo museo.

La edad de oro

De un solo tajo, una corporación antioqueña pasó a tener la mayor colección de arte latinoamericano. Una exposición en el Museo de Antioquia pone de relieve las transformaciones del coleccionismo corporativo y la tradición de mecenazgo en Antioquia y Colombia.

2014/12/10

Por Halim Badawi* Bogotá



La exposición Encuentros México-Colombia, abierta en el Museo de Antioquia, presenta al público la Colección Sura, que, con alrededor de 800 obras, es la colección corporativa más importante del país. La exhibición incluye una selección de pinturas colombianas pertenecientes a la aseguradora antioqueña, un acervo que fue enriquecido recientemente, en 2011, con una importante colección de arte mexicano obtenida mediante la compra de los negocios de seguros, fondos de pensiones y gestión de activos de ing, el tercer mayor fondo de pensiones de México, cuyo nombre cambió a Sura Asset Management México. Por todo, Sura desembolsó 3.763 millones de dólares, lo que incluyó la transferencia de la colección mexicana a la multinacional colombiana.

La actual exposición en el Museo de Antioquia sirvió como excusa para reunir temporalmente las obras de México y Colombia. Aunque las de México tendrán que regresar, debido a que algunas son consideradas patrimonio nacional, no deja de sorprender que una empresa colombiana sea propietaria de una colección latinoamericana tan significativa, incluyendo varios paisajes de artistas como José María Velasco, Johann Moritz Rugendas o el doctor Atl, y pinturas clave de Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, María Izquierdo y Frida Kahlo, de quien la colección cuenta con una rareza, una obra temprana que retrata a la niña Isolda Pinedo Kahlo (1929). De un solo tajo, una empresa colombiana pasó a tener la mayor colección de arte latinoamericano del país (tal vez, más interesante que la del Banco de la República, aunque con un espectro geográfico más restringido) y una de las más importantes del continente, una vocación que promete afianzarse, un logro del que pocos museos públicos podrían presumir.

Por otro lado, en la antigua sede del Museo de Antioquia, ahora conocida como Casa del Encuentro, se presenta la exposición 68-70-72 Bienales de Arte Coltejer, un conjunto de obras reunido por Coltejer, la fábrica de tejidos de Medellín, que, en un ejemplo vanguardista de coleccionismo corporativo, impulsó una serie de bienales internacionales de arte que ubicaron a la Medellín ultramontana de los setenta en el mapa del arte contemporáneo latinoamericano, en un momento clave de transición entre el arte moderno y el arte conceptual. De forma premonitoria, como rara vez en nuestro medio, la textilera adquirió más de un centenar de obras, que por mucho tiempo pasaron sin pena ni gloria por las oficinas de la compañía, y que hoy en día, en tiempos de revaloración del espíritu crítico de los setenta, fueron reunidas y parcialmente cedidas en comodato al Museo de Antioquia. Hay algunas obras clave de Sarah Grillo, Rogelio Polesello, Juan Genovés, Luis Tomasello, Fernando de Szyszlo y Omar Rayo. Prácticamente, con las colecciones de Sura y Coltejer, más las obras latinoamericanas pertenecientes al Museo de Antioquia, podría contarse una parte significativa de la historia del arte latinoamericano de los siglos XIX y XX.

La fuerte tradición de coleccionismo y mecenazgo de los paisas es una costumbre que, a veces, se echa de menos con algo de nostalgia por el resto de los colombianos. De hecho, haciendo un breve balance, las mayores colecciones corporativas del país pertenecen a empresas antioqueñas y, en algunos casos, sus obras han trascendido la decoración de oficinas para generar un impacto social significativo, no solo mediante su puesta en escena al servicio de los museos de la ciudad, sino creando bienales, apoyando programas, ampliando instalaciones de museos y transformando las dinámicas culturales regionales. A veces, la colección aparece como consecuencia de la actividad cultural, y otras, como pretexto para movilizar la cultura.

Algunos sociólogos argumentarán que esto se debe a la persistencia, en una ciudad de raigambre católica y conservadora, de la Obra Pía, es decir, del culto a Dios a través del ejercicio de la caridad con el prójimo. Otros, atribuirán el proverbial mecenazgo al sentido de pertenencia de los medellinenses. En todo caso, estos dos aspectos parecen encajar muy bien en uno de los modelos de responsabilidad social corporativa anglosajona, ese que, como en la Florencia de los Medici, se interesaba en apoyar a los artistas mediante la compra de sus obras, la dinamización del mercado, la creación de grandes colecciones (como sabemos, la posteridad es una de las aspiraciones del poder y el arte es un vehículo expedito para este propósito) y su entrega a la sociedad para goce y disfrute del pueblo. De hecho, en los siglos XIX y XX, así fue como se construyeron los grandes museos de Estados Unidos (no sin, en el camino, expiar pecados y movilizar vanidades), amparados en una legislación abierta al mecenazgo. Estos museos y centros de investigación ayudaron a convertir al país del norte en epicentro internacional de investigación y cultura, desplazando el tradicional monopolio de Francia.

De las colecciones del empresariado antioqueño, la tercera más conocida es la de Bancolombia, que cuenta con una sala de arte en el Centro de Bogotá con alrededor de 150 obras (por desgracia, de acceso restringido) y una colección con intenciones más decorativas, ubicada en la sede principal de Medellín, un rascasuelos que se yergue sobre el costado oriental del río Medellín, como un enorme barco anclado en medio del Valle de Aburrá, a unos pocos metros del renovado Museo de Arte Moderno (MAMM), la nueva joya de la corona de la cultura antioqueña, que pronto completará su ampliación gracias al apoyo de varias empresas locales como Argos, Sura y el mismo Bancolombia, una ampliación que ningún museo de arte moderno del país ha logrado en medio siglo de peticiones de donación, lobby burocrático y cenas de caridad.

En general, las grandes empresas del Grupo Empresarial Antioqueño (o Sindicato Antioqueño) cuentan con colecciones. Este es el caso del Grupo Nutresa (antigua Compañía Nacional de Chocolates) y Cementos Argos, cuyo acervo, con énfasis en arte colonial, está en comodato en el Museo de Antioquia. Según algunos, la vocación coleccionista de las empresas del Sindicato tiene nombre propio: Nicanor Restrepo, un multimillonario sui generis, industrial y empresario, académico y sociólogo. Por otro lado, en Medellín también son recordadas las colecciones de artistas que pasaron a ser públicas. Aunque el ejemplo clásico es Fernando Botero (conocido por su papel en la transformación del Museo de Antioquia y la apertura del Museo Botero de Bogotá en 1999), también está Pedro Nel Gómez (quien donó a la ciudad 3.000 obras y 7.000 documentos en 1975), Débora Arango (quien entregó 233 cuadros al mamm en 1987) y Hernando Tejada (quien cedió 3.000 piezas al mismo Museo, en 2006).

A pesar del halagüeño panorama de los paisas, es posible que el coleccionismo como gesto de responsabilidad social corporativa no se haya iniciado en Medellín, sino en Bogotá, con la valiosa actividad cultural del Banco de la República, el banco central del país, fundado en 1923 según las recomendaciones de la Misión Kemmerer, procedente de Estados Unidos. Sin embargo, Medellín fue el lugar en donde la lección fue aprendida con vehemencia: las grandes corporaciones privadas de Bogotá y de otras ciudades de Colombia, más allá de acaparar obras (como dación en pago, compra ocasional, regalos esporádicos o simple acto inercial), no fueron capaces de activar en torno a sus acervos verdaderos programas culturales de impacto, ni de generar una política sistemática y coherente de adquisiciones (más allá de los repertorios de “firmas” importantes), lo que se esperaría de una corporación moderna. Este es el caso de, por ejemplo, la extraordinaria e invisible colección del Banco de Bogotá, que pocos han tenido el privilegio de ver directamente, a pesar del libro que Villegas Editores le publicó hace ya algún tiempo. Esta colección cuenta con un extraordinario reservorio de santa marías y obregones, y con el icónico Salto del Tequendama del barón Gros, eso sí, en la sede de Miami.

Otros bancos que lograron tener buenas colecciones (Banco Cafetero, Granahorrar, Banco Popular, Banco Central Hipotecario) solo atinaron a deshacerse de ellas a través de ventas a particulares o cesiones parciales al Estado luego de grandes fusiones corporativas. En medio de estas grandes movidas de capital, las colecciones de arte, muchas veces con carácter patrimonial, resultaban más una piedra en el zapato que una inagotable fuente de prestigio y capital simbólico. En otras palabras, salvo las empresas antioqueñas y algún banco europeo, el coleccionismo corporativo no fue capaz de trascender la compra de obras como parte de un programa arquitectónico y decorativo: una escultura paraBajo el cielo antioqueño, Arturo Acevedo la plazoleta de ingreso al edificio, un mural para el hall de entrada (ojalá de Obregón) y una colección para las oficinas, que oscile entre 100 y 200 obras, ni muy atiborrado ni muy minimal, ojalá lienzos de gran formato para distribuir en las dependencias según las jerarquías: a mayor cargo en la empresa, mejor cuadro en la oficina.

Si una parte significativa del patrimonio artístico colombiano ha terminado en manos de bancos y corporaciones, ¿por qué no incentivar legalmente que estas empresas hagan algo productivo, cultural y socialmente, con él? ¿Cómo estimular a estas empresas a acrecentar con inteligencia sus colecciones, ayudándole al Estado en su deber de garantizar la conservación del patrimonio cultural mueble? ¿Cómo el coleccionismo corporativo puede ayudar a activar el mercado del arte local, todavía incipiente? ¿Cómo invitar a las grandes corporaciones a expandir su acervo y su vocación de servicio hacia la cultura y hacia lo colectivo? ¿Cómo convencer a las corporaciones de gastar una pequeña parte de sus ganancias en programas de repatriación de patrimonio cultural mueble (cosa que, por iniciativa propia, hizo Granahorrar hace un par de décadas)?

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La discusión está servida. Diez artistas antioqueños en el Museo de Antioquia.

Bajo el cielo antioqueño, Arturo Acevedo.

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