La nueva casa

Tras un prolongado y minucioso proceso de restauración, Casa Daros, la mayor colección de arte latinoamericano contemporáneo, abre sus puertas en Río de Janeiro el próximo 23 de marzo, con una exposición de arte colombiano. Arcadia entrevistó a su curador Hans-Michel Herzog.

2013/02/20

Por Julia Buenaventura* Río de Janeiro

Después de más de una década de charlas, investigaciones, adquisiciones y un minucioso proceso de remodelación, Casa Daros, la importante colección de arte latinoamericano cuya casa matriz está en Suiza, abrirá las puertas de una edificación cuya escala es, por decir lo menos, monumental.

Ubicada en un extremo del barrio Botafango de Río de Janeiro, casi debajo del Pan de Azúcar, los doce mil metros de área de la Casa Daros albergarán la mayor colección de arte latinoamericano contemporáneo, con un acervo de ciento diecisiete artistas y mil doscientas obras.

Todo comenzó en 1999, cuando el curador alemán Hans-Michel Herzog habló con la coleccionista suiza Ruth Schmidheiny –quien ya contaba con un importante caudal de arte europeo y estadounidense moderno–, sobre la idea de iniciar una nueva colección, esta vez de obras latinoamericanas. En el 2004 fueron planteadas las directrices y objetivos generales, cuyas características saltan a la vista: por una parte, dar primacía a los artistas de países vecinos y crear puentes de comunicación entre ellos; y por otra, elaborar un programa donde arte y educación fueran de la mano, para poner de relieve su naturaleza común como campos de comunicación y conocimiento. A principios del 2006 se compró el inmueble que alojaría la colección y donde tendrían lugar las actividades. A partir de allí comenzó un proceso de restauración del antiguo caserón de estilo neoclásico construido en 1866, patrimonio de la Ciudad de Río de Janeiro.

La modernización del inmueble implicó levantar una estructura interna capaz de soportar el gran peso de algunas obras; instalar sistemas antihumedad, acondicionadores de aire y aislantes de sonido y construir un auditorio. Sin embargo, el edificio fue respetado: las tejas originales de barro se mantuvieron intactas y las imponentes puertas, de más de cuatro metros de altura, fueron restauradas, quitando capas y capas de blanca pintura de aceite que durante décadas las habían cubierto, y desalojando el jején, para dejar su madera a la vista, lo que constituye un verdadero espectáculo. Estos años de trabajo sobre la casa fueron acompañados por la organización de seminarios y encuentros, exposiciones itinerantes y una actividad de reconocimiento del terreno, el contexto, para llegar a conocer el medio: Río de Janeiro, Brasil, Latinoamérica.

Hoy, el equipo director de la Casa Daros está conformado por la brasileña Isabella Rosado Nunez, directora general, el cubano Eugenio Valdés Figueroa, director de arte y educación, y el propio Hans-Michel Herzog, director artístico y curador de la colección, y quien dio la entrevista que acompaña este texto: un diálogo enfocado sobre las dudas que suelen surgir ante la figura del curador o del coleccionista: ¿qué lo lleva a escoger una cosa y no otra?

En 1990, después de estudiar arte europeo, usted viaja a la Islas Canarias y descubre un nuevo panorama de arte latinoamericano, español y africano que despierta su interés. ¿Cómo coinciden ese nuevo interés suyo y el inicio de la Colección Daros Latinoamérica?

Durante los años noventa no pude realizar nada con la información que había conseguido, porque en esa época nadie estaba interesado en el arte latinoamericano. Después, por otro motivo (el préstamo de una obra que necesitaba para una exposición en Alemania), conocí a los colegas de la Colección Daros, y tuvimos una charla en la que ellos me dijeron: “Oye, tenemos una idea, un proyecto sobre Latinoamérica”. Luego me invitaron a hablar con Ruth Schmidheiny, la dueña de esta colección. Nos encontramos, y cada vez nos acercamos más. Yo le propuse un proyecto y nos pusimos de acuerdo sobre cómo podría ser una colección latinoamericana.

En alguna ocasión usted afirmó que el panorama del arte europeo le producía cierto tedio. ¿Por qué?

Sí. No solo el arte europeo sino el arte de los dos lados del océano, de Estados Unidos y Europa. Había viajado muchísimo por Europa durante los años ochenta. Pasé no sé cuánto tiempo solamente en Nueva York. Conocía el escenario: colegas, coleccionistas, artistas, etcétera, y me aburrió, pues una vez lo conoces, lo conoces. Me pareció un poco repetitivo y formalista.

¿Y cuál sería la diferencia entre ese escenario y el escenario del arte latinoamericano actual?

En esa época, sobre todo para mí, era algo por descubrir. Comprendí que se trataba de algo muy importante. Había una cantidad de artistas y de obras que quise explorar, entender; eso fue un desafío. El otro desafío se presentó ya trabajando, viajando, comunicándome, escuchando a diferentes personas del mundo de las artes en Latinoamérica. En breve tiempo, entendí que existía otro tipo de relación con las artes. Todo era más intenso. La manera como los artistas pensaban en el arte, lo penetraban; sus objetos, la manera como querían expresar sus ideas. Muchas discusiones que no estaba acostumbrado a tener en donde vivía, pues en Europa, igual que en Estados Unidos, la gente ya no discute las obras de arte. En una inauguración, te encuentras con la gente y ya; todos tienen la misma actitud. No se discute nada, nunca. En Latinoamérica era completamente diferente, mucho más intenso, más vivo.

En los textos institucionales de la Casa Daros, dice: “Para nosotros es importante que conformen (la colección) obras que no representen simplemente el ‘arte por el arte’”; ¿esa característica sería un rasgo específico de la colección, o un rasgo del arte latinoamericano?

Es muy difícil generalizar. Claro, es un hecho que no quiero tener ejemplos de arte por el arte en esta colección. Pero también es un hecho que ese tipo de arte existe en el mundo entero; en Latinoamérica también. No podría decir si el arte latinoamericano tiene un poco menos de eso, pues la cantidad de producción es enorme, pero digamos que encontré muchísimos personajes del mundo latinoamericano que producían cosas que no tenían nada que ver con el arte por el arte y digamos que, en Europa, encontré una mayor cantidad de artistas formalistas. Pero quizás es una opinión personal.

Sin embargo, esas líneas de introducción a la colección son interesantes, porque muestran una posición en la selección de las obras, y abre todo un espacio de discusión. ¿Qué opina?

Bien, si ese es el caso estoy más que contento. Veo esta colección como un contenedor, y quiero que otros colegas, ya sean latinoamericanos o de otras partes del mundo, puedan hacer nuevas exposiciones, constelaciones, desde la colección misma. Eso siempre me ha interesado muchísimo. Estaría más que contento si alguien viniera a seleccionar obras del acervo de la Casa Daros Latinoamérica, que no es solo para nosotros.

¿La Colección, entonces, está abierta a préstamos, a circulación?

Totalmente. Nos interesa que más personas puedan verla, desde puntos de vista distintos, diferentes del nuestro.

Bien, en estos veinte años de experiencia, en todo este tiempo viajando por Latinoamérica, y con la casa en Río de Janeiro, ¿cómo ve la relación entre el arte brasileño y el de los países de habla hispana?

Para comenzar con el pasado, con el arte concreto tenemos toda una relación entre los países culturalmente importantes en la época: Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay. Pero esa relación se quedó en el pasado. Tuvimos el corte, la catástrofe de los regímenes militares en muchos países, lo que casi aniquiló durante bastante tiempo todo progreso cultural y humano. Desde el fin de ese periodo hasta ahora, aun siendo claramente pocas décadas, es como si cada país hubiera empezado a reconstruirse de nuevo y ahora tenemos desarrollos bien diferentes en cada lugar. Es claro que también Brasil tuvo un proceso diferente del de los otros países, en lo que se refiere a las artes plásticas. Hoy en día, creo, Brasil es un país que está muy bien económicamente. Y aun cuando todavía tiene muchos problemas, hay una tradición de coleccionismo. Y hay varios museos, aunque no sean suficientes, o instituciones culturales que están exponiendo las obras. Eso significa que si uno llega a un cierto punto como joven artista brasileño, y alguien empieza a comprar su obra, ya está alcanzando, más o menos fácilmente, un cierto nivel de mercado. Esto, como siempre, tiene un lado negativo, aun cuando no sea un error específico de los brasileños, sino un efecto del mercado: una producción muy grande, a veces se vuelve bastante superficial.

¿Qué efectos tiene la consolidación de ese mercado en Brasil? ¿Está más consolidado?


Sí, mucho más. Por eso pienso que en muchos otros países latinoamericanos hay quizá más rigor en el pensamiento, en la producción.

¿Por qué abrir la Casa Daros en Río de Janeiro?

Desde que empezamos la colección, sabíamos que un día tendríamos que buscar un lugar en Latinoamérica. Empecé a buscarlo en La Habana. Al principio tuve la idea de tener dos casas; era un poco naíf, o megalómano, pero bueno, así fue. Todo iba muy bien allá, hasta que en el 2003 Fidel empezó con sus represalias contra los disidentes y otras personas. Entonces, ya nadie quería apoyar a Cuba, y por eso se cayó el proyecto. Casi al día siguiente me dirigí a Río de Janeiro, que siempre fue mi segunda opción. ¿Por qué Río? Porque pensaba en un centro, y Brasil es el país más grande y está en el medio del continente. São Paulo no, porque ya tenía varias instituciones culturales que funcionaban más o menos bien. En esa época, en Río casi nada funcionaba. El Museo de Arte Moderno estaba en una situación terrible, aunque ahora está mucho mejor. Por lo demás, consideramos la cantidad de artistas que viven en Río, pues eso siempre fue la base de todo. Y porque es una ciudad muy grande, también eso estuvo claro desde el comienzo; no iríamos a Centroamérica, por ejemplo. También pensé en Bogotá, solo que los dirigentes de Daros, en la época, dijeron no. Bogotá no era tan segura todavía y no queríamos hacer esto allí, en ese momento. Tampoco quise hacerlo en Buenos Aires, pues Buenos Aires ya tiene su infraestructura, que está funcionando bien, y en los países andinos es difícil pues están un poco más al margen de todo. Además, cuando uno invita gente a Río, todos vienen.

¿Por qué abrir la Casa con una exposición de arte colombiano?

Quiero hacer algo de impacto en la cultura política brasileña. Estamos en Brasil y sabemos cómo son las cosas aquí: “Tudo bom!, tudo ótimo, tudo jóia!”. Es muy lindo todo esto, pero claramente en la vida no todo es jóia, alegría, y de eso quiero hablar un poco. Por eso quiero abrir con Cantos Cuentos Colombianos, para que los brasileños entiendan lo que está pasando en un país vecino, que a ellos les parece tan exótico como a un suizo o a un alemán. Ven la droga, la guerra, la sangre, en fin, y no saben nada al respecto. No es su culpa, pero no saben que hay otro aspecto cultural y que algo está floreciendo en ese país. Por eso quiero abrir con Colombia, para decir a los brasileños: “Oigan, ustedes no tienen idea de lo que pasa a su alrededor. Miren, por favor, infórmense, y vayan a ver la alta calidad de la producción artística de su país vecino”. Cosa que se va a repetir en otras ocasiones y con otras obras de arte. Pero no es que yo quiera representar país por país, esa no es mi intención. Nunca lo fue, pero en este caso sí, porque para mí es algo problemático.

Brasil siempre parece estar mirando hacia Europa o hacia Norteamérica...


Y su propio ombligo...

Esta exposición tiene un alto contenido político. Y en general, el arte colombiano contemporáneo tiene un alto contenido político. ¿Cómo ve usted eso?

Ciertamente. Me parece excelente, pues es lo que los artistas colombianos expresaron durante los años noventa. Me parece justo y natural que un país como Colombia produjera este arte en esa época.

Es interesante mostrarlo justamente en Brasil, porque se trata de un país en el que la discusión política está un tanto anulada. Hay discusiones sobre fútbol, como si el fútbol hubiera suplantado la política.

Sí, sí, exactamente.

Para cerrar, quería preguntarle: después de estos veinte años de trabajar en el panorama del arte latinoamericano, de toda esta experiencia que ha tenido, ¿no le ha vuelto a afectar un poco de tedio, de aburrimiento?

No, nada de aburrimiento. Veo un panorama que se abre, que cada día se desarrolla más, cambia, se altera, un panorama muy interesante y bastante fértil.

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