Obra: Arriba los de abajo, de CaldodeCultivo y Todo por la praxis. Foto: Gabriela Córdoba Vivas

La otra ciudad

Entre el 7 y 30 de noviembre se llevó a cabo en Bogotá La Otra Bienal, un nuevo evento dedicado al arte contemporáneo en que cincuenta artistas realizaron obras en los barrios La Perseverancia, La Macarena y Bosque Izquierdo. ¿Por qué fue radicalmente distinta de lo que habíamos visto antes?

2013/12/12

Por Halim Badaw. Bogotá.

Durante tres semanas, La Perseverancia se llenó de artistas, bohemios, curadores, intelectuales, hipsters y su variante local, los chapiyorkers. Algunos, armados con enormes cámaras fotográficas –cual turistas japoneses en el Louvre–, recorrieron el olvidado barrio obrero bogotano, que fue puesto de moda y visibilizado a través de redes sociales y medios alternativos. Una parte de los nuevos espectadores, tal vez en busca de experiencias o persiguiendo la quimera del realismo mágico, fueron vistos disfrutando del chunchullo y el ajiaco en la plaza de mercado.

El motivo fue La Otra, la nueva bienal de arte contemporáneo de Bogotá, llevada a cabo fundamentalmente en La Perseverancia, un viejo barrio obrero enclavado en pleno corazón de la capital, un tradicional lugar de resistencia frente a la cultura mainstream. El barrio tuvo su origen en 1889 con la fundación de la Cervecería Bavaria, una empresa del alemán Leo Kopp establecida a unas pocas cuadras del sector. La mayoría de empleados de la fábrica decidieron trasladarse de sus viviendas originales y, con apoyo financiero de Kopp, poblaron y urbanizaron los altos de San Diego.

 

La Perse, como es conocida por la gente local, ha sido un escenario propicio para las luchas sindicales. Su efervescente militancia ha sido épica, desde que se convirtió en uno de los bastiones políticos de Jorge Eliécer Gaitán. Sin embargo, durante la segunda mitad del siglo XX, el deterioro arquitectónico y urbanístico menoscabó la potente militancia de sus habitantes, su identidad y tranquilidad, y el barrio acabó convertido en uno de los sectores más inseguros de Bogotá. Aunque esta situación no ha cambiado del todo, La Otra, en diálogo con la población local, ha buscado generar nuevas dinámicas sociales y culturales, rastreando y fortaleciendo las tradiciones comunes, construyendo una especie de álbum de familia del sector.

Una de las intervenciones que recupera y visibiliza la potente memoria histórica del barrio se llama El perseverazo, un proyecto in situ generado por el Museo de Bogotá a partir de las fotografías tomadas por el ya mítico fotógrafo Sady González, uno de los pioneros de la reportería gráfica en Colombia y testigo privilegiado de El Bogotazo. Estas poderosas imágenes, ampliadas y expuestas en ocho paredes del barrio, muestran las requisas hecha por el Ejército a los habitantes del sector luego del asesinato de Gaitán.

Por su parte, el artista español José Luis Bongore presentó en La Macarena una serie de videos realizados en colaboración con Kalibre Grueso, un grupo de jóvenes raperos con edades que oscilan entre los veinte y los veinticinco años. En el proceso participó Pegas, rapero y líder comunitario desde 1997. Bongore se propuso generar un retrato íntimo y colaborativo de las dinámicas, identidades e imaginarios de La Perseverancia, tomando como ejes el rap, la familia y el barrio. Los músicos propusieron los temas y letras que utilizarían en los videos: las canciones de Pegas apuntan hacia conflictos sociales y personales, mientras que el rap de Kalibre Grueso está relacionado con la experiencia de una ciudad hostil. Así mismo, en dos videoclips presentados en pantallas independientes, Bongore mostró tomas de los entrecruces de las vías principales que delimitan las fronteras de La Perseverancia, que dejaron ver su impermeabilidad y pusieron en evidencia al transeúnte externo que, si bien es capaz de recorrer los bordes del sector, no se introduce en este.

El Museo de La Perseverancia fue una intervención organizada en la plaza de mercado por los artistas cubanos René Francisco Rodríguez y Fidel Y. Castro. Allí, construyeron un pequeño museo con ayuda de los habitantes del sector, quienes intercambiaron objetos personales por dibujos de los artistas, empoderando así a los objetos que representan la memoria común del barrio: un cerdito de arcilla, un abanico chino, un carrito de bomberos, una canasta de frutas, una vieja fotografía de familia, juguetes infantiles y la omnipresente imagen del Sagrado Corazón.

Empoderar versus gentrificar

Algunos consideran que, a falta de arquitectura industrial neoyorquina, buena es la arquitectura popular cundiboyacense; a falta de espaciosas bodegas tipo loft, buena es la intrincada arquitectura autoconstruida; y a falta de tierra barata para la construcción, buenos son los descapitalizados barrios obreros.

Al realizar La Otra Bienal en La Perseverancia, los curadores y artistas tuvieron que enfrentarse a una enorme disyuntiva: empoderar a la comunidad o impulsar la gentrificación del sector, es decir, incentivar un proceso en el que los habitantes tradicionales son desplazados por una nueva población más rica en busca de espacio residencial o comercial cerca a los centros urbanos. La gentrificación suele ser impulsada por constructores con la intención de obtener un margen de ganancia significativo en las transacciones inmobiliarias. A las personas con menores ingresos no les queda más que mudarse a los extramuros de la ciudad. Así como ocurre en las paradojas borgianas, empoderar y gentrificar fueron dos procesos aparentemente relacionados con a la Bienal. La pregunta que surge es si en esa circunstancia que parece irreversible el arte puede hacer algo.

Porque si los hipsters son la avanzadilla de la gentrificación, el arte y los artistas suelen ser su más eficaz instrumento, si así lo permiten. La necesidad de grandes espacios para producir o vender arte objetual, moderno y contemporáneo, fue una constante en la gentrificación del SoHo neoyorquino, un ejemplo seguido por NoLIta y TriBeCa, en Manhattan, o Williamsburg, en Brooklyn. Nada mejor para detonar este proceso que un gran evento de arte contemporáneo. Sin embargo, por fortuna, la mayoría de estrategias visuales y conceptuales de los artistas participantes en La Otra Bienal operaron en contraposición a los intereses económicos sobre el suelo, empoderando a sus habitantes a partir de su propia historia social, dejando entrever una actitud consciente, por parte del equipo curatorial, de liberarse del fantasma de la especulación inmobiliaria.

La Otra Bienal no recurrió al objetual y sereno arte de galería, idóneo para la gentrificación. Tampoco apeló a su viejo mote de feria comercial, que habría atraído a compradores con alto poder adquisitivo. Por el contrario, el equipo curatorial (Gabriela Salgado, Emilio Tarazona, Edna Sandoval y Guillermo Vanegas) y los más de cincuenta artistas participantes recurrieron a acciones en el espacio público, algunas activadas mediante la intervención de la población local, así como a performances, videos e instalaciones que ayudaron a fortalecer las singularidades culturales de los habitantes frente a las inevitables presiones inmobiliarias y el advenimiento, no siempre incluyente, de la aplanadora del “progreso”.

* La imagen corresponde a la obra Arriba los de abajo, de CaldodeCultivo y Todo por la praxis.

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