En el primer piso de las Torres del Parque se encuentran las galerías La Balsa y la recién estrenada El Vitrinazo./ Foto: Guillermo Torres

El regreso del barrio La Macarena

Lejos de los lugares comunes sobre los nuevos “distritos artísticos” de la ciudad, el barrio que acoge a las Torres del Parque, galerías y restaurantes, vecino del Parque de la Independencia y de la plaza de toros, vive un cierto esplendor por la apertura de nuevos espacios artísticos. No es el Village ni Soho, es La Macarena y queda en Bogotá.

2016/03/23

Por Sara Malagón Llano* Bogotá

El sábado 20 de enero, decenas de espectadores circularon por seis espacios de arte en el barrio La Macarena: Alonso Garcés Galería, Valenzuela-Klenner, El Vitrinazo, La Balsa Arte, NC-arte y El Dorado. Aunque no es la primera vez que se organiza un circuito como A.M. Macarena, que se repetirá el 2 de abril, nunca se habían unido siete espacios para inaugurar juntas sus nuevas muestras. Y es que La Macarena, el barrio ubicado en el centro de Bogotá, ha vuelto a tomar fuerza como sector artístico y cultural. Según Jaime Cerón, hace poco más de tres años la mirada se desvió hacia el barrio San Felipe, en el norte de la ciudad, que se conoce como el “Bogotá Art District”, pues diez espacios independientes y galerías comerciales abrieron allí en cuestión de un par de años. La Macarena, sin embargo, tiene una historia larga de acontecimientos que llevaron al barrio a que, orgánicamente, se trasformara en un sector intelectual y artístico.

La Macarena se construyó a mediados del siglo pasado en el área que ocupa hoy, que en ese entonces era una zona periférica de Bogotá. “Cuando mis abuelos llegaron a Colombia, se fueron a vivir a un edificio de los años treinta en la 26. En una carta, mi abuela le escribió a su papá, un aristocrático español, que todo iba muy bien, y que en frente de su casa había vacas”, cuenta el arquitecto Antonio Bermúdez, hijo del también arquitecto Daniel Bermúdez e Inés Obregón, quienes han vivido en las Torres del Parque desde que dejaron la casa de sus padres.

En esa década, a raíz de la construcción del Parque de la Independencia, Antonio Izquierdo, dueño de un terreno cercano, contrató al urbanista austriaco Karl Brunner para que diseñara y construyera el Bosque Izquierdo. Aledaño al parque y al barrio había una ladrillera, y sobre ella se construyó La Macarena. “Se fundó en los años cincuenta, después de la construcción de la plaza de toros La Santamaría, en los treinta. Eso dice mucho, porque los viejos habitantes —todavía los hay— eran aficionados a los toros. El barrio, de hecho, tiene su nombre de Esperanza Macarena, patrona de los toreros. Y como el toreo es una tradición artística, de cierta forma el barrio se creó en torno a obras de arte”, dice Joe Broderick, que vive en La Macarena desde los años ochenta.

Cuando empezó a poblarse el barrio —que teóricamente va de la calle 26 a la 31, y de la avenida Circunvalar a la carrera 5—, ya existía al norte La Perseverancia, construido por Leo Kopp en las primeras décadas del siglo XX para que allí vivieran los obreros que trabajaban en su cervecería, Bavaria. Como explica Alberto Escovar, director de Patrimonio de MinCultura, La Macarena surgió entre dos zonas opuestas: la popular La Perseverancia, en el extremo de una ciudad en proceso de expansión, y Bosque Izquierdo, el entonces vividero más aristocrático de Bogotá.

En la esquina donde confluyen la calle 26 y la carrera 4, los prostíbulos fueron reemplazados por el edificio Independencia y la torre KLM. Unos años más tarde, Fernando Botero, Hernán Díaz, Enrique Grau y Luis Caballero se mudaron a los edificios de colores de enfrente. El barrio empezó con ellos a convertirse en el eje de la bohemia, y la 26 dejó de ser “la calle de las boquitas pintadas” para convertirse en “la Colina de la Deshonra”. Diego Rubio cuenta en un artículo en El Espectador que los artistas conectaron los apartamentos por dentro abriendo huecos y clavando escaleras de hierro en las paredes compartidas. “Así, ningún vecino necesitaba invitación para asistir a las fiestas habituales, calificadas por los más godos de bacanales… Grau y Édgar Negret adornaron con sus esculturas los andenes de la empinada 26, pero con el paso de los años esos artistas les dieron paso a otros, las obras fueron robadas y la calle que hoy se caracteriza por su oferta culinaria quedó vacía”. Como afirma Alfredo Vásquez, dueño del restaurante Vásquez y Cebollas, “ahora los placeres son menos carnales y más gastronómicos”.

El Patio fue el primer restaurante de la época contemporánea, pues antes hubo algunos precursores como El Boliche, famoso por sus mitimiti, y el restaurante francés Pierrot. El Patio se abrió sobre la carrera 4 con calle 29 cuando allí no abundaban sitios para la conversación alrededor de la mesa, y se hizo famoso por ser el preferido de Jaime Garzón: “Nos volvimos amigos del alma —dice el dueño, Fernando Bernal—. Como a Jaimito le gustaban los mariscos pero tenía un problema dental muy complicado, las niñas de la cocina le hacían un arroz con calamares y camarones y se lo licuaban. Él se lo comía con pitillo. Ya no lo hacemos así, pero se quedó Arroz Garzón”. Con los años, La Macarena se llenó de restaurantes que, sin embargo, aún conviven con los talleres de artistas como Carlos Jacanamijoy, John Castles y Consuelo Gómez, y con algunas marqueterías que reciben cuadros a cambio de dinero y con ellos arman exposiciones.

Ochenteros

En 1968, Arturo Velázquez, Eduardo Serrano y Alonso Garcés inauguraron, en Las Aguas, Belarca, una de las primeras galerías de Bogotá. En 1974, Garcés vendió su parte y fundó, junto a Aseneth Velázquez (que trabajaba con Marta Traba en la Galería Contemporánea), el primer espacio de arte de La Macarena, Garcés-Velásquez, que con la muerte de Velázquez en 2000 pasó a llamarse Alonso Garcés Galería. “Esta casa había sido una antigua iglesia de la Sociedad Teosófica. En 1976, terminada la restauración, inauguramos con una gran exposición de Édgar Negret. Así empezamos, en un barrio donde no existía nada cultural. Sin embargo, la mayoría de los artistas que teníamos en Belarca —Obregón, Ramírez Villamizar, Saturnino Ramírez, María Paz Jaramillo— se desplazaron con nosotros”, cuenta Garcés.

La construcción de las Torres del Parque en 1970 invitó a profesores, intelectuales, actores y artistas a que se mudaran. “La zona se benefició de una circunstancia sociológica: el perfil de la gente que decidió vivir en las Torres y de aquellos que adquirieron predios en las inmediaciones”, dice Alberto Escovar. La Macarena como barrio, con su “esencia de pueblo” de la que hablan algunos residentes, le debe mucho a la decisión de Salmona de no convertirla en un conjunto cerrado: “La gente se conoce, eso es algo muy particular que tiene que ver con las Torres —dice Antonio Bermúdez—. Son un lugar de encuentro. Por las Torres bajan los estudiantes de la Universidad Distrital a la séptima. La forma misma de los edificios funciona como un panóptico, todos ven a todos, y eso ayuda también a que sean más seguras. Salmona fue una eminencia y una especie de Maquiavelo. Parece como si hubiera tenido todo planeado: desde su oficina en la Sociedad de Arquitectos, que también construyó él, se ven las Torres, que fueron su casa. Y desde las Torres a su edificio del Museo de Arte Moderno de Bogotá hay un paso”.

Las Torres del Parque fueron también la razón por la que el barrio pasó de ser una zona de rumba a un circuito cultural. Según la arquitecta Paola Luna, una bala perdida que llegó a la cama de uno de los miembros de la junta de acción comunal de las Torres fue el motivo por el que los residentes interpusieron una tutela que obligó a los bares de la quinta (Goce Pagano, Casa Colombia, el Café de los Poetas, La Teja Corrida) a trasladarse o a cerrar.

Los noventa

La rumba se fue a la Zona T de Bogotá, y mientras tanto un galerista, Jairo Valenzuela, hacía el recorrido inverso: “Yo venía de la Zona Rosa, antes de que fuera la Zona Rosa. Fundé la galería en 1989, pero llegó el Centro Andino y el barrio cambió. Empecé a buscar en varios sectores de la ciudad. Este era sin duda uno de mis favoritos, pero en esa época era compleja la apuesta de venirse. Había mucha inseguridad y solo estaba Garcés-Velázquez. Mi socia y yo nos arriesgamos, y la galería fue pionera”. Valenzuela-Klenner se trasladó a La Macarena en 1994 y se comprometió con cumplir el papel de Garcés-Velázquez con los modernistas: impulsar el arte contemporáneo, que ya se consolidaba con el trabajo de figuras como José Alejandro Restrepo, Doris Salcedo, Miguel Ángel Rojas y María Fernanda Cardozo.

Con los años, Valenzuela fue articulando otros proyectos, como La Otra, una feria alternativa de arte que en 2011 se celebró en Bosque Izquierdo, La Macarena y La Perseverancia, y la reciente apertura de un segundo espacio de arte, El Vitrinazo, en un local de las Torres. Sin embargo, cuando llegó al sector, el país enfrentaba una problemática de la que ni el arte se salvó: “Se compraban otras obras, no las nuestras. Botero se vendía como pan. Se movía muchísimo dinero. Muchas galerías, que no vamos a nombrar, atendieron a los señores del maletín, que traían consigo la venta de cinco años. No nos metimos en eso, no quisimos, respetábamos el arte”.

El nuevo siglo

En 2001, con el mismo aire de desolación, Carlos Salas fundó la galería Mundo, en otro local de las Torres. “Se quisieron establecer valores deteriorados por el dudoso manejo de las galerías. La introducción del dinero del narcotráfico alteró la frágil estructura del mercado del arte”, dice Salas en una entrevista publicada en el último número de Mundo, la revista que acompañó al espacio y se convirtió, con sus más de 40 entregas, en una especie de enciclopedia de arte colombiano.

En diciembre de 2010 apareció sobre la quinta NC-arte, una fundación con enfoque educativo que ha sido clave para la producción y promoción de proyectos ambiciosos, a menudo de instalación, nacionales e internacionales. Una filosofía parecida atraviesa la propuesta de La Balsa Arte, dirigida por Patricia Gómez, que desde 2015 ocupa el espacio de Mundo, en las Torres. La Balsa expone a artistas de varias generaciones, pero procura trabajar con jóvenes de provincia y extranjeros. “No es tanto un proyecto de residencias como una plataforma que quiere articular a los artistas con instituciones que los apoyen económicamente para desarrollar su obra con tiempo y con el convencimiento de que no tienen que estar apareciendo en cuanta muestra colectiva haya”, dice Gómez.

Hace apenas un mes apareció El Dorado, del coleccionista José Darío Gutiérrez y su hija, Valentina Gutiérrez: un edificio de tres pisos que ha de ser intervenido por un solo artista en cada muestra. El antecedente de este espacio fue Proyecto Bachué, una iniciativa investigativa y editorial sobre arte colombiano que, en su objetivo, es similar a lo que fue Mundo.

En abril, el fotógrafo Stephen Ferry abrirá Ojo Rojo, un espacio de fotografía que ocupará el vació que dejó el cierre de MÜ. Su foco serán los jóvenes fotógrafos: “Buscamos que no sea una galería convencional que intimide a los universitarios. Muchos jóvenes están pensando la fotografía, lo multimedial, y hace falta un sitio especializado”, asegura Ferry.

Se espera que la consolidación del circuito culmine con una obra que se ha venido aplazando: la ampliación del Museo Nacional. El Ministerio de Cultura estudia opciones para que, terminada la ampliación del Teatro Colón, el museo pueda crecer sin impactar el sector con procesos, por ejemplo, de gentrificación, y que se conserve así la esencia del barrio. Además, con la llegada de una nueva dirección al Mambo sería ideal que los habitantes y visitantes del barrio recuperen el paso hacia Las Nieves, el cine y las exposiciones en el Mambo, y por qué no, algún día, que la calle 24, en un barrio donde en los años cuarenta estaba la mayor concentración de teatros de cine de la ciudad, vuelva a ser lo que alguna vez fue, con el edificio de la Biblioteca Nacional como faro. Quizás así, el Parque de la Independencia, el Planetario, la plaza de toros, y el centro, que espera una renovación urgente, seguirán haciendo de La Macarena uno de los lugares más auténticos y cosmopolitas —en el verdadero sentido de la palabra— que tiene Bogotá.

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