Los bailadores, de Fernando Botero, una de las más falsificadas en Colombia.
  • Niño vestido de verde, de Andrés de Santa María, original de 1913.
  • Desnudo sentado, de Guillermo Wiedemann, circa 1944, en original.
  • Una falsificación de Andrés de Santa María.

Todos tan falsos

Basta entrar a páginas de internet como eBay para darse cuenta de que el mundo del arte falso es una industria como cualquier otra. Hace poco, en Colombia, se descubrió un nuevo taller de falsificadores de pinturas de Andrés de Santa María. ¿Cuándo nace la tradición del arte falso en el país? ¿Cuáles son las modalidades y los artistas escogidos? ¿Cómo se cocina el fraude?

2014/07/23

Por Halim Badawi* Bogotá

Hace pocas semanas falleció, en una cárcel de Estados Unidos, el paramilitar Édgar Fernando Blanco Puerta, proveedor de armas a las Autodefensas Unidas de Colombia (auc) y abastecedor de arte falsificado a la plana mayor del narcotráfico. Sus multimillonarias ventas, que abarcaban desde supuestas pinturas de Fernando Botero hasta huevos de Fabergé, fueron determinantes en la construcción del gusto mafioso, ese que entremezclaba, de forma estrafalaria y pretenciosa, falsificaciones de Botero, jarrones de la dinastía Ming, poltronas rococó, columnas corintias y ventanas polarizadas. Aunque el dinero del narcotráfico fue el principal impulsor del mercado de las falsificaciones (como sabemos, el arte constituye un motor inigualable de ascenso social y un sistema expedito de lavado de dinero), lo cierto es que el origen de la tradición de copiar o falsificar va enlazado con la génesis misma de la nación colombiana.

Seis ingredientes se requieren para cocinar una estafa profesional con obras de arte: un artista de renombre, un falsificador sin escrúpulos, un intermediario mentiroso, un galerista con contactos, un crítico con prestigio y un incauto con dinero. El falsificador escogerá cuidadosamente al artista, ojalá fallecido, costoso y sin herederos que lo avalen. Reproducirá obras de sus períodos menos conocidos, las etapas poco estudiadas por los historiadores o sus momentos más abstractos, ya que suele presumirse que una obra abstracta será más fácil de elaborar. Así mismo, el falsificador podrá ser un taller o una persona, estudiante de arte o artista fracasado.

El intermediario servirá de eslabón entre el falsificador y la galería, conocerá la realidad de la situación, las dinámicas del mercado, los precios y las modas. Inventará una procedencia creíble (o la mantendrá en silencio), sabrá lo que buscan los clientes, acechará al crítico de arte y al galerista intentando obtener su aprobación y confianza. Casi siempre, el crítico será su última frontera, por ser quien legitima las obras apoyado en su tradición y conocimiento sobre determinados artistas. Para conquistar al crítico, el intermediario inventará historias, sobornará o pagará comisiones.

El crítico podrá actuar de buena fe o podrá ser cómplice. El galerista, que también podrá ser marchante o anticuario, será víctima del engaño, normalmente desconocerá el contexto real de la transacción, conseguirá a los clientes dentro de su red de contactos y venderá las obras con extraordinarios descuentos al coleccionista, el último eslabón de la cadena, casi siempre un millonario incauto y seguro de sí mismo que rehúye de asesorías y curadores, alguien que no sabe lo que realmente está ocurriendo hasta que estalla la olla podrida.

Esta es la cocina del falsificador profesional, presente en cada estafa significativa. Hace poco, el mercado internacional del arte probó esta receta con las costosas pinturas del abstraccionismo norteamericano: Willem de Kooning, Jackson Pollock, Robert Motherwell y Mark Rothko. El falsificador chino Shen Quian (un artista callejero de Queens), inspirado en estos artistas, hizo y vendió sus copias a través de la intermediaria Glafira Rosales, quien se inventaba una procedencia ficticia y las colocaba en la renombrada Galería Knoedler de Nueva York, una vieja institución del mercado del arte

fundada en 1846, cuyo lustre desapareció luego del escándalo y la llevó a su cierre definitivo. Una de las obras vendidas fue un falso Rothko, avalado por el crítico Oliver Wick, curador de la Kunsthaus de Zúrich, quien recibió a cambio 400.000 euros. La víctima: el multimillonario norteamericano Frank J. Fertitta III, propietario de casinos en Las Vegas, quien pagó 5,3 millones de euros.

Aunque algunos falsificadores talentosos lograron pasar a la posteridad, como el húngaro Elmyr de Hory (quien incluso tuvo una exposición en Madrid en 2006) o Han van Meegeren, el célebre falsificador de Johannes Vermeer, un escasísimo pintor holandés del siglo xvii, lo cierto es que en Colombia los talleres de falsificación aún no tienen nombre propio, salvo una excepción: los Alzate, una familia paisa que inauguró la tradición de estafar con arte. Julián Alzate era un guaquero de finales del xix que, en vista del surgimiento de la arqueología como objeto de deseo de museos y coleccionistas, montó un taller de falsificaciones de cerámica prehispánica. Luego de una cuidadosa ejecución

con técnicas tradicionales, Julián enterraba las cerámicas y llevaba a los incautos arqueólogos y coleccionistas ‘a guaquear’, logrando vender más de mil precolombinos falsos a su amigo Leocadio María Arango, dueño de un museo privado en Medellín, y engañando a la plana mayor de la arqueología mundial: a los representantes del Museo de Historia Natural de París, del extinto Museo del Trocadero y a Ernesto Restrepo Tirado, director del Museo Nacional de Colombia. Aunque el timo se descubrió en 1912, la colección Alzate cobró dimensiones míticas y actualmente es conservada por el Museo Universitario de la Universidad de Antioquia.

En Colombia, un país que ha refinado las técnicas para falsificar monedas, billetes y hasta la firma del presidente de la república, la falsificación de arte podría parecer pan comido. Sin embargo, la verdad es que ningún falsificador colombiano ha alcanzado los niveles de sofisticación de sus homólogos europeos. Uno de los primeros artistas colombianos en ser copiado con la intención de estafar fue el padre del arte moderno nacional, un pintor escaso que empezó a ser revalorado comercialmente a partir de 1971. Se trata del extraordinario Andrés de Santa María (1860-1945), un artista que no debió realizar más de 400 pinturas en su vida, una cifra que dista de las cerca de 7.000 obras producidas por Fernando Botero o de la abundante sobreproducción del novel Óscar Murillo.

Siendo niño, Santa María partió de Colombia con sus padres y solo regresó al país entre 1893 y 1911 para introducir los avances de la pintura moderna europea. En esta singularidad radicó su enorme valor cultural y comercial. De Santa María deben existir alrededor de 40 falsificaciones, equivalente al 10 % de su producción, todas caracterizadas por no tener una procedencia clara. En este sentido, el incomprendido Santa María no debió vender o regalar más de 15 obras durante su estadía en Colombia. El resto de su trabajo circuló únicamente en el mercado internacional y la parte conservada por su familia fue traída al país por sus hijas luego de su muerte, ocurrida en 1945. Entonces, casi cualquier obra de su pincel debería poder rastrearse, en línea directa, hasta alguna de sus herederas. Sin embargo, abundan los cuadros sin historia, de pinceladas burdas, firmas agregadas, temas imposibles y formatos inauditos, representando floreros de diletante o retratos pretendidamente simbolistas, sin misterio alguno, elaborados hace décadas en un viejo taller de Chía (Cundinamarca). La autenticación de Santa María se hace aún más difícil por la invisibilidad de sus herederos, la mayoría fuera de Colombia. Sin embargo, los extraordinarios precios pagados por sus pinturas originales, ya sea en ventas privadas o subastas públicas, parecen justificar cualquier intento de los falsificadores.

Luego de Santa María siguieron los paisajistas decimonónicos, de moda en la década de 1980: Roberto Páramo, Jesús María Zamora y otros, cuyas copias aparecen ocasionalmente en los mercados de pulgas y en páginas colombianas de comercio en línea. Más tarde, gracias al impulso del dinero de la mafia, empezaron a ser falsificados Alejandro Obregón, Enrique Grau, Luis Caballero, Armando Villegas, Omar Rayo, Oswaldo Guayasamín, David Manzur y Fernando Botero, la mayoría pertenecientes a la constelación impulsada por la crítica Marta Traba durante la década del sesenta, siendo Botero el más conocido y reproducido. Precisamente en 1993, salió a subasta en Christie’s una falsificación de su pintura Los bailadores, que tuvo que ser retirada en medio de un escándalo sin precedentes. Así mismo, varios boteros, falsos y originales, han sido incautados por la Fiscalía en casas de mafiosos, como ocurrió en 2013 cuando la policía ocupó la finca de Daniel ‘el Loco’ Barrera, quien tenía otra copia de Los bailadores, desacreditada por el mismo Botero y por el galerista Luis Fernando Pradilla, encargado de su obra en Colombia.

Otros mafiosos estafados con arte han sido Elizabeth Montoya de Sarria (conocida popularmente como la Monita Retrechera), Alberto Orlandé Gamboa (alias el Caracol), José Santacruz Londoño y Pablo Escobar Gaviria, de quien El Tiempo, en una nota publicada el 24 de abril de 2004, recuerda una historia contada por el Chombo: en la década de los ochenta, el comerciante de arte Mauren José Ramírez vendió a Pablo Escobar cuatro jarrones de la dinastía Chen-Tsung por la suma de 1.000 millones de pesos. Escobar pidió a un curador un certificado de autenticidad, quien se negó afirmando que los jarrones eran réplicas hechas en Ráquira (Boyacá). Mauren José Ramírez terminó abaleado.

Con el ocaso de la mafia y con la crisis económica de finales de los noventa, los falsificadores centraron su atención en otros artistas tradicionalmente olvidados, pero valorados por la crítica y los museos. Tal es el caso de Guillermo Wiedemann, también del grupo de Traba, falsificado cada vez más, en especial su obra abstracta (la de la década de 1960). Wiedemann era un dulce jugoso para los falsificadores, ya que no tenía familia en Colombia (nació en Alemania), murió en Estados Unidos en 1969, su esposa falleció en 1988, no existen catálogos completos de su obra y no dejó hijos o familiares que pudieran validar su trabajo. Las “pinturas abstractas” de Wiedemann ahora aparecen con recurrencia en mercados de pulgas, en donde serán adquiridas por confiados compradores que decorarán con ellas sus apartamentos en el norte.

Otros artistas han sido falsificados de las formas más disímiles: de José María Espinosa, miniaturista y retratista de Bolívar, los falsificadores compran miniaturas baratas y antiguas, de origen inglés, español o austríaco, de buena factura y que pasarían por viejas ante una eventual prueba química. A estas miniaturas europeas les agregan la firma de Espinosa, casi siempre sin tener en cuenta la delicadeza de su caligrafía. Mientras una miniatura anónima europea puede costar 400.000 pesos, una miniatura de Espinosa se vende en promedio en 3,5 millones. Por fortuna, la obra de Espinosa ha sido bastante investigada y sus técnicas estudiadas con erudición por la historiadora Beatriz González.

Sin duda, la legislación colombiana es escueta en el tema de la falsificación y autenticación de obras de arte. A diferencia de otros países, en Colombia las autenticaciones son realizadas por un descendiente del artista, es decir, las obras son sometidas al criterio de una persona. Mientras tanto, en el contexto internacional, casi siempre existen comités creados para velar por sus artistas, en los que participan académicos, familiares, galeristas y restauradores, una pluralidad de voces deseable, lo que hace de la autenticación un ejercicio eficaz de contraste de opiniones. Sin embargo, al momento de comprar, más que comités o autenticaciones, tres elementos son deseables: un vendedor prestigioso, una buena procedencia y un buen asesor, es decir, un curador o crítico que conozca a los artistas, que sea honesto y que ayude a esquivar, así no sea infalible, los engaños más evidentes. Es bastante difícil que una falsificación atraviese impune estos tres filtros.

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