Jorge Moreno Clavijo

Trazos en el aire

La Secretaría de Cultura de Bogotá rindió homenaje a Jorge Moreno Clavijo, quien retrató con finura los círculos de poder bogotanos de mediados del siglo XX.

2012/11/27

Por Manuel Kalmanovitz G.*

La sala de Jorge Moreno Clavijo está decorada con pinturas donde figuras estilizadas y blancas se destacan sobre fondos planos de un solo color. También hay varios artículos de periódico enmarcados y una fotografía en blanco y negro de un grupo de hombres con vestido y corbata sonriendo en algún  despacho con sofás de cuero, una ventana a otro tiempo.

Moreno Clavijo tiene noventa y dos años pero fácilmente pasaría por alguien diez años menor. Vestido con jeans y un saco azul, parece alegrarse de hablar sobre su vida.

Su comienzo en las caricaturas tienen un elemento dramático que Moreno Clavijo mencionó cuando recibió el premio. “Tenía quince años de edad cuando la muerte repentina de mi padre y la situación económica en que quedamos mi madre, mi hermana y yo, me obligaron a suspender mi bachillerato y comenzar a trabajar para sostener la familia”.

Desde el colegio había descubierto que podía dibujar, retratando a compañeros y profesores. A los diecisiete años tuvo su primera exposición, en el foyer del Teatro Municipal, de caricaturas de personajes de ese momento. ¿Las hacía basado en fotos? “No, cuando los veía personalmente hacía el apunte”.

El Teatro quedaba en la calle octava con carrera octava, pero al igual que la Bogotá de entonces hace tiempo dejó de existir. “Lo tumbaron por cuestiones políticas; como ahí hablaba Jorge Eliécer Gaitán, el Presidente lo hizo destruir? que es una cosa absurda, desbaratar un teatro porque ahí hablaba un político”.

Luego comenzó a trabajar en periódicos. ¿Que cómo comenzó? “Pues presentándome”, dice. El asunto era  llegar, buscar al director y decirle “yo hago estas cosas”. “Así me abrí camino. El primero fue La Razón de Juan Lozano y Lozano que se editaba en un edificio de la plaza donde está Bavaria. Tenía diecisiete años en esa época? Yo era el niño de la redacción, digámoslo así”.

Su labor era estar pendiente de los sucesos en el país. “Yo hacía las caricaturas y las presentaba en los periódicos”. No estaba contratado de planta, le pagaban por lo que el periódico escogiera. ¿Y cómo se enteraba de lo que pasaba? “En esa época era el radio nada más. Todavía no había llegado la televisión aquí, solo era el radio y los radioperiódicos y esa cosa. Era cuestión de buscar los caminos uno, comentando las situaciones”.

Pero su especialidad era la gente y su disección en unas pocas líneas. En la introducción de su libro Sintéticas que reunió en 1946 algunas de sus caricaturas de personajes públicos, el poeta Luis Vidales definía así su labor: “El arte de la caricatura de Moreno Clavijo llena a cabalidad lo que él debe ser: síntesis de lo que en cada hombre hay de más característico”. Hacía el personaje del día para El Espectador, el único diario vespertino en Bogotá. El objetivo de la sección era capturar algo esencial del personaje, “resumir la persona en unos trazos, en los menos posibles”.

Ayudaba que fueran sus amigos y contemporáneos. Y no le perjudicaba regalarles las caricaturas terminadas. “¿Guardar más? Pues no ha sido mi debilidad. Se las regalaba a los personajes”.  Así que también son testimonios de amistad, documentos de un mundo cerrado, del mundo del poder donde vivían políticos, intelectuales y periodistas. Entre sus retratados estaban Andrés Samper, padre de Daniel y Ernesto Samper, Baldomero Sanín Cano, Guillermo Cano y Álvaro Mutis.

Un segundo libro de sus caricaturas, titulado Mi generación en líneas, se editó en 1951. Ambos libros, impresos en un papel fino y grueso y amarrados en el lomo con un cordón, fueron financiados por Moreno Clavijo que también los distribuía “para que los de la generación los conservaran”.

Aunque los personajes que retrataba Moreno Clavijo eran de la alta sociedad, los políticos e intelectuales que decidían entre ellos los destinos del país, dice no haberse sentido totalmente parte de ese mundo. “En aquel tiempo estaban muy marcadas las clases sociales. La alta sociedad tenía su esfera y para la clase media? todo era muy exclusivo. No como hoy que todas las clases sociales se unen en determinados eventos, en esa época no. Yo no era invitado a un club. Sí veía la vida en el Parlamento, de los eventos sociales y eso, pero con mucha puerta cerrada donde se movían las altas clases sociales. El Jockey y el Country y todas esas cosas”.  

Además de los límites sociales, explica, la Bogotá de entonces tenía unas fronteras geográficas muy claras: hacia el sur llegaba hasta Las Cruces, hacia el norte hasta la avenida Chile, hacia el occidente a la carrera 14 y hacia el oriente a la carrera 1a y los cerros.

“También la sociedad era como muy cerrada, no tenía toda la amplitud, mejor dicho, era un pueblo grande”.

El comienzo del fin de ese mundo, que era un pueblo, fue un evento traumático: el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948. Moreno Clavijo aún lo recuerda con horror. En esos días se llevaba a cabo la Conferencia Panamericana y él trabajaba como periodista en su sala de prensa en el Capitolio cuando supo lo que había pasado.

“Cinco minutos me demoraría yo del Capitolio a la avenida Jiménez corriendo y corriendo”, dice. “Y ya se lo habían llevado. Yo no lo vi ahí en el suelo. Estaba el charco y todo el mundo mojando pañuelos y toda esa cosa. Fue dramático. Decir que lo vi, no lo vi. Pero fue tan bien planeado el asesinato que la teoría mía es que fue un tipo de la alta sociedad disfrazado de obrero. Y además campeón de tiro al blanco porque fueron tres balazos: ta, ta, ta. Con súper puntería. Había un pobre hombre parado en la puerta del edificio esperando una recomendación de Gaitán para un puestico en la Gobernación y el tipo que le disparó rápidamente escondió todo y dijo ‘fue ese’. La chusma lo agarró y se lo llevó y lo arrastraba. El pobre hombre.? Y el otro tipo desapareció”.

Ahí, la sensibilidad refinada del caricaturista tuvo que enfrentarse a ese horror del siglo XX que Aldous Huxley llamó “envenenamiento de rebaño” en Retorno a un mundo feliz; un estado donde el individuo “escapa de la responsabilidad, la inteligencia y la moral y entra en una especie de irracional animalidad frenética. Ver uno cómo el pueblo no necesita sino un poquito de cuerda –dice–. Y empiezan toda esa cantidad de horrores, del instinto primario, de la gente sin cultura, sin ninguna formación ni nada, sale el animal. Eso fue lo que se vio: el saqueo, el asesinato. Es un recuerdo tan sumamente amargo, de ver la gente exaltada y ver la fuerza pública participando de eso”.

En medio del caos, Clavijo dibujó algunas cosas, pero nunca lo recopiló como testimonio. Y como no tiene debilidad por guardar cosas, quién sabe dónde se encuentren ahora. Lo importante es que vio ese mundo elegante y aislado, de damas y caballeros, de personalidades resumidas en tres líneas, desaparecer arrasado por una avalancha de rabia irracional, de descontrol y violencia.

Luego todo era distinto. En 1977 publicó su tercer libro de caricaturas, titulado 85 colombianos en el lápiz de Moreno Clavijo, donde ya hay bastantes mujeres. El ejemplar que Clavijo guarda tiene autógrafos de muchos de los retratados: el expresidente Turbay, Gloria Valencia, Manuel Zapata Olivella, entre otros.

También siguió escribiendo. En el archivo digital de El Tiempo están las columnas que hacía a comienzos de este siglo. Tienen un sentido del humor muy particular, fino y agudo, hiriente y gentil. Tienen la melancolía de hablar de un mundo que ya no existe pero cuyos rastros no han desaparecido por completo, un mundo que desde el presente parece al mismo tiempo seguro y asfixiante, como una cobija demasiado pesada que da gusto ver de lejos.

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