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Un gran hombre con sombra de árbol

Abel Rodríguez, el nombrador de plantas, artista amazónico y el último de los nonuya, ganó hace poco el premio holandés Prince Claus. Perfil de un hombre reservado y vigoroso, que no parece tener tiempo.

2014/09/23

Por Oscar Roldán-Alzate* Medellín

Pocas veces se tiene la certeza de estar frente a un Gran Hombre.

Hace algo más de tres años, mientras acompañaba una investigación curatorial para la Universidad Federal de Minas Gerais, de Belo Horizonte, se me presentó uno. Lo insólito es que lo conocí a través de una serie de sus dibujos, específicamente, unos que llevan por título La Chagra de la maloca; un trabajo bastante atípico, fuera de lo común, distinto a lo que a un curador de arte usualmente se le atraviesa.

Ese primer momento estuvo marcado por una extraña y a la vez acogedora luz de sabiduría que emanaba de esas cuatro piezas de papel, intervenidas tan solo con tinta china, de tonalidades verdes. El tema: un cultivo de donde se sirven los habitantes de la espesa selva, un claro en la Amazonia que recreaba cuatro momentos de un ciclo de siembra, de ahí su nombre. Se trataba de un trabajo claramente descriptivo, narrativo, sumamente riguroso en cada detalle, saturado de datos en cada gesto y trazo. Era un documento de corte científico pero con la calidad y la fuerza comunicacional emancipada del arte. Mi recogimiento fue tal que luego de un rato, después de asimilar el descubrimiento, pensé que esa era la sensación de la luz cegadora afuera de la caverna, la del mito de Platón.

Sin ninguna información previa sobre lo que estaba contemplando, esos dibujos me enseñaron, en un santiamén, un millar de cosas desconocidas, misteriosas, de una forma reveladora. Como bañado por un torrente nutritivo, recibí una descarga fausta. Esa fue la primera vez que sentí la presencia de don Abel Rodríguez, un taita, un abuelo indígena del Amazonas, el legatario de una inmensa tradición poco conocida y el último de los nonuya, una familia que recorrió por años tierras y aguas del Parana Guazú, del río Grande, el vecino del mar.

Un tiempo después, gracias a otra tarea que me fue encomendada (la curaduría del 43 Salón Nacional de artistas, realizado en 2013 en Medellín), encontré un pretexto para buscar a este ser que se había instalado dentro de mí con su particular manera de representar la realidad, una realidad que es la misma de la selva amazónica, una clara forma de conocimiento instalada ente mythos y logos, entre misterios y certezas, que ha recogido con el tiempo en sus dibujos, como un vademécum, una cartografía en construcción que tiene ya muchos años de comenzada.

En esta ocasión iba a estar con él, sin mediación. La cita se acordó en Tropenbos Internacional (TBI), una agencia de estudios amazónicos con sede en Bogotá, la cual ha respaldado y dado a conocer su trabajo, al igual que el de otros creadores y portadores de la tradición de distintas etnias, en múltiples escenarios relacionados con botánica, arte y etnografía.

Mogaje Guihu, que en castellano quiere decir Pluma de Gavilán Resplandeciente, como realmente se llama sin el apodo blanco, es un hombre reservado y vigoroso, de tres cuartos de siglo, aunque no parece tener tiempo. Lleva siempre sombrero de ala corta o gorra y usa anteojos. Parece haber nacido sonriendo, aunque es cauto y siempre escucha primero, como buen acechador. Don Abel, o el nombrador de plantas, como también se le conoce desde que un grupo de investigadores llegó en los años ochenta a su territorio sobre el Río Caquetá, en un sector conocido desde tiempos de la Casa Arana como la Chorrera, para escuchar sus historias ligadas a las de la floresta, porta el don de la palabra, entre muchos más. Tiene el encanto y la inteligencia del buen humor que siempre le da la ventaja, algo similar a eso que la gente llama “malicia indígena”, con la que en un dos por tres termina por cautivar para llevarlo a uno a su terreno. Va de cuento en cuento empatando historias cruzadas por señales, por indicios; cada tanto, un dato preciso deja libre un mensaje profundo de desprendimiento y entrega. Estar con él es asistir a una suerte de cátedra mediada por la magia y el poder de la selva que reside en sus manos y en sus ojos, los que me reafirmaron la idea de estar frente a un ser dotado de fortuna y virtud, las dos condiciones que definen al ‘Gran Hombre’ tal cual lo describe Nicolás Maquiavelo.

Árboles de fortuna y virtud

“Todos estos son la gente, todos los que están aquí abajo y arriba, todos los que se pueden ver y los otros que no se pueden también; la gente que vive en la selva desde el principio del tiempo”. Con este comentario, referido a El árbol de la vida, Don Abel me presentó a los animales del Amazonas, los primeros habitantes de las mismas tierras donde creció; así me habló de sus conocidos, los que considera sus prójimos.

“Es un cuento largo” dice, cuando se le pregunta por ese mítico Árbol.

“¿Usted tiene tiempo pa’oírlo?”, pregunta.

Es un dibujo imponente. Sus trazos con plumilla parecen más filigrana que manchas o líneas. El soporte es papel común, blanqueado, pintado con tinta china, y los mismos tonos honestos llenos de vida que le conocía. Sin duda, una de sus historias dibujadas más hermosas y logradas, además de ser uno de los mitos fundacionales más fascinantes que una comunidad se pueda imaginar para explicar el génesis de lo que hoy conocemos.

“El mito de ese árbol es profundo y céntrico porque ese no es de este momento, sino de cuando no hubo nada, cuando el tiempo y el espacio eran puros, vacíos”. Así comienza la historia, una que claramente no tiene fin, algo que se alcanza a entender después de horas de escucharlo. De esta manera va narrando el origen de todo, incluso del mismo río Amazonas, como contando un cuento que se expande y se contrae con variables indescifrables que le dan cuerpo a la historia, una que al ser evocada por él, por más que lo intente, nunca vuelve a ser la misma.

Cuenta que el río nació del vacío que dejó un árbol al caer, uno muy similar al Árbol de la Vida. El Árbol del Agua es como se conoce ese otro coloso. Su caída dejó un hueco tan profundo y largo que lentamente fue llenado por el agua. Pero el árbol no cayó solo, fue derribado por dos personas, el Zorro y el Zogui Zogui (una especie de mico pequeño, de pelaje rojizo), quienes portaban habilidades más desarrolladas que la otra gente, lo que les permitió echarlo a tierra para que los demás se alimentaran. El tronco, en su parte baja, justo donde toca la tierra, formó, ya caído, el delta del río, la conexión con el mar; allí mismo quedaron las raíces del gigante. Al otro extremo sus ramas y nervaduras, al golpear fuerte el suelo, crearon los afluentes que dieron forma al territorio que llamamos Amazonia.

Al hilvanar cada suceso, sus relatos dejan ver su vasto conocimiento sobre las especies de la gran reserva verde, algo que maneja con la maestría del boticario, del curandero; la misma que lo mantuvo cerca de los inquietos expedicionarios, desde que fue señalado por su propia comunidad como la persona idónea para enseñarles los secretos de la madreselva. Desde entonces, muchos científicos han sido sus discípulos e incluso se ha convertido en su principal protector y mentor: el doctor Carlos Rodríguez, Coordinador de TBI, quien tuvo la perspicacia de inducirlo al dibujo como una forma de comunicación, a través de un ejercicio de denotación, en una acción de identificación de cientos de especies, una práctica científica que recuerda gestas del pasado. El tiempo y la dedicación ensimismada, que le otorgan su concepción del mundo, elevó su virtud al nivel del arte, lo que hoy le ha valido un sitial significativo dentro del circuito cultural internacional.

Recientemente, la fundación holandesa Prince Claus dio a conocer los ganadores de sus premios anuales. El premio principal será entregado por un representante de la Familia Real el próximo 10 de diciembre en la ciudad de Ámsterdam. El ganador, en un hecho sin precedentes, es Mogaje Guihu o Abel Rodríguez. Se trata de un importante galardón, creado en 1997, en homenaje al fallecido Príncipe Claus von Amsberg, de amplio enfoque progresivo y contemporáneo, con una noción de desarrollo plural y otorgado a sujetos u organizaciones que de una manera ejemplar estén dejando huella en la cultura de sus pueblos. Históricamente, los beneficiarios, entre los que se encuentran Indira Goswami, Gastón Acurio, Cildo Meireles, Carlos Monsiváis y los colombianos Rogelio Salmona, Patricia Ariza, Simón Vélez y Óscar Muñoz, proceden principalmente de Asia, África, América Latina y el Caribe.

Paradójicamente, don Abel hoy no está más en la selva. Hace aproximadamente diez años fue desterrado, desplazado por la violencia que se repite una y otra vez en este país que desconoce la importancia de otras naciones más antiguas, de los pueblos que existieron antes de llamarnos Colombia. En el sur de Bogotá, en una pequeña casa, ha recreado su hogar junto con su familia.

No hay duda de la virtud de este Gran Hombre que tiene sombra de árbol. La fortuna, que es el complemento, se encuentra en su convicción frente al hecho de que su pueblo, su gobierno y su riqueza están justo en su familia, en su comunidad y en la imagen siempre viva de su Amazonia, la que dibuja cada día para no olvidar.

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