Banco de la república

Una invitación excepcional

La colección de arte del Banco de la República estrena montaje. Cinco curadurías de algunos de los nombres más prestigiosos de la escena artística nacional, de Beatriz González a Carolina Ponce de León, han dado como resultado un nuevo recorrido por más de ochocientas obras.

2013/08/16

Por Daniel Salamanca. Bogotá.

Desde el pasado viernes 26 de julio los visitantes del complejo cultural del Banco de la República en el centro histórico de Bogotá se encontrarán con una sorpresa. No se trata de ninguna de las exposiciones temporales, ni de un concierto o taller. Es algo que, aunque discreto, es mucho mejor: un nuevo montaje de la colección permanente del Banco.

El Banco comenzó, desde noviembre de 1957, a adquirir obras de arte. Las tres primeras que compró fueron Mandolina sobre silla de Fernando Botero, Ángel volando en la noche de Cecilia Porras y una hermosa composición geométrica, hecha en diferentes tonos de amarillo sobre lienzo, titulada El Dorado No. 2 de Eduardo Ramírez Ramírez Villamizar. Luego cientos más que, como en toda colección, han sido motivo de pujas, de búsquedas detectivescas, de aciertos y desaciertos y de las intrincadas circunstancias propias del mercado del arte. Hasta octubre del año pasado doscientos ochenta de esas obras se podían encontrar en esas salas laberínticas escondidas entre lo que hoy es el museo Botero y el espacio reciente del complejo. Para aquellos con buena memoria allí se podían encontrar con la enorme sala dedicada a Luis Caballero, con el tablero pintado de Santiago Cárdenas o con los trazos expresionistas de Guillermo Wiedemann.

Ahora, después de trece años, el lugar cambió. Esa es la sorpresa: que las doscientos ochenta obras ahora son más de ochocientos y que ese laberinto donde uno solía extraviarse ha vuelto a recomponerse. Situación que, cualquiera pensaría, tan solo involucra a un par de montajistas quienes guiados por algún superior, quitan y ponen un par de cuadros en cuestión de meses. Pero este nuevo viaje por la colección es una tarea ardua que implica un equipo mucho más grande y un tiempo mucho más largo.

Lo primero es hacerse a las obras. Para lo cual se estableció desde hace casi tres décadas un comité de adquisición conformado por artistas, gestores culturales, críticos de arte e historiadores, encargados de asesorar al Banco en esta materia. De ellos depende, en gran medida, que una pieza entre o no a la colección. Y dicha adquisición involucra a su vez a otros actores del circuito artístico, sean estos coleccionistas, artistas, galeristas o marchantes. Al ser esta una institución de peso dentro del sector cultural, cada movimiento y búsqueda de obras en el mercado del arte dinamiza y, digamos, agita la escena. Es así como, entre compras y donaciones, han llegado a la nada despreciable suma de cinco mil obras.

La siguiente tarea consiste en entrar a revisar, casi una tras otra, todas esas obras y pensar qué tienen en común, cuál es la mejor manera de mostrarlas, a qué periodo pertenecen o qué temas están tratando. Y en esta tarea están, desde hace más de tres años, los miembros del comité asesor junto con el equipo de investigación del museo y una serie de nuevos curadores designados que han estado leyendo todo este material para así poderlo exhibir de una forma nueva. A veces intentando rescatar algo olvidado, haciendo énfasis en algún interés particular o asociando ideas que puedan pasar desapercibidas.

El resultado final son cinco curadurías: Los primeros tiempos modernos (siglos XVI al XVIII), una investigación del historiador Jaime Borja, Rupturas y continuidades (siglo XIX) curaduría de la artista e investigadora Beatriz González, El arte de la libertad (1910-1950) a cargo del artista Álvaro Medina, Clásicos, experimentales y radicales: itinerarios del arte en Colombia (1950-1980), pensada en conjunto por las historiadoras de arte Carmen María Jaramillo y Silvia Suárez, y una última, cuyo título aún está por definir y que abarca las piezas más contemporáneas, estructurada por Santiago Rueda y Carolina Ponce de León. Aunque en principio se trata de una lectura temporal de la colección, no es una organización absolutamente cronológica sino que hay continuos saltos espacio temporales. Y esa es otra de las grandes novedades. En la primera curaduría tenemos un buen ejemplo de estos saltos: en una sala contigua a la principal, usada hasta ahora como oficina, las paredes fueron pintadas de color gris y los pisos reformados. Luego fueron dispuestas, en las dos paredes laterales del salón, dos grupos de diez y dieciséis retratos de monjas muertas (algunos atribuidos a Victorino García Romero) junto con otras tres obras. Un paréntesis denominado El jardín florido y en donde reposan imágenes de estas mujeres que, una vez embalsamadas y adornadas con coronas de flores, eran retratadas como prueba de que por fin, y luego de años de celibato, se unirían a su único y verdadero ser amado: Dios. Una costumbre estética que hoy en día nos parece casi terrorífica pero que en la época era totalmente corriente.

Y en diálogo con estas bellas pinturas, como telón de fondo, en la pared de enfrente, está una de las fotografías de la serie La cocina, homenaje a Santa Teresa (2009) de Marina Abramovic´: una inmensa ampliación en la que la reconocida artista serbia aparece flotando en medio de unas cocinas industriales abandonadas (La laboral de Gijón) que hacen referencia a los diarios de esta monja, santificada por el Papa, y quien en sus escritos hablaba de experiencias de levitación. Una sala en todo caso imponente donde se hace evidente la nueva intención de la colección, que es, crear por un lado saltos de tiempo y, por el otro, complementar la producción nacional con la internacional. Igual lo hacen en la sala dedicada a la primera academia en Colombia donde aparecen una serie de paisajes al óleo hechos por Andrés de Santa Maria junto a un atardecer pixelado de Vik Muniz. El primero considerado como el primer neoimpresionista de Colombia, y el segundo, un artista contemporáneo brasilero cuya obra se expone en las salas de exposiciones temporales en estos momentos.

En total se han elegido alrededor de ochocientas obras. Es decir, se ha triplicado el número de obras en exhibición, y sin embargo, increíblemente, están dispuestas en el mismo espacio. De ahí la otra tarea. Durante los últimos meses el equipo de museografía debió aprovechar al máximo su planta física y potencializar todos los espacios. Se habilitaron algunos salones destinados a otras cosas, se hicieron cerramientos, nichos y corredores y se implementaron todo tipo de tácticas arquitectónicas para que el espacio diera abasto, y aun así, se sintiera un recorrido amable y aireado. Pero no todo es bueno. Se nota, quizás, un poco de prisa: no están listas todas las fichas, y es evidente que fueron escritas por diferentes manos, y que no hubo un proceso de homogenización de los textos, algo que sin duda es indispensable. Y no todas las obras son buenas. De hecho, hay muchas obras menores en la colección de arte latinoamericano. También hay que decir que es una lástima que la Cortina para el baño de La Orangerie, de Beatriz González no sea la original, realizada en tiempos de Turbay Ayala, sino una copia realizada por la artista para una exposición, años después, en Puerto Rico. O que la fotografía de Miguel Ángel Rojas expuesta sea una reedición comprada en una galería y no una vintage.

Vale la pena aclarar que la última curaduría, la que comprende el periodo de 1985 hasta nuestros días, solo se inaugurará hasta finales de año en la Casa Republicana. Ahí esperará uno encontrar los nombres que se echan de menos como el de José Alejandro Restrepo y María Teresa Hincapié, por citar solo dos, o instalaciones, videos y performances más audaces, que nos recuerden que el arte no es solo pintura, grabado y escultura.

Pero la invitación está hecha, y el listón puesto en un nivel alto. Porque en un país donde se demuestra todos los días que no tenemos memoria, la institución museo está llamada a adquirir, conservar, proteger y exhibir el patrimonio de la sociedad. Esa es su razón de ser y su misión. Que para nuestro pesar, y generalizando indiscriminadamente, es una responsabilidad que parecen haber olvidado muchas de estas instituciones en Colombia. Porque no hay nada más triste para un estudiante de arte que oír hablar de unos cuadros, de unos dibujos y de una historia y jamás poderlos ver en vivo y en directo.

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