¿Y qué si somos diferentes?

Los movimientos de reivindicación gay apostaron por un discurso de igualdad de género, pero cada vez se hace más patente que dicho discurso parece haberse burocratizado excluyendo sensibilidades distintas. ¿Qué pasa con las comunidades de sujetos que no son blancos, de clase media y parte del sistema? Aquí una respuesta.

2014/06/20

Por Dominique Lemoine Ulloa* Nueva York

Ser humano es ser más allá de los límites, existir sin las ataduras de sexo y género. Después de cuatro décadas de políticas LGBTI ¿se ha logrado ese ideal?,” se pregunta el artista colombiano Carlos Motta. Con esto en mente, Motta ha dedicado la mitad de su carrera a explorar las temáticas de orientación sexual e identidad de género en relación con la democracia, la política y las realidades sociales. “Quiero entender los procesos históricos, cómo se han construido las historias del cuerpo, la sexualidad y el género, y cómo se relacionan con las grandes fuerzas dominantes de la historia: la política y la religión,” explica.

Durante cuatro años entrevistó a alrededor de cincuenta académicos, abogados y activistas en Colombia, Noruega, Corea y Estados Unidos sobre las historias de los movimientos y las políticas de orientación sexual y de identidad de género antes de sacar al aire We Who Feel Differently [Nosotros que sentimos diferente], un proyecto multidisciplinario que se articula en tres partes. Se trata de una página de internet (www.wewhofeeldifferently.info) que hace las veces de repositorio que siempre está creciendo; una exposición itinerante que se inauguró en 2012 en el New Museum de Nueva York, acompañada de una serie de charlas y eventos; y un libro que publicó con su hermana Cristina Motta (publicado en Colombia por Siglo del Hombre Editores) que recoge las partes más relevantes de la discusión.

Un año después, en el marco de loop/Screen en Barcelona, Motta presentó Nefandus, una instalación de video que explora cómo la sexualidad es una categoría construida e importada. En el video, dos hombres -un indígena y un occidental- navegan por el río Don Diego en medio de la naturaleza desbordante de la Sierra Nevada de Santa Marta y conversan sobre pecados nefandos, actos de sodomía que ocurrieron durante la Conquista.

Hoy, Motta está a punto de lanzar su obra más reciente, Gender Talents, la cual toca los discursos y movimientos de autodeterminación de género de comunidades trans –término que incluye a las personas transgénero, transexuales, travestis, sin género, entre otras– en Colombia, India y Guatemala. Arcadia habló con él en su estudio en Nueva York sobre la evolución del movimiento lgbti y su relación con el arte.

Al principio usted se dedicó a explorar la idea de democracia desde distintas perspectivas, como le Teología de la Liberación en América Latina. ¿A qué se debe el cambio de rumbo?

Cuando estaba haciendo un proyecto que se llama Dios pobre, invité a una serie de sacerdotes portugueses a leer unos fragmentos de discursos de estos teólogos en sus misas, y al terminar el proyecto me di cuenta de que había excluido de manera inconsciente la sexualidad del discurso de la teología. En ese momento logré entender que los discursos de sexualidad y género no están aislados del resto de las temáticas sociales. Hay una intersección muy profunda entre la representación política y la representación sexo-genérica; esas dos temáticas están íntimamente ligadas en términos de discursos de clase, raza, género y sexualidad. Inmediatamente después de ese proyecto quise hacer We Who Feel Differently (Nosotros que sentimos diferente) y articular todas estas intersecciones.

En Nosotros que sentimos diferente usted critica cómo los movimientos sexuales se han alejado un poco de su misión y visión originales. ¿A qué se refiere?

En los años sesenta, con la revolución y el rechazo al patriarcado, a la segregación de género, al militarismo y a la guerra, se creó una oportunidad para que las personas gays y lesbianas (no tanto las personas trans en ese momento) hicieran una crítica a la manera como habían sido excluidas de la sociedad. Se consolidó un espacio de una posible liberación. Y esa liberación en potencia habla del rechazo a las instituciones de la sociedad que reproducen esas formas de exclusión, como la Iglesia o el matrimonio.

Pero estos movimientos sexuales se empezaron a burocratizar un poco, a entender que expresar las cosas públicamente en una calle no iba a cambiar las cosas. Entonces se empezaron a organizar como agrupaciones mucho más formales y a construir estrategias políticas específicas. En ese proceso se ha perdido mucho la radicalidad de la primera ola. En vez de exigir un cambio en la sociedad a través de una serie de demandas fundamentales, se ha optado por hacerla sentir cómoda con cambios moderados y propuestas de inclusión como el matrimonio.

Pero de todos modos ha habido una serie de avances positivos…

Claro, hay mucha visibilidad. Las vidas de muchas personas lgbti han cambiado de una manera muy positiva y eso es excelente. Hoy en día puedes ser abiertamente gay, incluso si tienes algunos encuentros con la discriminación lo puedes ser. Todo eso es muy positivo y es el resultado de esta ola histórica, pero por otra parte tenemos una serie de inquietudes y temas que cuestionar. 

¿Cuáles son esos cuestionamientos?

El énfasis de los movimientos sexuales organizados ha sido la afirmación de la igualdad, de ese “Me tienes que aceptar porque yo soy como tú, porque yo no soy diferente”. Y la verdad es que no: sí somos diferentes. Al avanzar en paralelo a la manera como funciona el sistema, los movimientos sexuales han empezado a reproducir lo mismo que criticaban al comienzo. En lugar de una política incluyente, radical, social, transversal, se convierte en una política narcisista e interesada en sí misma que tiene una visión que beneficia a las personas de clase media-alta y blancas que tienen acceso a la educación, a la salud, etc. 

La pregunta es cómo llegamos a construir una política que sea estratégica, en la cual entendamos el lugar desde donde hablamos (es decir, no un lugar de privilegios, sino un lugar de rechazo y discriminación) y que logremos hacer esos vínculos con otros problemas en la sociedad para construir una política de cambio.

¿Cómo ha sido comunicar ese punto de vista radical?

Las críticas más radicales, las críticas que no necesariamente quieren afirmar la igualdad sino, de repente, afirmar que lo interesante es esa misma diferencia... Es algo que nadie quiere oír porque ha habido todos estos hitos cruciales y se ha probado que la estrategia moderada -persuasiva- política funciona.

Parte de la investigación de Nosotros que sentimos diferente tuvo lugar en Colombia. ¿Cómo fue ese acercamiento al país después de estar exiliado tantos años?

Como una persona que estuvo afectada por las convenciones y las normas sociales en relación con la sexualidad en Colombia, fue una manera de acercarme y volver al país y de entender el contexto.  Fue una oportunidad para entender el ámbito social en el cual viven las personas que pertenecen a grupos minoritarios sexo-genéricos. Y sobre todo entender cómo a pesar de la marginalización tan profunda que han sufrido estas comunidades, existe la fuerza y el interés de cambio.

¿Cómo ve el panorama en Colombia?

Mi relación con Colombia en ese sentido es de querer ver un cambio específico, de poder de alguna manera contribuir a la transformación de esas normas sociales tan severas que tenemos. En Colombia hay un vacío gigante en lo que concierne a las minorías sexuales en las áreas rurales, en las comunidades afro, en las comunidades indígenas y cuando se trata de personas de bajos recursos. El discurso gay, y no solo en Colombia, ha sido dominado por la clase media y no mira a los otros.

Para Gender Talents, el proyecto que va a lanzar pronto, y para el cual también hizo investigación en Colombia, tuvo que adentrarse en el mundo trans. ¿Cómo fue ese proceso?

En los últimos tres o cuatro años ha surgido muchísimo la conversación sobre las personas trans, a tal punto que Laverne Cox (la famosa mujer transgénero que hizo de Sophia Burset en Orange is the new Black) acaba de salir en la portada de la revista Time. Siento que es un momento bastante relevante y también difícil en el sentido de que yo no soy un persona trans. Entonces he tratado de construir el proyecto en conversación con los sujetos para que no sea una cuestión de representación, porque ellos son sus líderes, no yo.

La mayoría de las obras de las que hemos hablado parecieran estar en la intersección de lo documental y lo puramente artístico. ¿A qué se debe esta dualidad?

Yo he encontrado en el medio, en el discurso y en el contexto del arte un espacio de libertad en el cual puedo hacer referencia, por ejemplo, a la práctica periodística o sociológica sin tener que preocuparme por que los proyectos sigan una metodología estricta. Para mí,  lo que hace que estos proyectos sean arte es el contexto, es la oportunidad de crear, a partir de unos espacios estéticos, una experiencia de conocimiento y de investigación. 

¿Por qué irse entonces por el camino del arte y no por el del activismo o incluso el de la academia?

Me parece que el activismo tiene diferentes formas. El activismo desde la cultura puede contribuir de una forma muy específica a cambiar imaginarios e ideas acerca de la sexualidad y el género.  El arte también produce discursos fuertes que pueden tener repercusiones no en términos legislativos, pero sí en términos de cambio de imaginarios, de pensar las cosas desde otras perspectivas. 

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