Los jóvenes actúan y le dan la espalda a los adultos.

Algo está pasando aquí

Esta es la editorial de la próxima edición de Arcadia, que hace unos días está en la imprenta. Quisimos publicarla con anticipación, ya que puede ser interesante conocer otra visión sobre los jóvenes. Sigue el debate.

2011/12/12

Por Revista Arcadia

Hace apenas diez años, si una joven colombiana recién egresada de la universidad quería dedicarse, por ejemplo, al mundo de la edición de libros, la única alternativa que pasaba por su cabeza era mandar hojas de vida a las grandes editoriales del país. Hace apenas diez años, si un joven colombiano quería ser artista, lo más seguro es que se dedicara a ir de galería en galería a presentar su obra, y acudir al Estado a través de sus secretarías de cultura para presentar sus proyectos en busca de financiación.

Hace apenas diez años, si una joven colombiana quería dedicarse al diseño de ropa, de joyas, a la ilustración, o bien acudía a las grandes marcas para comenzar a trabajar como practicante con inclementes horarios y haciendo el trabajo sucio de una gran empresa, o montaba un humilde tallercito e invertía en un stand en los poquísimos eventos institucionales ya establecidos para mover sus diseños. Y se quebraba. Hace apenas diez años, si un joven colombiano quería dedicarse a la música, tenía que hacerlo en su tiempo libre.

Hoy todo sucede de otra manera.

La revolución que se está llevando a cabo en Colombia es invisible para el mundo adulto, pero tiene proporciones fabulosas. A la generación que hoy tiene entre veinticinco y treintaicinco años no se le ocurre ir a tocar las puertas de la gran industria. No le interesa. Le parece aburrida, paquidérmica. No se conecta con las presiones y exigencias de las grandes estructuras ni con los viejos mercados.

Mientras el mundo adulto cree que las cosas han mejorado en el tema cultural porque las agendas del Centro Cultural Julio Mario Santo Domingo, del Festival Internacional de Teatro de Bogotá o el Festival de Música de Cartagena son deslumbrantes y convocan multitudes, los jóvenes saben que no es solo por eso. Sí, son consumidores de los eventos que les interesan, pero su vida no está ahí. Están en otra cosa. Y se mueven de espaldas a esa oferta tanto laboral como de formas de consumo cultural. Están haciendo su propia revolución, y no les interesa que las viejas generaciones, que todavía ostentan el cada vez más dudoso título de generadores de opinión, se den por enteradas. Les importa un comino salir en un gran medio, un tipo de reconocimiento que hace apenas diez años parecía imprescindible para cualquiera dedicado a las artes.

Por supuesto, Internet es uno de los grandes motores del cambio. Pero no el único. Los jóvenes se asocian y subvierten las fronteras tradicionales de la oferta y consumo de las artes. Hay cientos de cooperativas por todo el país, una palabra que la generación más adulta cree restringida a las viejas formas de asociación rural, pero que los jóvenes han hecho suya para hacer proyectos de vanguardia.

Por un lado, apenas comienza una explosión de nuevas editoriales, todas dirigidas por jóvenes: Tragaluz, con sus impecables y absolutamente preciosos libros, y que no tiene más de cinco años en el mercado, es considerada una admirable veterana. Laguna Libros es estupenda. Jardín Publicaciones, Destiempo, Luna Libros, Rey Naranjo, y la novísima El Peregrino están llegando a librerías. Pero la cosa no se queda ahí: los pequeños importadores de libros, especializados temáticamente, han inyectado una increíble vitalidad al mercado editorial. Hoy hay más oferta y variedad que nunca en las librerías. Tatiana Peláez de El Placard, por ejemplo, va en su enorme moto de librería en librería repartiendo una impecable lista de títulos nunca antes vistos en el mercado nacional. Las nuevas librerías como La Madriguera del Conejo, Casa Tomada, Arteletra y Prólogo, se convierten en pequeños pero poderosos núcleos culturales, usan las redes, hacen eventos, proyectan películas, montan páginas web, y se mueven por toda la ciudad para vender no solo en su sitio físico sino donde haya un evento con potencial.

La Casa de Greta, un proyecto de diseño capitaneado por Laura Laurens, es otro ejemplo asombroso. La Percha (una casa de diseño que tiene hasta peluquería y café y que reúne a nuevos diseñadores, como Pepita Mendieta, La Maleta Rosa, Diente de León) o el Taller de Tés de Laura Cahnspeyer en Chapinero, Residencia en la Tierra en Armenia, la revista de cómic Larva, son apenas la punta del iceberg de proyectos de asociación de jóvenes que diseñan joyas o ropa, o hacen videos, que comienzan en el mundo del cine o de la música, que viven de lo que hacen y que defienden a capa y espada lo que la gran industria no les ofrece: libertad.

La increíble vitalidad de estas nuevas formas de asociación, que montan mercados de diseño independiente y tienen una insólita capacidad de convocatoria a través de las redes sociales, ha desplazado el corazón de la actividad cultural con una desbordada energía creadora. Y, sobre todo, ha lanzado al aire un contundente “no” a la tradicional solemnidad de la industria cultural colombiana. Sus festivales (¿cuántos hay? ¡Imposible contarlos!) logran traer a los nuevos ídolos de la escena global. Ejemplos sobran a vuelapluma: basta recordar que la argentina Lucrecia Martel, directora de cine, fue a Neiva al sorprendente festival Cinexcusa liderado por tres jóvenes huilenses, o el fantástico encuentro Fractal en Medellín, que convoca multitudes y trae al país una nómina de vanguardia en nuevas tecnologías, literatura de ciencia ficción y filósofos de la Red. Y ojo al nuevo proyecto joven de la HJCK que promete ser estupendo.

Algo está pasando aquí. En el panorama de las artes en América Latina, Colombia ha ocupado siempre un lejano tercer lugar frente a México y Argentina. La rimbombancia y el parroquialismo, una pésima mezcla, la hacían poco interesante para el continente. Ahora, esa nueva Colombia urbana, si bien despreocupada de los grandes temas de la Nación, del conflicto mismo y del ajedrez político, está rompiendo las viejas fronteras. Una explosión de creatividad, de vitalidad y de gestión cultural alternativa fascinante. Ese es el verdadero zeitgeist de este tiempo.


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