Cortesía Teatro Nacional.

El violinista rebelde

A partir de este 29 de septiembre, se da inicio a cinco conciertos en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán de Bogotá de una de las figuras más queridas de la música contemporánea, tras el éxito que tuvo en el pasado XV FITB. Para Ara Malikian, la música debe ser para todos y más que comprenderla, debemos sentirla. Un perfil de un hombre al que hay que ir a ver para comprobar la fuerza del arte.

2016/09/27

Por Santiago Serna Bogotá

Israel lanzó un ataque sorpresa contra sus vecinos el 5 de junio de 1967: Siria, Jordania, Irak y Egipto. En solo seis días, el Sinaí egipcio, la Franja de Gaza, la ciudad vieja de Jerusalén, Cisjordania y las colinas del Golán —un total de 102.400 kilómetros cuadrados— fueron tomadas por el ejército de ese país. Este conflicto, conocido como la Guerra de los Seis Días, dejó un significativo número de desplazados que erraron, durante años, por los países circundantes. Como el Líbano, que recibió a 300.000 refugiados solo en 1968. En medio de esa crisis, que desembocó en la Guerra Civil libanesa, nació Ara Malikian: el niño terrible del violín.  

Malikian creció en el seno de un hogar sitiado por la amenaza de bombardeos, ráfagas de metralletas y la precariedad propia de una nación en guerra. A sus 14 años, obligado a estudiar en refugios antiaéreos, fue descubierto por el director de orquesta alemán Hans Herbert-Jöris. El pequeño fue becado, poco después, en el prestigioso Hochschule für Musik und Theater, de la ciudad alemana de Hannover. Rápidamente Malikian dejó rezagados a sus compañeros del conservatorio. Ya de adolescente, en un acto de inagotable curiosidad musical (tan evidente en su trabajo, que fluctúa entre el rock, el jazz, el flamenco y, por supuesto, la música clásica), decidió empacar maletas y viajar a Londres con el objetivo de ampliar su formación académica en el Guildhall School of Music & Drama. Allí encontró sus propios sonidos y afinó la idea de que la música clásica es un género ajeno a las élites. La música clásica es, para él, una melodía plural que no hay que entender, sino sentir. 

Redefiniendo la imagen del violinista, el libanés quiso evadir la petulancia en escena de artistas como André Rieu, Itzhak Perlman y el joven Maxim Vengerov. “Hace 20 años —comentó Malikian a las revista Sevilla Magazine— yo estaba obsesionado con complacer a ese 1 % que se considera purista. Luego me di cuenta de que ese no era mi público. La música no es para conservarla en un museo, sino para conmover y divertir”. Hoy, de espaldas a los estilistas y rompiendo los cánones, el rockstar del violín, con un espectáculo en el que no se ahorra una gota de sudor —imitando quizás al mejor Jim Morrison—, deja la piel en el escenario y consume toda su fuerza y energía en varios de sus violines, ninguno de los cuales es Stradivarius.

Se trata de un violinista feroz que, fiel a su ideología nómada, ha recorrido más de 40 países. El Carnegie Hall (Nueva York), el Salle Pleyel (París), el Barbican Center (Londres), templos de la clásica, se han rendido a sus pies, al igual que las diferentes plazas de toros en España, de donde hoy es ciudadano. Por ejemplo, en su más reciente espectáculo en la Plaza de las Ventas de Madrid, el pasado 15 de septiembre, agotó boletería. En esa presentación tomó prestada, la figura recia y desaliñada del matador taurino. La tarima era el ruedo y Malikian, jadeante con su arco, el torero que daba estocadas certeras a un violín de temas eclécticos: Coldplay era una Verónica y Vivaldi, la Chicuelina. Pañuelos para el músico que como José Tomás, en 1997, supo salir por la puerta grande.  

El libanés hijo de la guerra se presentará el 29 y 30 de septiembre, el primero (con dos conciertos) y 2 de octubre, en el Teatro Jorge Eliecer Gaitán, con un acto que oscila entre monólogos sobre su historia de vida y temas como 1915, un tributo a los caídos en el genocidio en el que murieron más de un millón de armenios, entre ellos, algunos de sus ancestros. Llega una puesta en escena que resume la vida de un inmigrante que pasó de la trinchera al estrellato. 

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