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Bailando bajo la lluvia

Imelda Ramírez le rinde homenaje a Ethel Gilmour (1940-2008)

2010/06/30

Por Imelda Ramírez G.

Ethel Gilmour nació en un año bisiesto en compañía de David, su hermano mellizo, condiciones que, según ella, bastaban para tener una biografía especial. Su juventud transcurrió en el sur de los Estados Unidos, donde la tradición de relatos fantásticos y de historias terribles en las que se entremezclaban la ternura y la violencia —entre guerra y esclavitud— moldeó en ella una sensibilidad profunda por el dolor humano, pero al mismo tiempo, por todas aquellas respuestas solidarias que los seres humanos desarrollamos para conjurarlo y contrarrestarlo.

A lo largo de su vida y con un trabajo persistente, Ethel construyó una pintura poética y visualmente rica. Se formó en Arte y Literatura en el Agnes Scott College, en Atlanta, y realizó luego una maestría de Pintura en el Instituto Pratt de Nueva York, que complementó con estudios en París. Sus años de formación, durante la controvertida década de los 60, también marcaron su trabajo artístico: al lado de su maestro, el profesor George McNeil, Ethel recibió el legado del modernismo de Hans Hoffmann y de Clement Greenberg, fundamentado en una pintura que, una vez desprovista de toda pretensión narrativa y social, se hacía valer por la expresividad de los colores sobre la superficie del lienzo. Al mismo tiempo, también como su maestro, Ethel experimentó los límites de ese formalismo, y trabajó contra la corriente para retomar una figuración que respondiera a necesidades vitales y no solamente formales, aunque, en principio, pareciese un ejercicio torpe, como sucedió con los trabajos de Philip Guston, de Jean Dubuffet o de Francis Bacon, a quienes ella admiraba.

En esos años de estudio y trabajo en París, Ethel viajó a Rusia con una excursión de estudiantes, en la que conoció al arquitecto y artista Jorge Uribe, más tarde su esposo. Instalada en Medellín, Ethel ingresó como profesora a la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional y junto con otros artistas conformó el grupo fundador de la carrera de Artes de dicha institución. Aprendió de su nueva cultura pintando con sus estudiantes: en los pueblos, en los objetos cotidianos y en los espacios domésticos apacibles encontró un nuevo color y un nuevo paisaje y, con ellos, fue configurando una poética de lo cotidiano que, muy pronto, resultó sacudida por la violencia.

A comienzos de 1980, un comando guerrillero tomó como rehén a un grupo de diplomáticos reunido en la Embajada de la República Dominicana, en Bogotá. Ethel registró la noticia en su pintura: puso sobre la cama una revista con el anuncio del acontecimiento, mientras desayunaba junto a Jorge y a sus queridos perros Pierre y Madame. Desde entonces, en casi todas sus pinturas e instalaciones, la guerra colombiana se hizo presente, con toda la crudeza de sus heridas, las mismas que ella sabía matizar con la ternura y la humildad de lo cotidiano y con una gran dosis de humor.

La pintura para Ethel era una manera de vivir. Con gran maestría en el oficio, lograba hacer de los actos y de los hechos cotidianos, muchas veces poco gratos, imágenes llenas de poesía, de justicia y de reparación simbólica. Con autodeterminación y sin temor de ir contra la corriente, su pintura contribuyó al encuentro del arte con esa poesía de lo real y de lo cotidiano tan cara a los artistas contempéranos, y lo hizo desde su vida como mujer y como colombiana por adopción, en medio de una guerra que desde hace muchos años ella venía pintando y narrando calladamente, desde una perspectiva humana, diferente a la de los informes con cifras y a los partes oficiales.

Al rememorar la vida de Ethel, su hermana recordó una frase que bien podría caracterizar la vida y la obra de esta gran artista: “La vida no es para sentarse a esperar que pase la tormenta sino para tener valor de bailar bajo la lluvia”. Esta frase sencilla, a mi modo de ver, nos recuerda el universo creativo y la obra de esta gran pintora.

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