Bernardo Hoyos (Santa Rosa de Osos, 25 de agosto de 1934 - Bogotá, 11 de octubre de 2012)

Bernardo Hoyos

(Santa Rosa de Osos, 25 de agosto de 1934 – Bogotá, 11 de octubre del 2012)

2012/11/28

Por César Mackenzie* Bogotá

En la noche del pasado 11 de octubre murió Bernardo Hoyos en Bogotá. Una serie de fiebres que manifestaban una infección renal derivó en complicaciones pulmonares. Sus honras fúnebres se cumplieron en estricta intimidad y sus cenizas reposarán en el Gimnasio Moderno.

Fue un hombre de gustos decantados y selectos. Tan devoto de la poesía de San Juan de la Cruz como del Niño Jesús de Praga, a quien pidió el milagro de no perder del todo la visión. Su mundo, qué duda cabe, fue el del arte. Fue un admirador sin límites de la obra de Debussy, de la voz de Louis Armstrong o de las composiciones de Duke Ellington, de quien conocía de memoria cada uno de los datos y matices de su vasta y dispersa obra musical; ni qué decir de su amado Bach, de quien tomó el nombre para su único hijo: Juan Sebastián.

Bernardo era un hombre de amigos y tertulias. Iván Amaya, amigo desde su juventud, lo recuerda en la Medellín de los años cincuenta, cuando estudiaba Derecho en la Bolivariana y disfrutaba de los boleros en el legendario bar Lovaina o bailaba a Pérez Prado. “Era un admirador de las chicas de Junín”, dice. Bernardo había llegado de Santa Rosa de Osos, su pueblo natal donde, de niño, había conocido el mundo gracias a un radio de onda corta. En Medellín empezó su trabajo en la radio dirigiendo, como hasta el final de su vida, una emisora universitaria. Luego, como primer becario Fulbright de Colombia, en 1957, salió del país e inició su largo periplo por el mundo y a comienzos de los años setenta se instaló en Londres.

De la Francia trovadoresca de los siglos XIII y XIV hasta Joe Arroyo, pasando por el canto gregoriano, Stravinski, John Cage, Beny Moré o Susana Rinaldi, era difícil que a Bernardo algo no le gustara, aunque no soportaba la música norteña. En el cine, llegaron los años ochenta y allí se quedó. Fue admirador de John Huston y Orson Welles entre otros tantos clásicos; no sentía especial fervor por el cine contemporáneo y no le gustaba el Dogma 95. Entendía y explicaba desde Lady Gaga, Adele o Cristina Aguilera tanto como la música dodecafónica o la música coral. No había artista que no conociera, ni escritor que no hubiera leído o del cual no hubiera escrito en las columnas sobre arte que tuvo en El Tiempo o en diversas revistas y secciones culturales. Su gran pasión: la Edad Media y su esplendor artístico. Era amante de los diccionarios (el de María Moliner era su guía principal) y las enciclopedias; su gran tristeza fue no haber podido conseguir nunca, con su apetito bibliófilo, la primera edición de Gallimard de En busca del tiempo perdido de Proust. Su gusto por el tweed y las corbatas tejidas, sumado a su erudita conversación, llevaron a que Gonzalo Mallarino dijera que su verdadero lugar de nacimiento había sido Santa Rosa de Oxford. Bernardo o, según su verdadero nombre, Bernardino, se tomaba el apunte con gusto y lo honraba empujando un trago de whisky.

Su oficina en la emisora de la universidad Jorge Tadeo Lozano, la HJUT, que dirigía desde 1999, sigue intacta, tal como él la dejó: su potentísima y ligera lupa (con la cual solo se ve de a una letra en un lente de cinco centímetros de diámetro a cuatro dedos del papel), con la que era feliz cazando toda clase de gazapos; su biblioteca en estricto orden; hasta su taza para el café, en aluminio y con motivos medievales. A sus setenta y ocho años, era infatigable; a pesar de sus mareos, estaba en plena actividad. Lo acompañó siempre, durante los últimos quince años, quien fuera el ochenta por ciento de su visión: su asistente Enrique Araujo; el otro veinte por ciento se lo daba su ojo derecho, como consecuencia del virus de Harada. Bernardo dictó, sin cesar, conferencias sobre música, arte o cine desde que se instaló en Bogotá, en 1981, luego de haber trabajado ocho años para la BBC con su programa Letras y arte en la Londres de los años setenta, ciudad donde se casó con Constanza Montes.

Primero desde Londres, luego en Colombia, desde RTI o desde el canal Caracol (donde dirigió y presentó el programa Cine Arte junto a Diana Rico), el trabajo de Bernardo Hoyos por difundir la cultura en los medios de comunicación es, entre tantas cosas, una muestra de cómo las obras del arte y el pensamiento sí pueden llegar a la mayoría sin perder su ímpetu creativo ni su elegancia o valor originales. Más que muchos, Bernardo gozó de la vida y vio en la belleza de la música y del arte una sola y única forma de redención. | 

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