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Biografías intercambiables

Dietario voluble, de Enrique Vila-Matas, y Un hombre en la oscuridad, de Paul Auster, resumen la tendencia de la literatura hoy: la autoficción se toma por asalto a la novela.

2010/06/30

Por Hernán A. Melo Velásquez

Ambos comparten el impulso de convertirse en personajes literarios. En sus novelas con frecuencia transitan sus dobles, porque en ellos cada vez es más fina la línea que separa la realidad de la ficción.

Mientras Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) dice que ha sentido “la tentación de convertirse en una obra de arte humana” y en un personaje de ficción, Paul Auster (Nueva Jersey, 1947) dice que cuanto más envejece, más delgada le parece esa línea: “Y creo que ahora cruzo todo el tiempo de un lado al otro. Es algo muy misterioso, un tema muy difícil para que la mente logre siquiera asirlo. Si somos parte del mundo real, cualquier cosa que nos alcance es parte del mundo real. Si puedo imaginar otro mundo dentro de mi cabeza, ¿acaso ese mundo no existe de alguna manera?”.

Pues bien, azares o coincidencias, los libros de dos de los autores contemporáneos de culto han aparecido con apenas unos días de diferencia. Dietario voluble es la más reciente receta literaria de Vila-Matas, donde el ingrediente principal es su libreta de notas personal que abarca los últimos tres años (2005-2008). De este modo, continúa con su proyecto literario de ampliar su “autobiografía bajo sospecha”, en busca de establecer la realidad como su espacio idóneo para acomodar lo imaginario, y continuar diluyendo la frontera entre los géneros narrativos. Auster publica Un hombre en la oscuridad que ocupa ya el primer lugar en ventas en España, debido en parte a su progresiva popularidad desde que ganó el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2006. Más que benévolas han sido las críticas a esta historia que narra la vida de August Brill, un viejo critico literario que se recupera de un accidente y que, como no consigue dormir, inventa historias en la oscuridad. Escribe entonces un relato sobre un tal Owen Brick, un joven mago que se despierta en un agujero y descubre que es un soldado cuya misión es matar a una persona que escribe historias y no puede dormir.

A estos dos pesos pesados de la literatura contemporánea se les va la vida en la literatura y la ficción en la vida, en una época donde “el éxito es el gran riesgo de los escritores actuales”, como precisa el también autobiógrafico Ricardo Piglia. Son robustas máquinas literarias que han escrito sumadas más de medio centenar de obras entre ensayos, cuentos y novelas. Aunque tremendamente prolíficos, conocen momentos de frustración y fatiga.

El mismo Auster, tras la publicación de Viajes por el Scriptorium, anunció que su imaginación mostraba notables signos de agotamiento. “Quién sabe, a lo mejor he llegado al final. Quizá ya no haya más novelas de Paul Auster”.

Pero hubo más. Y difícilmente —salvo por causas fatales— pararán un día de escribir porque, además, no saben hacer otra cosa. Por eso Enrique Vila-Matas menciona con frecuencia al escritor polaco Witold Gombrowicz, convencido de que “la vida y la obra son una misma cosa” o a Franz Kafka cuando decía a Felice Bauer: “No es que tenga una cierta tendencia a la literatura, es que soy literatura”.

Hoy cada uno recuerda a su manera el origen de su obsesión literaria. Auster, con solo ocho años, abordó a una estrella local de béisbol para que le firmara un autógrafo: “No tenía bolígrafo, así que me quedé sin autógrafo. Desde entonces jamás salí de casa sin bolígrafo, y supongo que de alguna forma aquello fue el principio de mi obsesión grafómana. Cuando llevas un bolígrafo en el bolsillo, siempre puede ocurrir que acabes escribiendo”, explica.

Un poco en broma, Vila-Matas repite en entrevistas el porqué se convirtió en escritor: “Para que me lean, como respondía brevemente André Gide. Pero también porque quería ser libre, no deseaba ir a una oficina cada mañana y porque vi a Mastroianni en la Noche de Antonioni; en esa película Mastroianni era escritor y tenía una mujer estupenda —nada menos que Jeanne Moreau—, las dos cosas que yo más anhelaba ser y tener. Casarse con Jeanne Moreau no es fácil, tampoco ser realmente escritor”.

 

Cazadores de coincidencias

No es necesario forzar la búsqueda de coincidencias y parentescos literarios. Alguna vez Vila-Matas confesó que nunca dejaba de leer una entrevista a Paul Auster porque el autor norteamericano siempre le brindaba ideas para nuevos libros. Se declara uno de los más antiguos lectores españoles de Auster. “Descubrí el libro El arte del hambre y desde entonces lo leí todo —asegura—. Recuerdo con fascinación al detective de La trilogía de Nueva York. Y las dos veces que he estado en Nueva York he acabado, sin darme cuenta, en Central Park, acordándome sin querer de ese libro”.

Precisamente en Nueva York se cruzaron por primera vez cuando el Instituto Cervantes los reunió, en octubre de 2007, para que leyeran fragmentos de sus respectivas obras aprovechando la edición en inglés de El mal de Montano (Premio Herralde de novela y mejor libro extranjero en Francia) y que los dos comparten la misma editorial en Estados Unidos (New Directions) y en España (Anagrama). Allí coincidieron en afirmar la importancia que tiene para ellos incluir otros libros y anécdotas literarias en sus obras y destacaron la soledad que experimenta todo escritor.

“Cuanta más experiencia de la soledad tiene uno, más paradójicamente vive la sensación de que esa experiencia no es precisamente de ostracismo o de aislamiento, sino de apertura hacia los demás”, citó más tarde Vila-Matas a su camarada Paul Auster, en un artículo de prensa que tituló “De lo contrario sería Auster” y en el que se cuestionaba por qué no era Paul Auster. “Indignó a los lectores mexicanos de la revista Letras libres, porque dijeron que ya sabían que yo no era él’, declaró después el catalán.

Como si buscaran con ello reafirmar su afinidad asistieron al evento vestidos casi idénticamente. Llevaban uno y otro traje negro, con sus ojos de pronunciadas órbitas y sombría apariencia de poetas malditos.

Los dos convergen también en su vacilante relación con Nueva York y Barcelona, escenarios privilegiados de sus libros. Paul Auster describe a Nueva York “como un espacio inagotable, un laberinto de interminables pasos”. Y el autor catalán ha dicho que el turismo ha convertido a a Barcelona “en un parque temático y no pienso tardar mucho en irme de ella para empezar una nueva y mejor vida. Me gustaría marcharme a Nueva York, que es la ciudad que está anotada en primer lugar de mi lista mental”.

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