RevistaArcadia.com

Chicos rudos

¿Quién con más autoridad que el autor de La hoguera de las vanidades para hablar de la vida de los actuales dueños de las finanzas? Más rudos y más salvajes que los corredores de bolsa de los ochenta, según Tom Wolfe, ellos son los culpables de la actual crisis financiera.

2010/07/28

Por Redacción Arcadia

Los excesos financieros no son un tema nuevo en la literatura. Desde El mercader de Venecia, de Shakespeare; algunos apartes de Los cuentos de Canterbury, de Geoffrey Chaucer, y un par novelas del siglo XIX—The way we live now, del inglés Anthony Trollope, y en 1905 The Voysey Inheritance, de Harley Granville-Barker—, la literatura ha señalado los peligros de la avaricia y ha anunciado los efectos sociales de los excesos. En el siglo XX, autores como Upton Sinclair y Theodore Dreiser harían lo suyo. Pero ninguna época fue tan prolífica como la década de 1980 y principios de los noventa. American Psycho (el libro de Bret Easton Ellis y su adaptación al cine); Wall Street, la película protagonizada por Michael Douglas y Charlie Sheen; Infinite Jest, de David Foster Wallace, y la lista sigue. Y de ellas, el retrato más popular, el que se convirtió en el símbolo de una época, fue La hoguera de las vanidades, la cruda sátira en la que Tom Wolfe describe la vida de la élite social y financiera de Wall Street.

Por eso, a nadie sorprendió que en mayo de 2007 la edición web de la revista Portfolio publicara “The Pirate Pose” [La pose del pirata], el último reportaje literario de Wolfe sobre las características psicológicas y viles motivaciones de los gerentes de los fondos de cobertura, los sucesores de los asesores de la bolsa, aunque el excéntrico autor de nuevo generó polémica. Maleducados y arribistas, vestidos con ropa cara y de mal gusto, “esta gente” (como Wolfe los llama despectivamente en el artículo), eran “los nuevos dueños del universo”. Más ricos aunque menos visibles que sus padres de Wall Street (por lo menos para el ciudadano promedio), caían en sus extravagancias y las superaban. A punta de alta ingeniería financiera sacaban el 2% de la inversión inicial de sus clientes más el 20% de las ganancias, y, en cuestión de un par de años, no eran millonarios sino billonarios. Construían clubes privados, las estrellas de rock presidían las galas de beneficencia que ellos organizaban y, si jugaban golf, iban en su avión privado a su cancha favorita en cualquier lugar del mundo. Una verdadera crítica a la cultura del exceso y, al parecer, nada más que eso. En el momento se dijo que el artículo carecía de estilo y que tenía un tufillo de antisemitismo, que del Wolfe de La hoguera de las vanidades no quedaba nada, que su pereza era evidente.

Un año y medio después de haber publicado su polémico artículo y poco después de la caída de Lehman Brothers y Merrill Lynch en octubre del 2008, Wolfe fue contundente en entrevistas con varios medios: para encontrar a los culpables de la caída financiera no había que buscar en Wall Street. Hacía años que ellos habían desaparecido de las bolsas de inversión. Ahora estaban en las sedes de los fondos de cobertura en Greenwich, Connecticut —los mismos que él había descrito en “The Pirate Pose”, esa nueva raza de hombres, que él había llamado “los dueños del universo”—, o escondidos tras los descomunales muros de sus mansiones. Varios medios de comunicación titularon sus páginas de economía “Wolfe: el gran visionario” y el tono de los comentarios en la página de Portfolio, por supuesto, cambió: alabanzas para el autor, los lectores estaban —y siempre habían estado— de acuerdo.

Sea como sea, en “The Pirate Pose” Wolfe critica y muestra lo dañino que puede llegar a ser el nuevo protagonista de la finanzas mundiales: el corredor de bolsa que en los años noventa desapareció de Wall Street, montó su propia firma, ahora más compleja, con paquetes de inversión más sofisticados, de mayor rentabilidad y, lo mejor, sin tanto riesgo: los administradores de los fondos de cobertura, los mismísimos orquestadores de la crisis, que para armar sus maravillosos paquetes financieros compraron y vendieron títulos hipotecarios sin respaldo, y llevaron a la quiebra a los bancos y fondos de inversión, sus clientes. Una extensión, por ponerlo de alguna manera, de Sherman McCoy, el personaje de La hoguera de la vanidades, ahora más rudos, más fuertes y más depravados (Wolfe sentía cierta simpatía por McCoy, por “esta gente”, nada).

De hecho, Wolfe señala varias diferencias entre McCoy y sus sucesores. Ellos son más inteligentes que los inteligentes, mucho más, en todo caso, que la gente de Wall Street. Ellos son los mismísimos espíritus animales que describe John Maynard Keynes, los que no solo tienen las fórmulas económicas y conocen y predicen al dedillo los movimientos de la economía. Ellos son los de la intuición y más: los piratas y guerreros del capitalismo salvaje. “¿Acaso nos pasamos tranquilamente por encima de las reglas de gerentes de las multinacionales y las de otra gente temerosa? ¿No somos nosotros los agresivos guerreros que se atrevieron a hacer cosas que nadie nunca se atrevió a hacer? ¿No hemos demostrado el poder de nuestra fuerza haciendo que los que nunca antes estuvieron dispuestos hicieran retiros?”.

Por eso, cuando tenían razón se convencieron de lo maravillosos que eran, casi como una raza distinta de seres humanos. Desprecian a los gerentes de las multinacionales y a los asesores de bolsa, cuyas maniobras son más sencillas que las de ellos. “Para manejar un fondo de cobertura billonario, no hay que trabajar en un inmenso silo de vidrio, como los que están en Wall Street”. Sherman McCoy, apunta Wolfe, se moriría por trabajar con ellos. Su edad, su “miserable” puesto y no haber tenido la audacia de salirse de Wall Street a tiempo, se lo impediría —ni siquiera podría aspirar un triste puesto en la junta directiva de sus corporaciones—. Ellos, los nuevos dueños del universo, le dirían: “¿A qué idiota se le ocurriría montar una junta directiva? Los únicos miembros de mi junta directiva son yo, yo y yo. Mis clientes no tienen que amarme. Yo no tengo que deslumbrarlos. Yo solo tengo que hacer una cosa y una sola cosa haré: que su inversiones produzcan plata. Eso y solo eso los hará felices...”. Nadie está por encima de ellos y nadie se acerca a ellos. Su arrogancia es infinita.

Y, además, tienen mucha más plata que sus antecesores de Wall Street. Wolfe describe cómo algunos llegaron a ganar más de mil millones de dólares al año. Cifra con la que en dos años y medio podrían asumir los gastos de la ampliación del Canal de Panamá, que se estima en dos mil millones y medio.

La caída de Lehman Brothers y la deblace financiera que le siguió no era un secreto para muchos. Timothy Geithner, en ese momento presidente de la Reserva Federal de Nueva York (ahora Secretario del Tesoro de Estados Unidos), se lo esperaba. Joseph Stilglitz, desde 2007, lo pronosticaba. Y los administradores de fondos de inversiones y de los más sofisticados fondos de cobertura sabían que tarde o temprano la bomba iba a estallar. Ellos, los graduados de Columbia, de Princeton y de Harvard, con sus fórmulas y aciertos económicos, no debían ignorarlo. Y lo ignoraron. Su arrogancia, su estilo de vida, la compleja psicología que Wolfe había descrito dos años antes de la gran caída, los cegó.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.