El arqueólogo Gustavo Politis junto a un esqueleto de 7000 años encontrado en Argentina. Foto: Ceferino Pardo.

¿De qué hablan los arqueólogos cuando se reúnen?

Trescientos arqueólogos se reunieron a finales de octubre en Santa Marta para celebrar su sexto congreso. ¿Cuáles son los temas que les preocupan? ¿De qué sirve ser arqueólogo en Colombia?

2010/11/18

Por Lina Vargas

Es como se lo imaginan. Santa Marta alcanza los 35 grados. Las escarapelas están marcadas y las bolsas con el material de apoyo rigurosamente alineadas sobre una mesa a la entrada del auditorio Roque Morelli en la Universidad de Magdalena. El jugo de lulo tiene el hielo suficiente para calmar la sed y el aire acondicionado no está ni muy bajo como para morirse de calor, ni muy alto como para que la gente añore un saco en pleno Caribe. El Sexto Congreso de Arqueología en Colombia acaba de empezar y es, a primera vista, como uno creería: camisas caqui que el viento mueve a su antojo, pantalones verdes, botas de cuero y ese sombrero fedora marrón que hizo célebre a Indiana Jones. Una muchacha lleva en el antebrazo el tatuaje de unas ruinas. A lo lejos quedan las playas repletas de turistas que se sientan a mirar el mar con un coco abierto entre las manos. Así es la vida cuando se está de vacaciones. Pero este no es el caso.

 

Hace dos años, en el 2008, durante el último congreso, que se hizo en la Universidad de los Andes, la Sociedad Colombiana de Arqueología decidió que la Universidad de Magdalena organizaría el del 2010. Fue una muestra de confianza, pues las cinco versiones anteriores se habían realizado en ciudades más grandes. El Departamento de Antropología de la Universidad de Magdalena, el único en la región, había reunido los méritos suficientes para que su postulación ganara. Para el 29 de octubre, cuando finalizó el Congreso, se habían inscrito 262 personas. 262 diplomas que el rector de la universidad firmó en tiempo récord. Treinta personas más conformaban el grupo de logística.

 

El primer día (26 de octubre) los organizadores —de los que hacían parte 24 estudiantes—repartieron unas bolsas color crema con una libreta de apuntes, un Cd con los resúmenes de las ponencias, el número cinco de la revista de antropología Jangwa Pana y un lapicero en forma de hueso que causó sensación entre los asistentes. La programación empezó a las diez de la mañana con las conferencias del argentino Gustavo Politis y el colombiano Cristóbal Gnecco, dos arqueólogos legendarios que bien podrían ser, junto a un selecto grupo de invitados, algo así como los rockstars del congreso. El primero, famoso por su investigación sobre los Nukak en la Amazonia colombiana, y el segundo, por su trabajo con comunidades indígenas en el Cauca, llenaban cualquier salón donde se presentaran. “¿Dónde va a hablar Gnecco esta tarde?”, solía escucharse por los pasillos.

 

Lo primero que se debe saber es que en Colombia la arqueología no es una carrera. Para estudiarla hay que matricularse en antropología. Entendida, a rasgos generales, como el estudio de las sociedades a partir de sus restos materiales, no se trata solo de “abrir huecos y sacar vasijas”, ni de descubrir voluptuosas bóvedas en algún lugar de la India como ha hecho creer durante años el doctor I. Jones. Es una ciencia compleja y en constante transformación, cuyas dinámicas tienen profundas consecuencias en la realidad política, cultural y económica de una sociedad. Pero para llegar a este punto todavía hacen falta tres días.

 

Día uno

 El debate se dio en torno al patrimonio. Es un tema cercano. No como, supongamos, una conferencia sobre combustibles. Es el octavo simposio de los 12 previstos y se llama “De la construcción patrimonial y otros demonios”. El salón está lleno. El 105 del bloque Sierra Nevada, un edificio de cinco pisos, con escaleras y rampas, por donde revolotean los arqueólogos con sus escarapelas, sus bolsas bajo el brazo y sus tintos en la mano.

 

Miguel Aguilar, de la Universidad de San Marcos, en Perú, habló sobre Machu Picchu. La historia de Hiram Bingham, el explorador gringo que redescubrió la “ciudad perdida de los Incas”, dio paso a una conferencia sobre la restitución y reparación del pasado usurpado. Cerca de 5.000 piezas de arte fueron extraídas en las tres exploraciones que realizó Bingham a comienzos de los años veinte y sacadas del país con permiso del gobierno peruano. “Muchas de esas piezas las he visto solamente en catálogos de universidades de Estados Unidos”, dijo Aguilar.

 

Luego vino una intrincada ponencia enviada desde la Universidad de Catamarca. La clase de ponencia que no permite el más leve descuido. Las citas iban desde el consabido García-Canclini hasta H.G Gadamer. Uno no está acostumbrado, pero en la arqueología, como en el resto del universo científico, las citas son casi una obligación. De todas formas, en el congreso se vio todo y eso fue, precisamente, uno de sus grandes aciertos: desde teóricos puros y serísimos, hasta estudiantes recién egresados de pregrado que exponían por primera vez (con todo el nerviosismo del caso) o investigadores desparpajados como uno que dijo “eso lo tomé de Hooykaas, que creo que es una chica, pero no sé cómo se llama”. Hooykaas, al parecer, es un señor.

 

¿Quién decide qué es el patrimonio? ¿Qué hace a un objeto arqueológico convertirse en patrimonio? ¿Cómo puede mejorar la comunicación entre la academia y las comunidades , fueron algunas de las preguntas planteadas por los organizadores del simposio. El debate es el siguiente: en 1997 la Ley General de Cultura estableció el concepto de patrimonio cultural de la Nación y bien de interés. Desde entonces, los académicos comenzaron a dudar sobre las repercusiones de la patrimonialización. Está, por ejemplo, el caso de San Basilio de Palenque, cuya comunidad sufrió cambios bruscos en sus dinámicas a raíz de la declaración. O el Carnaval de Barranquilla y el Festival Vallenato que se han convertido en productos culturales. La idea es cuestionar esa selección arbitraria, que fetichiza los objetos para luego convertirlos en símbolos de una supuesta identidad nacional.

 

Como un reloj, los grillos empiezan a frotar sus patas a las 5:30 de la tarde. Aun con las puertas cerradas, se escuchan. Afuera se respira la humedad que ha dejado la lluvia. Los buses están esperando a la salida de la universidad para llevar a los arqueólogos al coctel de inauguración en el claustro San Juan de Dios, que hasta hace unos años era un hospital con el mismo nombre.

 

Día dos

 La mañana del miércoles 27 de octubre Santa Marta se despertó con dos noticias. La muerte del ex presidente argentino Néstor Kirchner y la solicitud del Papa Benedicto XVI a monseñor Ugo Puccini, obispo de la ciudad, que acababa de renunciar ante el Vaticano, para que continuara en su cargo por lo menos hasta el 2011.

 

La conferencia central estuvo a cargo del uruguayo Gustavo Verdesio, profesor de la Universidad de Michigan. Verdesio habló sobre la interdisciplinaridad, que era el lema del congreso: “Arqueología, etnografía e historia: repensando las fronteras”. La función del arqueólogo, su relación con la comunidad y los alcances de sus estudios fueron temas centrales. “Los que pagan impuestos en Michigan no saben lo que estoy haciendo —dijo Verdesio con sutil pesimismo—. Siento que no estoy haciendo lo que una sociedad quisiera de un académico o un intelectual. Hay que sacar el hocico de la universidad y salir a ver qué pasa”.

 

Su preocupación no es nueva. Tanto que se puede hablar de dos enfoques en la arqueología. Uno científico y otro comunitario. No sería arriesgado suponer que las generaciones recientes se acercan al segundo.

 

Por la tarde alguien aseguró: el origen de la arqueología es colonialista ¿Qué quiere decir eso? ¿Cómo es posible que ellos mismos se llamen así, sobre todo en estos tiempos de rutilante corrección política? Es un hecho. Desde el siglo XVI, durante las reformas borbónicas, los naturalistas llegaron al Nuevo Mundo con el firme propósito de describir, clasificar y extirpar todo rastro de idolatrías aborígenes. Los sitios arqueológicos fueron abandonados, pero los rituales se mantuvieron de forma clandestina. Es curioso que miembros de la comunidad Nasa, en el Cauca, cuya lengua fue silenciada por el régimen colonial, hablen en susurros o tapándose la boca. “Tenemos que preguntar las cosas porque la gente aprendió a callar”, dice Wilhelm Londoño, coordinador del Comité Académico del Congreso. Hoy ese colonialismo se esconde tras las transnacionales.

Impresiona que en la arqueología, a diferencia de otras profesiones, aún haya espacios para preguntarse ¿qué podemos hacer?

 Esa noche se anunció que el jueves sería libre.

 Día tres

Hasta la una de la tarde del viernes 29 de octubre, el ambiente académico estuvo animado por una canción, mitad champeta mitad reggaetón, que repetía una y otra vez que había que marcar uno en el tarjetón para el Consejo Superior de la universidad. A las ocho de la mañana comenzó el simposio “Los teatros de la memoria: dinámicas y tensiones”, una reflexión sobre el papel de los museos en las sociedades. ¿El museo debe contar la verdad? ¿Es un espacio dedicado a la educación? ¿Qué pasa con la memoria y la identidad?

Fue una de las últimas ponencias del congreso.

 “Las cosas salieron bien —comenta Londoño—. Sin embargo, tenemos que fortalecer el gremio y hacer presencia en instancias como el Congreso Patrimonial de Cultura. En Colombia, el conflicto armado reduce las posibilidades de la arqueología, pero no es su único obstáculo. También están las tímidas iniciativas de financiación, la escasez de becas para pregrados, la falta de políticas para la formación de doctores y el poco conocimiento sobre los alcances a largo plazo de las investigaciones”.

Falta poco para la clausura. Los organizadores están corriendo con los últimos detalles. En definitiva, hay algo de aventura rondando por allí. Algo de cazadores del arca perdida. Un cierto entusiasmo. Antes del almuerzo, cuando el simposio sobre museos entra en receso, uno de los asistentes dice mientras sale del salón: “esto se va poniendo bueno”. Es algo que se puede imaginar. |

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